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POBRES Y RICOS


Acabamos de leer en una hoja, fijada en las esquinas de la capital, la más triste noticia. Dice la Junta general de Beneficencia que, como los auxilios oficiales, tanto de la Nación como del Estado, no se pagan, el Síndico del Hospital tendrá que poner a la puerta de San Juan de Dios a los enfermos, ¡y el Síndico del Lazareto habrá de suprimir la mísera ración de los lazarinos! Estos avisos están fijados, especialmente, en las esquinas de la Calle Real y de la Calle de Florián, don de los ricos tienen sus inmensos bazares de telas preciosas y de costosos artículos, y donde, detrás de los mostradores, las anchas cajas de hierro rechinan hidrópicas de oro y de billetes de Banco. Estos avisos están, casualmente, debajo de los balcones donde las hermosas de Bogotá, en los días de fiesta, deslumbran con su pedrería y su terciopelo, sus costosas flores del jardín de Salcedo y sus guantes perfumados de Saunier. Esa triste nueva está allí, cerca de la esquina, en donde el lechuguino riquísimo habla de amores insustanciales, fuma habanos de la mejor fábrica y hace sus cálculos dorados sobre el baile suntuoso de la noche próxima. El comerciante encoge las espaldas como un judío "de la calle de Fráncfort," al ver el aviso; la hermosa no lo lee, porque no es literatura de su agrado, y el lechuguino imbécil juzga nocivo a sus lentes esa clase de documentos.
" ¿Qué importa a nosotros -se dicen- la suerte de los pobres? La vida es bien corta para preocuparnos de los lazarinos." Y la hermosa niña ríe, y el pesado comerciante bosteza, y el torpe lechuguino se aprieta la cinta de los zapatos.
San Juan de Dios está allí cerca. Por sus claustros sombríos, que verdes enredaderas decoran; por sus anchos salones donde la calentura hace subir el termómetro, ronda la muerte. Los pobres y modestos lechos, con sus sábanas blancas y humildes, sólo sustentan el dolor; el eco no devuelve sino gemidos y de las ventanas simétricas del contorno se ve instintivamente el cementerio. El Hospital triste es la suprema esperanza de los pobres: cuando el trabajo de todos los días, que pone oro en la bolsa del rico y en la frente del trabajador arrugas, quebranta la salud del miserable jornalero; cuando la azada o el martillo se caen de sus manos desfallecientes y la miseria toca en la choza desnuda, hay mucho dolor supremo, pero con resignación, porque se piensa en el Hospital, y una candorosa esperanza hace soñar a la familia del inválido en mejores días después de los cuidados que allí dispensa la caridad.
-Te irás al Hospital-dice la madre al hijo que la sostiene en su ancianidad-allí te curarán y yo iré a verte los jueves y los domingos.
-Voy a llevarte al Hospital-dice la esposa al marido enfermo-pronto estarás sano, y mientras tanto cuidaré de nuestros hijos.
¿Quién no ha visto esas tristes procesiones por las calles de Bogotá, camino de San Juan de Dios? Una silla ancha y vieja con dos palos de bajo del asiento, el enfermo en ella cubierto con una manta tosca o con una colcha hecha de retazos de distintos colores, cuatro cargueros que ríen in diferentes y una mujer y unos niños atrás, silenciosos y derramando lágrimas. Por la Calle de Florián y la Calle Real va la comitiva dolorosa: el comerciante entorna su puerta para evitarse el espectáculo que le impediría almorzar; la hermosa del balcón se tapa las narices con su fino pañuelo de batista, y el lechuguino torpe e insustancial se muda de esquina y maldice el derecho de los infelices, postrados por el dolor, para hacerse arrastrar por las calles a su único asilo.
-Maldito país este-dicen esos títeres. -En Francia la Policía no permite que la canalla circule así: |n'est-ce pas, Monsieur?
