V
Y conviene Víctor Hugo en América, concuerda con nuestro Nuevo
Mundo. En verdad que si hay un continente que parezca creado por la
imaginación de un poeta, ese continente es el Nuevo Mundo y ese
poeta es Víctor Hugo. Aquí, como en la obra poética de Hugo, una
múltiple variedad en la unidad, desde el astro que gira en el fondo
del firmamento hasta el cocuyo que gira en el fondo de la selva;
desde el páramo, donde se arremolinan eternas nieblas, hasta el
suelo de las costas, donde se arrastran las serpientes sobre los
arenales retostados. Aquí, como soñada por nuestro poeta, la
antítesis en los climas, la antítesis en la vegetación y en los
seres todos. Aquí la delicadeza suma al lado de la suprema fuerza.
En el claroscuro de un bosque se ve retorcerse, entre flores
vírgenes y amables sensitivas, un boa constrictor que extrangula
una pantera. Y cortan al par el aire el pájaro mosca, que va á
disputarse el cáliz de una flor con una abeja, y el calvo buitre,
que va á otear su presa desde un peñasco. En la calma de las noches
tropicales contesta al canto del sinsonte, que vela enamorado sobre
el nido, el estertor de los volcanes, que, en eterna agonía,
duermen mal sobre su lecho de fuego.
Admírase en parajes de esta América, como en cien hermosísimos
idilios de Hugo, una dulzura, una delicadeza incomparable, un no
igualado primor de detalles: las flores más caprichosas y frágiles
destilan miel para las golosas abejas; y las abejas que acuden á
esa miel aroman con sus panales un ambiente donde revuelan
mariposas con ojos de niños estampados sobre las alas. Mas vese de
pronto la otra faz de la Naturaleza: se ennegrece el horizonte,
pasan las nubes, los huracanes azotan el follaje; las fieras,
revolviendo la sanguinolenta pupila, se despiertan y asoman la
gestuda cabeza por entre las cuevas; la lluvia hace desbordar los
torrentes; el rayo hiere, cruje la selva, y los árboles,
tronchados, quedan pendientes de la raíz sobre el abismo donde se
precipita una catarata.
Osténtase aquí, como imaginada por el autor de la Leyenda, la
homérica majestad del Niágara, sólo rivalizada por la apocalíptica
belleza del Tequendama. Dilátase aquí la amplitud de los desiertos,
despliéganse las Pampas, donde, como en las epopeyas de Hugo, se
fatiga el pensamiento y se pierde la mirada.
En suma, aqui la madre Naturaleza con su exuberancia primitiva,
con su vigor de savia, su rustiquez no domada, con las grandes
florestas abuelas del Diluvio, con los rugosos Andes, con dos
inmensos océanos; y sobre los océanos y los Andes, la majestad del
firmamento con su solemne pompa de infinitas estrellas. América
muestra esa colosal abundancia que indica un Creador inagotable. La
Creación aquí ostenta en sus mares, en sus selvas, en sus volcanes,
aquel portentoso desorden que es un orden supremo para los
espíritus y las águilas, que llegan á las alturas donde todo se
suma en armonía.
Aquí, por añadidura, las letras castellanas, el establecimiento
de la República, y el carácter español, tan encomiado por el poeta,
carácter que en esta América, según las palabras de Camacho Roldán,
"se revela siempre que se trate de dar libertad al cautivo ó
auxilio al huérfano y al desampado." Víctor Hugo encuentra aquí,
moralmente hablando, su lengua, su carácter, sus ideales, su
continente.
Miremos al futuro.
En el siglo XX la América Española será, en un sentido
noblemente abstracto, una gran nación con muchas capitales. La
armonía de un pasado glorioso habrá concurrido á la armonía de un
presente afortunado. La unidad de ideales, la unidad de raza, la
unidad de lengua, formarán una sagrada trinidad armónica. Las
rencillas de provincia se habrán sacrificado en pro de los
partidos, las rencillas de bandos, en favor de la nacionalidad, las
rivalidades de los países, en honor de la raza, de la lengua, de
las aspiraciones universales.
En el mundo de las cosas dos grandes elementos destinados á
unirse, antes de mezclarse luchan; y en la región de las ideas dos
elementos desarrollan pasión antes de llegar al saludable
equilibrio. Todas las Repúblicas americanas han sido en este siglo
lugar del choque entre la Colonia española y la Revolución
francesa. En el siglo venidero se tendrá el equilibrio. Gracias á
espíritus superiores, á hombres históricos, lo que hoy está unido
estará separado, lo que está separado estará unido: el Istmo de
Panamá estará dividido ante la idea de la civilización; los
republicanos estarán unidos ante la idea del progreso. Se habrán
abrazado por modo grandioso dos bandos y dos océanos.
