III
Consideremos á Víctor Hugo como poeta.
Y puesto que hay tantas y tan meritorias obras sobre su genio,
en las cuales maestros de la crítica ya estudian la faz épica ó
épico-lírica de Hugo, ya comentan su tendencia general en el
lirismo y su influencia en diversas literaturas, ora le juzgan por
un libro aislado, para ver, verbigracia, el canto guerrero en El
Año terrible, ó el canto elegiaco en la mejor parte de Las
Contemplaciones ó para dar idea del nuevo camino abierto con La
leyenda de los Siglos, y puesto que historiadores determinados han
seguido el movimiento general de las escuelas convencionalmente
apellidadas clásica y romántica, y dádonos idea del
pseudo-clasicismo y de la antigua necesidad de una fundamental
revolución literaria, pueden las páginas que faltan de este pobre
Estudio ser breves en número y concisas en juicios, como que sólo
aspiran á ser resumen de justas apreciaciones ajenas y somera
expresión de algunas ideas que sugiere el presente libro, libro que
á la verdad aparece en medio, lengua y tiempo harto distintos de
tantos otros estudios sobre el poeta del Sena.
Dada la amplitud de la obra literaria de nuestro poeta; dado que
éste, sólo entre poesías líricas, tiene cerca de veinte gruesos
tomos, claro es, y así lo verá el lector, que en estas pocas
páginas no se puede ni se debe entrar en observaciones de pormenor;
antes bien este Estudio, dicho sea sin humildad ficticia, como que
no es caso de humildad, sólo ha de ser uno á manera de índice, un
resúmen de observaciones generales, después del cual el lector, si
quiere apreciar debidamente la materia, necesitará ir á las obras
de Hugo, en busca de ejemplos, ó á los juicios de otros críticos
más afortunados, en busca de pormenores. Si general al par que
conciso en observaciones, parco ha de ser este Estudio en punto á
elogios: en aquellos lugares donde verdaderos críticos
prorrumpieron en frases de alabanza, allí precisamente se dirá
cuanto menos pueda decirse. Y es que, entre otras razones, como hay
centenares de trabajos en honor de Víctor Hugo, elogiar á este
poeta es ya algo como incurrir en lugares comunes, si se considera
que le glorificaron desde Chateaubriand y Sainte-Beuve, que con los
brazos abiertos recibieron al adolescente, hasta el pueblo francés,
que veló el último sueño del octogenario á la sombra del Arco del
Triunfo. Ni se espere que el autor de estas páginas en apoyo de sus
escasas observaciones traiga la autoridad de cien y cien
respetables comentadores; como que, más que abrumar ó deslumbrar
con fallos ajenos, se quiere poner de manifiesto razones propias.
Por otra parte, difícil sería elegir entre tanto como se ha dicho
en pró de Hugo y en favor de la poesía en nuestro siglo. Así, la
abundancia misma de las armas inspira desgana de extender la mano á
la panoplia.
Para pensar si había necesidad de aquel movimiento literario,
que en varias épocas y en diversos países estuvo preparándose, pero
que no principió á encaminarse efectivamente sino en Francia por
los años de 1824, basta considerar, por una parte, y en síntesis,
que todo en las sociedades, perjudicial ó favorable en apariencia,
concurre al cabo á mayor progreso y se impone con la pesada lógica
de los hechos cumplidos; y por otra parte, basta traer á mientes
por unos momentos el estado general de la literatura en Francia, en
siglos anteriores, en los cuales los verdaderos clásicos de la
antigüedad eran generalmente falseados por los preceptistas, eran
vistos al través de leyes turbias y estrechas, y no pocas veces
tildadas y corregidos por manos presuntuosas cuanto sacrílegas.
Diga el lector si al volver la mirada á aquellos tiempos en que Le
Bossu, tenido por mucho en el suyo, creía que la epopeya era «un
discurso inventado con arte para reformar las costumbres, y que la
Iliada había sido hecha por Homero para instruir á todos los
Estados de Grecia, y la Odisea para instruir á cada Estado
separadamente; diga el lector si al ver á Boileau, espíritu sano en
algunos puntos, nimio y negativo las más veces, pedir pastores
lamidos y afeitados; y al ver á Fontenelle presentar tales pastores
á modo de corte sanos, en unas absurdas églogas, y clamar contra
Teócrito y otros grandes poetas antiguos porque dizque no supieron
idealizar la Naturaleza; diga si ya no se siente la necesidad de un
espíritu superior que aparte todas esas inteligencias necias que
desconocían las glorias del pasado y le cerraban el paso á la
poesía del futuro. Y al lado de esas figuras recargan luégo el
cuadro otros infortunados humanistas, ciegos todos, entre ellos La
Motte Houdard, que comprendió á Homero tan poco como el P. Le
Bossu, y que por añadidura lo profanó en pésima versión,
abreviándolo, corrigiéndolo, limando y suprimiendo en el poeta lo
que el traductor juzgaba barbarismo ó extravagancia. Y luégo, entre
no pocos críticos y poetas, cultos y nimios á porfía, viene en su
siglo Voltaire, que en sus años seniles se presenta renegando de
Shakespeare, maldiciendo del Dante, menospreciando á Esquilo,
mofándose de Calderón, negando la poesía de los hebreos y
satirizando á Píndaro, de quien dijo:
Toi qui possédas le talent
De parler beaucoup sans rien dire.
Toi qui modulas savamment
Des vers que personne n'entend,
Et qu'il faut toujours qu'on admire!
Ante atmósfera tan pesada, al ver la malla de preceptos
inútiles, la mala inteligencia de todo lo grande, al ver el
entronizamiento de lo postizo y afeminado, ya se siente una
necesidad de revolución literaria, y por añadidura se siente que en
la misma Francia ha de ser donde la reacción sea mayor, más fuerte
el choque, más gloriosa la victoria. Verdad es que en medio del
pseudo-clasicismo francés hubo excepciones, y que el movimiento
apellidado romántico, el movimiento de libertad é inteligencia en
el arte, estuvo preparándose siglos atrás en Francia. Y es que en
lo humano fué siempre evolución secular lo que es revolución
momentánea. Pero los pocos que sentían la necesidad de una reforma
la aceptaban á medias y por modo pusilánime, á pesar de que eran en
ocasiones ingenios de grandes bríos, pero asfixiados por el medio
en que se movían. Corneille, Racine y Rotrou, verbigracia, algo
hicieron, cautivados por nuestro romántico teatro español; pero en
general no se atrevieron á violar las leyes enantes falsamente
llamadas aristotélicas. «¿Qué es El Cid (pregunta el ilustre
Menéndez Pelayo en su Historia de las Ideas estéticas) sino un
drama romántico y caballeresco, algo arreglado á las condiciones de
escena clásica, pero no sin que conserve muchas huellas de su
origen? ¿Qué son Don Sancho de Aragón, Heraclio, Rodoguna,
Nicomedes, sino dramas novelescos, cargados de acción, de
incidentes y de sorpresas, tanto como un drama de Víctor Hugo?...»
Voltaire mismo, al respirar aire de la patria de Shakespeare, se
enamoró de éste y lo dio á conocer en Francia; pero después,
consecuente en sus inconsecuencias, y consecuente con su época,
blasfemó contra Shakespeare y contra tantos grandes ingenios que
nuestro siglo reverencia; y ejerciendo una dictadura literaria de
que no hay idea en nuestros días, se hizo reaccionario, escrupuloso
é intransigente, y malogró su innegable talento cerrando el pasó á
los revolucionarios é innovadores en arte. Sedaine, Beaumarchais,
La Chaussée, algo quebrantaron, no rompieron la cadena. Diderot,
Mercier, D 'Alembert, lanzaron chispas que anunciaron la futura
hoguera. Pero todas aquellas eran excepciones excepcionales. La
atmósfera era caliginosa, miasmática, el neoclasicismo todo lo
helaba, no se comprendía ni se admiraba lo verdaderamente clásico,
se despreciaba á los antiguos, y los ingenios se desarrollaban á
medias y morían dejando en las ramas frutas todavía verdes y ya
dañadas.
El siglo XIX llegó, luchó y venció.
Por esto hoy en día se admira la tragedia griega más que la
francesa; por esto, en punto á poesía, se lee á Teócrito, y no á
Fontenelle; se admira la Iliada, y no la Enriqueida; se reverencia
á Shakespeare más que á Corneille; se aprecia en toda zona el
teatro español, y se menosprecia á Boileau, que lo juzgaba
espectáculo grosero. »
Un centenar de poetas en diversos países, como de mutuo acuerdo,
surgieron á proclamar la sana comprensión del arte, estudiaron
concienzudamente á los antiguos griegos y latinos, escrutaron los
poemas de la India y los cantos del Norte de Europa; descubrieron
el arte de la Edad Media, vieron su modelo en la Naturaleza. Víctor
Hugo apareció enmedio de ellos, como centro visible recibió los
dardos más envenenados, luchó en lo más reñido de la contienda, y
llevó la victoria de lo que se apellidó el Romanticismo. ¿Y qué fué
en verdad el Romanticismo? ¿Luchó por entronizar una manera en
literatura, por imponer determinadas ideas religiosas ó políticas,
por señalar determinado camino? ¿Fué el capricho de un círculo, la
bandera de un día, el ideal de un hombre, de un pueblo determinado,
la moda de cierto tiempo ó de ciertos escritores? El Romanticismo
fué una expresión de libertad y de verdad en el arte.
