II
Desde entonces estudio á Víctor Hugo.
Mucho se ha escrito sobre este poeta cada libro de los suyos ha
producido varios ajenos de animada controversia. Los mejores
críticos contemporáneos le han consagrado su pluma, juzgándole cada
cual á su manera, mirándole cada cual por su lado, ya atacando, ya
defendiendo en él al jefe de una escuela que ha tenido curso en el
siglo y séquito en apartados países. He seguido esa controversia,
acalorada como pocas, fecunda como muchas. Tócame hoy escribir
sobre Víctor Hugo y su escuela. ¿Qué diré, si tanto se ha
dicho?
Algo nuevo. Las obras del Arte son como las de la Naturaleza
aunque estudiadas por la años y comentadas por grandes pensadores,
siempre tienen, á pesar de sus eternas leyes é inmutables formas,
una nueva faz para el que las mira; nueva doctrina para el sabio,
nueva imagen para el poeta. Así, aunque grandes inteligencias ya
han tratado de Víctor Hugo, y aunque hay hermosos trabajos de
admiradores suyos, creo, sin faltar á la modestia, que en estas
pobres páginas algo nuevo podré decir sobre aquel de quien tanto se
ha dicho. Por otra parte, este escrito, á diferencia de los
anteriores, no es voz de luchador que anima á aquel con quien
compartirá el triunfo ó la derrota, ni voz de espectador en la
liza, ni de compatriota y contemporáneo; que formado el presente
trabajo en lengua diversa de la del autor estudiado, en un medio
extraño á las luchas anteriores, en lejano continente y muerto ya
el poeta, surge sólo de la conciencia, sin prejuicios y
aberraciones, y ha de tener al menos la serenidad que
necesariamente existe cuando entre el poeta y el crítico se
interponen dos cosas insondables: la muerte y el Océano.
Como los sentimientos son, no la única parte del artista, pero
si escencialísima y digna de consideración detenida, creo que,
puesta á un lado la tarea de una noticia biográfica, como que las
hay muy completas, deben exponerse, aunque brevemente, los de Hugo,
sobrado patentes en sus obras, antes de comentar sus maneras
literarias y la revolución de que fué jefe. Tiene el sentimiento la
peculiaridad de ser inmutable en su esencia, dada la naturaleza de
un poeta; y así, éste en sus manifestaciones externas puede crecer
ó menguar, correr distintas vías, abrazar diversas escuelas, tender
á varias metas, pero en la esencia de su sentimiento, si verdadero
artista, es inmutable. Aquellos que en el fondo de la conciencia,
en la fuente primera de sus inspiraciones, en los sentimientos,
sufren hondos cambios, no ofrecen garantías para el arte é inspiran
desconfianza al crítico. Aquellos otros que al través de los
tiempos, de los hombres, de las cosas y de las ideas, no mudan los
sentimientos en la obra artística, ofrecen garantía á quien los
estudia, y el admirador puede darles el corazón sin desconfianza.
Esto acontece con Víctor Hugo. La fecunda obra poética de su vida,
de una vida que para el arte nació en edad temprana y que se
conservó firme y jugosa cuando casi todas declinan y se agostan, es
una en sus sentimientos, se conserva una en su esencia, al través
de la influencia múltiple del estudio, al través de las edades del
individuo, al través de opuestas agitaciones políticas y de las
variadas peripecias de un organismo impresionable.
Víctor Hugo como pensador religioso es, á mis ojos (y fácil
sería demostrarlo), espíritu sin completa fijeza de ideas, sin
memoria de sus propios conceptos y frases, no sólo en obras
correspondientes á diversas fechas, sino en un mismo trabajo; pero
¡qué mucho si se agitaba su espíritu en un medio donde otros que
tenían mayores obligaciones con la lógica y el criterio humano,
como que aspiraban á pasar por críticos y filósofos en el sentido
general de esta palabra, sólo lograban ser, verbigracia el
novelista Renán, escritores aun más contradictorios y mendigos de
consecuencia alguna! Felices cuanto contados son aquellos hombres
que, por gran claridad de visión ó por la serenidad del medio en
que se colocan, pueden presentar sus obras todas sin que ellas se
entrechoquen al par que las frases se devoran unas á otras. Los
sentimientos de Hugo, empero (y aquí, y dondequiera, renace el
obligado distingo entre el filósofo y el artista), son en sus
varias edades, y en la más rica generalidad, sentimientos
cristianos.
