EL CANTO DEL CIRCO.
Panem et circenses!
JUVENAL.
¡MAGNÁNIMO César, los que van á morir te saludan!
Unánime el mundo viene á dar á tu fiesta esplendor.
Tú sólo entre todos los monarcas del orbe á los dioses
con sangre del hombre has podido ofrecer libación.
El pueblo romano á sus fiestas convida á la Muerte,
y toda la tierra á este circo sus monstruos envió;
y en él confundimos, entre charcas de sangre que humea,
al bárbaro escita con el tigre y el fiero león.
Colosos de bronce y magníficos vasos de pórfido
y ricas cortinas que hinche el viento y que brillan al sol
la fuerte barrera del espléndido circo decoran,
y el aura embalsaman los aromas que Arabia crió;
que al pueblo deleita aspirar el vapor de la sangre
mezclado en las auras, del incienso al suavísimo olor.
De súbito giran en sus goznes robustos de acero
las puertas macizas rechinando con áspero són;
las rejas retiemblan, y contra ellas se estrecha el gentío;
conmuévese el tigre en su jaula con rabia y terror;
del anfiteatro en las gradas se agita la plebe,
cual suele, al lanzarse de peñasco en peñasco, el turbión.
En sillas ebúrneas los ediles presiden los juegos;
monstruoso hipopótamo, y tras él cocodrilo feroz,
á vista del pueblo, á las aguas se lanzan del foso,
las surcan ligeros y recorren el circo en redor.
Quinientos leones su rugido espantable levantan,
y á coros entonan las vestales con plácida voz,
en tanto que aprestan los augustos altares y el fuego,
los himnos sagrados, de los dioses y el César en loor.
También del Senado en el circo los miembros se sientan;
de cada uno viene el cortejo de esclavos en pos,
de esclavos que acaso ocuparon ayer algún trono
y un Cónsul triunfante en el foro de Roma vendió.
De una matrona cada virgen al lado se sienta;
en torno del trono ya se ven, del tribuno á la voz,
en círculo vasto las legiones invictas formarse;
en tanto que canta sobre humilde tablado el histrión
que vino del Ganges, y entre tanto que el pueblo impaciente
murmura y levanta por doquiera siniestro clamor.
Mas llega la hora, y la plebe amenaza y aplaude
á aquellos cautivos que con brazo potente sacó
el César invicto, ya del templo de Osiris, en Menfis,
ó ya de los antros en que el galo venera á su Dios.
Los viles cautivos á la vista del pueblo desfilan,
ocupan la arena, y al entrar los declara el lictor
rebaño que, vivo, para verle morir en el circo,
en cruda batalla, vencedor el romano guardó.
Entre ellos camina con la frente inclinada el judío,
que arrastra doquiera su vergüenza y su oprobio y baldón;
el galo, que aguarda con semblante sereno la muerte,
y tiende en contorno su mirada soberbia y feroz;
y en pos de ellos viene el infame cristiano, que inerme
se entrega al verdugo sin orgullo y también sin temor.
Empero, ya miran las panteras abierta la reja
que mil y mil veces su impaciencia voraz reprimió,
y libres se sienten, y contemplan con saña la presa
que miran dispuesta á saciar su apetito feroz.
¡Magnánimo César, los que van á morir te saludan,
ufanos muriendo para dar á tu fiesta esplendor!
JOSÉ MANUEL MARROQUÍN.