VENI, VIDI, VIXI.
¡AY! yo he vivido ya mucho,
cuando en mi dolor no encuentro
ni mano que me sostenga
ni voz que me dé consuelo;
Cuando ya apenas sonrío
y apenas hallo recreo
con los niños y las flores,
mis delicias de otro tiempo;
Cuando al ver la primavera
con sus pomposos arreos,
no siento ya como un día
arder en su amor mi pecho;
Cuando la paz sólo imploro
de los sepulcros eternos,
cuando mi esperanza es ida
y mi corazón es muerto.
Yo no he esquivado en el mundo
de mis faenas el peso:
mi labor está presente;
ved aquí lo que yo he hecho.
Con la calma en el semblante
he cruzado mi sendero,
sólo sí vueltos los ojos
á los eternos misterios.
Hice bienes cuantos pude;
y burlando mis desvelos,
muchas veces fué el escarnio
de mis dolores el premio.
Yo no sé cómo del odio
atraerme pude el ceño,
con afanes tan prolijos
y martirios tan acerbos.
En esta cárcel humana
de tinieblas y de duelo,
sin quejarme, aunque mi sangre
á cada paso vertiendo,
Extenuado, escarnecido
por la risa del perverso,
he arrastrado mi cadena
la sien baja, y en silencio
Hoy mis párpados pesados
levantar apenas puedo,
ni respondo si me hablan,
ni si me nombran me vuelvo.
Lleno de estupor y enojo,
imagen soy del que el lecho
abandona antes del alba
sin haber logrado el sueño.
Yo ni reparo siquiera,
sumido en mi amargo tedio,
en el aleve envidioso
que me arroja su veneno.
¡Oh! las puertas de la noche
ábreme, Señor, te ruego,
y que me vaya, y no quede
de lo que fui ni un recuerdo.
JOSÉ ANTONIO CALCAÑO.