EN EL CEMENTERIO.
PASÓ la multitud. Siempre á mi lado
sin mirarme ha pasado,
feliz ó desgraciada en su locura;
pero los muertos, que olvidados viven,
mi visita reciben
y á su lado me acogen con ternura.
Saben que soy el hombre del olvido,
el viajero perdido
del bosque de la muerte en la espesura;
alma que del dolor un libro haciendo,
en él ha ido aprendiendo
que abajo está la paz, nunca en la altura.
Ellos conocen la actitud que tengo
cuando á olvidarme vengo
del mundo, entre las cruces y las losas;
y con amor escuchan mis pisadas,
y siguen mis miradas
cuando la oscuridad buscan ansiosas.
Ellos la voz de mi dolor atienden,
y mis quejas comprenden
más que vosotros, locos de la tierra;
y el himno de mi lira, vuestro canto,
es para ellos el llanto
que de amargura el corazón encierra.
Olvidados de todos, la Natura
les brinda en su ternura
este jardín, nuestra última morada;
en él la aurora vaga cariñosa,
la flor es más hermosa
y es más feliz el ave enamorada.
Y vivo aquí!...Rodeado de sus flores,
alivio mis dolores
consolando á las tumbas olvidadas;
de los muertos deléitase el oído
cuando escuchan el ruido
que forman en la hierba mis pisadas.
Y sueño aquí!...Vagando entre los muertos,
del pensamiento abiertos
los ojos ven que mi alma se transforma
en un mágico espejo que retrata
y á lo inmortal dilata
del universo la imponente forma.
Viendo aquí sin mirar pobres insectos
de variados aspectos,
tronchadas ramas, sombras y colores,
siento, en la oscuridad, que me deslumbran
las tinieblas que alumbran
volcadas piedras, túmulos y flores.
El ideal de mi constante anhelo
cual luminoso velo
flota aquí de lo eterno en las orillas;
de mis dudas sin fin las formas varias
transfórmanse en plegarias...
comienzo en pie y acabo de rodillas.
Cual busca la paloma entre las grietas
de las rocas escuetas
la gota de agua que dejó la aurora,
mi alma afligida bebe con anhelo
un poco de consuelo
de amor y fe donde la muerte mora.
ERNESTO LEÓN GÓMEZ.