INDICE




"LA LIRA NUEVA"


Un libro de poesías es un dulce refugio para los espíritus delicados. Si las notas son suaves, llegan como una bocanada de aire puro y fresco; cuando hierve la pasión allí, el cerebro se enciende, pero entre acordes de música grave. Y bueno o malo el libro, él aviva la curiosidad de estudiar el corazón del poeta o los poetas que lo forman, porque en verso se le hacen al público -muchas veces sin quererlo-multitud de escondidas confidencias: es el verso como el jeroglífico del amor, del sufrimiento y de los deseos. Tan necesarias son a la vida intelectual las estrofas, que hoy se escuchan en todo el mundo con una especie de pasión, y tan meritorios se consideran los buenos poetas, que aun muertos señorean el tiempo, como Víctor Hugo. La naturaleza hace nacer al hombre caído, y la civilización lo encumbra a su diáfana altura por medio del verso. La poesía es el nimbo que sobre la frente de los hombres se confunde con el milagro. Un libro que aparezca, debe concretar, pues, la atención como cualquiera otro artículo valioso de inevitable consumo. Si es bueno, para que prospere; si malo, para que desaparezca. El público lo aprecia o lo rechaza; la crítica debe guiar a su modo el gusto del público, que casi siempre es rudimental.
Y cuando el libro llega después de horas melancólicas, parecidas a un estertor, mirad que es grato escuchar los cantos de la juventud llena de vida, para pensar otra vez que el vigor prevalece y que en la borrasca no se han ido las bellas y generosas canciones. |La Lira Nueva es, por adelantar algo en nuestro juicio, un apasionado ósculo de la esperanza.
Están allí, al pie de la misma sagrada colina, treinta y cinco jóvenes: sobre la frente de los unos la luz da de lleno, otros aparecen bañados en apacible claroscuro, muy pocos semejan desaparecer en una lejanía dudosa, pero ninguno está completamente en la sombra. Todos son meritorios: unos, porque se han elevado; otros, porque desean elevarse. El deseo constante de grandeza, cuando no es la soberbia ni la envidia, puede llegar a ser la misma gloria, así como el mérito en ocasiones es apenas el propósito constante de tenerlo.
En el Prólogo del libro, el señor Rivas Groot nos cuenta punto de partida. Alto pensamiento le presidió, y no vanagloria; Algunos amigos -poetas que platican al amor de los mayos llenos de flores- interesados por el lustre de las letras patrias e iniciados en el movimiento intelectual que de años a esta parte se verifica entre nosotros, concibieron a la vez la idea de un libro que marcara el camino recorrido y enseñara el qué debía transitarse en lo venidero...." Y el libro fue hecho bajo la dirección del autor del Prólogo. Rivas Groot toca ligeramente la cuestión histórica del clasicismo y de su antagonista, y señala la influencia de Zorrilla, como ya lo hiciera Camacho Roldán, sobre la generación pasada de literatos; de los cuales muy pocos se aislaron, como en un túnel, en "la casera letrilla castellana," para salvarse del arrebatado torrente romántico. Condena la reacción, como excesiva, que sucedió a ese movimiento, y después de saludar como a sombras idas a los trovadores de la escuela de Zorrilla, llega a decirnos de dónde han tomado ejemplo los nuevos poetas, los autores que figuran en ese libro. En José Eusebio Caro gustaron el nervio de la poesía; en José Joaquín Ortiz, al continuador de Bello; en Miguel Antonio Caro, algo como la precisión; en Gregorio Gutiérrez González, la nota de la naturaleza campestre; en José María Pinzón Rico, las candentes estrofas; en Jorge lsaacs, la ternura de |Maria y el colorido oriental de |Saulo; en Rafael Núñez, algo ignoto; en Rafael Pombo, algo extraño; y, por último, en Diego Fallón, la perfección, o "la serenidad de las cosas grandes." Estos son, pues, los maestros, que aun sin propiedad, llamaremos indígenas, según el introductor de |La Lira Nueva. Luego, en España, Núñez de Arce, Campoamor y Bécquer, y en las literaturas extranjeras principalmente Víctor Hugo.
