A LA COLUMNA DE VENDOMA.
Parva magnis.
I
¡VENGADOR monumento!
Indeleble trofeo que audaz lanzas
tu gloria en espiral al firmamento,
desde la base inmoble en que te afianzas!
¡Únicos restos hoy, único indicio
que no fuera bastante
el hado á sepultar, del edificio
soberbio del Gigante!
¡Despojos del Imperio lastimeros
y de ínclitos guerreros
cuyos nombres la Fama voladora
lleva desde el ocaso hasta la aurora!
Yo amo, el extranjero con asombro
te mira y con pavor, triunfal escombro;
yo te amo, y á esos héroes cincelados
en ti por la Victoria
y á esos que custodiándote agrupados
veo, fantasmas de gloria!
Al ver en tus relieves numerosos
grabados los guerreros animosos
que el mundo contrastaron,
y á quienes el Danubio, el Po y el Reno
en sus sangrientas ondas arrastraron,
de orgullo el corazón se siente lleno.
¡Oh de grandeza esplendido tesoro!
¡Gigantesco adalid que te levantas
hollando tu conquista con tus plantas!
¡Oh columna! yo adoro
esos hermosos timbres que la Fama
erige á almas guerreras,
tus lorigas, tus cascos, tus banderas!
El grande Enrique, el protector celoso
de la patria Ventura
que eternizara en bronce la escultura,
y tú ¡emblema precioso
del ilustre valor de nuestros Cides!
juntos salvad, ministros de concordia,
á la nación de la civil discordia,
saliendo, uno de amor, otro de ira,
signos eternamente duraderos
de nuestra dicha y honra, tutelares,
Enrique, de las arcas populares,
tú, de los arsenales extranjeros.
Cuando la Noche, al desplegar su velo,
alza la clara luna y presta al mundo
el esplendor del estrellado cielo,
¡oh, cuántas veces con dolor profundo
á tus piés complacime reverente
en recorrer tu historia
con inflamada mente,
participar creyendo de tu gloria,
cual tímido aldeano
en el rico festín de un soberano!
¡Oh, cuántas veces ver enrojecido,
oh columna, en la fragua,
tu enemigo metal me ha parecido!
¡Y cuántas reanimando á los guerreros
el galope escuché de tus bridones
y el choque aterrador de sus aceros
y el fiero batallar de tus legiones!
Nunca los extranjeros
á ti sus ojos sin terror alzaron,
ni tu sombra buscaron,
ni con su marcha osaron altaneros
tu base conmover, que cuando fiera
los condujo la suerte á esta ribera
nunca en ocioso alarde desplegaron,
con altiva arrogancia,
sus huestes, ante el bronce do miraron
esculpidas las glorias de la Francia!
II
¡Mas qué! ¿Con sordo ruido
suenan tus armaduras? ¡Ah! yo creo
ver á tus batallones esforzados
del bronce trasportándose á la tierra;
sí; y á esos héroes, rayos de la guerra,
ardorosos los veo
retroceder del celestial camino
y con noble entusiasmo dar al viento
los nombres de Dalmacia,
de Regio, de Trevisa y de Tarento;
y veo que tus águilas furiosas
del sueño despertando en que yacían,
persiguen animosas
A esa águila vibrante, cuyos ojos
á la sombra avezados
se cierran á su vista
cual del sol á los rayos abrasados.
¡Mas qué! envidia de Roma, bronce augusto!
¿Se encienden tus legiones en coraje?
¿Con vergonzoso ultraje
quién atrevióse injusto
A despertar tus sombras inmortales?
¿quién, esas victoriosas
águilas imperiales
que dormir tanto tiempo miré ociosas
con el rayo en sus garras apagado?...
III
¡Ah, lo sé!... ¡El extranjero ya ha olvidado
que la Francia grabara en su memoria
esas páginas que él con mano osada
rasgar quiere en la historia
que con sangre escribiera nuestra espada!
¿Cede al torpe deseo
de que sus golpes hagan
centella tan magnífico trofeo?
Sí, que ignora el cuitado
que ese bronce, de rayos fabricado,
donde las glorias de la patria sellas,
relámpagos despide, no centellas!
¿Fija en Napoleón su torpe saña?
¿Acaso de esos timbres singulares,
fruto de tánta y tan gloriosa hazaña,
disputar su imprudencia
pretende á nuestros viejos militares
la sacrosanta herencia ?...
Débiles son sus manos é infantiles
para tal cargo: el reino de Alejandro
y las armas de Aquiles
sólo se distribuyen á los héroes.
Empero, no: el austriaco está contento
si esos preclaros nombres
sólo su mengua dicen á los hombres.
Él de su vencimiento
nuestros títulos firma,
y feudales señores
temiendo más que ilustres vencedores
que pasmo fueron de apartadas zonas,
coronar nos permite á nuestros héroes
si sólo de laurel son las coronas.
Dí, bronce, ¿ alguna vez quizá altanero
por sola una victoria
clavar sus ojos pudo
en tu esplendente lumbre expiatoria?
¿De dónde, pues de dónde,
de qué hechos inmortales
audacia tal dentro del pecho esconde?
