UNA AVENTURA
El Padre Piñeros es casi un anciano. Sobre su sotana se alza la
cabeza, cubierta de hebras blancas recortadas, que semejan un
manojo de lino en forma de plumero. Descansaba el bueno del clérigo
en una tarde de este alegre mes de verano, cuando tocaron a la
puerta de su casa.
- ¿Quién va? preguntó con su gruñido extraño el ama de
llaves.
-Buscamos al señor Cura, dijeron desde afuera, en acento
extranjero, tres personas que sin esperar más se entraron al
corredor.
- ¿El señor Cura está en casa?
-Acaba de merendar, dijo la dueña. Pueden ustedes seguir.
Y les señaló la puerta de la sala.
Los extranjeros-pues no eran de Colombia los recién llegados
-entraron a la sala y tomaron asiento. El Padre Piñeros no se hizo
esperar.
-Estoy a la disposición de ustedes, señores, ¿qué me quieren? les
dijo al entrar.
Los tres caballeros saludaron cortésmente y luégo uno de ellos
respondió al sacerdote:
-Nos trae a casa de usted un negocio.
- ¡Un negocio! ¿Cual será? Hablen ustedes. Estoy pronto a
servirlos: ¿se trata de una administración, tal vez de un bautismo,
quizá de un casamiento? ¡Ah! ya caigo, se casa el señor.
Y el Padre Piñeros señaló al más joven de los recién llegados, que
por su traje pulcro y una sortija con diamantes, le pareció, ni más
ni menos, un novio.
-Ni administración, ni bautismo, ni casamiento, replicó el que
había tomado la palabra, es cosa muy distinta. Si Su Paternidad nos
permite y no tiene cosa urgente qué hacer, lo enteraremos del
asunto.
-Hablen ustedes. Hablen! Todavía no ha
|dejado el
sacristán, y esto indica que el rosario se demora.
-Somos italianos, principió el interlocutor, Pichi, es de la
Lombardía; Patrilli, del Piamonte; y yo Biolo, de Roma.
- ¡Ah! de Roma, sí. ¡Donde está el Papa! ¿Y cómo está el
Papa?
-Su Santidad no tiene novedad, respondió Pichi.
-Teníamos un compañero-continuo Biolo- que trabajaba en el Canal de
Panamá ¡Pobre Francesco! ¡Era tan bueno! !Calcule Su Paternidad
cuánto sentiríamos a Francesco que había trabajado en el Mont Cenis
como ingeniero! Parece que lo miro; -y el italiano inclinó la cara
como para llorar-parece que lo miro con su blusa gris, abotonada,
con sus altas botas lustrosas y su pipa, porque, mi Padre,
Francesco fumaba. ¿No es verdad que la pipa es más agradable que el
cigarro simplemente?
-Pero es mejor el rape, dijo el Padre Piñeros, y tomó a escuchar
después de sorber un polvo.
-A Francesco lo queríamos como hermano, prosiguió Biolo. Cuando,
lejos de Italia, recordábamos la patria ausente, él nos abrazaba a
todos: "Amigos, nos decía, no tengáis cuidado: trabajad,
trabajad que yo os prometo mejores días, días agradables en nuestra
querida Patria." Si nos quejábamos del mal éxito de
nuestro trabajo, él nos interrumpía y nos consolaba
"Descuidad, descuidad, nos dijo muchas veces: el porvenir
no está aquí, el porvenir está en otra parte...."
-Y bien, ¿qué? interrumpió el clérigo que ya se fastidiaba y oía el
segundo repique del rosario.
-Y bien, como decía a Su Paternidad, Francesco era casi nuestro
hermano. Con él lamentábamos la Patria ausente; pero Francesco
enfermó una vez. Los pantanos de Colón habían soplado sobre su
cuerpo débil y nervioso, y la calentura surgió de pronto....
-Y se murió, ¿eh?
-Aguarde, aguarde, mi Padre. Francesco se sintió enfermo y nos
llamó a su lecho. ¡Pobre amigo nuestro! ¡Cómo lo encontramos!
¡Estaba desconocido!...
Principiaba el campanero de Santo Domingo a dejar para el rosario,
y el Cura, levantándose, dijo a los italianos:
-Señores,
|dejan para el rosario y tengo la pena de irme.
Están en su casa.
Y el clérigo se dispuso a partir.
-Mi Padre, dijo Biolo como suplicando, háganos el favor de un
momento más. Un instante solamente. Vea que es en su provecho y en
el de fieles que le quedarán agradecidos.
-Corriente, pero pronto.
-Cuando estuvimos cerca a Francesco, con los ojos llenos de
lágrimas, nos tendió la mano que ardía p la calentura.
"Amigos, nos dijo, esto concluye. Las fiebres de Colón
rematan, lo sabéis, en el cementerio de Panamá. Os he llamado para
deciros adiós."
- "A qué desconsolarse, le dijo Pichi; esa calentura
pasará, y luégo iremos todos juntos a nuestro país. La salud
completa está en la Patria".
