JUICIO CRÍTICO
DE LAS POESÍAS DE DIÓGENES A. ARRIETA, POR JUAN DE DIOS URIBE,
REDACTOR DE " LA BATALLA " -CARACAS-IMPRENTA DE
"LA OPINIÓN NACIONAL"-1883
Señor D. José Joaquín Ortiz.
I
Queremos hablar a usted de las poesías del señor Diógenes A.
Arrieta, porque tenemos con vencimiento de que ellas impresionarán
honda mente el corazón del poeta y harán meditar al filósofo, y
porque, comparadas por un respetable órgano de la prensa con las de
usted, deseamos que usted sepa qué compañero lleva para cruzar el
mundo del arte literario.
No nos retrae de este propósito la poca cortesía que usted pudiera
dispensar a nuestras cartas, ni la vehemencia nada juiciosa de sus
arranques, ni mucho menos aún la ira reconocida de sus producciones
de polémica; son estas circunstancias patrimonio fatal de la
escuela a que usted pertenece, marca distintiva de los escritores
católicos, y no otra cosa. Además, es muy de nuestro agrado el
calor y la pasión, y sabemos que un hombre sin pasiones es un ser
moral en hipótesis.
El nombre del autor ha de decir a usted el carácter del libro. No
lo descubriría, empero, si se atuviera a lo que Arrieta escribe de
sus versos, con falta de verdad y sobra de modestia:
|que nada
puede aprender en ellos la sociedad; no señor: SON CUADROS DE
ESTUDIO, como lo dice el doctor José María Rojas Garrido.
La poesía se siente ya en el camino del bien. Y cómo no, si entre
los medios que el hombre tiene para conseguir la felicidad es uno
de los más propicios. Los poetas de la antigüedad eran los
instructores de las sociedades, y casi todas las enseñanzas de los
primitivos pueblos llevan el sello de las musas. Decayó su influjo,
porque los hombres no pudieron estar a la altura de la obra.
Influyeron causas muy diversas en esta laxitud de la poesía: los
gobiernos, las religiones, las exigencias sociales hicieron de los
vates elementos muy secundarios. Pero sin que se diga con esto que
la poesía no progresó; sólo sí que su progreso no fue de una
proporcional grandeza.
En la República debía cambiar todo.
Como causas excepcionales no interrumpen el movimiento de los
pueblos, la poesía fue más natural. Como el interés de todos para
ser felices, es el de hallar la verdad, la poesía fue investiga
dora. Como el sostenimiento de la libertad es labor constante, la
poesía fue tenaz. Y fue arma de combate luminosa, porque la
República lucha eternamente. Y fue himno, porque la libertad
alcanza victorias.
Nació esta condición de la poesía en el siglo XVIII. Los mismos
grandes hombres que depositaron el grano de la revolución política,
pusieron también en el surco la semilla de la revolución literaria.
Pero se resintió de los vaivenes de la época y la abrazó la funesta
reacción que en todo se efectuó a principios de este siglo.
En Francia a la escuela liberal sucedió la católica. Tienen los
grandes cataclismos el poder de abatir inmensamente los espíritus y
de hacer despertar extravagantes esperanzas; -el sobresalto hace
mucho campo al anhelo, -y entonces la poesía religiosa se arraiga,
con tanto mayor facilidad, cuanto más lejos vaya en sus hipótesis
de con suelo. Así se explica el espiritualismo de la poesía en el
reinado de Luis XVIII; y la fama poderosa de Chateaubriand.
La América estaba llamada a rehabilitarla.
Quintana aprendió en la filosofía de Locke la composición de las
ideas y la energía de los pensamientos. Alzó vigorosos acentos de
amor a la humanidad; la altivez nacional vibró en su lira, y la
independencia, y la guerra. Cuando sus manos ya cansadas soltaron
el plectro, bardos liberales lo vibraron de nuevo; y de España nos
vino.
Grandes poetas cantarán aquí como el maestro. No es justo, empero,
pedirles a sus obras la última palabra. Esa época de reconstrucción
no dejó a los poetas americanos campo suficiente en dónde trabajar
con firmeza absoluta. Además de las causas políticas, ellos, como
la sociedad en que vivían, llevaban sobre la espalda todo el peso
de los hábitos españoles.
Pero es la verdad que sus notas fueron libres, republicanas,
atrevidas; que se les debe el primer impulso, y por esto ¡benditos
sean!
Ya la condición de los pueblos de la América latina es muy diversa;
aunque con esto no digamos que sea del todo diferente. Hacemos
distinciones, y nos limitamos en ellas a Colombia.
Ha habido y hay dos fases en nuestra cuestión social y política: el
fondo o naturaleza de las ideas que nos dividen, y el medio de
acción de los partidos La primera, en último análisis, no ha
cambiado de la Colonia a nuestros días, la segunda, si se ha
modificado profundamente. La lucha siempre es entre la autoridad y
la libertad; pero el medio de acción es menos desventajoso que en
la Colonia para los defensores de la libertad.
Muy cierto que aún tiene el catolicismo un gobierno establecido con
sanciones poderosas; que el pueblo es fanático, y que la mujer es
un accesorio del confesionario; pero también es verdad que el poder
de la Iglesia Católica ha sido fuertemente quebrantado por los
hechos y por las leyes que ya no puede ir su brazo hasta donde va
su deseo; y que el pueblo, en general, tiene costumbres menos
intransigentes, y sobre todo, que la mayoría presenta el consolador
fenómeno ideológico de la atención, que es casi siempre augurio de
salvación moral.
