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LA CANALLA


Para algunos aristócratas de la política colombiana la opinión de los pobres es simplemente un instinto brutal de la canalla. En lugar de probidad tienen ellos un saco en donde guardan los más injuriosos dicterios contra la clase numerosa que sin abandonar el rudo trabajo de todos los días, se reúne de vez en cuando a pensar sobre la salud de la Patria.
- ¿Con qué derecho-dicen los privilegia dos-se invade el templo donde somos exclusivos sacrificadores? ¿Cómo osan las turbas venir aquí con sus harapos sobre los carnes tostadas y sus jirones de ideas en el cerebro, aquí en donde nos otros trabajamos con compostura y en donde basta nuestra sabiduría? ¡Oh, no: atrás la canalla!
Cuando en 1881 se reunieron los ciudadanos en corporaciones políticas, y la ruana burda, que teje el ahorro y la privación, alternaba con el holgado sombrero de pelo, se llenaban las columnas de los periódicos y las relaciones de las Cámaras con injurias amargas de malevolencia, con calumnias hediondas de perversidad, contra un monstruo que según decía el orgullo vanidoso alzaba en las calles sus espaldas de Cuasimodo y su frente de presidiario, y quería devorarlo todo. Esa calamidad que se señalaba con los dedos crispados de cólera y los labios maldicientes, era, bien lo sabéis, el pobre pueblo, que tenía ¡infame! el atrevimiento de alzar la cabeza un instante del polvo de los campos y de los bancos del taller para ir a meditar libremente sobre el destino de un país que lo había visto nacer y guarda el sepulcro de sus mayores. Atrevimiento inaudito en miserables que sólo debían trabajar en silencio y morir olvidados, después de crea riquezas fabulosas y famas épicas con el sudor de sus frentes y con la sangre de sus venas. ¿No conformarse ese grupo de hambrientos mendigos con que sus señores gozaran la fácil vida del poder y la alegre vida cortesana, y llevar su insolencia hasta mezclar quejas y esperanzas, así, públicamente, a la música de sus placeres? Y la paciencia, ¿la paciencia no se había hecho para ellos?
Los, aristócratas de la política gritaban:
- ¡Atrás la canalla!
¿Conocéis la canalla? Acercaos a ese monstruo y vedlo. Está en los cuarteles, fusil en mano, pronto a batirse como un león por vuestra libertad; cultiva los campos y hace madurar las espigas; está allí en los talleres que sirven a la vida cómoda; es vuestro criado, vuestro cocinero, vuestro palafrenero. Donde se produzca algo podéis mirarlo. Todas las grandezas del trabajo las levanta con sus manos callosas y es patrimonio suyo la actividad, que derrumba los obstáculos, y la perseverancia, que vence al tiempo. Ese monstruo feroz trabaja desde la aurora hasta la no y su trabajo se le roba; sufre, y sus quejas no se escuchan, enferma, y se le arroja del hospital, muere, y su nombre no se escribe en las piedras del cementerio. Pero él, lleno de resignación, va camino de la vida con sus infortunios, y encuentra un consuelo en que su brazo se explote, su inteligencia se destruya y su cuerpo se rinda a la enfermedad, si puede conseguir pan para los suyos. Porque la canalla puede tener padres y esposas y niños que sean sus hijos, ¿lo dudáis acaso?...
Si en un día de descanso esa muchedumbre de los campos y de los barrios, el horrible monstruo, juntas sus distintas partes, se incorpora sobre sus andrajos y alza los ojos del círculo de hierro de su miseria y se pregunta, ¿quién nos manda? y medita a quién debe confiar sus pequeños intereses, los aristócratas de la política gritan:
- ¡Atrás la canalla!
Y bien. La canalla es la mayoría.
Si ella abandona su abatimiento y piensa en su desgracia; si reflexiona que hay crueldad inaudita en su suerte, y, meditando sobre el egoísmo de todos los que la explotan, toma una suprema
Determinación... ¿a quien se acusara? En ese camino no estará solo el pobre pueblo. Hay quien se duela de él y lo sirva y lo respete. Para nosotros esa parte débil de la sociedad merece consideraciones mayores, porque es la más generosa: bien se sabe que en el costado izquierdo está el corazón. No excusamos tender la mano públicamente al trabajador y gritar con todas nuestras fuerzas:
¡Viva la canalla!
( |La Actualidad, 1883).

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