IV
¿Conviene Víctor Hugo en castellano?
¿Conviene Víctor Hugo en América?
He ahí das preguntas que, contestadas por verdaderos pensadores,
presentarían todo un mundo de ideas. El humilde autor de estas
líneas, en su esfera, tratará de exponer muy concisamente su
opinión á este respecto. Basta, cuanto á lo primero, considerar
aquel cariño que tuvo siempre Víctor Hugo por todo lo español; por
el suelo de España, donde el poeta creció y recibió su educación,
suelo que luégo recordó con afectos y ensalzó en la poesía Granada,
composición que antes que ninguna debía estar vertida á nuestra
lengua; basta considerar su cariño por ésta misma, por el idioma de
Cervantes, cuya sonoridad y abundancia harto armonizaban con el
temperamento de Hugo; y en fin, su cariño, su entusiasmo por el
carácter español, que nuestro poeta miró siempre como el ideal de
lo caballeresco, como síntesis de todo lo desinteresado, valeroso é
hidalgo, y que como tal expuso en varios de sus dramas y en más de
un poema de La leyenda de los Siglos; basta considerar todo ello
para ver que Víctor Hugo al estar en castellano está entre los
suyos y en su propia lengua. Debe además recordarse aquel cuidado
con que Hugo estudió la literatura castellana, y aquél amor con que
siempre habló de nuestros principales ingenios. Y por ventura ¿no
sería faltar á esa propia hidalguía que él señaló en nosotros, el
no corresponder á tal afecto, el pagar con mezquindad tal
entusiasmo? ¿No será faltar á la nobleza de nuestro carácter,
nobleza que el poeta exaltó á porfía, dejar de glorificarle hoy en
día, hoy, que el coloso ya duerme en la muerte y sobre sus
laureles; hoy, que por lo mismo debemos hacer por él cuanto de
nosotros los españoles dependa? ¿No será imperdonable ingratitud
por parte del mundo español el dejar de encomiar á un poeta á quien
hoy encomian, no ya sus contemporáneos, no ya sus compatriotas,
sino pueblos y hombres que nada le deben, que están separados de él
por la raza misma, como el inglés, y por altos vallados de
rencores, como el alemán, á quien nuestro poeta trató con dureza
suma en la hora del combate?
Pero hay más: si la hidalguía, si el reconocimiento no bastara á
movernos, movernos debía al menos el interés propio. Y es que para
la vida intelectual son necesarias, indispensables son esas
trasfusiones literarias, esa entrada de la inspiración de un pueblo
en la imaginación de otro. No hay hibridación, fecundidad hay en la
unión de dos literaturas. Por dicha son ya muy pocos los que,
desconociendo ciertas verdades de la historia literaria, temen que
se pierda lo castizo con el conocimiento y la razonada asimilación
de las producciones intelectuales de otro pueblo: hoy en día casi
nadie, ó nadie, quiere levantar en los linderos del mundo español,
con la propia aprensión de los hijos del Celeste Imperio, una
muralla de la China. Hoy, gracias á una notable corriente de
crítica científica que vemos iniciada en América y en España, harto
se comprende que todos los elementos del espíritu humano son
necesarios para el progreso humano.
Además, tenemos en este propio siglo una muestra patente de que
lejos de ser perjudicial á la lengua castellana y al ingenio
español ese conocimiento de lo que en el mundo acontece, es
conveniente sobremanera, corno que en nada modifica al lenguaje y
como que antes despierta las facultades propias de los que escriben
en el idioma de Cervantes. ¿En qué estado se hallaba, qué era la
literatura castellana á fines del pasado y á principios de este
siglo? Estaba dada al pseudoclasicismo, y con una ó dos gloriosas
excepciones, apenas si producía cosa de mediano alcance. Despertóse
Francia del neoclasicismo, engendró la revolución literaria, y esa
revolución, una vez conocida en y trasplantada á España, despertó á
ingenios como el Duque de Rivas, Espronceda y Zorrilla, para no
mentar sino á los más altos poetas. ¿Enturbióse por ventura nuestra
lengua, ó se eclipsó el carácter español con la aparición de estos
tres ingenios? No: que se desenvolvieron gérmenes castizos enantes
ateridos. Esa revolución mediante Víctor Hugo en particular,
produjo un feliz despertamiento en la Península; y luégo, mediante
Zorrilla principalmente engendró un notable caudal literario en la
América Española. Véase, pues, cuánto, mediata ó inmediatamente se
debe á Víctor Hugo, y esto sólo gracias á Las Orientales. Y si con
sólo el principio de la reforma literaria se desarrollaron en
castellano tan notables gérmenes, gérmenes indígenas; si sólo con
el conocimiento tales poesías se abrieron nuevos horizontes para
nuestros ingenios, júzguese cuánto grande no se alcanzará en la
lengua de Calderón al conocer aquellos libros que llevaron á cabo
la reforma. Hasta ahora vamos en Las Orientales; preciso es que
entremos en La leyenda de los Siglos.