Cuba estará libre, moralmente libre al menos; lo cual le
permitirá á Bolívar conciliar realmente el sueño de la tumba, como
que ya no tendrá en su dormir secular la pesadilla de la obra
incompleta. Se tendrá la armonía entre unos y otros hombres
primero, y luégo, entre unas y otras nacionalidades. La raza
general será digna de todos sus derechos, capaz de todos sus
deberes. El pueblo será Pueblo.
Entre sí concordarán todos los elementos de América; y además
concordarán los elementos del Nuevo con los del Viejo Mundo. Un río
de inmigración europea vendrá á fecundar nuestro continente. Europa
ya no sufrirá por una plétora de pueblos, ni América por una
abundancia de desiertos. El un problema resolverá el otro: el
exceso de población europea estará equilibrado por el exceso de
naturaleza americana.
Todas aquellas multitudes que hoy en el Viejo Mundo fluctúan
entre el hambre y el crimen rendián á la República Española á tener
la virtud y la abundancia. Cargados vendrán los buques de
infortunados que á la vista de nuestras costas extenderán los
brazos, levantarán la frente; sentirán ensancharse los pulmones.
Vendrán á calentarse á los soles tropicales todos aquellos ancianos
que en otro continente, sin pan, sin abrigo, tiritan de noche bajo
la escarcha, y descubierta la cabeza, sienten caer sobre la nieve
de los años la nieve del invierno. Vendrán á la bondad de nuestros
variados climas todas aquellas madres que en el otro continente se
agrupan con sus hijos, sin leña y sin vestidos, bajo los arcos de
los grandes puentes. Vendrán todos aquellos pobres niños que, por
decirlo así, nacen sin madre, y crecen sufriendo la soledad mayor,
la soledad en medio de la muchedumbre. Nuestro sol tropical
calentará todos aquellos miembros ateridos; nuestros vientos
andinos secarán todas aquellas lágrimas; nuestra vegetación, virgen
y robusta, saciará á todos esos que hubieron hambre. Este Nuevo
Mundo, limpio de cortesanos crímenes, les conservará la inocencia á
los unos, les devolverá la virtud á los otros.
Y todas aquellas gentes serán aqui fuertes para el trabajo
productivo, después de ser en otro continente fuertes en
infructuosas agonías. Aun aquello que en otras comarcas es
instrumento de muerte aquí será instrumento de vida: el nihilista
con su terrible máquina hará aquí, sonriendo, volar una dinastía de
cordilleras. Allí donde hoy, bajo la maraña de una selva primitiva,
entre silencio y sombras seculares, duerme el tigre en mitad del
día, allí se alzará una ciudad populosa, allí lanzará sus torres al
cielo el templo, y su penacho de humo la fábrica; y se escuchará
aquel rumor babilónico de un pueblo joven que lucha brazo á brazo
con la materia. Resonarán los yunques; se escuchará el crujir de
las máquinas; las selvas descuajadas rendirán su tributo; los ecos
repetirán los cantos de la industria. Aquí se darán cita los
portentos prácticos de la ciencia; y ni el tiempo ni la distancia
se opondrán al comercio de frutos ni al comercio de ideas.
Con tal diversidad de elementos al par que con tales motivos de
armonía, habrá una laudable variedad social en una amable unidad
republicana. Todos los intereses, aunque distintos, todas las
tendencias, aunque diversas, habrán de concurrir á una común
gloria. Ved los ríos: todos arrastran distintas aguas, cruzan todos
diferentes comarcas todos corren en opuestas direcciones; empero,
todos van al Océano.
Habrá paz, habrá abundancia. Los hombres no odiarán á los
hombres. La Naturaleza y la Humanidad al unirse en el futuro se
harán mútuamente mejores. El espectáculo de nuestras grandes
pampas, la vista de nuestras inmensas selvas y la admiración de las
ingentes cordilleras harán que de toda alma huyan las mezquindades.
No habrá opresores ni oprimidos; no se escuchará ni un gemido de
hambre ni un alarido de guerra. Reirán los niños, sonreirán los
ancianos. Los ancianos y los niños ostentarán apaciblemente
aquellas auréolas blancas y rubias que son reflejo, las primeras,
de una aurora espiritual futura, las segundas, de una aurora
celestial pasada. A los vientos de aquella gran Nación fecunda no
flotarán ni jirones de banderas ni harapos de mendigos.
Los que siembran en la tierra y los cultivadores del espíritu
harán llegar el pan á todas las manos, la bondad á todas las almas.
Las soledades y las multitudes, vírgenes ambas, darán incomparable
cosecha. Y entre aquella paz y aquella abundancia, en aquella
República fuerte y amable, se levantará entonces, y con mayor
grandeza que en este siglo, la figura de nuestro poeta, de aquel
poeta espiritualista y humanitario que ansió la luz y la fe para
todos los espíritus, el amor y el bienestar para todos los
corazones, la concordia entre todos los hombres; de aquel poeta que
quiso ver lo que se verá en aquella edad futura: la Naturaleza
dignificada y la Humanidad ennoblecida.
J. RIVAS GROOT.