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VIDA INTELECTUAL


Lo más genial en Bogotá es la agudeza, que no reside ciertamente en todas partes, pero que está repartida en distintas clases de la sociedad santafereña. La frase que provoca risa vale más para la existencia común, que las consideraciones filosóficas y las recetas para tener buena vida y buena muerte; porque uno se escapa de lo vulgar desagradable en una ola de alegría, y es fácil de probar que los benefactores con diploma de tales, son los que hacen poner buena cara a los hombres, aun debajo de un cielo gris de invierno y en presencia de un futuro más gris todavía de los negocios públicos y privados. El buen humor es la felicidad, y, a falta de otra cosa, los hombres debían hacerse cosquillas, los unos a los otros, para no poner jamás ceño de misántropos. Cuando el aburrimiento se sienta a nuestro lado, las ideas se acortan y aun desaparecen las aspiraciones generosas; no es bueno sino el hombre que ama la vida, y no puede amársela sin tener los nervios dulcemente elásticos por la influencia de la musa alegría. De donde se deduce, naturalmente, que incurren en pecado imperdonable los que arrastran a nuestros conciudadanos a contemplaciones sombrías, y son pecadores, o sea mejor dicho, criminales, los que personalmente causan enfado a sus semejantes con quisicosas como cobros, requisitorias, embargos, por ejemplo.... Para permanecer en estado de gracia deben buscar los bogotanos esos círculos chispeantes, en donde viven el chiste, el epigrama, el salado relato y las hermosas y alegres variantes de la palabra, cuando la anima un estro festivo y la reciben labios que ondulan con desenvoltura y bocas que se abren para dejar que salga, como un aire de música, la carcajada sonora. Es imperdonable que la gracia de que hablamos tenga la vida efímera de la conversación, y no vaya a consagrarse en libros amenos o a ser la pimienta de los periódicos. En otros países vale mucho lo que llamaremos el buen humor literario. La inmortalidad está detrás de la agudeza. Y nosotros la poseemos en todas sus manifestaciones: desde la chanza jovial y sencilla, hasta el epigrama de punta aguda, que se dispara con arco flexible y va a clavarse en las carnes. El suceso más pueril da nacimiento a millares de comentarios sabrosos, de relatos nuevos, de incidentes grotescos y de fantasías risueñas, que son un encanto. La vena abierta y nunca exhausta mana licor en que abrevan todos los paladares; y como cambie el acontecimiento, el hecho del día, así toma otra faz la crónica divertida, sin que jamás sea monótona y nunca pueda doblarse la hoja. Es lo dicho una de las señales más precisas de vida intelectual, porque la gracia es el fósforo del cerebro, los fuegos artificiales cuando nuestras ideas están de fiesta. Con las conversaciones delicadas, en que el arte se rejuvenece, en que los más pulidos tienen derecho al triunfo, se evitan los diálogos gruesos, con episodios de mal olor, que son propios de los pueblos sin ejercicio intelectual, y que en Colombia están ya relegados a las aldeas y a los corros inferiores de vaqueras, "que se suenan con manos," y de pastoras y pastorcillos reales, que alimentan los oídos con palabras primitivas y licenciosas. Aquí hay una emulación tan grande en el buen decir, que la frase que se celebra debe ser cincelada, de palabras donosas, sin ripios, de exactitud completa. Y por esta razón los hombres de verdadera chispa sostienen con mesura una conversación larga, sin desmayo, al mismo tiempo que sin alambicamiento. Casi nadie le toma prestado al vecino su carcaj, porque al punto los conocedores, por la estructura del período, saben qué personalidad está detrás de la frase o del verso en litigio. Y no se excluyen tampoco las palabras vivas, sino que se les señala un lugar, que no es el primero; ni pudieran ni debieran suprimirse, porque ellas son la mitad de la lengua castellana.
Cuando uno de estos hombres de grato ingenio se prepara a publicar una obra, nos parece que hay motivos para estar de plácemes, porque los libros agradables siempre son escasos, y los de difícil digestión abundan en todas partes para nutrir los estómagos fuertes. El libro que anunciamos hoy es uno de Francisco de P. Carrasquilla, titulado |Tipos de Bogotá, que ya está en prensa, y que contiene fotografías completas de personajes, tomadas del natural; un estilo peculiar, con derivación directa del de Quevedo, y con sello propio, característico, lo que puede llamarse la presencia real del autor en su obra. Hay muchos escritores que no comparecen en las páginas de su libro, y al lector se le figura al l que se entiende con los difuntos, o que ha de encontrarse con el autor, no por ahí cerca, entre los demás cuadrumanos, sino quizá después de muerto.... en los cuernos de la luna.
La lectura de buenos libros se ha hecho familiar entre nosotros. Lejos estamos de los centros estrepitosos del pensamiento y sin comunicación fácil con ellos, en esta altura desconocida, adonde se llega con tánto trabajo, y de donde se sale, por una rareza, para Europa o Estados Unidos. Pero así, no obstante, vivimos al corriente de los sucesos importantes de todo el mundo, y en relación con los afamados escritores universales, mediante las librerías asiduas que nos abastecen oportunamente de rica y variada lectura La facilidad de obtener libros ha despertado un espíritu benéfico de crítica, del cual estábamos desposeídos hasta hace pocos años, o que era patrimonio de algunas personas doctas solamente. La comparación, facilitada, de las distintas escuelas literarias y filosóficas, permite a los lectores que purifiquen su gusto y los estimula en el estudio. En los salones hoy día la charla insustancial va desapareciendo, como una vergonzante de mal agüero, y el diálogo sensato, útil y agradable, ocupa el vacío de las cosas fútiles. La mujer juzga en materias, enantes intrincadas para ella, pero inocentes y provechosas, que le dan consistencia al carácter femenino, de suyo mudable, y que son adorno admirado en el cerebro de las damas, como las ajorcas de diamantes en sus brazos hermosos. Va desapareciendo por completo la mujer silvestre, que es ya exótica en nuestra civilización, y de la cual se despedirán los poetas con églogas melancólicas, que ellas, si tornasen, no entenderían por su propia rusticidad. Los libros que sirven a los hombres deben servir a las mujeres; los malos, que son los que no contienen un pensamiento fecundo, pues dicho se está que no deben ser leídos ni por los unos ni por las otras.
El espíritu de crítica se manifiesta en la juventud persistentemente y la aprovecha para ensanchar el radio de su examen y ampararse de los dómines en un raciocinio propio y deliberado. El saber es una inundación de la cual no pueden librarse ni los que asustados busquen los más altos picos; que es inundación abajo y diluvio encima. A fomentar el gusto al examen y la experiencia, a la comparación y a la deducción, a la investigación de los hechos y de las ideas, que es lo que constituye la crítica, vienen justamente dos nuevas obras de nacionales (a uno de ellos, pues no tiene patria libre, séale la nuestra grata), a saber: la segunda edición de los |Artículos Escogidos de Emiro Kastos, muy corregida y aumentada, y los |Estudios Críticos de Rafael M. Merchán. De ambos trataremos próximamente. Pero mientras tanto, observamos que los dos escritores, aunque con distinto procedimiento, tienen ambos por objeto contribuir a que prevalezcan la verdad en los entendimientos y el buen gusto en las letras.
¿Quiénes se apartan, pues, de esta vida intelectual de la metrópoli? En todas partes son los mismos: los imbéciles y los que tienen sed de oro.
( |La Siesta, 1886).

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