Expongamos, pues, aunque brevemente, cómo se manifiestan tales
sentimientos en nuestro poeta; no aceptemos sus inconsecuencias
aunque tocadas de buena fe; y por lo referente á la parte
sustancial de este pobre trabajo, estudiemos al artista en el arte,
y no dejemos que la Metafísica y la Ética, abandonando su propio
terreno, hagan indebidas intrusiones en el abierto campo de la
Estética.
Y creo de rigor declarar esto una vez por todas, como no puede
menos de hacerlo un escritor de convicciones católicas, á fin de
evitar lamentables confusiones y ulteriores distingos necesarísimos
y con el propósito, además, de que no se tome la tolerancia en
casos de arte, nacida de ideas estéticas, por transigencia en otras
delicadas materias en que no cabe el más ni el menos.
Harto se me alcanza, y preciso es recordarlo ya que la crítica
no pocas veces lo pone en olvido, que el poeta en rigor no es
moralista, como no es filósofo. Lo bueno y lo verdadero pueden
servirle y aun encontrarse en sus obras como fin mediato; pero la
misión esencial del poeta consiste rigurosamente en producir con
libertad y reflexión lo hermoso verosímil. Empero, si encontramos
un poeta que, á diferencia de tantos otros, abrigue en general y
manifieste en sus obras sentimientos nobles, informando de algún
modo aquella bella bondad (xayoxayadela)) exigida por Platón, ¿no
viene esto á acrecentar y, para decirlo así, á acendrar nuestra
simpatía pos el artista?
¿Cuáles eran aquellos sentimientos?
La madre de Víctor Hugo fué una de esas santas mujeres sagradas
para lo absoluto por el amor místico, consagradas para lo terrenal
por el amor materno. En ese doble amor se educó nuestro poeta. ¿Qué
pláticas amables se entablaban entre esa madre, santa como todas
las madres, y ese niño destinado á ser genio? ¿A qué anhelos de las
cosas eternas lo enseñó ella? ¿Qué raptos sagrados tendrían esas
dos almas, puras ambas y unidas por las manos, hacia la Luz
increada, hacia el amor indeficiente y desligado de la torpeza
terrenal y caduca? ¿Cuántas veces se hincarían juntos de rodillas
para elevar una oración por todos? ¿Qué enseñanzas, qué ejemplos le
diera ella de sacrificios y abnegaciones aprendidos en el árduo
camino del Gólgota? Todo aquello pasó allá en un hogar casi hecho
templo; mas si en parte velada la causa, patente está el efecto en
las obras del poeta, y perduran en ella las nobles enseñanzas al
par que la memoria de la cristiana madre.
Habrían de pasar los años; del niño saldría el hombre; se
disgregaría aquella familia; iría el poeta á formar por si propio
un hogar nuevo; pasaría la madre á dormir el largo, no eterno sueño
de la muerte; entraría el bardo en la revuelta guerra de la vida;
recogería lauros y dominaría las multitudes; vería á los reyes
airados caer sobre el pueblo embravecido; vería á los pueblos
alzarse y sacrificar á los reyes; sería inquebrantable mediador
entre los reyes y los pueblos; sería tremendo luchador en una lucha
tremenda; sería víctima, y sollozaría en el destierro; vencedor, y
cantaría en triunfos por nadie enantes alcanzados; pero ya noble
por derecho de sangre, ya republicano por derecho de ideas, nunca
dejaría de ser el alma vuelta del lado de lo eterno, la pupila que
sonda lo infinito, la mano profética que se extiende hacia la
aurora de ultratumba, la boca que repite tristezas y enseñanzas del
Calvario.
En vano se buscará en libro alguno de sus cantos una estrofa que
reniegue de la tendencia á la perdurable vida del espíritu, que
encadene nuestro sér á la sola materia, que no eleve por algún modo
el alma á los destinos inmortales. El que nunca dobló la frente
ante poder alguno de la fuerza, la inclinó siempre ante la fuerza
del poder espiritualista. Pudo, por el medio revuelto que
circundara su pensamiento, sufrir como pensador inaceptables
inconsecuencias; ensayar fórmulas distintas, tantear en diversas
escuelas, buscar con anhelo por apartadas vías; pero siempre, y
manifestándose aun más por esa misma ansia voluble, era el propio
corazón con los propios sentimientos, no saciado con la pequeñez y
oscuridad de las cosas terrenales, siempre confiado en un Dios
inmutable, antes y después del tiempo y del espacio, de quien
surgen, como triple esencia, el Bien, la Verdad y la Belleza.