Románticos hubo en diversos países, con opuestas creencias,
dados á distintos géneros, discordantes en cuanto á la manera y
formas poéticas. Pero estaban todos de acuerdo en esto: acabar con
lo postizo, afeminado y falso de tiempos anteriores; crear, por el
contrario, algo natural, espontáneo y fuerte. Y así se vió á los
verdaderos clásicos confundirse en las filas de los que llevaron el
nombre de románticos; y Víctor Hugo, por singular resultado de las
cosas, llegó á ponerse á la sombra de la bandera que había alzado
Andrés Chénier, verdadero clásico, acogido como propio por los
románticos, desechado y perseguido por los pseudo-clásicos, que en
los versos de Chénier, tan puros y helénicos, veían una intolerable
novedad poética. Roto el antiguo vallado por universal necesidad y
acuerdo, estableciéronse las naturales diferencias, y cada cual
siguió los deseos de su temperamento, la necesidad de su círculo,
el ideal de su pueblo, tomó las imágenes de su propia tierra, ó á
su amaño fué, como Byron, á inspirarse en las melodías hebráicas;»
como Leopardi, griego de nuestro siglo, á trabajar cantos
helénicos; como Víctor Hugo, á escrutar las letras y costumbres de
remotos países, de donde sacó Las Orientales. Esa saludable
divergencia entre los poetas de una misma época, que
momentáneamente pelearon una misma necesaria batalla, comprueba lo
que la crítica afirma: el Romanticismo no fué sino manifestación de
verdad y libertad en la literatura.
Pasó la revolución; pero quedaron sus saludables efectos. Así
vuelve á su cauce el Nilo, pero deja fecundo el Egipto. Pasó el
orientalismo, pero Las Orientales perduran. Murieron los
románticos; pero quedaron los poetas.
El Romanticismo pasó. Víctor Hugo no pasará.
Por lo tocante á las teorías de Víctor Hugo en materias
literarias, mucho puede decirse, pero poco se dirá en el presente
Estudio. Basta con pedir que se consulten los prólogos que nuestro
poeta escribió para sus obras líricas y dramáticas, especialmente,
respecto de clasicismo y romanticismo, lo que dijo el año de 1824
en la introducción á la sexta edición de las Odas. Ahí señala la
divergencia de opiniones que hay en el público respecto del sentido
de las voces clásico y romántico; y declara en suma que no hay
diferencia sustancial entre los verdaderos clásicos y los
románticos, y que la campaña no va sino contra el
pseudo-clasicismo. En otra edición de tales Odas declara Hugo, con
fecha de Octubre de 1826, lo siguiente, como conclusión del
prólogo: El poeta no debe tener sino un modelo, la Naturaleza; sólo
ha de tener un guía, la verdad. No debe escribir con lo ya escrito,
sino con el corazón, con el alma propia. De todos los libros que
andan de mano en mano, sólo debe estudiar dos: Homero y la Biblia.
Y es que estos dos libros venerables, los primeros por el valor y
por la fecha, casi tan antiguos como el mundo son á su vez dos
mundos para la inteligencia. En ellos se halla, en cierto modo, la
Creación toda observada por su doble faz: considerada en Homero por
el genio del hombre, en Biblia por el espíritu de Dios." Y en
edición posterior de las mismas Odas (1828) finaliza otra
introducción con estas palabras : Esperamos que algún día el siglo
XIX, así literario como político, podrá condensarse en una palabra:
la libertad en el orden, la libertad en el arte.»
Pero si entre libros de crítica hay algún libro que condense las
ideas del autor, que contenga al autor mismo, tal libro es el que
publicó Víctor Hugo con el título de William Shakespeare. En esas
páginas de tan variado estilo, tal vez demasiado cargadas de
erudición á veces, nunca enojosas, jamás monótonas, y que á veces
contienen trozos á los cuales no les falta sino la rima para ser
robustas bellezas líricas, expone nuestro poeta sus ideas propias,
tomando á Shakespeare por maestro al par que por pretexto, y
dilatando el estudio á todos los reputados por genios, desde
Ezequiel hasta Cervantes, entra en generalizaciones que los cobijan
á todos, que á todos los defienden, y que defienden y cobijan
mediatamente la escuela y la manera del autor de La leyenda de los
Siglos. Ahí observa Hugo que lo que se dijo contra el genio enorme
y la concepción descomunal de Shakespeare, es lo mismo que se dijo
contra Cervantes, contra Calderón, contra Lucrecio, contra Homero.
Y así el autor deja que el lector, llevado por la lógica, cierre el
círculo y vea que lo que se dijo contra Homero no es sino lo que se
dice contra Hugo.
Todo lo que allí asienta Víctor Hugo sobre Guillermo Shakespeare
puede decirlo otro crítico sobre Víctor Hugo. Y quien quiera
defender á Hugo, no tiene más que copiar la defensa que éste mismo
hace de Shakespeare. Asimismo, el que desee atacar la manera de
Víctor Hugo en algunas de las poesías y de los dramas de éste,
puede darse á tarea más concreta y metódica, y refutar antes lo que
Hugo dice en defensa de tal manera. ¿A qué observar que en tal
drama ó en cual poesía el genio de Víctor Hugo da toques demasiado
fuertes, que carga demasiado el cuadro, que es demasiado grande,
que no es sobrio, etc.? Si realmente se quiere dilucidar el punto,
refútese la obra en que Hugo da las razones que le asisten como
artista. El crítico que desee alcanzar victoria sobre el poeta,
enfréntese primero con el poeta hecho crítico. Quien desee pasar
por vencedor de Hugo no le ataque cuando éste se da á la sagrada
inconsciencia del poeta, sino cuando conscientemente el poeta entra
en la arena de la crítica, retando al duelo, dispuesto á salir
vencedor ó vencido.
Y por vía de paréntesis es curioso observar que más de un
crítico, á pesar de su instrucción, censura candorosamente como
novísimas originalidades de Víctor Hugo cien y cien rasgos y
genialidades de que dieron abundantes ejemplos, siglos atrás, otros
genios.
Imposible sería condensar en este Estudio las teorías literarias
de nuestro poeta, teorías en que se encierra todo el movimiento de
nuestro siglo, pero sí conviene recordar que la idea dominante en
Hugo era la de que el arte no ha de ser mero pasatiempo, sino que
el poeta, hermanado con lo verdadero y con lo bueno, debe cultivar
el arte por la idea. Víctor Hugo en una conversación entre poetas,
al censurar la frialdad docente de una tragedia de Voltaire, fué
quien pronunció por primera vez la frase de el arte por el arte,
fórmula que le ha dado la vuelta al mundo. El mismo declara en el
prólogo de un drama suyo que el arte considerado en sí propio no
tiene, en rigor de crítica, que rendirle parias á lo verdadero ni á
lo bueno; pero al par declara que no por esto el poeta debe ser
egoísta, sino que antes bien, poseedor de vastos y poderosos
recursos para el bien, debe hacerlo en todos los tiempos y por
todos los medios. Tal vez si nuestro poeta no hubiera tenido tal
idea sobre, no diré la misión, pero sí el poder civilizador del
arte, no habría consagrado su vida entera y exclusivamente á la
poesía. Juzgaba él que el poeta ha de ser, aunque profano, como
pontífice de un aleccionamiento espiritual y espiritualista; y así
pensaba, para servirme de la concreta expresión de Núñez, que
El Arte es religioso
Aunque profano su ministro sea.
Creíase nuestro poeta consagrado para el culto del progreso,
como caballero andante de la civilización, como apóstol del siglo,
como ungido pontífice de la redención humana.
Ahora, si dejando á un lado consideraciones sobre teorías de
crítica, se da una ojeada á las poesías completas de Víctor Hugo,
de las Odas, Baladas hasta Los cuatro vientos, se observa, al
través de ellas, no un cambio sustancial violento, entre las de los
primeros años y las de los finales, como juzgan algunos
comentadores. Verdad es que tampoco hay uniformidad completa en las
maneras de todas las épocas, uniformidad que vemos en poetas menos
notables.
