LLAMANDO A UNA PUERTA.
A mis ancianos padres y á mis hijos
la helada piedra de la fosa oculta;
y oigo que toca á muerto en torno mío
triste Natura.
Dormía niño entre mis dos hermanos,
cual en un nido que la brisa arrulla;
pero trocó la suerte en dos sepulcros
esas dos cunas.
Luégo la muerte despiadada, impía,
hija del alma, te llevó á la tumba;
pero la luz que tu sepulcro irradia
mi senda alumbra.
He sabido subir y he descendido,
he usado la ceniza con la púrpura;
y he visto, al par que auroras, en mi cielo
noches oscuras.
He abrigado en mi pecho las pasiones,
he conocido amores sin fortuna;
y ante mis ojos han huido vientos,
aves, espumas.
Tengo en todo trabajo negra afrenta,
el corazón herido de amargura,
polvo á mis pies, espinas en mi frente,
en mi alma duda
Tengo en mis ojos soñadores, lágrimas;
tengo tranquila la conciencia y pura;
tengo jirones en mi roto manto...
¡Abrete, tumba!
DIEGO URIBE.