El señor Rivas Groot nos ha dado, pues, un conjuro con el cual podemos abrir el libro. Cuando se le ha leído, siente uno la fatiga de quien hace, en término breve, una gran jornada; pero es el cansancio de las sensaciones agradables. La diversidad de asuntos y de escenas que allí se desarrollan; los múltiples sentimientos que surgen en esas páginas; el tumulto de deseos que brota férvido como un reclamo a lo desconocido; la nota alta y profunda que domina el circuito como el eco del bronce; la voz grave que se dilata sordamente y forma el fondo del cuadro; los gorjeos escondidos en las ramas bajas; hasta el ruido del insecto dorado entre la hierbecilla, todo esto sorprende y encanta, aturde y maravilla, recibido de una vez en ese libro, como un golpe de luz súbita en el cerebro. Se encuentra la vida plena en los más delicados perfiles. Luégo hay tánto esmero, tánto cuidado en las decoraciones de ese volumen, en donde cada joven ha llevado el ramo más oloroso de su jardín la joya más pulida de su arca, para recibir al público con boato, entre músicas, perfumes y colores; para obsequiarle bebidas embriagadoras y almíbares; confituras y manjares suculentos; el vértigo de la carrera y el blando reposo del cansancio. Y si allí está el amor en cada página, que nos llama a gozar de sus voluptuosidades y de su pureza, o nos convida a llorar sus desengaños; y si allí atraviesa, siempre magnífica y misteriosa, la adorable mujer, madre, es posa, hermana, amiga, los cuatro verdaderos puntos cardinales de la vida; si allí va ella entre loores o quejas, pero siempre augusta, tocando con la breve planta las capas de púrpura que los bardos le tienden en sus sueños.... ¡oh, bello libro, hermoso libro |La Lira Nueva!
Descubre el lector el distinto procedimiento de los que componen ese mosaico. El talento es una fuerza esparcida debajo de los cráneos, pero que se manifiesta en sus obras con la misma desigualdad con que las fuerzas interiores del planeta se revelan en la superficie. También tiene la inteligencia montañas, colinas, valles, pozos y abismos. En |La Lira Nueva hay manos de pulso firme que trabajan con una seguridad completa; son las de los que se hicieron estilo y descubrieron ruta, que aspiran a la formación de una obra o a la continuación de una serie, con partes homogéneas. Esos se perfeccionan con el contacto de los demás, pero no se dejan devorar, no se sumergen en otra musa y conservan su personalidad, el temperamento, de que habla la escueta naturalista. Se hacen cargo, principalmente, de que los versos, como toda obra de arte, deben ser hermosos y verdaderos; es decir, de pensamiento y de forma apropiados. Con esto no se quiere que la verdad sea una -la de determinada escuela- pero sí que en la formación de las ideas empleadas en la escuela a que uno pertenezca, se use un procedimiento lógico; que en la deducción, en la comparación, en la combinación de los pensamientos se mire por que los atributos estén en cerrados en los sujetos; que ya se trate de hechos comunes o de fantasías, al presentarlos, se huya del absurdo, que es padre legítimo del monstruo. No es preciso señalar, en el libro de que nos ocupamos, a los escritores que ya tienen el poder artístico de ser dueños de sí mismos. Sigue a esta primera categoría la de los jóvenes que se tropiezan al querer continuar por un sendero, o se embelesan con los paisajes del camino, o se aturden con la algazara de los lados y se mantienen irresolutos, mudando el traje con frecuencia; y si gentiles, porque llevan los distintos vestidos con donaire, nunca serenos y despreocupados en su marchas. Y necesitan más vida propia, mejor orden en la nutrición intelectual. Pero no obstante, ellos aparecen así hermosos, como vides ingertas, con racimos multicolores. Y después de éstos están los que tienen una candorosa confianza al eco, de estro que dijéramos automático, que apenas columbran la poesía y la llaman con voces infantiles que se perciben frescas y puras aun debajo del abigarrado manto en que se disfrazan, en su entusiasmo de niños verdaderos o de viejos infantes.
