EL HADA Y LA PERI.
I
¡OH niños, si la muerte os sorprendiera,
guardáos bien de que engañoso genio
vuestro crédulo espíritu desvíe
de la divina senda de los Cielos!
Docto varón contóme vieja historia.-
¡Atended! Se salvaron del infierno
algunos de los ángeles rebeldes
porque tan malos cual Satán no fueron.
En la tierra, en las aguas ó en los aires
el día esperan del perdón postrero,
y tan dulce la voz tienen algunos
como los buenos ángeles. Temedlos:
lejos del paraíso, por mil años
sufren en este mundo su destierro,
y al hondo purgatorio os llevarían.
De mi historia no sé los fundamentos;
pero como mis padres la contaban,
así, queridos hijos, os la cuento.
II
LA PERI.
¿Qué buscas, alma perdida?
¡Oye! Te abriré mi alcázar
deja la senda del Cielo,
que fatigosa es y larga,
y puedes perderte, oh niño,
que espiraste en tu alborada!
Vén; jugarás en mi huerto
con las doradas manzanas,
y verás, junto á tu cuna,
á tu madre arrodillada.
Vén, vén; soy la más hermosa
de las Peris: mis hermanas
reinan felices do nacen
las luces de la mañana,
y entre ellas brillo cual brilla
entre las flores lozanas
la hermosa flor que el amante,
pensando en su amor, arranca.
Rico turbante de seda
mi altiva frente engalana;
mis brazos están cubiertos
de brillantes esmeraldas;
y cuando mi vuelo tiendo,
en mis purpurinas alas
luminosos resplandecen
ojos arrojando llamas.
Como la lejana vela
sobre el mar azul, soy blanca:
doquier hermosa aparezca
mi leve forma fantástica,
como la estrella ilumina,
como la flor embalsama.
EL HADA.
Vén, niño; sigue mis pasos;
Vén, niño; yo soy el Hada.
Yo reino en la dulce orilla
do el sol en las tibias aguas
ardiente y esplendoroso
su disco gigante apaga.
Los vapores de su cielo
doro al pasar con luz pálida,
y cual reina de las sombras,
entre las neblinas pardas
construyo en el Occidente
fantasmagórico alcázar.
Mi ala azul se trasparenta,
y cuando vuelo callada
ven dos rayos argentinos
los Silfos en mis espaldas.
Mis rosadas manos brillan
esplendorosas y diáfanas;
es mi soplo silencioso
la brisa que su fragancia
vierte al espirar la tarde;
mis cabellos luz irradian,
y en mi boca melodiosa
se unen sonrisas y cántigas.
Grutas tengo de mariscos,
tengo doseles de ramas;
mécenme las turbias olas,
mécenme las leves auras.
Te enseñaré, si me sigues,
á dónde las nubes marchan,
y en qué abismos escondidos
su raudal las fuentes hallan.
Si mi amada compañera
quieres ser ¡infantil alma!
te traduciré el idioma
que todas las aves cantan.
III
LA PERI.
Vén; mi feliz imperio es el Oriente,
do brilla el sol ardiente
como brilla en su tienda gran monarca.
Boga su disco en limpio firmamento,
como á los sones de la flauta grave,
llevando al opulento
emir de una riquísima comarca,
hiende la mar azul dorada nave.
Es la zona oriental del paraíso
trasunto fiel: Dios quiso
allí todas sus dádivas verterlas;
más flores dió á su suelo,
dió más estrellas á su hermoso cielo,
dió á sus mares más perlas.
Extiéndese mi imperio soberano
desde esas orgullosas catacumbas
que montañas parecen y son tumbas,
hasta el muro que ataca y sitia en vano
el tártaro, y cual mágico baluarte
guarda en el universo un mundo aparte.
Ciudades tengo que la tierra admira:
Lahor, dormida en su feraz pradera.
Goncolda, Cachemira,
Damasco, la guerrera;
Bagdad, que fortaleza altiva mura,
como antigua armadura;
Alepo, cuya voz que mengua y crece,
al caminante absorto le parece
el sordo estruendo de los roncos mares.
Misor es una reina en su alta silla;
Medina, con sus blancos alminares
y con sus flechas de oro, do el sol brilla,
es cual hueste que en vagas lontananzas,
desplegando sus tiendas á millares,
finge bosques de lanzas.
Madrás encierra en su recinto inmenso
dos ciudades al par; su pueblo ausente
parece que en los muertos arenales
Tebas aguarde, reina del Oriente.
Se alza más lejos Delhy sin rivales;
doce elefantes pasan bien de frente
por sus anchos portales.
Vén, y te enseñaré mis maravillas.
