LÁZARA.
¡MIRAD, mirad c6mo corre!
¡Por las sendas empolvadas,
por los céspedes floridos,
llenos de espinosas zarzas,
por las mieses donde brillan
as amapolas de grana,
por el escabroso atajo,
por la vereda trillada,
por las selvas, por los prados,
por las ásperas montañas,
mirad, mirad cómo corre,
mirad cómo corre Lázara!
Es bella, es alta, es esbelta,
y cuando arrogante marcha,
un canastillo de flores
en su cabeza gallarda,
los blancos brazos sobre ellas
doblando con tanta gracia,
imaginara cualquiera
ver á lo lejos un ánfora,
con sus asas de alabastro,
sobre nuestras rotas aras.
Es joven y juguetona,
y alegres canciones canta,
y huella con pies desnudos
del lago la húmeda playa,
persiguiendo al leve insecto
de alas brillantes y diáfanas;
y su falda replegando,
los limpios arroyos pasa;
correr va y vuelve, y los pájaros
dieran por sus pies sus alas.
Al espirar de la tarde,
cuando se escuchan lejanas
las campesinas ovejas
que al volver al redil balan,
aparece en la pradera
donde el baile se prepara,
y todos la flor más bella
ven en la flor que gallarda
de sus lustrosos cabellos
prendió en las trenzas rizadas.
El pachá de Negroponto
diera por la herniosa Lázara
sus navíos de tres puentes,
sus cañones y bombardas,
de sus caballos las sillas,
de sus ovejas las lanas,
y su turbante de seda
con sus perlas y esmeraldas.
En verdad por ella diera
sus adamasquinas dagas,
que por sus manos gastados
tienen los puños de plata;
y sus pesadas pistolas,
y su corva cimitarra,
y su rico carcaj de oro
repleto de flechas tártaras.
Diera sus anchos estribos,
los tesoros de sus arcas,
y el tesorero con ellos,
que vigilante los guarda;
sus trescientas concubinas,
sus fieles perros de caza,
sus tostados albaneses
con sus luengas espingardas.
Diera todos los judíos
y el rabino que los manda;
diera los francos, y el kiosko
rojo y azul, y las salas
de los baños aromáticos,
de mosaico embaldosadas;
y las torres formidables
de su robusta alcazaba;
y su quinta de verano,
que trasparentes retratan
las mansas ondas azules
del mar de la Cirenaica.
¡Todo! hasta el caballo blanco
que cual un tesoro guarda,
hasta la linda española
que el dey de Argel le enviara,
y de la falda flotante,
cuando su fandango baila,
los anchos pliegues bordados
con dulce mano levanta.
Y de un clefto de ojos negros
y no de un pachá es esclava;
es su señor y su amante,
y no dió por ella nada:
porque un clefto sólo tiene
en los manantiales agua,
ambiente libre en el campo,
la carabina y la daga,
y su libertad errante
en el bosque y la montaña.
TEODORO LLORENTE