Para atar las distintas partes de este discurso, reconocemos, con el autor del Prólogo, que ha in fluido mucho sobre los autores de |La Lira Nueva el estudio de Bécquer y de Núñez de Arce; el de Campoamor no es muy visible. Este último es una fragancia que se escapa de los frascos de envase. A Bécquer se le ha dado vueltas, se le ha sometido a todos los ejercicios por la juventud canora de Colombia, de modo que multitud de poetas se han hecho consustanciales con el malo grado andaluz. Se deriva de aquí una cierta monotonía cuando se reúnen muchos bardos del mismo género imitativo; y pierden ellos bastante, porque uno recuerda, al leer la imitación, el original, por la tendencia a gustar de lo nativo y prístino; y cuando se trata de Bécquer, por ejemplo porque ha conservado en todas partes mucha superioridad sobre sus albaceas. Deseáramos ver a la juventud aligerada de esa manía, que no la deja mostrar fuera del molde sino el busto, con mucho trabajo; y mirarla de pie, ágil en sus movimientos, llena de buena doctrina literaria, pero dando ricas pomas de su propia cosecha, hasta donde fuera posible. Y que no se pensara de muchos de los imitadores de Bécquer, por su pasión por el maestro, que hubieran deseado con ahínco nacer en Sevilla en 1837 y morir de hambre en Madrid en 1870, como el infortunado Gustavo Adolfo. Por lo que hace a Núñez de Arce, se le ha tomado la forma de algunas de sus estrofas y su constante espíritu de duda; es lo primero irreprochable, como que significa un verdadero adelanto; pero lo otro hace sospechosos, de aturdimiento por lo menos, a los jóvenes que empezaron a dudar cuando se recibieron aquí las obras de Núñez de Arce, y que lo hacen calcados en ese modelo. Se diría que, más bien que sinceridad, hay el prurito de no abandonar al maestro, porque las revoluciones en el espíritu se miden por muchos soles, y mal pueden ser obra de segundos. Perdónensenos estas frases, porque somos amigos de las afirmaciones positivas, y creemos a la duda estacionaria. Volney dijo que ella "es el principio de la sabiduría"; si otro afirmara "que la duda es el pecado," pudieran los dos equivocarse, pero no de seguro el que dijera que, en poesía, la duda es la facilidad de no decir nada.
No olvidaremos observar que se nota un arte con tendencias a artificio (no especialmente en La Lira Nueva), que consiste en la profusión de epítetos, y, sobre todo, en la superioridad concedida a éstos sobre los pensamientos; de donde resulta que cuando la idea no es muy vigorosa, muere asfixiada bajo el peso de la pompa, como el párvulo abrumado de olanes.
Según el autor del Prólogo del nuevo libro, Víctor Hugo "ha tenido, como ningún otro, atracciones para los espíritus abiertos, y muy especial mente para los poetas de |La Lira Nueva". Bien se deja comprender esto en la obra. Víctor Hugo es como inmenso boa, que fascina y se traga a los enamorados de su abismo: se le debe estudiar y traducir, pero no imitar, a nuestro juicio. Quien se encuentre con poderosas fuerzas, antes que caer en el gran molde, debe formar la paralela del maestro; de otro modo sólo logrará ser una chispa de su inmortal hoguera. Es que los genios no dejan las formas propias o extrañas de su misma grandeza.
Rivas Groot señala un derrotero para el que "llegue a ser el verdadero poeta, que llegue a ser el poeta." Hay venero inexplorado, según él, en los acontecimientos de la conquista, de la colonia y de la independencia. Muy cierto, y además, puede ampliarse el horizonte, porque en los hechos intelectuales hay siempre esas mismas tres épocas: se conquista al hombre cuando se le obliga a prestar atención; se le coloniza durante el tiempo en que sus ideas son dirigidas, y es independiente desde el momento en que se siente capaz de guiarse por sí mismo. Fecundas consideraciones que servirían a los poetas para explicar multitud de fenómenos interiores.
Rivas Groot desea que el vate sea, en síntesis, un benefactor; sí a fe, y que sea, por lo tanto, un libertador universal.
( |La Siesta, 1886).

anterior | índice | siguiente