Ciertos críticos, particularmente de ideas antimonárquicas, se
han hecho un deber de ensalzar mucho las poesías maduras de nuestro
autor, á trueque de menospreciar las poesías del adolescente
defensor de la Monarquía. Preciso es reprobar tal sistema en que
entra una pasión ajena del campo literario. Mala consejera es la
pasión política cuando se mezcla en asuntos de amena literatura ó
de arte; y así no debe aceptarse el que por interés de
republicanismo se quieran desvirtuar los primeros libros de nuestro
poeta. Y es que la poesía de Víctor Hugo se enseñó vigorosa,
franca, viril, desde las primeras Odas: desde entonces ya se sintió
que en nuestro autor había gran poder de concepción gran fuerza
para presentar la imágen más apropiada y objetiva. Nunca hubo en
Hugo, ni en el Víctor Hugo de la Monarquía, ni en el Víctor Hugo de
la República, prosa descolorida ó verso exangüe. El canto, ora
condenando la Revolución, ora lanzando anatema sobre Napoleón I,
ora castigando el Segundo Imperio, tuvo siempre aquel arrebato
lírico, aquel tono enfático propio de las almas fuertes y
fuertemente convencidas. No hubo en él cambio sustancial; aunque sí
hubo modificaciones: á medida que el poeta fué avanzando en la
escuela y en años, fué adquiriendo mayor franqueza de dicción,
mayor desenfado en el trabajo y aun mayor fuerza en la imagen. Así
que ciertas imágenes de mera convención, imágenes de imitación
horaciana, desaparecen por completo en las obras maduras. En éstas
ya se presenta el genio lírico de nuestro autor sin trabas, sin
frases convencionales, fortalecido en la gimnasia de los poemas
índicos, espontáneo y arrebatado por inspiración enteramente
propia. Compréndese que Las Orientales pertenecen á una misma cepa
que Las Contemplaciones; pero son las primeras á las segundas lo
que las flores son á los frutos ya macizos y sazonados. Entre las
Baladas y La leyenda de los Siglos hay lo que entre la nube que se
deshace en lluvia y la nube que con el huracán se desgarra, y se
expande en truenos, y se descuelga en rayos.
Ahora, si alguien preguntase cuál es la manera de Víctor Hugo,
difícil sería la respuesta. Preciso sería contestar: todas ó
ninguna. Y es que en verdad nuestro poeta ó no tuvo manera
particular, ó las tuvo todas. En todas las épocas, ya joven, ya
anciano, ora alegre, ora expatriado, sea vencido, sea coronado en
la más alta de las apoteósis, consignó su inspiración en estrofas,
y en consecuencia, recorrió todos los tonos. Por otra parte, siguió
diversos caminos, y ya fué poeta de la Patria, ya cantor elegiaco;
y tanto moduló en són apagado una serenata de amor, como en voz de
Ezequiel lanzó al través de los mares tremenda imprecación desde el
exilio. Y así, cuando Hugo sigue el camino de Horacio, es más terso
talvez que el cantor de Lidia; cuando bala por la espiral del
Dante, nos muestra un infierno talvez más tormentoso; cuando lee el
Apocalipsis, abunda en visiones llenas de misterio y sombra; cuando
sopla en la trompa guerrera, apenas en la Iliada se encontrarán
sones más vibrantes; y cuando el ánimo lo lleva á ser suave, á ser
íntimo, apenas si Lamartine le desata la sandalia.
Y es que en la obra ingente de Hugo hay aquella múltiple
variedad en la unidad que ostenta la madre Naturaleza.
Empero, puede señalarse, entre tantas maneras, entre tan
diversas tendencias y múltiples circunstancias, la manera más
general de nuestro poeta, aquella donde parece más encarnado, donde
se ve mayor acuerdo entre el temperamento, el medio y el resultado
poético. Si á esto atendernos, puede decirse que, en tésis general,
los libros más propios de Víctor Hugo son, entre los esencialmente
líricos, Las Contemplaciones no tanto en la primera parte como en
la segunda, elegiaca, contemplativa ; y por añadidura El Libro
lirico de Los cuatro vientos; y entre los de tendencia épica, La
leyenda de los Siglos. Ahí está en su plenitud el poeta, ya como
amo absoluto de la forma, forticado en la gimnasia de epopeyas
primitivas, creador de imágenes apolípticas, profundo conocedor é
intérprete de Homero y de Lucrecio, por lo que toca á las
descripciones, de Juvenal, por lo que hace á los grandes anatemas,
y de los dilatados cuanto misteriosos poemas de la India, por lo
que respecta á la amplitud de los asuntos. Ahí el poeta pulsa con
mano firme lo más gruesos bordones de la lira; ahí, en tésis
general (por que todo en nuestro autor presenta excepciones y
contrastes), se aleja de Horacio para acercarse á Juvenal, de
Píndaro para acercarse á Homero, del Petrarca para acercarse al
Dante.
En sus últimos libros líricos preséntase tal como se siente,
esforzado, poderoso, sanguíneo, penetrado de que está destinado á
misión altísima, de que es como el profeta de siglos venideros, de
que ejerce el pontificado del arte, de que es como el hierofante de
misterioso culto. No digo yo que el poeta hiciera bien ó mal en
sentirse con tal misión y tal auréola; pero sí que, dadas
excepcionales circunstancias, así se sentía, y que al expresarlo á
pesar suyo muchas veces, no hacía sino ser franco y presentarse sin
falsías y ambajes que no estaban en su carácter. Por otra parte,
¿acaso los acontecimientos no lo autorizaban á ello? Si sus amigos,
más aún, si sus enemigos, la Francia toda, lo reconocían como
verdadero apóstol de ciertas ideas, ¿por qué negarle el que así se
reconozca? Si profetizó y á la larga se cumplieron sus profecías,
¿por qué no permitirle que se sienta con el título de vate? Si la
victoria del Romanticismo le dió una corona, si la victoria de la
República le dió otra corona, ¿por qué, por qué hemos de enfadarnos
cuando el poeta se lleva la mano á la cabeza y se siente coronado?
Lo que más agrada en todo poeta, lo que es base esencialísima de la
poesía, es la sinceridad, la ingenuidad en los sentimientos.
Dejemos que quien se sienta humillado, como Job, se cante humilde;
y que quien, como el Dante, se sienta digno de hombrearse con
Virgilio, lo tome por guía para ir con él á tiempos más allá del
tiempo, á lugares más allá del espacio.
Por otra parte, esto de convertirse el cantor en tema del canto;
de ocuparse de sí propio; de dignificarse á sí mismo; esto de
convertirse el poeta en centro visible del poema, ¿no es la esencia
del lirismo? O acaso, desconociendo lo que va de la añeja epopeya
colectiva á la moderna lírica, ¿pretendemos que el poeta se oculte
en absoluto para el público? Si hay diferencia esencial entre lo
épico y lo lírico, ¿no consiste ella en que en lo narrativo se
oculta el poeta, á la vez que en lo subjetivo se enseña? Además, si
hubiera de pasarse el rasero (le la absoluta impersonalidad poética
tendríamos suprimida de un golpe toda la poesía lírica del siglo
XIX, esto es, la más alta manifestación del carácter poético en
todos los tiempos. El crítico que á tal ley de modestia postiza
quisiera sujetar á los poetas, suprimiría no sólo los cantos
líricos modernos, sino hasta los dilatados poemas de la éra
cristiana, la Divina Comedia inclusive, como que en ella el altivo
Dante se convierte en centro de la grande acción, en eje visible de
su poderosa máquina. Y todavía no bastaría el eclipse de tales
obras inmortales: preciso sería borrar la lírica de todos los
siglos, así paganos como cristianos; y quedaría el caudal poético
de los hombres reducido á media docena de ingentes epopeyas
colectivas, ya de imposible ejecución en nuestros pueblos de
civilización y lengua derivadas. He aquí, pues, que se anularía lo
mejor de la poesía en el pasado, se suprimiría la poesía en el
presente y se negaría la poesía del futuro.
Y antes vengan cien y cien poetas que se sientan ungidos para el
bien, que tengan el orgullo de alta misión, y que al dignificarse,
con tal idea, á sí propios, dignifiquen á la Humanidad misma.
Además, ¿no hay por ventura mayor humildad en el orgullo franco que
en la humildad postiza? Y en extremo, cuando Víctor Hugo,
inflexible ante lo que juzga malo, satisfecho de llevar á cima lo
que juzga bueno exclama:
Je pense que j'ai fait des choses nécessaircs;
Je n'ai pas de regrets;
L'homme juste est content d'employer ses misères
A bâtir le progrès;
Le destin m'a jeté de tempête en tempête,
De récif en récif ;
Jamais mon coeur saignant n'a fait courber ma tête;
Mon courroux est pensif ;
Je suis presque prophète et je suis presque apôtre….. ;
cuando tal dice Víctor Hugo, presentándose como la encarnación
del deber, induce noblemente á que se le mire, según leemos en la
conocida poesía Moisés, como aquel
……..á quien toca
Aliento dar al vacilante pié,
Y afirmar las inciertas convicciones
Del porvenir midiendo las regiones
Con el compás que marca lo que fue.
¿Acaso, y sea permitido hacer tal pregunta, acaso á un hombre no
se le permite gloriarse de su obra sino cuando esa obra es
destructora; ni puede señalar él sus laureles sino cuando están
salpicados de sangre? Permitido es que un hombre de espada, un
segador de cabezas, nos cuente una por una sus hazañas; ¿y á un
hombre de pluma, á un segador de ideas, le está prohibido recordar
sus conquistas? Hállase puesto en razón el que un guerrero,
mediante sus segundos y mediante sus soldados, que parecen no tener
en la vida sino la vida de sobra, nos dé parte de una batalla,
escriba sus memorias, nos refiera el incendio de las ciudades, el
rodar de su artillería, el trotar de sus escuadrones, las
peripecias de la muerte, sus planes para degollar pueblos.