Así que Víctor Hugo, coronado por muchos como rey de los poetas,
considerado generalmente en el siglo como el intérprete del siglo,
como la más independiente manifestación del espíritu humano en
nuestros días, y que ha ejercido, si se permite la palabra, la
hegemonía del arte, no viene con el satánico orgullo de otros, á
quienes los desvaneciera menor altura, á erigirse en apóstol de la
duda ó en pontífice de la negación absoluta, adulando así ciertas
pasiones del vulgo iconoclasta, sino que antes, por el hecho mismo
de sentirse tan poderoso de genio y rico de prestigio, y juzgando á
su modo que el arte tiene la especial misión de redimir, enseñar y
engrandecer á las almas, se cree obligado á volverse hacia los
creyentes en la duda, por decirlo así, y hacia los traficantes en
ateísmo, y óra sereno con los primeros, respetando la buena fe de
los que sinceramente no la tienen, óra airado con los segundos,
mercaderes de blasfemias, á todos les habla de las cosas eternas y
les enseña que para cubrirse de gloria y ser uno de los espíritus
más venerados y uno de los más altos poetas no es preciso que el
pedestal propio se levante con las aras de templos en
escombros.
En la escala de Jacob que suben, ayudados por alas invisibles,
los espíritus privilegiados, los profetas, los soñadores de sueños
más reales que la realidad tangible, las almas todas que tienen la
abstracción por pupila y el misterio por astro, hay un último
frágil peldaño, que oscila allá, allá arriba donde ni el ojo ve ni
oye el oído. Sobre aquel peldaño apoya el poeta místico el talón de
su sandalia de oro. Allí el amante, en éxtasis amable, ama el Amor.
El Amor sacia al amante nutriéndolo con amor indeficiente. Y es el
fenómeno que á veces el místico duda del misticismo; pero siempre
sube por la escala, y toca en la altitud mística. Así, en la cadena
de los poetas no sólo era místico el admirable San Juan de la Cruz,
el de aquellas estrofas que ponen miedo religioso por el
recogimiento, por la intensidad indefinible que hay en ellas, sino
que también, al otro extremo, vemos al infortunado Leopardi,
carcomidas las entrañas por negra dolencia, carcomida el alma por
el ateísmo, mas aleteando por volar hacia lo absoluto, y sediento
el labio de amor no caduco. Su mente, empero, creía sólo "en la
infinita vanidad del todo," en el desengaño de las cosas; abrigaba
sólo el desprecio de este llamado gran Todo, que para el poeta más
bien era la gran Nada. El místico católico subía la escala con los
ojos fijos en la altura; el "místico ateo" la sube caídos los
párpados, baja la frente y fruncida como en tenaz rebeldía; pero
siempre con el labio sediento, y con las grandes alas
desplegadas.
Entre el místico español, con su pálida auréola de arcángel, y
el místico italiano, con su roja auréola de espíritu inmortal que
niega su inmortalidad espiritual; entre el de nimbo angélico y el
de nimbo luzbélico, se alza nuestro poeta, no saciado con lo
terrenal, amador de lo absoluto. ¿Auréola luzbélica ó angélica le
circunda las sienes? Ni la una ni la otra: tiene su propio
nimbo.
Pero antes de continuar en esta exposición de sentimientos,
veamos otra causa de ellos, por lo tocante á la herencia y á la
educación de nuestro poeta. Fué el padre de éste un audaz general
de las guerras napoleónicas, En aquellos principios de nuestro
siglo, tan revueltos y terribles, y en que á nuestra América no le
tocó la menor parte de sangre y de laureles, no se alcanzaba la
graduación militar sino por medio de legendarios y granados hechos.
Sangre calurosa corría por las venas del poeta, con arranques
heróicos y con cierta riqueza exuberante, heredada del Conde Hugo,
que fué á derramarla toda en los campos de muerte y de gloria. Los
relatos guerreros del padre, en las noches del hogar, despertaban
en el niño sueños caballerescos, enardecían su corazón y lo
predisponían á todo lo fuerte y hazañoso, Y aquellas narraciones
iban acompañadas de las santas enseñanzas de la madre. Así que el
poeta, sujeto á dos distintas, no opuestas influencias, la
espiritual y la vigorosa, formaba en lenta escuela, é
inconscientemente, un todo armónico, sin el peligro de caer, por el
extremo de la fuerza, en las solas leyes brutales de la materia, ni
por otro, en el anonadamiento del quietismo. Además, cuando el
niño, en el viejo salón de sus mayores, alzaba los ojos, veía
suspendido del muro, entre emblemas sagrados, un Crucifijo; y por
opuesto lado, entre trofeos de batalla, una espada. La Cruz y la
espada, el deber y el derecho, la abnegación y la fuerza, Dios y la
Patria: tal, en suma, el poeta en su vida y en sus obras.
