EL APARECIDO.
POBRES madres, vuestros ayes
tienen un eco allá arriba.
Dios, á cuya mano vuelan
todas las aves perdidas,
veces al mismo nido
la misma paloma envía.
La cuna por senda oculta
con la tumba comunica:
más de un divino secreto
en la eternidad se abriga.
La madre de que hoy os hablo
disfrutaba en otros días
de cuanto bien concedernos
puede la bondad divina.
A la del hombre que amaba
unió en el altar su vida:
tuvo un niño, y en la tierra
ésa fué su mayor dicha.
En una cuna de seda
junto á su madre dormía,
apenas haciendo, á veces,
el ruido de una avecilla.
Toda la noche la madre,
por mil quimeras mecida,
resplandecientes los ojos,
en incesante vigilia,
muda, suspenso el aliento,
alma y manos á él tendidas,
pasábasela atisbando
si velaba ó si dormía;
rompiendo á cantar, á el alba,
alegre y envanecida.
Cargando hacia atrás el cuerpo
al espaldar de la silla,
del néctar materno henchido
su blanco seno lucía;
y viendo al niño inocente
con inefable sonrisa,
llamábale amor, tesoro,
ángel... ¡locuras benditas!
Sus piesecillos de rosa
besaba entre mil caricias,
y les hablaba; y en tanto,
el desnudillo reía,
y, sujeto por los brazos,
de las maternas rodillas
en indecible contento
hasta los labios subía.
Trémulo, cual se levanta
bajo los vientos la espiga,
creció el niño: para el niño
crecer es temblar. Camina,
habla ya, tiene tres años,
¡ángel que empieza la vida!
En sus labios la palabra
se asemeja al avecilla
que bate el ala en el nido
y al viento el vuelo encamina.
La madre estaba encantada,
y dél hablando decía:
- « Ya está grande, está aprendiendo,
y ya sus letras descifra.
¡Quien le viere, es un diablillo!
no quiere vestir de niña,
¡ya quiere parecer hombre!
¿No digo? ¡estas figurillas...!
¡Pero lee muy bien! Promete
ser gran cosa, tiene chispa
y se aplica, y yo le hago
deletrear en la Biblia. »-
Viendo su angélico rostro
se inundaba de delicia,
y en el corazón del niño
latir el suyo sentía.
Un día-todos tenemos
de esas fechas en la vida-
el crup, espantoso monstruo,
invisible halcón, designa
para campo de su estrago
la blanca feliz casita.
Lanzándose sobre el niño,
á la garganta le aplica
la horrible garra. ¡Oh falacia
del aire, negra perfidia!
¡Ay! ¿quién no ha visto bregando
á esas inocentes víctimas
que oprime el crup é implacable
del aire vital les priva?
Luchan, sus ojos se enturbian,
de sus labios, que se enfrían,
brota un horrible ronquido,
y tal es, que se diría
que se oye dentro en su pecho,
en donde el aliento espira,
al gallo de los sepulcros
cantando su alba sombría.
¡Murió cual fruto ultrajado
por el diente de la vívora!
¿Y qué quedó tras el ángel?
Una madre enloquecida,
un padre en llanto, una cuna,
unas frentes que se abisman
reclinadas en los muros
en donde estrellarse ansían,
gemidos, sollozos, quejas
de las entrañas partidas.
¡Oh, donde empiezan los gritos,
voz y palabras espiran!
¡Silencio, acentos humanos!
La madre, tras su desdicha
estuvo tres largos meses
siniestra, en sombras hundida,
en un rincón de la alcoba
siempre la mirada fija,
murmurando oscuras frases;
era una fiebre su vida,
no contestaba tan sólo,
á veces, en voz fatídica,
á alguien que nadie miraba,
- « Devuélvemele, »-decía.
Entonces dijeron todos:
- « Es preciso darnos prisa
á distraerla, y roguemos
á la clemencia divina
le dé otro niño, que calme
tánto dolor. » -Pasan días
semanas y meses pasan
el ruego al fin se realiza.
Va á ser madre nuevamente.
Ante la cuna vacía
del desparecido ángel,
sin conciencia aun de sí misma,
más pensar no la ocupaba
que el de ese amor de su vida.
Y cuando por fin su seno
le dió la nueva improvisa,
exclamó trémula, pálida
y cayendo de rodillas:
- « ¿Quién es éste? ¡Oh, no, no quiero!
Tú, mi bien, te sentirías,
pobre ángel de mi alma,
de quien la muerte me priva,
dijeras: - Otro ha venido,
y ya mi madre me olvida:
le da su amor, le halla hermoso,
le abraza, y ríe, y le mima;
y á mí, solo en mi sepulcro,
á mí nadie me acaricia.-
No, no quiero! »-Así lloraba
en su profunda agonía.
Alumbra al fin.- « ¡Es un niño! »-
el padre gozoso grita,
y es el único en la casa
á quien el júbilo anima.
Ella lúgubre prosigue;
y allá en su mente delira,
ciega á todo lo presente,
con las memorias antiguas.
Tráenle el niño; indiferente
á su pecho le aproxima,
pero de súbito, en tanto
que inconsolable, sombría,
más piensa en el ángel muerto
que en el que empieza la vida,
y más mira á la mortaja
que á los paños de batista,
mientras exclama :- « Ese ángel
solo en su sepulcro habita,»-
¡oh venturoso milagro,
oh madre vuelta á la dicha!
oye que oculto en sus brazos
y con voz muy conocida,
le dice el recién nacido:
- « Soy yo mismo, no lo digas. »-
JOSÉ ANTONIO CALCAÑO.