CADÁVER.
¡OH muerte! ¡oh paz radiosa del cadáver!
¿Alguna vez con mano conmovida,
- ¡oh tú que oído á mis palabras prestas!-
levantaste los paños que cobijan
el cadáver; y en tanto que sollozan
la madre, loca de dolor, la hija,
que se retuerce en su penar, la esposa
que solloza un adiós de despedida,
dí, no viste en el rostro del cadáver
difundirse una extática sonrisa?
Antes, el moribundo se agitaba,
sudor helado por su frente lívida
bajaba entre los surcos de la angustia,
el aire le faltaba con la vida,
se desplomaba en el revuelto lecho,
entre el agrio estertor de la agonía...
¡y ahora irradia!... ¡Abismo! dí ¿quién hace
esa luz que á los muertos ilumina
cuando entran á la sombra de lo eterno?
Esa luz nace de que ya el enigma
no existe, y que las almas, ya sin lazos,
al dejar la materia lo descifran;
é irradian de placer...Y el cuerpo mismo
tiene también su formidable dicha.
Y la carne se dice:-« Entre la tierra
tierra me tornaré, y en esa misma
tierra palpitaré tornada germen,
y germinando, me alzaré en la viva
savia que bulle en generoso cauce,
y luégo seré flor en la campiña,
y luégo, aroma del amor... ¡Oh enorme
juventud terrenal! cuando perdida
më halle en tus sagrados elementos
y con tu eterno renacer exista,
viviré en el zarzal, en el arroyo,
en el arbusto y la gigante encina.
«Y en esa inmensa juventud dispersa,
hecha palpitaciones en la sima
que fecunda los génesis eternos,
seré luz, seré amor, seré caricia,
ave que canta, viento que murmura,
rayo de aurora ó lumbre vespertina.»-
Y todos esos átomos cansados,
que el alma subyugó, se regocijan
de tornar á ser libres en el amplio
seno de la Creación. En armonía
va á convertirse el estertor; perfume
será el aliento que la boca lívida
dejó escapar; y aquella roja sangre
siente que há de correr por la infinita
vena, y que arroyo, mojará los campos
donde los bueyes, cuando el sol declina,
mugen con grave paz; la cabellera
presiente el soplo colosal que agita
las copas de los árboles, y mece
hiedras, nidos y pájaros; la rígida
majestad de los mármoles ya toman
los huesos; ¡y aunque turbia en la sombría
visión de muerte, brilla la mirada
como la estrella que en la niebla brilla!
¡Sí, lo quiere el Señor: la muerte es santa!
La bestia terrenal y la divina
esencia, libres de contrarios lazos,
hallan al fin la libertad. La mística
puerta Dios abre al doble sér: dispersa,
cuando alma y cuerpo en lo mortal desliga,
el cuerpo en la sensual Naturaleza,
y el alma en el amor...
Ignota brisa
de eternidad sacude heladamente
los pliegues del sudario, y lo ilumina
un resplandor azul de paz solemne.
¡Sí, la muerte es azul! ¡Se santifica
por la paz de la tierra y de la altura!
Y el viento que los árboles inclina,
la amplitud de los valles, la serena
languidez del crepúsculo que espira,
el rosal de los lagos, la alta pompa
de la estrellada noche, la maciza
piedra de la montaña, el aire, el agua,
la onda del mar, el fuego de la pira,
todo së une al gozo de ese pálido
cadáver que la muerte solemniza.
¡Y ya entre las tinieblas del misterio
brota un comienzo de astro en la pupila!
JOSÉ RIVAS GROOT.