Mas si viene un hombre singular que por si solo, sin segundos
que maten ó que mueran, pelea una buena lid, una batalla sin
víctimas, y sólo por su genio y con su pluma se engrandece, y
enaltece á los suyos, reforma un pueblo, derroca un mal estado de
cosas, combate un mal sistema de doctrinas, amordaza los malos
instintos de los bandos, adelanta su obra magna sobreponiéndose á
la envidia de unos y á la lisonja de otros, y por último, llegado
ya á la cima de su ideal republicano, presenta ante los hombres,
firme sobre la base, un salomónico edificio, entonces, entonces
comenzamos á observar que su pedestal es demasiado alto, que su
edificio ocupa demasiado espacio, que el pensador hace mal en
comprender la magnitud de su pensamiento.
Aprobamos el capricho de un guerrero César que hace cónsul á su
caballo. Improbamos, al par, el que un reformador poeta reconozca
el vuelo de su Pegaso.
Veamos ahora el reverso de la medalla. Y es que si hay empeño en
señalar el derecho, aun más, el deber que el cantor lírico tiene de
enseñarse en su obra, no hay tal empeño tanto por defender á Víctor
Hugo como por defender uno de los atributos de los poetas contra un
capricho de cierta crítica. Verdad es que nuestro autor en muchas
de sus poesías se dignifica á sí propio, muestra su estado de
ánimo, el lugar á que amigos y enemigos lo elevan, el sentimiento
personal que lo agita; pero es verdad también que realiza lo
contrario precisamente en la más extensa y más trascendental de sus
obras en La leyenda de los Siglos.
En vista de esto, y generalizando, ocurre ahora una observación:
en nuestro siglo se marca ya una tendencia á que no se enseñe el
poeta inmediata, sino mediatamente. Dada la aspiración hacia lo
universal, hacia los asuntos trascendentales, el poeta sí da sus
ideas y sus sentimientos, pero para revestir un ídolo venerado
universalmente Hugo, como que encerraba en sí, para no hablar aquí
sino de casos artísticos, las genuinas aspiraciones y los ideales
de los hombres y del arte en nuestra centuria, se da á asuntos de
universal interés y á temas en que entra á veces todo lo real y
todo lo posible, y así lo temporal como lo eterno. Dice Valera,
escritor tan estimado y querido en la América Española, que (y no
lo cito por aducir su grande autoridad, pues de autoridades se
prescinde en este Estudio, sino porque expresa muy bien lo que yo
mismo diría en mal estilo) creyendo en el arte flor el arte con la
debida limitación, bien podemos y debemos afirmar que el poeta, el
novelista, el que escribe obras de imaginación necesita siempre, y
más que nunca en el día, dos cosas para ser admirado y querido,
para que sus obras logren vida inmortal y para subir hasta cierta
altura en el templo de la gloria: una es, sin duda, el estilo y la
inspiración artística en toda su amplitud, esto es, no sólo el
primor, la riqueza y las galas del lenguaje, sino el chiste, la
gracia, la viveza de la fantasía, la fuerza creadora que produce
caractéres, figuras vivas, personajes que interesan, y enredos y
lances y casos que divierten y conmueven; y otra es la comprensión,
la simpatía y el sentimiento hondo, ya en un sentido, ya en otro,
de las cuestiones y problemas que agitan la mente y el corazón de
la Humanidad entera."
Tocamos ahora, ya enunciada la tendencia á que el poeta se haga
mediata y no inmediatamente visible, y á que cante asuntos de
universal interés, tocamos al género erótico. Dos consideraciones
pueden hacerse someramente á este respecto: es la primera, que
dicho género ha sido malgastado por todos los versistas en todos
los tonos y convertido en especial refugio de lugares comunes; y
así en nuestro siglo ya nadie se interesa en saber lo que versistas
eróticos refieren á porfia: menudos puntos en los cuales estriban
todas las confidencias (demasiado públicas) de poetas amatorios; y
la segunda, que, para emplear la expresión de Menéndez Pelayo,
Otro estadio, otra arena, otra cuadriga
Piden en nueva lid cantares nuevos.
Este nuestro siglo, que con rumor y esfuerzo babilónicos alza y
abate monumentos, ya en pro de la fe, ya en nombre de ídolos ateos;
este siglo, que pretende escrutar todos los misterios, desgarrar
todos los velos, que se vuelve al pasado é interroga á las momias,
que se dirige al futuro vaticinando lo porvenir ignoto; que suprime
las distancias, mata al tiempo y cobra alas para convertir los
huracanes en cuadriga de su carro; este siglo, que además quiere
llegar á los primeros principios, Edipo investigador y osado que
cara a cara interroga al Esfinge, no puede, no quiere detenerse á
escuchar los nimios detalles de aquellos que bien estaban, no para
lidiadores de nuestra centuria, sino para trovadores de la Edad
Media; bardos que en aquel entonces, al brazo el instrumento, en
errabunda vida y con errabunda mente, cruzaban la desolada Europa
de tales días, sólo pensando en dama y amores imposibles, y
descuidadamente, ora perdidos en soledades, ora asilados en
señorial castillo, ya bebían en el áurea copa de los grandes, ya
apagaban la sed con el agua recogida en el cuenco de la mano.
Hugo, como que cultivó todos los asuntos, cultivó la poesía
erótica salvándose, gracias á su genio, de las insulsas vaguedades
y de los lugares comunes propias y propios de tan gastado tema.
Empero, véase que la poesía de Víctor Hugo, en tésis general, no es
poesía amatoria; como que los cantos eróticos suyos son contados,
relativamente al resto de su obra, y como que hasta en ellos se
escapa á menudo y de improviso el alma del poeta, se olvida
inesperadamente del tema, y se entrega á discursiones
contemplativas de universal interés y trascendencia. Bueno es
repetirlo: en el siglo cuyos ideales han representado, aunque muy
diversamente, Leopardi, Tennyson, Lermontof, Whitticr, Körner,
Longfellow, Núñez de Arce, Puckine, Carducci, poetas, entre otros
muchos, muy poco eróticos, Víctor Hugo, señalado como jefe de la
poesía moderna, mal podía sustraerse á la tendencia universal de la
centuria; y antes bien ejecutó obras épico-líricas, en que el autor
no se hace inmediatamente visible y en que el tema erótico entra
por poco y á veces por nada, como puede observarse en los más
vigorosos y propios de sus trabajos, en La leyenda de los Siglos y
en Los cuatro vientos del Espíritu.
Victor Hugo amó como nadie, y sabía que el amor es eterno; pero
á la Humanidad militante no le dió en general sino lo que la
Humanidad misma requería. Ya desde el prólogo de Los Cantos del
crepúsculo declara nuestro autor que «él no deja vivir, no conserva
en sus obras lo que es personal sino cuando es al par un reflejo de
lo que es general,» y que «sólo en tal sentido juzga que su
individualidad; como se dice en mal estilo, valga la pena de
exponerse y de estudiarse;» declaración con la cual, quizás sin
sospecharlo, fortaleció las elucubraciones de Hegel.
¿Sabemos acaso cómo era la amada de nuestro poeta, si grata ó
inconsecuente, rubia ó morena? ¿sabemos acaso qué hizo, que dejó de
hacer él en sus serenatas de amor? ¿sabemos dónde se hallaba su
prometida en tal mes, en cual año? Algo sabemos de todo esto por
las poesías de nuestro poeta; pero más sabemos por sus cantos cómo
se halló la Francia en el sangriento Golpe de estado de Luis
Napoleón, ó en la cruenta invasión de Alemania; y al par sabemos
dónde se halló y qué hizo Hugo en el trágico de 2 de Diciembre;
dónde se encontró, qué ejecutó mientras su Patria era asolada por
el Germano. La Historia no sabrá tal vez de qué color era el manto
de la que fué prometida y esposa de Hugo; pero sabrá la Historia
qué tan negra fué la túnica que la Francia vistió tras el duelo de
Sedán. No investigará tal vez la Humanidad de siglos venideros
cuántas citas de amor tuviera Víctor Hugo; pero sabrá la Humanidad
de venideras centurias cuántos años gimió el poeta en el destierro.
Ignorarán los hombres de remotos tiempos lo que hizo un hombre en
aventuras amorosas; pero sabrán por un hombre lo que los hombres
pensaban, sondeaban, sentían, defendían, atacaban en el siglo de
Víctor Hugo. El viajero que recorre hoy la llanura de Waterloo, va
con recogimiento religioso buscando por tierra, para robar al
tiempo una reliquia, no la flor que allí dejara caer una pastora,
en cita y coloquios de amores, sino el obús, ya comido de orín,
olvidado en el campo de batalla.
La preocupación en su amor, por lo mismo que intensa, fue intima
por lo mismo no salio el poeta á arrastrar impúdicamente sus
confidencias por calles y por plazas. Por calles y por plazas,
entre pueblos y reyes, enmedio de sociedades que se derrumbaban ó
se reconstruían, iba nuestro poeta con su inspiración atendiendo á
las preocupaciones universales, á la idea de Dios, á la idea de la
Patria, al amor de la Humanidad, á la fe en la libertad y el
progreso; en una palabra, á la epopeya colosal del siglo XIX.