Azoteas verás de flores llenas,
cual verdes canastillas;
verás el mar de arenas
donde al escape sus caballos lanzan
los árabes que acechan sus contrarios.
Bayaderas verás que alegres danzan
del sol poniente al resplandor incierto,
cuando en torno del pozo del desierto
se arrodillan los sobrios dromedarios.
Verás, entre la higuera y sicomoro,
la cúpula dorada alzarse ufana
del alminar del moro,
la torre de chinesca porcelana
con campanillas de oro,
la pagoda de nácar argentado,
y al pié pasar el palanquín de grana
con sus luengas cortinas de brocado.
Del plátano que encubre á la sultana
en su bailo de pérfido labrado,
apartaré por ti rama importuna:
y á la luz de la luna
verás la virgen que abre su persiana
por si escucha la voz, grata á su oído
más que el trinar del bengalí escondido.
Allá en la edad primera,
fué del mundo el Oriente paraíso:
eterna primavera
aun convierte sus campos en verjeles.
Un Dios próvido quiso
que detrás de nosotras marchen fieles
todas las alegrías.
Oh tú, que gimes, sigue nuestras vías.
¿Qué te importan los Cielos, cuando abiertas
del encantado Edén tienes las puertas?
EL HADA.
Es mi feliz morada
el sombrío Occidente: allí, bañada
en pálidos reflejos,
vaga en sus formas, á los cielos sube
la vaporosa nube,
y el mortal solitario que á lo lejos
sueña feliz ó mísero suspira,
silencioso y estático la mira.
Halla el ánima enferma oculto halago
en las brumas del lago
que flotan en los turbios horizontes,
y en nuestros patrios montes
donde imprime el invierno eterna huella,
y en la tímida estrella
que cuando muere el día en Occidente
une al Ocaso pálido su Oriente.
¡Oh niño muerto que á tu madre lloras!
más grato á tus dolores
será un cielo cubierto de vapores.
Esas voces sonoras
de la selva sombría,
ese místico arrullo
que susurran los vientos gemidores,
y del torrente el desigual murmullo,
te fingirán la plácida armonía
que en la materna cuna te adormía.
Más hermoso que el ámbito sereno
de los cielos azules,
es nuestro firmamento, siempre lleno
de gasas y de tules,
que templan el ardor del sol fecundo.
Pasan por él las nubes vagorosas
cual flotas misteriosas
que vienen de otro mundo.
La tromba inquieta en los revueltos mares
se levanta por mí; por mí suspende
la Tempestad su vuelo poderoso
y escucha mis cantares;
por mí el íris extiende
sus cintas matizadas,
como puente de nácar misterioso
sobre el móvil cristal de las cascadas.
La hermosa alhambra es mía;
mías son la iglesias españolas,
y la gruta sombría
cuyos pilares de basalto baña
el mar del Norte con pesadas olas.
Yo ayudo á levantar negra cabaña
al pescador, en el desierto espacio
do de Fingal alzábase el palacio.
Allí, á mi voz, cual repentina aurora,
meteoro fugáz la sombra oscura
con luz mágica dora,
y el cazador absorto se figura
que en su carrera inquieta
va en el mar á bañarse algún cometa.
Vén, vén, y en nuestros juegos delirantes
de ráfagas bravías
poblarémos las viejas abadías;
mandarás mis enanos y gigantes;
despertarás la selva al són del cuerno,
y azuzarás las mágicas jaurías
que cazan en las noches del invierno.
En feudales torreones
verás á los barones
descalzar la sandalia al peregrino;
verás muros ornados de blasones,
y á la dama que muestra la tristeza
en su rostro divino,
y por su lindo paje quizás reza
á un Santo, protector de sus amores,
pintado sobre vidrios de colores.
Nosotras, al murmurio de las brisas,
abrimos las antiguas catedrales
cuando entre viejos sauces á raudales
la luna vierte luces indecisas;
y el pastor oye cantos funerales,
y al pié del campanario, en lontananza,
turbado mira nuestra eterna danza.
¡Si vieras con qué galas
un Dios severo el Occidente adorna!
Vén, el Cielo está lejos, y tus alas
aun muy débiles son: al mundo torna.
Encanto lisonjero
en todas partes para el alma brilla
en mi feliz región, y es nuestra orilla
más dulce que sus lares al viajero.
IV
Y al escuchar su engañador lenguaje
duda el alma y vacila. ¡Es, ay, tan bella
la tierra que abandona!...... Ya sobre ella
suspende perezosa el tardo vuelo.
Mas, ¿donde está? No le digáis que baje;
se remonta veloz: ¡ha visto el Cielo!
TEODORO LLORENTE.