Este momento es propicio: no es el de la cosecha, pero sí el de la
siembra; por eso, señor, es tan oportuna la obra de Arrieta. Usted
también encontró propicio el momento, pues dio a luz el libro más
caro a su corazón y en el que más confianza fincan sus amigos;
porque, al decir de los suyos, usted, más que todo, es gran
poeta.
Sería poco cortés el examinar cuál de las dos obras tiene más
mérito, ahora que nos ocupamos de uno de los autores y nos
dirigimos al otro; y cuando, silo hiciéramos, en presencia del
edificio de sesenta años venido a tierra al esfuerzo de un joven,
apenas podríamos decir a usted:
"Consuélete el saber que fue de Eneas
El noble acero que te dio la muerte."
La poesía dogmática es de una vitalidad artificial. Pudo, si se
quiere, tener un influjo explicable allá cuando las religiones eran
tutoras de la humanidad y los hombres poco se cuidaban de ser
dignos. Explicable, que no moral; porque ni el tiempo ni el espacio
cambian la naturaleza de las acciones.
Ni la forma cristiana le añadió cosa nueva tampoco. El cristianismo
fue un movimiento simpático en cuanto se presentó con las verdades
descubiertas por la filosofía; por lo demás, nada de raro trajo que
no fueran errores y crímenes. Sostener esos errores y estos
crímenes en el curso de los siglos, con más los del catolicismo,
que es un bastardo del Cristo, es tarea de los filósofos de la
Iglesia Católica en Colombia, como en todas partes; cantarlos,
misión de sus poetas.
¡Y qué idea, señor, tiene la Escuela católica de la vida y del
hombre! ¡Lo que es la verdad!
Hay en frente nuestro un cuadro que representa una comarca de
Siberia. El cielo oscuro, apenas desata rayos el mar inmóvil, ni
siquiera bate las desiertas playas y los enormes témpanos; la
llanura cubierta de nieve, tiene como miedo de dilatarse; ni un
arbusto allí, ni una choza miserable que defienda al hombre de los
rigores de la noche y de la borrasca... Y así el universo para el
catolicismo y así la vida: abajo sólo miserias, arriba entre las
sombras un Dios airado; alrededor, nada!... O como los viera Isaías
en el capítulo XXIV de sus proféticos anhelos!...
La perspectiva, con todo, no ahuyenta a la especie humana. Y esto,
porque hay en ella condiciones que desgraciadamente se adaptan al
fin de la religión. La oscuridad, por tánto tiempo densa, del
origen del hombre, habituó a los pueblos a creerse hechuras de la
Divinidad, como se lo dijeron leyendas fantásticas. Ya con un
pasado apócrifo, no era ímprobo falsificar el porvenir, y la
religión encontró el cielo, y en el hombre buena voluntad para
admitirlo, porque naturalmente inclinado a lo maravilloso -por
pereza- y además con temor de acabarse, olvidó lo imposible de la
idea por fijarse únicamente en lo agradable del consuelo. Como el
camino de la debilidad hay que andarlo todo, si se dio el primer
paso, ya admitido el cielo, el hombre no tuvo mayor trabajo en
admitir las penas y recompensas de ultratumba; y hé aquí, señor,
que la religión tuvo gobierno; y pudo mandar, y fue Obedecida, y
pudo fingirlo todo, y hubo de creérsela.
Pero, ¿quiénes debían dar la voz de obediencia, quiénes llegarse a
los oídos del pueblo sin despertar en su corazón recelos? Tuvo la
poesía un papel en el horrible drama: ella debía ser. Es, pues, de
lo importante de la consigna que cumple la lira cristiana, de donde
nace la inminente necesidad de combatirla con la poesía
liberal.
Para ello cuentan nuestros poetas con poderosos elementos
naturales. Fáltales resolución, señor, pero ya la dará la
República.
El hombre no lleva en parte alguna señal de su venida del cielo. En
su organización como en su inteligencia se cumplen las leyes
naturales. Muévenlo en su camino sólo el placer y el dolor. De
formas inferiores arranca, y ha venido en lenta y larga marcha de
siglos hasta alcanzar su grado de perfección actual, que no será el
último. La tumba limita su camino para siempre: pero si ha
descubierto una verdad seguirá viviendo en la memoria de todos....
Esta concepción moderna del hombre le devuelve la dignidad perdida
y lo levanta. Apúrese hasta donde se quiera el alcance de estas
conclusiones científicas y más admirables y benéficas se hallarán;
porque la verdad tiene la propiedad de gana en grandeza cuanto
adquiere en tensión.
Y así en la inspiración más amor al mundo, y más confianza en el
hombre, y la idea de la muerte será importuna.
No son los límites de una carta los suficientes para ir más allá en
el análisis de que nos ocupamos, y por hoy, esta mirada a la
situación de la literatura nos basta para augurar el triunfo de la
poesía liberal en Colombia.
Y ya que estamos a esta altura, lleguemos al libro del señor
Arrieta; pero en otra carta ha de ser, pues esta va larga.
Allí examinaremos cómo ha cumplido él "LA PRIMERA PARTE DE
SU TAREA," Y SI USTED DEBE RECOMENDAR SUS VERSOS EN EL
LIBRO DE LA FAMILIA CRISTIANA, CORREO DE LAS ALDEAS DE
COLOMBIA.
Mientras tanto, medite: un anciano poeta al servicio del
catolicismo es una noche de invierno.