A la inmensa fragua donde, para forjar los nuevos ideales,
golpea el siglo sobre el yunque, llega nuestro poeta, y arroja al
horno encendido, no el anillo de la desposada, ofrenda inútil
cuanto sacrílega, sino oro de coronas caídas, hierro de cadenas
destrozadas.
Consideremos ahora el género satírico en Víctor Hugo. Este tiene
El Libro satírico, compuesto de cuarenta y cuatro poesías, extensas
muchas. El Libro satírico es una de las últimas obras de nuestro
poeta. Es de observarse que grandes poetas no se consagraron á la
sátira sino ya en los años de mayor reflexión y experiencia:
Horacio tenía más de cuarenta años cuando dió principio á sus
sátiras; y Juvenal pasaba de tal edad cuando trabajó las suyas.
¿Puede Víctor Hugo ser considerado como poeta satírico? Para
decidir esto es bueno precisar antes lo que por sátira y género
satírico se entienda. Si sátira es un escrito mordaz, incisivo, que
zahiere á las personas so pretexto de corregir las costumbres,
trabajado generalmente en verso, destinado por su forma á hacer
reír, y en consecuencia salpicado de gracejos y equívocos, Víctor
Hugo no es, no puede ser poeta satírico. Si sátira es un escrito en
verso que tiende con noble indignación á la mejora de las
costumbres y al perfeccionamiento de los caracteres, sí puede
decirse que nuestro poeta es satírico; pero es también preciso
reconocer que entonces es satírico no sólo en el libro así
denominado, sino en diversos suyos; y aun sería lógico llamar
satíricos á muchos grandes poetas, pues todos, cuál más, cuál
menos, tienden de algún modo al perfeccionamiento humano. Si
aceptamos convencionalmente por sátira lo que en el primer caso
queda apuntado, que es el sentido general moderno, debemos declarar
en consecuencia que Víctor Hugo no es poeta satírico. Y él mismo
sentía que, dada la tendencia y la acepción moderna de las sátiras,
y dado el carácter contemplativo del autor de Los Cantos del
crepúsculo, él no era satírico á menos que inventara género diverso
y acepción distinta para tal nombre. Por esto en el mismo Libro
satírico hay una larga poesía declarando que
La satire à présent, chant où se mèle un crí,
Bouche de fer d'où sort un sanglot attcndri,
N'est plus ce qu'elle était jadis……
Para Víctor Hugo, en consecuencia, la sátira no es risa, sino
sollozo. Y preciso es decirlo, si él se diera ti la sátira
personal, dejaría, ti pesar de todo su genio, de ser poeta; y como
es gran poeta, no puede, preténdalo ó no, ser satírico-burlesco.
Ahora bien, ocurre preguntar generalizando: ¿esta imposibilidad de
adunarse en Hugo el poeta con la sátira (tomada esta voz en su
sentido general, en su acepción burlesca) es caso particular de
Hugo ó caso general en poesía? El autor de este humilde Estudio no
puede menos que declarar esto: el género burlesco no es género
poético. La poesía burlesca es una clase de escritos, no una clase
de poesía. Y si analizamos á los grandes satíricos de todos los
tiempos, vemos que son poetas, no por la risa, sino á pesar de
ella; vemos que son poetas allí donde incidentalmente dejan de ser
burlescos, allí donde lo burlesco pasa á lo contemplativo; allí
donde la risa concluye con un grito de indignación ó en un sollozo;
allí donde cae la más cara y deja ver la pálida faz del pensador
austero. Las poesías satíricas (en el sentido de Juvenal y de Hugo)
que dejó nuestro poeta bastarían para la fama de otro hombre que no
fuera Hugo; pero disuenan al lado de los ciclópeos trabajos de La
leyenda de los Siglos. No es digno del jefe de la poesía en el
siglo, patriarca respetado y que llena la centuria con su nombre,
poeta que se sintió apóstol, darse á trabajos para los cuales tiene
que bajar del pedestal á que lo alzaron amigos y adversarios; tal
es el lugar que ocupa el autor de Las Contemplaciones tal pompa
grave lo circunda, tal es la actitud suya en todo tiempo, que se
degrada en cierto modo al bajar al terreno donde estampara su
sandalia Horacio. El Libro satírico, aunque luminoso, está
eclipsado por El Libro lirico.
Víctor Hugo, el hombre más contrario por temperamento á
Voltaire, mal podía darse á sarcasmos volterianos. Por otra parte,
esto mismo lo sentía íntimamente nuestro poeta, y así lo declaraba
en prosa corno en verso. En la poesía Zenit y Nadir contrapone y
sobrepone al ingenio que ríe y vierte el sarcasmo, el genio que
medita y derrama llantos. Diríase que aquél es un diálogo entre
Aristófanes y Sócrates.
Si pasando á otro punto se considera ahora al artista en la
ejecución de su obra, en las formas sensibles conque la viste, se
observa que Víctor Hugo es el artista más esmerado en su trabajo.
En sus poesías, ni estrofa descuidada ni verso insonoro; que pulía,
retocaba, deshacía, rehacía cada estrofa, cada verso, cada
hemistiquio hasta que todo ello salía del yunque pulido, sonoro,
intachable. El poderoso jefe de la revolución literaria, el
indomable lidiador en pro de la libertad artística, es al par el
más sumiso acatador de las positivas leyes métricas, el más
esmerado artista de la forma. Sirva él como viva lección para
aquellos que desean la incorrección de la forma como medio de darle
libertad al espíritu. Rompía Hugo los lazos con que preceptistas
caprichosos querían atarle; mas respetaba las leyes que presenta la
naturaleza de las cosas. Apartaba las reglas convencionales;
aceptaba, escrutaba con ahinco las leyes universales. Sabía, en
fin, que todo está sujeto á ritmo hasta el corazón en el seno del
hombre, hasta el astro en el seno del firmamento.
Júzguese qué grado de corrección en la forma no alcanzaría quien
con Las Orientales ya sorprendió al mundo por la habilidad métrica,
después de lo cual continuó durante medio siglo, día tras de día,
tratando de perfeccionarse en esa labor Oculta y árdua por lo cual
el poeta logra que llegue á estrofa- mariposa un sentimiento
crisálida.
Ahora, si se considera cuál es, entre los muy poderosos y
variados que tiene, el medio que posee nuestro poeta, por lo que
toca á la imagen, para hacernos ver aquello que él ve, para
arrastrarnos tras de sí y trasportarnos adonde él se trasporta, se
observa al cabo que tal poder le viene á Hugo, por una parte y ante
todo, de la ingenua, de la profunda convicción que abrigaba
respecto de lo que exponía; por otra parte, de una gran fuerza de
concentración imaginativa, y por último, del empleo artísticamente
concertado de la antítesis. Por medio de esta figura es como él
hace saltar del cuadro los objetos, como logra que sus concepciones
se estampen en la mente. Y es que todo es antítesis en la
Naturaleza: la noche sigue al día, el invierno al verano, la muerte
á la vida, al ruido el silencio; los astros luminosos se destacan
sobre el firmamento negro. Y sólo por contraste sabemos de las
cosas: sabemos de lo claro por lo oscuro, del sonido por el
silencio, de lo grande por lo pequeño, de lo mudable por lo
inmutable. De tal suerte lo apreciamos todo por comparación, que
dada esta arcilla que nos cubre, aun la idea de lo absoluto nos
llega empañada por las ideas de lo relativo. La pupila misma, en
fijándose en un color, busca, reconstruye espontáneamente el color
complementario. En el mundo del arte, todos los grandes poetas,
consciente ó inconscientemente, han recurrido á la antítesis, ya
ténue, ya vigorosa. Horacio mismo, si bien se estudia, con toda su
sencillez y falta de atavíos presenta la antítesis á cada momento,
estableciendo imágenes, si no esforzadas, sí de naturaleza
contraria. El Dante coloca las penas eternas al lado de las eternas
dichas; la luz junto á la sombra; junto á la oración la blasfemia;
tras el fulgor rojizo del Infierno las auréolas del Paraíso. Y
entre otros ciento, Shakespeare, el más vigoroso expositor de la
antítesis, la presenta en cada escena, en cada personaje. Por
último, ¿qué vemos en nuestro castizo Quijote ¿dónde dejó Cervantes
de arrojar el contraste á manos llenas? Ahí se muestran los más
distintos personajes, y áun pugnan en un mismo individuo contrarias
facultades: ahí el caballero andante es y no es caballero andante;
ahí el loco es cuerdo; ahí lo ridículo no es ridículo; ahí se llora
con lo que causa risa. Por otra parte, ahí castillos señoriales y
ventas; nobles y plebeyos; Duquesas y Maritornes ; aventuras y
desventuras bien y malandanzas, En suma, ahí, en eterno contraste,
lo Real encabalgado en el asno, y el Ideal caballero en
Rocinante.