Venga, pues, venga Víctor Hugo en castellano, porque tenemos
todos una deuda que la hidalguía española no niega. Venga, además,
porque ya nos fué provechoso, y porque en el presente y en el
futuro ha de sernos benéfico.
Nadie le imite. Dice Hugo mismo, respecto de los que se dan á
imitar á Shakespeare, que no la de imitarse á éste porque el autor
de Hamlet es un genio y no un sistema de hacer dramas, de producir
efectos teatrales. Esto propio se aplica á Víctor Hugo: nadie le
imite, entre otros motivos, por que él es inimitable. Imitar á un
imitador es una redundancia necia; imitar á este poeta original es
una contradicción Víctor Hugo, como Shakespeare, no imitó á nadie,
si bien aprovechó la amplitud, el desenfado y los vastos horizontes
que otros genios enseñan. De la propia suerte, no transfloremos sus
temas, no hagamos orientales, ni oraciones por todos, ni copiemos á
nuestro poeta en tal ó cual metro, ni dejemos que una sola tizne de
francés mancille nuestro noble idioma. No debemos ir tras del poeta
pisando donde él dejó estampada su sandalia; pero sí podemos
tomarle, como á Shakespeare, á modo de guía que, gracias á su
imponderable originalidad, nos señale horizontes nuevos, nos lleve
á países desconocidos, donde seremos á la vez originales
descubridores. Así como, después de rendido al genio de Colón, el
Nuevo Mundo conservó sus misterios para los Quesadas y Pizarros,
tal la osadía exploradora de Hugo deja campo, campo no hollado por
Hugo mismo, para otros ingenios. Vengan los Quesadas del arte.
Esta entrada de Víctor Hugo en castellano, con las aclaraciones
ya hechas, tiene un doble efecto, conveniente para nuestras letras
y conveniente para el poeta. ¿Por qué para nuestras letras? Nótase
en conjunto, para no entrar en detalles ni aludir á país
determinado, nótase la necesidad de una reforma en los asuntos y en
los géneros. Preciso es que la robusta inspiración de nuestro poeta
arrastre, como huracán benéfico, tantos miasmas literarios como
abundan. Preciso es que La leyenda de los Siglos, que en varias
literaturas barrió ya los sedimentos del Romanticismo, venga y
limpie tales sedimentos en castellano. Tras de su benéfica
influencia dejónos la revolución romántica una serie de asuntos y
maneras que, nuevos é ingénuos en sus principios, hoy son tan
añejos como abundantes y falsos. Harto sesudamente dice Merchán en
uno de sus reputados Estudios que "los resortes literarios que el
Romanticismo armó están flojos ya, y exigen renovación lloran
nuestros jóvenes amores imposibles; todavía su con algo
caballeresco que no siempre es caballeroso. Nótase, con notables
excepciones, una banalidad constante, banalidad lamentadora y
lamentable: las poesías eróticas profanan con lugares comunes el
amor; las poesías dolientes profanan el dolor con lugares comunes.
Preciso es salvar de tales vejeces el amor, que es eterno, y el
dolor, que es infinito. Además se pone en olvido que este siglo es
pensador por excelencia; y así que en poesía el sentimiento debe
entrar por mucho siempre que el pensamiento no entre por menos.
También es de notarse una triste abundancia de poesías burlescas.
Este es género que se registra en castellano desde tiempos remotos
hasta días cercanos, y que ha sido cultivado por ingenios varios. A
juzgar sólo por tal frecuencia de versistas jocosos, el viril
pueblo español é hispano-americano, lejos de haber sido el de Pavía
y Bailén, por un lado, el de Ayacucho y San Mateo, por otro, sólo
habría sido un pobre bufón de corte. Necesario es, en consecuencia,
que volvamos con la austeridad del verbo por el honor que ya
conquistara la austeridad de los hechos. A ello nos ayudará la
grave musa de Las Contemplaciones. También se requiere mayor
franqueza en la frase, mayor frescura en la imagen. Es necesaria
savia fresca que haga más jugosa, mas real, mas franca la
inspiración. Nótase al par una necesidad de que la poesía sea
amplio espejo de la Naturaleza. Verdad es que Nuñez de Arce,
Campoamor y Ruiz Aguilera, para no mentar sino á tres de los
principales en la Península, mucho han logrado reformar, así por lo
tocante al fondo como por lo que respecta á la forma. Gracias á la
grave y franca inspiración del primero, gracias á la amable y muy
noble del tercero, gracias al donaire, á la originalidad y al tono
fresco del segundo, gracias a la tendencia de todos tres hacia los
asuntos de general importancia, se ha transformado muy
generosamente la poesía castellana de algunos años á esta parte.
