LA NATURALEZA.
- LA tierra está empedernida,
los arroyos son de mármol,
es invierno y mata el frío;
oye y responde, buen árbol:
¿para las noches de pascua
quieres que leña te hagamos?-
- Arbol, vengo de la tierra,
fuego, subiré al espacio;
¡córta, leñador, bien puedes!
Hombre, mujer, niño, anciano,
confortad en Dios el alma
y en el fuego vuestras manos.
Amad, vivid!
-Arbol, dime,
¿quieres ser timón de arado?-
-Sí, quiero surcar la tierra,
y de su seno, á mi paso,
ver brotar la espiga de oro
que da á la llanura ornato,
paz á el alma, y á la aurora
mayor brillo.
- ¿Quieres, árbol,
árbol de los matorrales
en donde moran los gamos,
ir á la casa del hombre
á ser pilar?
-Iré ufano:
bien puede cargar los techos
quien los nidos ha cargado;
yo bendigo tu hogar, hombre,
él es un recinto santo:
á su sombra te guareces,
ventura y amor soñando,
y es el rumor de los niños
del de las hojas hermano.-
- ¿No quieres ser tú, responde,
mástil de buque, buen árbol?
-Sí, córta, buen carpintero,
volaré como los pájaros.
A mí la nave me sirve
como la tumba al humano:
de la tierra, á lo infinito
me lleva trémulo y raudo.
Sí, veré esos anchos cielos
llenos de espléndidos rayos,
de que á su paso me hablan
los viajadores alados.
Como no inspira la tumba
terror con su sombra al sabio,
por más que en brumas se envuelva
no me aterra el oceano.
Sí, quiero cruzarlo, córta. -
- ¿Arbol, quieres ser cadalso ?-
- ¡Silencio, vil! ¡lejos, hacha!
¡Soy el árbol de los campos!
¡Yo á la vida pertenezco!
¡Juez, verdugo, atrás, malvados!
yo soy quien los frutos cría,
quien da á las aves amparo.
¡Yo soy árbol, no soy hombre!
¡lejos, dejadme mis ramos!
¡lejos! matad, sed del crimen
los obreros sanguinarios;
pero no vengáis, crueles,
hierros y cuerdas cargando,
á procuraros un cómplice
en los bosques y los prados.
No pretendáis que os ayude
en vuestros inicuos actos
el árbol á quien los vientos
revelan hondos arcanos.
Vuestras leyes con sus alas
van negra noche formando:
si sois hijos de la noche,
yo del sol hijo me llamo.
¡Atrás, atrás! dejad, hombres,
en sus desiertos el árbol;
á vuestras fiestas y juegos
unid esos espectáculos:
matad á los infelices
de culpa y males cargados;
que en cuanto á mí, ¡ver no quiero
espectros entre mis brazos!
JOSÉ ANTONIO CALCAÑO.