EL MENDIGO.
POR entre vientos y escarcha
vi pasar un pobre hombre:
hice ruido en mis vidrieras
para llamarle, y paróse.
Del mercado de la villa
tornaban los labradores,
camino de su cortejo
guiando sus asnos dóciles.
Ese anciano es el que vive
al pie de la cuesta, inmoble,
pensativo, y esperando,
llena el alma de oraciones,
De la tierra que le acuda,
del cielo que le conforte,
para Dios juntas las manos
y tendidas para el hombre.
Abríle cortés mi puerta;
-« Éntra y á la lumbre ponte, »-
le dije-« ¿Cómo te llamas?»-
y el á mí :-« Me llamo el pobre. »-
Trájele un cuenco de leche…
Temblaba de frío. Hablóme,
y respondíle, mas casi
sin atender á sus voces.
-« Tus ropas están mojadas,
sécalas,»-le dije. Entonces
se acercó á la chimenea,
se quitó el manto y colgóle.
Aquel manto, azul un tiempo,
todo del centro á los bordes
por los insectos picado
en taladros uniformes,
Sobre la hornilla tendido,
ante los rojos carbones,
semejaba el estrellado
pardo cielo de la noche.
Y entretanto que él secaba
sus tristísimos jirones
empapados por la lluvia
y las vertientes del monte,
Yo, sordo á todo, pensaba
sólo en la fe de aquel hombre,
y contemplaba su manto
lleno de constelaciones.
JOSÉ ANTONIO CALCAÑO.