¿Pensará impunemente
tocar esos anales?
¿Cómo lee esas páginas triunfales
que desenvuelves en el éter puro?
Escrito tan oscuro
tal vez su mente tímida no entienda...
Mas á entenderlo aprenda
al pié de las Pirámides, en Viena,
en el viejo Kremlim, en la morada
del Escorial sombrío;
y á la turba brillante y coronada
explíquelo, de príncipes que un día
de una tienda empolvada
el imperial vestíbulo cubría!
IV
¿Qué piensa en su jactancia
el extranjero que provoca á Francia?
¿Qué alcanzará su voluntad proterva?
¿Humillar nuestra frente
cuando fué ayer Europa nuestra sierva?
El destino, es verdad, nos fué inclemente;
mas á pesar de su feroz embate
marchar aún podemos al combate;
que tal vez en la paz en que ha dormido
la garra del león ha renacido.
¿En dónde los derechos adquirieron
de arrancar la corona á nuestras glorias?
Los Borbones quisieron
hidalgos adoptar nuestras victorias:
de hostilidad ruín te defendieron;
y el celo que en pro tuya los empeña
permite que hoy tus águilas reposen
bajo la sombra de la blanca enseña.
¡Qué! ¿eléctrico volcán conmueve el globo?
¿Y tiembla más allá del oceano
el suelo americano?
¿Y rugen las Turquías?
¿Y torna Grecia á sus antiguos días?
¿Y en vano el reino portugués se agita
por sacudir el yugo de Inglaterra?
¡Ah! en tanto, pío espectador, se irrita
el franco, de no ser el pueblo solo
que haga á su voz estremecer la tierra!
En vano ¡oh extranjeros!
en su apacible cuna
ociosa paz nos mece,
A nuestro instinto bélico importuna:
A los gritos guerreros
nuestro entusiasmo crece;
manejan nuestras manos,
por nuestro mal al ocio condenadas,
liras en vez de espadas;
mas si del seno de la paz salimos,
tan bien como cantamos combatimos!
Mirad, mirad que la nación gloriosa
pasmo del siglo y árbitro del mundo,
no en sueño tan profundo
adormida reposa
que á un ultraje ensordezca.
Tal vez su justa furia
los partidos quebrantan;
mas oyendo una injuria
unidos los franceses se levantan
y nada los arredra:
las armas se resisten del guerrero;
y la Vendea aguzará su acero
de Waterloo en la piedra.
¿Proscribís nuestros nombres inmortales?
¿Queréis que entre vosotros levantemos
monumentos marciales;
y los nombres dejando que pregona
la Fama que á los héroes galardona,
otros en vuestro suelo mendiguemos?
¿En vuestro bronce impresos
no están, para vivir eternamente?
¿Romperá el extranjero los blasones
que ilustran á la Francia?
¿Y con martillo vil nuestros escudos
pretenderá abollar con su arrogancia?
No; que de castigar ultraje tánto
dueños sois ¡oh franceses!
de la paz y la guerra,
como el romano célebre
que conmoviendo á su placer la tierra,
las llevaba en los plieges de su manto.
Paso á los arenales africanos
Cádiz os da, si os place,
y al Asia el moscovita:
á vuestra vista ingleses y germanos
huyen en muchedumbre pavorosa,
si vuestras trompas bélicas retumban;
y en sus marchas triunfales,
saben vuestras banderas el camino
de las más apartadas capitales.
Si con vuestro destino
el suyo pesan las demás naciones,
destronadas se rinden: es la gloria
á vuestros hechos pobre en galardones;
¨si en el oriente fúlgido lucero
de la Francia aparece,
á su brillo todo astro se oscurece,
y si os movéis, os sigue el mundo entero.
Que os tienda lazos Austria
su soberbia corona
ya hollarán dos gigantes soberanos:
la historia que pregona
del tiempo los arcanos
sobre la doble frente
del buitre audaz provocador de Galia
doble baldón revela;
que allí estampó el gran Carlo su sandalia,
Napoleón, su espuela.
Ya no tenéis esa águila que el suelo
temblar hizo á su vuelo;
empero, si otro es ya nuestro estandarte,
vigilante custodia de los Galos
el ave cara á Marte,
dando al aire su voz despertadora,
la tiniebla profunda
trocar súbito puede que os circunda
de Austerlitz en la aurora.
V
¿Y podré yo callar? Yo, que embriagado
mi nombre en otro tiempo
escuché al grito bélico mezclado?
¿Yo, que seguía en su veloz carrera
victoriosa bandera,
mi débil voz uniendo
de los roncos clarines al estruendo?
¿Yo, que soldado fui desde la infancia?
No, hermanos, no de Francia
valientes hijos de esta edad inerte;
de la guerrera tienda á los umbrales
hemos crecido ; y si contraria suerte
empeña nuestros ímpetus marciales,
águilas de los cielos desterradas,
sepamos á lo menos, centinelas
de glorias heredadas,
de ultrajes insolentes
guardar las armaduras
de nuestros inmortales ascendientes!
FELIPE PARDO ALIAGA.