Varios modos tiene nuestro autor de presentar la indispensable
antítesis; hace que la figura recorra todas las formas, pase por
todas las escalas, desde el contraste, casi imperceptible por lo
diminuto, entre dos voces, hasta el contraste, casi imperceptible
por su magnitud misma, entre dos capítulos, entre dos libros. Y tan
frecuente es tal figura en la obra artística de nuestro poeta, que
desde luégo se viene en cuenta de que él, si bien en teoría la
reconocía necesaria, en el arte no la buscaba exprofeso, sino que
el contraste surgía en todo momento espontánea, inconscientemente.
Dado el temperamento del artista, según el ejemplo apuntado, tal
como la pupila, aun sin que lo notemos, busca y construye el color
complementario, así la pupila inmaterial del poeta hallaba
involuntariamente la imágen complementaria. Valgan algunos
ejemplos, yendo de menor á mayor en la escala. Casos hay en que el
contraste reviste la forma de paradoja, formada ésta por la
oposición del adjetivo al sustantivo:
Ce lugubre bonheur et cette sombre
joie………….
De là tant de beautés difformes dans leurs
œuvres….
Hé aquí antítesis de verbos:
L'un, celui qui descend, l'autre, celui qui monte…..
Le jour qui va finir vant le jour qui commence
Antítesis de sustantivos:
Die, seul, dans sa colère et seul dans sa
clemence…..
La douce flûte alterne avec le fier clairon…..
Tout est realilé, mais tout est vision……
Ma vie entre dejà dans l'ombre de la mort
Antítesis en los adjetivos:
Je veux tout le ciel bleu, je veux tout le ciel
noir……
Mon Dieu, que l'âme est grande et que l'homme est petit.
Le taillis chaste admet les faunes impudents…….
Antítesis del verbo con el adjetivo:
Ces enfants rayonnaient sous ces branchages
sombres……
Semons ce qui demeure, o passants que nous sommes!...
En otros casos la antítesis se duplica:
Qu'il soit mobile et fixe, et jeune même vieux!
En otros casos la antítesis pasa á establecerse entre dos
versos:
Et la nuit a toujours des méduses melées
Aux astres d'or……..
Y aun se duplica el efecto por oposición del verbo con el verbo
y del sustantivo con el sustantivo:
Et n'ose pas ouvrir la porte de lumière
Et fermer la porte de nuit !.....
Así la antístesis se establece entre dos individuos de
condiciones opuestas:
Près de ce vil crapaud qui bave et qui se traîne
La constellation vient resplendir sereine
Daus le fond de mon puits.
Ocasiones hay en que los contrastes van en una poesía alternando
con las estrofas, así que el pró va, verbigracia, en las estrofas
pares y el cóntra en las impares; y ocasiones hay en que una
extensa poesía se divide en dos secciones, la una para el ataque,
la otra para la defensa. De esto hay, verbigracia, muestra en la
poesía original Pati. Toda la primera parte está destinada á
interrogar:
Brutus a-t-il mail fait? Caton avait-il tort ?
y la segunda parte presenta las ideas personales de Hugo contra
el suicidio:
Oui, Caton a mal fait; oui, Brutus avait tort.
Pombo, como puede observarse en este libro de traducciones, sólo
tradujo la última parte, como que ésta podía desglosarse por tan
hábiles manos.
Dilátase el contraste otras veces de suerte que la retórica
antítesis responde admirablemente á la natural antiperístasis. Vese
entonces toda una poesía consagrada á una idea, á una imagen, y de
improviso en la última línea, por fácil cambio y con admirable
efecto, se presenta la idea contraria, la imagen opuesta. En este
libro hay ejemplo de tal recurso en aquella poesía de tan vasta
sugestión bautizada con este extraño título:-?-
Como páginas atrás queda dicho, nuestro autor también dilata la
forma del contraste hasta establecerlo entre dos poesías colocadas
una en frente de otra, y que en verdad no son sino una sola poesía.
Y por último, para no hablar de los contrastes en novelas y dramas,
punto ajeno de este trabajo, es de notarse que nuestro autor ha
llegado á dilatar el contraste, no ya entre dos voces, entre dos
estrofas, entre dos poesías, sino entre dos grandes libros de una
misma obra. Las Contemplaciones están clasificadas en dos grupos:
titúlase el uno Ayer y el otro Hoy. «Nadie ha de sorprenderse (reza
el prólogo de tal obra) al ver que, matiz tras de matiz, esos dos
volúmenes van siendo cada vez más sombríos; sinembargo de que luégo
adquieren el tinte azul de una vida espiritual mejor. La alegría,
que es flor efímera de la juventud, va deshojándose en cada una de
las páginas del primer tomo, que es la esperanza, y desaparece en
el tomo segundo, que es la tristeza. ¿Qué tristeza? La verdadera
tristeza, la única: la engendrada por la muerte de los seres
queridos. Ahí tenéis un alma que se retrata en esos dos volúmenes:
Ayer, Hoy. Un abismo los separa: la tumba.»
Verdad es, como queda dicho, que no sólo debe al contraste ese
poder misterioso y á primera vista inexplicable que posee Hugo para
hacernos ver patentemente y de un golpe lo que quiere: débelo
también á su fuerza de convicción, á la fe absoluta con que declara
sus pensamientos y por añadidura á la potencia intelectual suya
para apoderarse de una imagen y para presentarla, aun llegando á la
hipérbole, con la expresión más franca, con la imagen más robusta,
y en verso que dé són rotundo.
Por otra parte (y juzgo que este punto es esencialísimo), no hay
en Víctor Hugo poema, ni estrofa, ni verso, que no contenga imagen.
Como ya se ha dicho por varios críticos, puede haber poesía en toda
suerte de metros, con rima, sin rima, en verso, en prosa; pero no
puede haber poesía sin imagen. Suprímase, si posible, en cualquier
composición poética la imagen, y aquella quedará reducida á una
tesis de filosofía, mas ó menos falsa, pero a buen seguro árida y
prosaica. Y al contrario, tómese una tésis filosófica, por árida
que parezca, cúbrase convenientemente con imagen, y de improviso se
tendrá una hermosa poesía. La imagen poética es á la simple
expresión prosaica lo que las carnes al esqueleto. Por esto el
estético Hegel, tras importante disertación, declara que el
carácter de lo poético consiste en ser esencialmente figurado"
Esto, consciente ó inconscientemente, lo veía, lo sentía nuestro
poeta y dado su temperamento de artista nato, aun en prosa, en
mitad de una demostración crítica, en mitad de una disertación
filosófica, hacía surgir la imagen y hacía inmortal la prosa, prosa
verdaderamente poética, no en el mal sentido que el vulgo ha dado á
esta expresión, sino prosa de imagen grave, de período robusto,
como vaciada en bronce, harto distinta por cierto de aquella ténue
prosa destilada por melífluos imitadores lamartinianos.
Entre otros recursos artísticos tiene además nuestro poeta uno
poderoso, que urde y trama con la antítesis el pleonasmo poético.
Esta figura refuerza en ocasiones el efecto hace más rápido lo
rápido, más lento lo lento, más o oscuro lo oscuro; produce el
efecto de dos toques de cincel, uno tras otro, dados en un mismo
punto por el estatuario; de dos firmes pinceladas, una sobre otra,
que da el pintor para hacer más grueso el empaste, más jugoso el
colorido. De esto hay repetidos ejemplos en Homero y en varias
epopeyas primitivas. Nuestro vigoroso Quintana supo duplicar la
figura como en este caso:
…………A la ignominia dado
Tan santo sitio y al silencio mudo.
¡Mudo silencio!.................
Casos hay en que recurre Hugo á la repetición de una misma voz
en la estrofa, con lo cual no sólo graba y realza la imagen, sino
produce hermoso pararelismo al par que halaga el oído. Tales
repeticiones de una palabra, de una frase, lejos de proceder de
afectación, vienen de sencillez completa, como que donde más
abundantes y hermosas repeticiones se hallan es en los cantos
épicos populares. Las epopeyas de los Arios, la Iliada, los
Nibelungen, el Romancero del Cid á cada paso dan muestras de ello.
He aquí algunos ejemplos tomados al acaso de El Libro lirico:
La nuit morne tombait sur la morne étendue……
Et la nuit qui sème les astres,
Et le jour qui sème les fleurs…
Le blâme intérieur, Dieu juste, est le seul blâme...
Les larmes du tombeau sont des larmes sacrées...
Une ineffable paix monte, descend sans cesse
Du bleu profond de l'âme au bleu profond des mers….
Chacun de nous contient le chêne République;
Chacun de nous contient le chêne Vérité...
Hay en La leyenda de los Siglos un poema de portentosa ejecución
é idea, intitulado El Titán. Representa éste la fuerza, la
magnanimidad, al lado de los dioses del Olimpo, que representan el
egoísmo y la indiferencia. Atan los dioses al Titán en una caverna
; pero él con tremendo esfuerzo rompe las ligaduras, excava la
tierra, pasa por el centro de ésta, y de improviso descubre el
cielo, admira la pompa sideral, ve la obra del verdadero Dios, no
de los dioses. Y el poderoso Titán, extático ante el firmamento, ve
lo siguiente, que nuestro poeta interpreta con portentosas
repeticiones:
Des flots d'azur, des flots de nuit, des flots d'aurore,
Quelque chose qui semble une croix météore,
Des étoiles après des étoiles, des feux
Après des feux, des cieux des cieux, des cieux, des cieux!
