INDICE




LAS RELACIONES DEL PATRIOTA


Sin ninguna dificultad se trataba a José María Quijano Otero. No tenía en su figura ni en sus hábitos ese estiramiento riguroso de algunas dudosas celebridades que las hace inabordables, a lo menos para la juventud humilde desconocida. Predominaban en su carácter la dulzura y la cordialidad, de tal modo, que si existía algún punto de con tacto con sus aficiones, siquiera en lo que hace a la historia de la Patria, podía contarse con su inefable fondo de cordialidad, que se espaciaba en consideraciones y cariños durables. Desde la infancia Le amábamos por su entusiasmo republicano, y nos eran manuales las páginas de sus libros. Fuimos luégo amigos suyos muy respetuosos sin ningún trabajo, y oímos de sus labios narraciones llenas de interés, en que eran protagonistas las grandes figuras de la Independencia.
Una noche de Junio de 1883, pocos días antes de su muerte, hablaba Quijano de Córdoba. El auditorio era escaso, pero de gentes de letras. Gustaba de animar el cuadro de sus retratos históricos de hombres grandes, con todos los por menores del tiempo en que vivieron; y asistía uno, por su intervención, al lugar donde se agitaban, veía las gentes con quienes hablaron, los miraba en la calle y en la casa, en los campos de batalla y en el gobierno; atendía a sus hábitos familiares y a las ceremonias de la vida pública, y contaba sus amigos y sus adversarios. Con diligencia de muchos añas logró Quijano Otero enterarse de la crónica minuciosa, así como de la alta filosofía de los sucesos de la Gran Colombia. Los modismos del lenguaje, peculiares a cada localidad entonces, los conocía, de modo que en sus relaciones los personajes hablaban el que propia mente habían usado. Bolívar elocuente, uno; Santander letrado, otro; Maza, uno distinto; Córdoba invencible, el suyo. Esa multitud de hombres, que dan la clave de los acontecimientos, pero que generalmente no se recuerda, porque se pierde en la común denominación de |pueblo, vivía para Quijano. Otero con nombre y apellido; él la conocía como si la hubiera tratado de ordinario, y la animaba con la fuerza de la memoria, hasta presentarla palpitante, de carne y hueso. Se disponía uno, al oírle, a tender la mano a ese soldado de regimiento que salvó una bandera; estaba tentado a levantarle la tapa de los sesos al bribón oscuro que en tal año dejó sus filas y traicionó a sus camaradas. Sólo Quijano los distinguía en la multitud y los hacía conocer.
Era alto de cuerpo y con un desarrollo vigoroso, pero reposado. Una frente abierta y una cabeza redonda, la cúpula de ese cuerpo. Los ojos tenían un cariñoso interés cuando miraban. La boca era amplia, como para dejar correr las palabras sin trabajo. Los labios gruesos, al aspecto sensuales. El color moreno en el rostro, así teñido por el sol en las faenas campestres. Un bigote espeso y largo, y en la barba, abundante festón de cabello que le caía como un chorro ondulado sobre el pecho. La voz accesible a las modulaciones más variadas; correcto el ademán y salpicado el relato con picantes interjecciones de entusiasmo.
El drama de |El Santuario, que una noche antes de su muerte refería a algunos amigos, teñía la propiedad de agitar todos sus recuerdos, mover en su pecho todas las pasiones generosas y dar a sus labios una soberbia elocuencia.
Bolívar aparecía el primero: rodeado de fuerza y de poder, árbitro de los acontecimientos, en su mano la suerte de la República. Córdoba iba saliendo de los labios de Quijano, joven, gentil, apasionado, valeroso, temible. Va a la muerte, que él busca en lucha desigual, sin zozobra y sin arrepentimiento. Cree morir por la libertad, y eso le basta. Quijano preparaba el desenlace del horrible drama con una pasión y un arte terribles. Magnanimidad de Bolívar; odios antiguos; siniestras intrigas; -todo llegaba al campo de |El Santuario, después de ligarse en misteriosa trama, a buscar la persona del General José María Córdoba, con espantosa fatalidad. Velase avanzar por los caminos de Antioquia al joven héroe, bello y sereno; se le saludaba como vencedor, si no se le lloraba ya como víctima. La sorpresa del pequeño ejército por las fuerzas de O'Leary da más movimiento a la acción. Los muertos caen sobre el césped, el ruido de la pelea atruena, pero Quijano no os hace pensar sino en Córdoba: entre el humo le sigue, cuenta sus pasos, sus movimientos, las pulsaciones de su corazón, los instantes ya breves de su vida. El feroz Hand procede por orden superior, se abre paso, se acerca; su mirada torba gira por la reducida estancia, en donde el león yace acribillado.
- ¿Quién es Córdoba? preguntaba el miserable.
-Yo soy, responde un Oficial que quiere dar su vida por su Jefe.
-Eso no, exclama el herido. Córdoba soy yo; y se incorpora en la tarima donde está postrado y rendido.
La hoja de acero se alza en la mano del irlandés, que obedece como asesino; se alza, brilla un momento, y desciende sobre Córdoba como una serpiente.
- ¡Miserable! es la respuesta del moribundo, y su castigo supremo a los verdugos.
Cuando Quijano sigue, poco a poco, la agonía de Córdoba, os invade la fatiga de la última hora; querríais que acabara ya ese trance extremo, por que os atormenta, os espanta con esta escena de dolor inmenso. Expiró: sus últimas palabras fue ron: "Patria.... Gloria.... Ayacucho...." Un poco más, y Quijano enloquecería: tánto sufre con el martirio del león inmolado. Al terminar la relación de esta tragedia, esa noche, que no olvidaremos, gruesas gotas de sudor resbalaban por su frente, sus ojos se enrojecieron y sus últimas palabras eran trémulas.
( |La Siesta, 1886).

anterior | índice | siguiente