-"Nada de ilusiones, Pichi, yo muero; pero quiero antes
que vosotros seais felices. Esta en mi mano el hacerlo.
Escuchad."
-Todos escuchábamos a Francesco.
-"Allá lejos, después de remontar un gran río que se llama
en la comarca el Magdalena, y de atravesar arenales ardientes, y
subir empinadas cordilleras, hay una bella sabana, en donde está la
capital de este pueblo que nos ha dado su pan y su techo. Yo he
vivido mucho tiempo allí. Llámase el poblado Santa Fe de Bogotá y
fue fundado por los españoles, meridionales como
nosotros."
La calentura lo interrumpía a veces. Cuando cobró aliento continuó
así:
-"En Santa Fe de Bogotá viví en casa de un sacerdote
católico. Allí, afortunadamente, no hay otros."
- ¿Es esto cierto, mi Padre ?-preguntó Biolo al clérigo Piñeros,
como para tomar aliento en su narración.
-Sí, hijo; sí, hijo; continúe que ya dan las últimas
campanadas.
-Francesco siguió:-"Después de algunos años ese sacerdote
fue atacado de una pulmonía fulminante. En los ministros del altar
esto es mortal."
EL doctor Piñeros se tocó el pecho.
- "Cuando estaba muy malo me llamó y entregándome un mapa
me dijo: "No tengo familia, deudos ni amigos. En los
últimos años, todo lo has sido para mí. Toma este plano, él hará tu
fortuna, que bien la mereces." Yo recogí el pergamino.
Cuando enterramos al pobre anciano leí se trataba de un tesoro
antiquísimo y el plano contenía lo preciso para ir hasta
él."
-La calentura era más intensa cada momento y Francesco tuvo que
descansar, luégo continuó:
-"Como lo sabéis, tuve que dejar precipitadamente a
Bogotá, esperando para mejor ocasión hallar mi tesoro. La suerte ha
querido lo contrario. Las enfermedades me han salido al paso;
tomadlo para vosotros."
-Y el enfermo, ¡pobre y buen Francesco! nos alargó el plano.
-"Id a Bogotá, agregó, buscad ese dinero, la mitad será
para vosotros, una tercera parte para la Iglesia, y la otra.... ya
sabéis."
-Es esto último una historia de amor bien triste. ¡Pobre Francesco!
A los dos días lo enterrábamos debajo de una sencilla cruz, en el
cementerio de los pobres.
Biolo, al hablar así, quería como llorar.
-Y bien, pero seguid, le interrumpió el sacerdote. Tomaron el
plano, vinieron a Bogotá., excavaron la tierra y, nada, ¿no es
cierto? Yo conozco a los míos; ¡vaya si los conozco!
-Nada de eso, continuó Biolo, tomamos el plano, vinimos a Bogotá,
escarbamos la tierra y hallamos el tesoro.
-i El tesoro! murmuró el Cura involuntariamente. Lo hallaron y por
supuesto dieron a la Iglesia la tercera parte, otra tercera a los
amores tristes y se reservaron la otra mitad.
-Eso pensamos, pero no basta buena voluntad. Hay un inconveniente y
a eso venimos donde usted.
- ¿Y cuál es ése?
-Sabe Su Paternidad que las leyes de este país dan al Fisco derecho
sobre la mitad de los caudales que se encuentren debajo de la
tierra. Si ponemos en conocimiento de la autoridad nuestro
hallazgo, ni la Iglesia tendrá una tercera parte, ni los
|amores
tristes otra, ni mucho menos nos otros la mitad.
- ¿Y bien?
-Queremos los consejos de Su Paternidad. O abreviando queremos que
usted tome la parte de la Iglesia y nos devuelva la parte nuestra y
la tercera de los
|amores
|tristes.
-Pero....
-O tendríamos, mi Padre, que decir lo acaecido a la autoridad, y
como sólo habría la mitad, es claro que no habría dos terceras
partes.
-Y ustedes, preguntó el Padre Piñeros, ¿qué dicen, en fin? ¿Qué
clase de tesoro es ése?
-El tesoro consiste en diez barras de oro....
-iUmmmm!...
-De oro como ésta, terminó Biolo, y al mismo tiempo sacó del
bolsillo de su saco una gruesa barra del color del oro.
- ¿Lo han examinado ustedes? preguntó el clérigo acercándose hasta
poner las narices sobre el precioso metal.
-Los mejores joyeros han dado su opinión.
- ¿Y qué dicen?
-Que no lo hay mejor en la redondez de la tierra.
- ¡Oh! ¡oh!...
-Su Paternidad puede experimentarlo.
- Ah! ¿Me dejan ustedes la barra?
-La barra no, pero sí oro de la barra.
-Es que no tengo lima.
-Tuvimos la precaución de traer dos con nosotros.
Al mismo tiempo Pichi sacó de un bolsillo dos limas, y dirigiéndose
al clérigo:
-Tome usted, mi Padre, sírvase limar donde quiera, para el
ensayo.
-Háganlo ustedes, hijos míos; háganlo ustedes.