La lengua francesa jamás había producido efectos semejantes.
Si ahora se dejan estas breves anotaciones sobre la ejecución
artística y se atiende á las concepciones en conjunto, puede
observarse que nuestro poeta, en cuanto á la clase y á la amplitud
de los temas, se diferencia en un todo de cuantos poetas hubo en
Francia. Y es que entre tantos puntos notables en Víctor Hugo, el
principal es el de ser original en todo y por todo: lo que concibió
Víctor Hugo nadie lo había concebido enantes, y nadie había dicho
las cosas como llegó él expresarlas. Su originalidad, su poder
innovador á todo se extiende originalidad en los metros, con lo
cual enriqueció el lenguaje francés; originalidad en la franqueza
de la frase; originalidad en las imágenes, que ostentan permanente
frescura; reforma y regeneración en los géneros poéticos; novedad
en los asuntos comprendidos en tales géneros, y por último,
revolución en las escuelas literarias. Cuando apareció Hugo en el
mundo se creía que ya todo estaba precisado, que ya todo asunto
estaba explotado, que toda imagen ya estaba determinada, que nada
nuevo podría pensarse ni decirse. Volvíase y resolvíase por unas
mismas trilladísimas veredas; y unos versistas iban en pos de otros
pulsando una misma cuerda con hábil monotonía. Llegó nuestro poeta
y con Los Orientales rasgó el velo y señaló un horizonte; y luégo
continuó produciendo poesías puras, clásicas (en el buen sentido de
esta gastada voz), hermosas y siempre originales, desde Las Hojas
de Otoño hasta Las Voces interiores. Nuevos aspectos y nuevas
maneras presentó luégo con Los Castigos, libro hecho entre el
combate y para la lucha, con toda la vehemencia de una incruenta
guerra á muerte, con todo el furor debido en una liza ante el
mundo, en la cual debía caer á la larga el Emperador ó el poeta.
Ni Napoleón III omitió persecuciones, ni Víctor Hugo omitió
versos. De ahí aquella terrible á par de originalísima inspiración
de Los Castigos. ¿Y no sorprende luégo el ver que tras de esta obra
escriba con tal ternura El arte de ser Abuelo? Desconcierta
nuevamente el hecho de que la mano que con tanta gracia y suavidad
acaricia las cabecitas rubias de los niños, sea la propia ruda mano
que descargó un látigo de acero sobre el Germano.
Son las Ocias como un clásico Partenón de la poesía; son las
Baladas como una iglesia gótica, con sus altas ojivas, sus
filigranas, sus claroscuros, con aquellas labores que acumular
suele la fantasía nebulosa del Norte. Son Las Orientales á modo de
aquellas pagodas que se destacan sobre un cielo profundamente azul,
que se alzan en una tierra ardorosa, entre vegetación exuberante, y
esmaltados los muros por múltiples colores que devuelven los rayos
del sol de Oriente. Los Castigos son una sombría Bastilla
republicana; El Año terrible, una fortaleza cubierta de humo, sobre
la cual flota una bandera hecha jirones. Por último, la Leyenda es
como una de aquellas pirámides que se levantan en el desierto,
únicas en su gravedad y mole, formadas por la concurrencia de
generaciones enteras.
En verdad el genio de Víctor Hugo estaría incompleto ante los
hombres si no hubiera ejecutado al cabo La leyenda de los Siglos.
Cuando aparecieron Las Orientales, verbigracia, los lectores
sorprendidos creyeron que aquella obra era el colmo de la
originalidad, que de ahí no podría pasarse, y que el autor, quizás
demasiado atrevido, debía replegarse agotado por el esfuerzo de
concepción semejante. Juzgóse que ese libro bastaba para un poeta.
Empero, aquél no era sino un lado del mundo descubierto por Hugo.
Avanzó éste por el camino de verdad y amplitud en el arte, y de
improviso vió dilatarse un universo ante sus ojos. Las Orientales
eran sólo el Oriente; La leyenda de los Siglos son el Oriente, el
Occidente, el Septentrión y el Mediodía. En ella entran el hombre y
todo lo humano; el mar con sus olas, la tierra con sus montes, el
firmamento con sus astros; lo subjetivo y lo objetivo; la Humanidad
y la Naturaleza; hay un medallón para cada pueblo, con la fiel
efigie por el anverso, con la fiel inscripción por el reverso.
Entran en la Leyenda lo temporal y lo eterno; el misterio de la
muerte, el no menor misterio de la vida; la realidad visible, la
realidad posible; lo indefinido y lo infinito.
Si por una de aquellas leyes que observarnos en el mundo
material, por las cuales vemos que el planeta vuelve al punto de
partida, y por las cuales el árbol crece fructifica y muere, apenas
dejando semilla para nuevas plantas que morirán en su hora; si por
tan fatal ley la actual civilización, al tocar á su apogeo, al dar
su más sazonado fruto, decayera, se borrara con el paso de los
siglos, y de ella sólo quedara para otra raza de otro continente
tal cual vestigio, y si, entre los restos, los hombres de aquella
hipotética generación futura hallaran la Leyenda, es de creerse que
no la juzgarían obra de un hombre, sino que ante la amplitud no
soñada del asunto, ante aquella fecunda prodigalidad de
imaginación, siempre fresca, variada siempre, creerían que tal obra
era secular labor de toda una raza y á no dudarlo, raza de
titanes.
Debe ahora decirse algo, concretando, respecto de dos
sentimientos que despiertan las obras del arte al par que las de la
Naturaleza; sentimientos que armonizan, aunque son de calidad
diversa. Y debe decirse esto porque en ocasiones el exclusivismo de
cierta crítica pretende contraponer y hacer reñir cosas que son
diversas, pero no contrarias. Hay quien admira la inspiración
abundante y poderosa de Shakespeare ó de Esquilo, y que en
consecuencia juzga que debe censurarse la inspiración apacible de
Horacio; y á la inversa, quien se recrea con la parquedad poética
del cantor de Lidia juzga que debe condenarse la riqueza colosal de
Hamlet ó de Prometeo encadenado. Los unos en nombre de la suavidad
de Rafael castigan el esfuerzo incomparable de Miguel Angel; los
otros, amadores de éste, apellidan defecto la delicadeza del
primero. ¿Quién ha de dar muerte á quién, en rivalidad semejante?
¿Debe admirarse sólo á Horacio, ó á Juvenal sólo? ¿Debe morir lo
delicado en aras de lo gigantesco, ó lo exuberante en honra de lo
parco? La Estética ya ha fallado sobre este punto: ella declara que
debe admirarse lo gracioso al par que lo tremendo, lo sencillo al
par que lo esforzado. Así como la admiración de un lago no ha de
impedir la admiración del mar tempestuoso, ni la majestad del
trueno afecta la dulzura de la flauta; tal como puede considerarse
al ruiseñor al par que al águila, y la pirámide al par que el
camafeo, así puede, así debe admirarse la apasible parquedad de
Horacio á par de la ingente riqueza de Lucrecio, la pureza de
Rafael á par de la potencia de Miguel Angel; el grupo escultural de
Laoconte á la vez que la Venus de Milo; la sencillez del Petrarca á
par de la complicada concepción y la rugiente y disforme naturaleza
de Shakespeare. Los Horacios, los Petrarcas, despiertan el
sentimiento de lo bello; los Shakespeares, cl sentimiento de lo
sublime.
¿A cuál de esos dos grupos, que hoy armonizan, pertenece Víctor
Hugo? Al uno y al otro. Ya está dicho en páginas anteriores:
nuestro poeta tiene todos los estilos, todas las maneras; y en
consecuencia, unas veces despierta exprofeso el sentimiento de lo
bello, otras, el sentimiento de lo sublime; su inspiración es ya
preludio de arpa, ya estertor de volcanes; ora lago, ora catarata.
Pero en tesis general, más que á Horacio, toca Víctor Hugo á
Homero; más que á Rafael, á Miguel Angel. Allí donde sea preciso
retorcer los músculos, destacar los escorzos, apelmazar las
sombras, reforzar los toques luminosos, allí se verá á Víctor Hugo
en pleno goce de su facultad de artista. Vese á Víctor Hugo imperar
en su elemento allí donde los cuatro vientos corren desbocados,
como cuadriga loca; allí donde el mar encrespa las olas; donde la
noche presenta toda la amplitud de su misterio y de sus astros;
allí donde la Humanidad ostenta todas sus faces; en suma, allí
donde la Naturaleza indefinida evoca el pensamiento del Ideal
infinito.
