JOSUÉ.
¡DAD sin descanso vuestra voz al viento,
clarines del humano pensamiento!
Cuando Josué, soñando
y al cielo alzada la serena frente,
de los suyos seguido
marchaba al rededor del eminente
muro de Jericó, jamás vencido,
y-ardiendo en el furor de los profetas-
con el tremendo són de las trompetas
de la ciudad el término anunciaba,
el Rey, que de una torre le miraba,
vió con desprecio la primera vuelta,
y á la risa dió suelta;
á la segunda prosiguió riendo;
y al jefe israelita
dijo un heraldo en nombre del Monarca:
- ¿Vas á aterrar con viento nuestras torres?»-
A la tercera vez iba delante
de los clarines y del pueblo el Arca,
y los niños lanzaban desde arriba
sobre el Arca saliva
y la voz resonante
de las bélicas trompas remedaban;
á la cuarta, tranquilas y serenas
y á los hijos de Aarón desafiando,
en las pardas almenas
vinieron á sentarse las mujeres,
y ya en la rueca hilando,
ya piedras arrojando,
al hebreo colmaron de sonrojos;
á la quinta, los ciegos y los cojos
desde lo alto del siniestro muro
con destemplado grito
del clarín se mofaban, cuyo acento
vagaba por el ancho firmamento;
á la sexta, en su torre de granito
tan sólida, que en vano
la hubiera herido el rayo de los cielos,
tan alta, que en cima
el águila guardaba sus polluelos-
apareció de nuevo el soberano,
y al ver á los porfiados sitiadores,
á grandes carcajadas se reía,
y- "No son malos músicos"-decía.
En torno al Rey estaban los doctores,
venerables ancianos que en el templo
se sientan por la tarde y deliberan,
y seducidos por el real ejemplo,
alegres y burlones se mostraron...
A la séptima vuelta
los muros con fragor se derrumbaron.
FIDEL CANO.