LA ABUELA.
"¡OH madre de nuestra madre!
¿estás durmiendo? ¡Despierta!
Otras veces en tus sueños
murmuras y balbuceas,
y parece que aun dormida
hablas con alguien y rezas;
mas hoy estás tan inmóvil
como la virgen de piedra,
y á tus labios silenciosos
ni el aliento vida presta.
¿ Por qué más sobre tu pecho
hoy inclinas la cabeza?
Dínos, ¿qué daño te hicimos
para que ya no nos quieras?
Mira: la pálida lámpara
se extingue; el hogar humea;
y si no quieres hablarnos
como solías, abuela,
lámpara, hogar y nosotros
morirémos de tristeza.
« ¿Qué dirás, cuando despiertes
de ese letargo, y nos veas
á nosotros dos ya muertos,
muerto el fuego, la luz muerta?
También entonces tus hijos
sordos serán á tus quejas.
Para que resucitemos
al cielo harás mil promesas,
y bien habrás de abrazarnos
para darnos vida nueva.
« Tiéndenos tus manos frías
que nuestras manos calientan;
y de antiguos trovadores
cántanos coplas añejas.
Háblanos de los guerreros
que servían fadas bellas,
y á sus damas les llevaban
en vez de flores, banderas;
dínos el nombre amoroso
que era su grito de guerra.
Dínos cómo se conjuran
los fantasmas. ¡Ay, abuela!
cuéntanos aquella historia
de un monje que vió en su celda
á Lucifer por los aires
volar con alas siniestras;
dínos á quién el Demonio
teme más, en su caverna,
á los mandobles de Orlando
ó á los salmos de la Iglesia.
Vén; enséñanos tu Biblia
con sus láminas tan bellas,
los Santos de azul y de oro,
y el cielo con tánta estrella,
y el Niño, el buey y los magos...;
y esas latinas sentencias
que á Dios hablan de nosotros,
descífranos letra á letra.
« La luz oscila y se apaga,
descienden las sombras densas;
quizás ya por la ventana
malos espíritus entran...
Tú, que el miedo nos quitabas,
hoy nuestro pavor aumentas.
¡Cielos! tu mano está fría!
Á veces, con ansia tierna,
nos hablabas de otro mundo
do cada paso nos lleva,
de la gloria del sepulcro,
de la vida pasajera,
y de la muerte...¡la muerte!
¿Qué es la muerte? ¿No contestas? »
Y oyéronse largo rato
sus sollozos. Y risueña
rayó al fin la blanca aurora,
y no despertó á la abuela.
Dió al aire lúgubres sones
la campana de la aldea,
y un pastor vió aquella noche,
por la mal cerrada puerta,
delante del santo libro,
junto á la cama desierta,
dos niños arrodillados
que rezaban con voz trémula.
TEODORO LLORENTE.