Pero, dicho sea en conciencia, basta seguir el vuelo general de la
poesía en el siglo, basta considerar que las dos antiguas escuelas
han muerto y que un nuevo cielo se abre, para comprender que en
esta edad, edad de portentos en la ciencia y en las artes, edad de
hondas meditaciones y desgerradores problemas, aun puede, aun debe
ir más allá la poesía castellana.
Si conveniente para nosotros, en extremo conveniente también ha
de ser para Víctor Hugo este pase de su inspiración por nuestra
lengua y al través de nuestros gustos y tendencias nuestro carácter
y nuestra lengua son y han de ser para el poeta como doble tamiz al
través del cual ha pasado y ha de pasar únicamente la flor de su
poesía, aquello en verdad grande, ingénuo y de acuerdo con el gusto
de todos los hombres y en particular con nuestro propio gusto.
Ahora bien, para un autor el pasar de una lengua á otra, no
mediante un admirador, sino mediante cien ingenios de diversos
países y aun de contrarias opiniones, vale tanto como atravesar
largos años y perdurar en lejanos tiempos. De ahí el que este libro
de Víctor Hugo en América, formado con el oceáno y una lengua por
medio, venga á ser como sereno fallo de posteridad remota. Tiene la
presente obra la suerte de señalar cuáles poesías merecen la
preferencia; y entre los varios libros de Víctor Hugo realiza en
cierto modo una obligada selección artística. Nótese, en
consecuencia, que en esta colección hay buena parte de los primeros
libros de nuestro poeta; mucho de las religiosas y elegiacas
Contemplaciones; muy poco de Las canciones de calles y bosques.
Y aquí debe observarse que la más completa imparcialidad, así
literaria como de otros asuntos, ha reinado en la formación del
presente volumen, puesto que se han recogido poesías pertenecientes
á diversas épocas del poeta francés, inclusive de las realistas
Odas, y como que, por lo que respecta á las traducciones, han
cabido en el molde ingenios de muy distantes naciones, desde Méjico
hasta Chile, y de muy variados caracteres y teorías sociales. Si
bien es cierto que en una colección no todas las piezas pueden
tener unos mismos quilates debe declararse que aquí se ha dejado
todo exclusivismo, todo prejuicio al acoger las traducciones, y que
para acogerlas (excepto por lo que hace á las muy defectuosas del
que esto escribe) sólo se ha tenido en cuenta el que brille cada
una de ellas por algún especial mérito.
Sea éste el lugar de presentar nuestros votos de agradecimiento,
así del lamentado Soffia (que tanto hizo por nuestras letras y que
como Plenipotenciario de Chile fué noble lazo de unión entre los
dos Pueblos) como del humilde autor de estas lineas, hacia todos
aquellos poetas que de diversos puntos de América se han dignado
remitir su colaboración para esta obra. Reciba cada uno de ellos
nuestra palabra de gratitud muy sincera. En especial recíbala
nuestro aplaudido poeta D. Miguel Antonio Caro, quien no sólo nos
honró con varias traducciones suyas inéditas (las cuales formarán
en un hermoso libro que no muy tarde verá la luz bajo el título de
Traducciones poéticas), sino que también, por medio de su erudición
y de su criterio, tan vasta la una, tan riguroso el otro, fué
servido coadyuvar al acopio y escogimiento de muchos materiales de
Víctor Hugo en América.
Incidentalmente es á la vez de observar que en esta obra se ha
querido hacer figurar un corto y escogido número de traductores
peninsulares, aun prefiriendo sus traducciones á otras de
hispano-americanos, con el deliberado propósito de abrir los brazos
á hermanos de allende los mares para borrar con fraternales miras
aquellas lindes que son en el mundo material y que no han de ser en
el mundo de las ideas.
Aquella imparcial selección artística que entre las varias
poesías de un hombre indica cuáles merecen preferencia, se hace
extensiva á los poetas mismos, y entre los varios hombres de un
siglo señala cuál brilla excepcionalmente y sobre todos. ¿Entre los
centenares de grandes poetas que ha dado esta centuria se hallaría
otro con quien pudiera formarse una colección como la presente? Aun
respecto de un Byron ó un Leopardi, verbigracia, tal vez no por
hacerse lo propio. En vista de todo esto, en vista de una colección
tan abundante en materiales, tan rica por lo que hace á tantos
ilustres nombres de traductores, preciso es reconocer que el fallo
universal una vez más, sin que esto amengüe en nada á otros nobles
y admirables ingenios, se pronuncia en favor de Víctor Hugo, lo
corona como rey de los poetas de este siglo, y reconocida la
superioridad de la poesía lírica en esta época sobre todas las
anteriores, le señala á Hugo uno de los más altos puestos entre los
genios de todas las edades.
Otros libros se hicieron para gloria del poeta en vida. Este
libro tiene misión más grave: es en honor del poeta muerto. Europa
le glorificó en su apogeo; América le venera en la tumba.
En vida del poeta se vió el rayo. Hoy, en el Nuevo Mundo, se
empieza á oír el trueno.