DAMÆTAS
VEINTE años no contaba. Cuanto es dado
amar, manchar, hollar, de todo había
sin temor y sin límite abusado.
Cuanto bajo su mano audaz caía,
todo-puro ó sagrado-lo empañaba
sin que jamás dudase su osadía.
Pálida turba, del deleite esclava,
tras él salía de su inmundo asilo
si en la pared su sombra se pintaba.
Como la cera ardiente en el pabilo,
día y noche su savia en las orgías
agotaba, por hábito, tranquilo,
Cazando ahogaba los estivos días;
en invierno escuchaba indiferente
de Mozart ó de Gluck las armonías.
Jamás bañaba la infecunda mente
en la onda benéfica y preciada
que de Homero y Shakspeare brota en torrente.
Nada esperaba, ni creía en nada;
el alma en dulces sueños no mecía;
el bostezo hizo hogar en su almohada.
Su lúgubre y estéril ironía
de cuanto grande el hombre ama y venera,
el talón vulnerable audaz mordía.
El centro y fin de la creación entera
hijo de sí; de su egoísmo escudo;
compraba amor: á Dios vendido hubiera.
El bosque, el mar, el cielo, nada pudo
de cuanto el orbe encierra de grandioso,
mover su corazón ingrato y rudo.
Molesto le era el campo; fastidioso
el amor de su madre, á cuyo lado
bienestar no encontraba ni reposo.
Una noche por fin, ebrio, enervado,
contando ocioso el tiempo hora tras hora,
sin odio, sin amor, de todo hastiado,
Cercana aún su vida de la aurora
y ya cansado de la luz del día,
halló en su mano una arma tentadora,
Y del cielo á la bóveda sombría,
su alma botó, cual hez que el embriagado
lanza al techo en la sala de la orgía.
¡Cobarde, ocioso, imbécil y malvado
fuiste, oh joven! Por ti no lloraremos;
cuando limpia los surcos el arado
¿Por ventura una lágrima tenemos
para la vil zizaña? A quien ahora
con inmenso dolor lamentaremos,
Es aquella á quien cupo en mala hora,
como una maldición, tal hijo en suerte...
y te ama aún y por tu ausencia llora:
¡Tu madre ! que hoy sin ti, postrada, inerte,
sólo un sepulcro anhela en su quebranto:
¡y dió la vida á quien le da la muerte!
¡Por ti, no lloraremos! Lo que en llanto
nos hará deshacer, amargo, eterno,
lo que aun bajo su oprobio nos es santo,
¡Es ese ángel caído!.. puro y tierno
hasta que fué tu oro-!vil serpiente!-
de su gloria á arrojarle á horrible infierno,
Cual viajero extraviado al sol naciente
que de pronto se alzó, te dió acogida,
creyendo el hambre atrás, la dicha enfrente.
Y hoy, por la turba, hollada, escarnecida,
mientras su alma momento por momento
desgarran nuevo insulto y nueva herida,
Llora por su fragancia, que tu aliento
impuro disipó,… ¡vaso de flores
caído de lo alto al pavimento!
No, no será por ti si gemidores
los cantos brotan de enlutada lira:
¿quién entonar osara tus loores?
Cifra que nada dice á quien la mira,
guarismo en un valor jamás contado,
sólo vergüenza tu memoria inspira.
Es tu nombre, antes puro, hoy mancillado,
es tu padre infeliz, tu padre muerto,
antiguo y benemérito soldado,
Es él, que su sepulcro abrió, despierto,
cuando su honor llevándote contigo
caíste al tuyo, de baldón cubierto;
Son esos desdichados cuyo amigo
ó amo, ó pariente, ó compañero fuiste,
que-!locos!-se pusieron á tu abrigo;
Todos aquellos son á cuya triste
suerte la tuya por su mal atabas;
es todo lo que ajaste y corrompiste...
¡Tu perro que te amaba y tú no amabas! ...
eso es-no tu fin-lo que lloramos...
Es lo que con tu ejemplo aun hoy depravas.
Tú...¡pobre fatuo! ni odio te guardamos:
lanzaste apenas el postrer gemido-
que nadie oyó-y tu nombre ya olvidámos.
Tú, que esperando hacer en algo ruido
tu existencia tronchaste-¡vuelve al seno
de la noche eternal, inadvertido!
Sin dejar huella en su cristal sereno,
¡cae el lago!-Sin que alguien se levante,
¡sál del festín!-El hado es justo y bueno.
Tiene una idea el siglo, y cual gigante
Marcha! ¡y siempre á su objeto! Temeroso
no de tu tumba parará delante.
Tu caída ¿es de oírse? Tu reposo
¿qué importa al mundo? ¡Fuera, pues! Cumplido
tu antojo está... ¿Qué hallaste? Voluptuoso-
¡un sepulcro!-Soberbio y vano-¡olvido!-
NICOLÁS PINZÓN W.