Ni se diga que Hugo se sale de las reglas al estampar esas
colosales concepciones, ni que altera el orden artístico en sus
arrebatos líricos; pues mucho podría asentarse en favor de tales
asuntos y maneras, pero basta y sobra con reproducir aquí un
concepto, no ya de este siglo, no ya de discípulo de Víctor Hugo,
sino de un religioso español del siglo pasado. Dice el P. Feijóo á
este respecto que los hombres, reglando inadvertidamente la inmensa
amplitud de las ideas divinas por la estrechez de las suyas, han
pensado reducir toda la hermosura á una combinación sola, ó cuando
más á un corto número de combinaciones.» Y por lo que respecta á
las inesperadas novedades del genio añade ese discretísimo crítico
que un trabajo artístico en esta ó en aquella parte suya desdice de
las reglas establecidas con todo, hace á la vista un efecto
admirable, agradando mucho más que otros muy conformes á los
preceptos del arte. ¿En qué consiste esto? ¿En qué ignoraba sus
preceptos el artífice que le ideó? Nada menos. Antes bien, en que
sabía más y era de más alta idea que los artífices ordinarios. Todo
lo hizo según regla, pero según una regla superior que existe en su
mente, distinta de aquellas comunes que la escuela enseña.
Proporción y grande, simetría y ajustadísima, hay en las partes de
esa obra, pero no es aquella simetría que regularmente se estudia,
sino otra más elevada adonde arribó por su valentía la suprema idea
del, artífice.» Por esto asienta Menéndez Pelayo que "con letras de
oro debiera estamparse, para honra de nuestra ciencia, esta
profesión de libertad estética.»
He ahí lo que, generalizando y sólo dirigiendo la vista á puntos
culminantes, ha ocurrido observar en estas páginas, páginas
destinadas más á abordar, aunque muy defectuosamente, sustanciales
puntos de crítica y á enunciar con frialdad expresa tendencias
literarias, que no á hacer innecesaria defensa del gran poeta, ni á
darle á conocer en sus peculiaridades, y aun menos á consagrarle
elogios, como que éstos ya le han sido y han de serle profusamente
tributados por admiradores más felices en la expresión, aunque no
más sinceros en el sentimiento.
Puede ahora, generalizando aun más, puede preguntarse á qué
escuela pertenece nuestro poeta. La respuesta es sobrado fácil á
primera vista, y harto difícil si considerada detenidamente. Ante
todo ocurren los términos clásico y romántico, si bien tales
términos murieron hace medio siglo y sólo vienen todavía bajo la
pluma de los que no han seguido el movimiento literario del siglo.
Prcgúntase, sinembargo, ¿es Víctor Hugo clásico ó romántico? Si
estas voces se presentan con el sentido exclusivista y pugnador que
antes tenían, nuestro autor, espíritu lleno de amplitud y de
armonía no es ni lo uno ni lo otro. Aquí, como siempre, y como
acontece en otras esferas que no son sólo de amena literatura, se
tropieza con nombres que no dicen nada y que al par dicen
demasiado. Estos términos generales fluctúan entre el cero y el
infinito. Pudiera decirse que son definiciones indefinidas. Si por
romántico se entiende un poeta lamentador y tétrico, limitado á la
literatura y los asuntos de la Edad Media, lleno de sueños
caballerescos, sólo dado á temas amatorios y de aventuras tal como
los caballeros andantes; si por romántico se entiende un hombre
algo vaciado en el molde de Werther ó de Manfredo, nuestro poeta no
es poeta romántico, ni mucho menos. Ni es poeta clásico si por
clásico se entiende un amanerado copiante de copias, un espíritu
que aun yace entre Voltaire y Moratín, y que hace eco al ímpetu del
siglo con pastorales y odas, imitadas de otras imitaciones. Más si
por romántico se entiende un poeta que siguió la corriente de
libertad literaria, Víctor Hugo, jefe de ella, es poeta romántico;
y si por clásico se entiende un poeta esmeradísimo en sus formas,
correcto en el lenguaje, bueno y concienzudo intérprete de los
griegos y latinos; un poeta que es autor de primer orden en la
literatura de un pueblo, Víctor Hugo al par es el clásico por
excelencia en la poesía de Francia.
Los hombres superiores, en todas las esferas del pensamiento,
muestran realmente tal superioridad sobreponiéndose al propio
movimiento que ellos engendran. De esta suerte el pensador de quien
se habla en estas páginas reprimió la exageración que sus secuaces,
no siempre aptos para comprender toda la obra, proclamaron como
nueva ley. En la balanza que en un principio osciló fuertemente,
nuestro poeta fué el fiel, y luégo marcó el punto preciso del
equilibrio, no dejando que se cargara todo el peso en un solo
platillo. Además, así como en este siglo se ha lo grado la
reconstrucción de grandes nacionalidades á costa de antiguos
principados; y así como, por ley de agregación y armonía, ciertos
exclusivismos de facción han cedido el puesto á más amplias miras
sociales, de la propia suerte, en literatura, las barreras de
antiguas escuelas, la subdivisión de la nacionalidad literaria, el
feudalismo artístico, por decirlo así, han desaparecido ante más
amplias concepciones y ante una filosofía del arte más sana y
comprensiva. Espíritu verdaderamente superior, así lo comprendió
nuestro reformador poeta y pasó por sobre las reacciones y
amaneramientos de sus propios discípulos. Dejó á un lado ó atrás á
los que se exageraron entre éstos; y aun en la hora en que la voz
Romanticismo era la palabra de victoria, él no aceptó, rechazó
enérgicamente el vocablo. Y es que nuestro pensador, á causa de su
visión lejana, pudo y quiso en algún momento dejar de ser el hombre
del día, á trueque de ser luégo el hombre del siglo.
Oportunamente llegan aquí las palabras de Krause, que condensan
admirablemente y por modo filosófico todos los ciclos poéticos:
"Distinguimos en la historia de la poesía tres principales
períodos. I.º El antiguo ó ante-cristiano, que abraza como ramas
especiales más singularmente: a) la poesía hebraica, cuyo carácter
predominante es un estilo figurado sublime y cuya idea vital y
fundamental es Dios, como Creador y Señor del cielo y de la tierra,
en plena, individual y fiel alianza con su pueblo elegido; b) la
poesía de los griegos y romanos, denominada clásica por
antonomasia, cuyo rasgo fundamental es la perfecta y sustantiva
información estética de todo lo finito y cuya idea determinante es
la del politeismo, esto es, la de una Humanidad griega idealizada.
2.° El período denominado romántico ó de la Edad Media, que parte
de la idea del reino de Dios en la tierra y la vida bienaventurada
en el cielo, por lo cual lo caracterizan el amor á la Humanidad, el
valor, la fiel amistad, el puro amor á la mujer y la protección de
todos los débiles y necesitados, como cualidades de la vida viril,
unidas todas y expresadas en el honor caballeresco; así como en la
vida de la mujer la sincera piedad y devoción, la eterna fidelidad
á un esposo único, la tranquila adhesión doméstica; todo ello
reunido en el pudor y el honor de su sexo. 3.º El de la poesía
nueva ó moderna, cuya idea directriz es el conocimiento de Dios, de
la Naturaleza, del Espíritu y de la Humanidad, caracterizándose, de
consiguiente, por la reflexión, la pura intimidad con cada uno de
estos seres, la aspiración hácia la orgánica é igual plenitud de la
vida toda, la libre idealidad y el concierto del pensamiento y el
sentimiento expresado en esa inclinación sentimental que, con
respecto á la limitación y contrariedades del mundo, constituye la
tendencia humorística, el humor. Esta edad es mucho más poética que
las anteriores, por la superioridad de las ideas que la animan; si
bien su peculiar poesía no ha alcanzado aún su más alto
florecimiento, pudiendo y debiendo reproducir también el espíritu
clásico y el romántico. Pero sólo en la tercera edad de la
Humanidad, hoy sólo en germen, desenvolverá este arte su completa
perfección y belleza.»
Víctor Hugo, en consecuencia, es en todo asunto de arte un
espíritu armónico; en él se hallan todas las amplitudes. Por lo que
hace al estilo, tiene, sin perder su personalidad, todos los
estilos; por lo que hace á los géneros, tiene todos los géneros; y
por lo que respecta á las escuelas, pertenece á todas y no
pertenece á ninguna. Es romántico en lo bueno y clásico en lo
mejor; naturalista á par de idealista; objetivo y subjetivo; y
aduna el sentimiento con el pensamiento. Y como mayor timbre de
gloria tiene el de ser el fundador de la poesía profunda é
ilimitada de futuras edades.
¡Cuánto se asemejan el oceáno y una grande alma!
Ambos tienen sus grandes calinas y sus grandes tempestades;
ambos tienen la unidad imponente y la variedad incomparable, el uno
por las olas, la otra por las ideas. El mar está saturado de sal, y
saturada de verdad el alma; esto los hace amargos, pero esto los
hace incorruptibles. El mar sólo se encrespa y levanta por la
misteriosa atracción de la luna el alma, por un ideal que alumbra
en la noche de la tierra. El oceáno, no satisfecho con todos los
tesoros que guarda, retrata el firmamento, reproduciéndolo con
todas sus estrellas; el alma, no saciada con todo lo terrenal, no
abastecida con todo lo universal, copia en sí los ideales
desconocidos. El mar arroja de sí los cadáveres. El alma arroja de
sí las mezquindades.
El mar y el alma tienen amor por todo lo amplio, por todo lo que
tiene expansión de vida, y horror por todo lo mezquino, por todo lo
que tiene estrechez de muerte.