EL NIÑO.
ALLÍ el Turco ha pasado!...
Allí, como huracán de sangre y duelo,
el rastro de sus pasos ha dejado
en ruinas y en escombros sobre el suelo.
Chío, la isla de los dulces vinos,
de montañas y valles ondulada,
Chío la de los bosques de carpinos,
que se ufanó en las aguas retratada,
hora del Turco so el poder impío
semeja en medio al mar peñasco umbrío.
Bajo el bárbaro azote del tirano
que de duelo y de luto la ha cubierto,
es su antiguo esplendor recuerdo vano,
es su suelo feraz yermo desierto.
¿Sus hijos dónde están?... Nobles cayeron
en la lid desigual y funeraria,
y hoy no turba en su sueño á los que fueron
planta humana en la playa solitaria.
Pero, alli junto al muro
del soberbio palacio derruído,
un tierno niño, candoroso y puro,
pálido y dolorido,
apoyado en un árbol de oxiacanto
inclina la cabeza ahogado en llanto.
Pobre niño, desnudo y pesaroso,
á quien hirió con su furor la suerte,
huérfano ¡oh Dios! acaso sin reposo,
dí ¿qué puede en tu duelo distraerte?
Dulce niño inocente,
¿qué busca tu ilusión en sus afanes?
Por que asome el placer sobre tu frente,
y en lujo de alegría te engalanes,
y mueran tus congojas,
yo te daré el regalo que tú escojas.
¿Qué quieres por que vuelvan tus cabellos
á embellecer en bucles arreglados
la blanca espalda que se ornó con ellos?
Hora desaliñados
cual las hojas del sauce caen llorosos,
yendo á empañar tu frente con sus ondas,
y tus azules ojos tan hermosos
se velan ¡ay! bajo sus hebras blondas.
¿Qué es lo que puede disipar, criatura,
de tus pesares la tormenta oscura?
¡Ah! ¿qué puede alegrarte, pobre niño?
¿Quieres la flor que se suspende airosa
sobre el pozo de Irán hondo y sombrío,
la flor de lis, más bella que la rosa,
azul como tus ojos,
cuyo azul al del cielo diera enojos?
¿Ó la fruta del árbol admirable
que un caballo á galope tardaría
cien años con empeño perdurable
para cruzar su sombra, y no podría?...
¡Ah, dí si sonreirás dándote el ave
que al bosque anima con la voz más suave!...
¿Qué quieres, inocente criatura,
para reír y prorrumpir en canto,
para arrojar de tu alma la tristura
y de tu faz la palidez y el llanto?
¿Quieres la bella flor maravillosa?
¿quieres la fruta del tubá sabrosa?
¿ó acaso el ave de pintadas alas?
-Amigo, el niño griego me responde,
quiero pólvora y balas!-
JOSÉ SIENRA CARRANZA.