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CUADRO DOLOROSO


La fatiga del talento literario tiene muchas veces por resultado la miseria. Aquí se trabaja en las letras para llenar un deseo personal, para conseguir la celebridad de un nombre, más bien que por el estimulo de la ganancia. El poeta colombiano sólo saborea comodidades imaginarias; sus placeres son simplemente fantásticos. Cuando después de ese anheloso afán de la inteligencia, que es la inspiración, llega la enfermedad y luégo la muerte sombría, sólo hay para el hombre que ha arrojado al público una lluvia de flores y que ha mantenido la prosperidad de las ideas, el dolor de una agonía solitaria, el aislamiento del sepulcro sencillo y el clamor póstumo de la fama improductiva, que llega comúnmente cuando no se la necesita. Viaje largo el de los literatos en medio de la indiferencia; bocado amargo el suyo que no tiene equivalente siquiera en el bocado de pan.
Y deberían ser estos trabajadores del pensamiento los más mimados de los pueblos, porque son su adorno y su presea. Sin ellos, las naciones aparecen como las cuencas sin los ojos. Son el dibujo, son la expresión, cuando el vulgo es apenas el lienzo. De esas cabezas pensadoras se extraen, como de inmensa cantera, los sillares con que luégo edifican los que están abajo, y en la soberbia metrópoli que fundan y conservan no logran poseer un ángulo seguro que les procure el reposo en los largos días de faena y el sueño apacible en las largas noches. A ellos se les pide continuamente una vibración nueva, una enseñanza fecunda, un romance entretenido, el viaje siempre renovado al país de los sueños; pero en cambio de la dura jornada se les abandona como a miserables, se les aísla como a gente nociva, cuando no se les precipita a la muerte, que es en ocasiones libertadora de la infamia. De modo que nuestro público toma para él el provecho de las ideas y deja a los escritores en su altura yerma, desde donde miran ávidos las comodidades que ellos fomentan y que están lejos ¡ay! de su boca y de sus manos.
La turba los encuentra muy dignos de su admiración, pero no de su protección. Quiere adorarlos en el magnífico templo, pero rehúsa pagar a la entrada un ochavo. Los usa hasta dejarlos rotos en sus manos toscas, sin conmoverse con sus dolores lo que el vivisector hace con los perros y los conejos. Y es que no les encuentra semejanza con la multitud que se afana en otras labores; y como no se mira reflejada en ellos, no se reconoce y los desconoce. Le parece baladí el trabajo del pensamiento que no se convierte directamente en objetos contra los cuales pueda estrellarse. Le incomoda que el tiempo se pierda en obras que no tienen buen precio en el mercado. Se hace el raciocinio cómodo de que el literato puede al mismo tiempo escribir de balde y ganarse la vida de otro modo; ser música y ruido; el hipogrifo disparado y el lento gañán que guía los bueyes. La turba no puede comprender que de ese oculto trabajo de los pensadores vive ella; que son sus dioses lares desconocidos: los que la afianzan feliz sobre el haz del mundo; la lámpara que arde vívida en sus fiestas. Ignora que es en el libro en donde ha aprendido a conocerse, qué es en el artículo de periódico donde se vigilan sus intereses, y que son los cantos, los hermosos cantos de los poetas, los que representan y les dan vida a esas informes pasiones de la masa, a esos dolores y alegrías que sin la estrofa morirían anónimos, porque el verso es el cráter.
No obstante, la turba tiene excusa en su estupidez. Convenid en que la imbecilidad es una prerrogativa. Pero los que en la sociedad se dan cuenta de la grande injusticia y cooperan a ella, esos son hombres de barro, a quienes el egoísmo les da la frialdad del hielo y que por mirar hacia abajo se están mirando ellos mismos. ¿Tuvo por ventura ideas generosas el avaro? Aislado en sus cálculos de riqueza, detrás del mostrador o en los sótanos de un banco, su cariño se reduce a las monedas que cuenta, su ambición a las monedas que están fuera, y su porvenir a la caja de hierro. Tiene repugnancia por la miseria del talento; fin ge respeto por la imbecilidad que lleva prendas. A los astros no por hermosos los quiere, sino porque son amarillos. Y diría al poeta que tiende la cansada mano, que dobla la radiosa frente:
" ¡Idos! Me importunáis con vuestros versos. ¿Para qué necesita el mundo canciones? Guardad vuestras baratijas y dejadme en paz."
Así, pues, al talento se le pone una barrera. El que siga adelante es ínclito. Esa fría indiferencia se aparece como un espectro a los jóvenes que tienen entusiasmo: gusta hollar las guirnaldas de rosas recién abiertas. Cuando algún adolescente quiere marchar, se burlan de su osadía o de su candidez, y como pugne por subir, le quitan hasta las hiedras del muro para que sin apoyo ruede al fondo. Lo precipitan y encomiendan su alma al diablo. Por esta razón se malgastan tantas fuerzas enérgicas en distracciones nocivas, y ella da por consecuencia que la antorcha sea, en breve, humo y vapores fétidos. Cuando el estrago hace su víctima, la hipocresía finge desolación, porque el egoísmo camina a mucha distancia hacia atrás de los acontecimientos. Desconoce y condena su obra.
La carrera literaria es en Europa, en Francia por ejemplo, un Pactolo. La personalidad flamante, la que logró empinarse sobre el tumulto, cuenta ya con comodidades que llegan a ser boato. Emilio Zolá, Alejandro Dumas, hijo, Jorge Ohnet, Ernesto Renán, Alfonso Daudet etc., son casi opulentos. La pluma hace palacios y pone la opípara mesa. De manera que la obra literaria de un escritor es continua y no se trunca ni por una retirada de la escena hacia los negocios prosaicos, ni por una caída en la miseria para llegar a la muerte.
( |La Siesta, 1886)

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