MORS.
YO vi en su campo á aquella segadora,
negro esqueleto que pasar dejaba
la luz crepuscular: la cortadora
hoz refulgente sin cesar movía,
la éra á grandes pasos recorría
y de la siega el fruto amontonaba.
En medio de la sombra, do parece
que todo retrocede y se estremece,
de la feroz guadaña
miraban los fatídicos fulgores
con espantados ojos los mortales;
bajo el arco triunfal los vencedores
rodaban desplomados;
en lóbregos eriales
cambiábanse los sitios encantados
donde fué Babilonia; un trono excelso
trocábase en patíbulo afrentoso,
y en trono glorïoso
el cadalso á su vez se convertía;
hediondo estercolero
su manto de inmundicias extendía
sobre campos cubiertos de rosales;
tornábanse, al morir, los pequeñuelos
en aves de los cielos,
en vil ceniza sus cabellos de oro,
y en arroyos los ojos maternales;
-« ¡Volvedme mi tesoro¡ »-cada madre
por el dolor herida
exclamaba, -« ¡Volvedme mi tesoro!
¿por qué para morir le dieron vida? »-
Un sollozo profundo
vagaba por los ámbitos del mundo;
cual del fondo de lúgubres osarios,
de mil lechos de muerte
manos yertas y rígidas se alzaban;
zumbaba helado viento
en los pliegues de innúmeros sudarios;
como rebaños que en las sombras huyen,
los aterrados pueblos se acosaban
ante la cruel cuchilla:
todo era horror, espanto,
desolación y llanto
á los pies de la Muerte asoladora...
Mas tras ella, formando la gavilla
de las almas segadas,
iba un Ángel sonriente
cuya serena frente
bañaba con su luz la blanca aurora.
FIDEL CANO.