A la hora en que escribimos esto, las once de la mañana, los ricos en torno de sus mesas suntuosas saborearán manjares apetitosos. Las ostras de las costas del mar, en fuentes blanquísimas de porcelana, el pescado de carnes tiernas, los |beafsteks de lomo de buey, el arroz con sus crespos granos de nieve, las aves de corral jugosas y los volátiles de cacería. A la hora en que escribimos esto, se apurará en esas mesas, en copas primorosas, vinos de todos los países: el rubio jerez, el madera añejo, el tinto de Borgoña, el blanco del Rhin, el jugo espirituoso del Champagne. Porque para el rico se labre la tierra, se recorre el bosque, se arroja la red en todas las corrientes y se hacen todas las vendimias.
Dormid la siesta, después de leer un capítulo del romance francés del día y de arrojar bocana das aromáticas de habanos legítimos. Que no os turben la digestión esos canallas haraposos que a la misma hora tendrán que dejar el lecho de San Juan de Dios aturdidos por la fiebre, tambaleando como ebrios, débiles, pálidos, temblorosos, para tomar la calle desierta y buscar donde morir a la sombra del alar melancólico de la choza solitaria. Dormid descuidados, que os queda el recurso de hacer prender por la Policía a esos espectros, si los encontrais en la calle, o de arrojarlos con golpes de bota del portal de vuestras casas, si los miserables se rinden allí al peso de sus dolores!
¡Y el infierno de los leprosos está tan lejos! ¿no es cierto?. Los lazarinos no treparán la cordillera para importunaros: la enfermedad no dejó de sus pies y de sus manos sino muñones que rematan en llagas; a sus ojos llevó las sombras de la noche, y por sus cuerpos circula el desfallecí miento. Dormid sin temor, que a la misma hora los 500 leprosos de Agua de Dios sabrán ya que no tienen qué comer, ni con qué comprar el agua, que la vierten fuentes distantes, y que han de morir a la sombra de sus plataneras sin racimos. Esa bella comarca, con sus colinas suaves, sus senos hermosos de verdura, sus sembrados y sus casitas escondidas en los naranjos; ese sitio, que así, bello y lozano, arropa la más espantosa calamidad, podrá ser bien pronto un general sepulcro que vosotros, ricos egoístas, cavais a los desheredados. ¿Pero qué a vosotros? Los muertos no resucitan!
Se oyen las campanas del templo católico. Multitud afanosa de ricos corre a llevar a la iglesia sus rezos y su plata. El sacristán recibe dinero y toca las campanas y sopla el fuelle del órgano, el clérigo recibe plata y absuelve a los pecadores; los canónigos rezan las horas y cuentan pesetas; los Obispos sientan grandes partidas en sus libros; al Arzobispo, enfermo, se le abandonan millares; Monseñor Agnozzi da recibos del dinero de San Pedro y de la Universidad Católica... Todos estos holgazanes son poderosos y felices, mientras de San Juan de Dios se lanza a los pobres y en Agua de Dios se mueren de hambre los lazarinos!
Redobla el tambor. El Presidente de la República ha dispuesto que los batallones se muevan. E el morral cada soldado llevará su ración y Jefes y Oficiales tendrán repletos los bolsillos. Es preciso para sostener a Su Excelencia Otálora, que la Guardia siga sus marchas conquistadoras, y esto es preciso también para humillar a los radicales Se les deben grandes sumas a los establecimientos de Beneficencia, a los pobres de San Juan Dios y a los lazarinos; pero antes que pagarles muy justo que la estimable familia del Presidente y del Secretario de Guerra viaje por Europa y, por ejemplo, que el señor Medardo Rivas tenga una renta mensual y vitalicia que ascienda a lo que se debe al Hospital y a Agua de Dios. Se contrata con Lesseps un empréstito con el sombrero en la mano cómo pordiosero, y antes que darles un bocado a los pobres que agonizan, es muy justo comprar útiles para la Casa de moneda, donde no se acuña, y traer rieles para lastre de los buques....
La hoja que hemos leído en las esquinas plantea la cuestión solemne de la defensa de los débiles. Ese problema agita a todo el mundo y es el más delicado de todos. En Colombia está velado con artificio y tiene, precisamente, que descubrirse. Las manifestaciones imperiosas no se harán esperar.
( |La Actualidad, 1883).

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