A MI HIJA.
HIJA mía, ¿no ves? yo me someto;
vive, cual yo, del mundo separada;
ni feliz ni triunfante, solamente
resignada.
Sé buena y dulce, álza tu sien piadosa;
como el sol en los cielos reverbera,
derráma en el zafiro de tus ojos
tu alma entera.
Ni feliz ni triunfante nadie vive;
las horas incompletas son: sus huellas
como sombras discurren ¡y la vida
hecha es de ellas!
¡Cansados están todos de su suerte!
y para que ella fuera venturosa
todo falta... mas no...me equivocaba...:
¡poca cosa!
Es ese algo que busca y que desea
sobre la faz del mundo cada hombre:
¡un poco de oro, una palabra, un gesto,
ó un nombre!
La gota de agua falta al gran desierto;
sin amor un gran rey muere de pena;
sima insaciable el hombre, su vacío
nunca llena.
Esos genios que todos deificamos;
esos héroes que á todos nos dominan,
nombres que nuestros vastos horizontes
iluminan,
Después que como antorchas deslumbraron
al mundo con sus múltiples fulgores,
bajo la sombra de la tumba aduermen
sus dolores.
El cielo, que del hombre el mal conoce,
piadoso ve pasar sus horas vanas,
y baña con las gotas de su llanto sus mañanas.
sus mañanas.
A cada paso Dios nos ilumina,
y algo de ÉL y nosotros comprendemos,
y una ley de las cosas de aquí abajo
surgir vemos.
Santa ley que al alcance está del hombre
y á la cual, hija, es fuerza sujetarnos;
esta es: no odiar, amar todo, ó de todos
apiadarnos.
RAFAEL NÚÑEZ.