LO QUE ME DIJO UN AVE.
-LEÍA- ¿Y qué leías?
-El eternal poema,
el libro más grandioso.
- ¿La Biblia ?-Nó: la tierra!...
Atento, cada día
Platón, en otra época,
de Homero meditaba
la espléndida epopeya;
mas á mi mente nada
del hombre le embelesa,
por eso el libro busco
de Dios, que en vivas letras
de flores y de arroyos,
á conocer me enseña
de la divina mano
la creación maestra!...
Sin que jamás un libro
bajo mi brazo venga,
siempre á mis plantas hallo
alguna foja abierta,
sublime y palpitante,
del libro de la tierra...
Traduzco los sonidos
del agua que se aleja,
escucho los acentos
del aura en la pradera,
observo de las ramas
la trabazón simétrica,
y descubriendo enigmas,
y descifrando emblemas
de tallos y corolas,
siempre una idea nueva
en todo lo creado
mi vista deletrea...
Así una vez leía;
y cuando más atenta
gozábase mï alma
absorta en su tarea,
á interrumpirme vino
con su canción parlera
un ave, que tenía
de nieve la cabeza,
jaspeado lomo, y alas
como la noche negras...
- « ¡Pobre mortal, »-me dijo-
« que entre la duda acerba
y la fe salvadora
cruzando vas la tierra:
del cielo que te cubre,
del campo que te cerca,
las páginas medita,
y encontrarás en ellas
con viva luz trazadas
las glorias de la ciencia!...
« ¡Qué versos tan sonoros
son las gigantes selvas!...
¡qué estrofas las montañas!...
¡qué máximas tan bellas
en todo nos descubre
la gran Naturaleza!...
¡Todo es poesía, todo!
¡hasta la noche tétrica,
que mientras más se enluta
más brillan sus estrellas!...
« ¡Lee, lee!... ¡tu espíritu
más y más alto eleva,
que algo traerá del cielo
cuando á la tierra vuelva!...
¡Más sabe quien más ama,
y todo á amar enseña...!
Los nidos, que en los árboles
con dulce amor se enredan;
el junco, que en su tallo
gentil se balancea
y la cabeza inclina
buscando la violeta;
la luna misteriosa,
la espiga que alimenta,
los astros brilladores,
las aves que gorjean,
los montes y los mares,
son animadas letras,
que del CREADOR el nombre
claro y distinto muestran...
« ¡Cuánta belleza, cuánta,
en una flor se encierra!
¡qué vida en un capullo!
¡qué bosques y qué selvas
en sólo una semilla
que se distingue apenas!...
Buscar á Dios en todo,
¡eso haces tú, poeta!
Por eso amas los astros,
por eso amas la tierra;
¡y tu alma es un oasis
de eterna primavera!... »-
-« Ave infeliz, te engañas,»-
le respondí.- « No creas
que merezco ni el aire
que me da vida...Es ciega
mi razón; y mi carne
es frágil... Su pureza
sólo obtendrá mi alma
cuando mi cuerpo muera...
¡soy hombre...! »-
El ave rápida
tendió sus alas negras;
y yo... ¡seguí leyendo
los cielos y la tierra!...
JOSÉ ANTONIO SOFFIA.