EL DEDO DE LA MUJER.
TOMÓ su más blanda arcilla-
su arcilla más pura-Dios,
y formó un objeto frágil,
misterioso, seductor.
De la mujer hizo el dedo,
obra augusta y deliciosa,
dedo que los cielos muestra
y los corazones toca.
Puso á ese dedo el sobrante
de la luz con que acababa
de alumbrar la gaya frente
á la hora en que nace el alba;
La castidad de los velos,
de las cunas el vaivén,
algo del astro; del ave
también algo puso en él.
Con la sustancia celeste
Dios ese dedo compuso,
fuerte porque fuese tierno,
blanco porque fuese puro;
Y suave para que nunca
saliera dél el veneno,
y para que pareciera
dedo de Dios en pequeño.
Y con él adornó de Eva
la púdica, débil mano,
que se posa en nuestras frentes
como de un sueño el encanto.
Humilde mano ignorante,
guía del hombre indeciso,
que tiembla y se trasparenta
sobre la ley del destino.
¡Oh! para tu apoteosis,
ángel de casta mirada,
la belleza es poca cosa,
y no es bastante la gracia: -
Fuerza es amar. Todo ama:
la onda, la flor, el alción;
la gracia solo es sonrisa,
y la belleza un fulgor.
Dios, que á Eva poner quiso
en nuestra senda de espinas,
la caricia al amor dióle,
y la mano á la caricia.
Cuando aquel amable dedo
de la arcilla hubo salido,
Dios se aplaudió: -lo supremo
goza en crear lo exquisito.
Hecho aquel dedo sublime,
Dios dijo al cielo: -¡Aquí está!-
y se adormeció en seguida
en su augusta eternidad...
El Diablo entonces despierta,
viene empañando la aurora,
y sonrïendo una uña
en aquel dedo coloca.
DOMINGO ARTEAGA ALEMPARTE.