De ahí, del rapto hacia lo absoluto; de ahi, de su firme
creencia en la cima del ideal, «adonde (según su propia expresión)
Dios desciende y el hombre asciende;» de esa fe en leyes inmutables
para la conciencia, así en lo bello como en lo verdadero y lo
bueno; de ese alto punto de apoyo en lo infinito, y por otra parte,
de su innata tendencia á todo lo heróico y caballeresco, desprendía
el poeta lógicamente sus grandes sentimientos. De su creencia en el
noble origen de la Humanidad, surgía, como grave resultante, su
amor á la Humanidad misma. De ahí que el poeta anhelara ser el más
firme campeón de los ideales humanos, llámense libertad, patria,
familia. No es Víctor Hugo, en consecuencia, de aquellos
disgregadores que hacen reñir la idea de Dios con la idea de
libertad verdadera. Su espíritu, armónico, sumaba la una con la
otra, mejor dicho, desprendía la segunda de la primera. Víctor Hugo
no podía ver en ello causa de cisma; cisma sólo de los seres
extremos en las edades medias; cisma que fatalmente se observa en
sociedades atrasadas ó en épocas de transición violenta; pero que
desaparece á medida que el pensador asciende ó que la sociedad
adelanta.
Así (dicho sea por vía de digresión no del todo inconducente),
todo pensador, en las sociedades que ya van saliendo de la época
transitoria en que el rigorismo ateo y el poder religioso se
entrechocan, le dice, y ha de decirle, al Pueblo, con la serenidad
de quien guía sin lisonjas populares: - ¡Levántate, que de nadie
eres esclavo!-pero añade: No eres esclavo ni de la materia. - Le
dice al cuerpo: -Cuerpo, sacúde la cadena; -luégo al alma:-Alma,
Sacúde la cadena del cuerpo.-Levantemos la frente; pero al par
levantemos los ojos á los astros. No nos detengamos en la ascención
libertadora: alimentemos á los que tienen hambre, protejamos á los
que tienen sed; pero á la vez saciemos ¡oh libertadores amigos! á
todos los que tienen hambre y sed de justicia eterna. Que toda
guardilla tenga una ventana por donde el mendigo mire al
firmamento; y que á la vez en la mente del atribulado se abra una
creencia por donde mire al infinito. Tú, pensador quienquiera que
seas: levántale al ciego humano con tu dedo milagroso uno de los
párpados, y que su pupila vea esta claridad: -la Naturaleza; pero
al par levántale el otro párpado, y que su otra pupila, extática,
vea esta otra claridad: -el Espíritu. Si no le descubres más que
una pupila, sólo verá una parte de las cosas; y de esa parte, por
ley física de la inteligencia no podrá apreciar las distancias.
Enseñemos al Pueblo á leer; pero que en el noble aprendizaje sepa
deletrear esta palabra_...Dios. Libertémosle de toda sujeción; la
del vicio inclusive. Que conozca todas las alturas de la tierra;
todas, inclusive, por la razón, la del Sinaí, y por el amor, la del
Calvario.
Dada la fuente espiritualista y la creencia en Cristo, una alma
lógica, óra por lento raciocinio, óra por espontáneo impulso,
desprende de ahí las leyes morales que, aplicadas á la vida, se
abren en múltiples ramas, se fraccionan indefinidarnente, tocando
ya á culminantes hechos públicos, ya á las menores acciones del
individuo en privado. Obsérvase no pocas veces en las sociedades
empero, y en la abigarrada nuéstra tal vez más que en otra alguna,
á par de otros fenómenos antitéticos propios de nuestro siglo, el
hecho de individuos que parten en dos, por decirlo así, su
naturaleza, y á la vez que encierran su mente en un estrecho
círculo de filosofías egoístas, combatiendo en teoría cuanto
Constituye la moral de la abnegación y el sufrimiento, practican de
corazón, respondiendo con cierta noble inconsecuencia á impulso
hereditario y á una primera educación religiosa, esa misma moral
cristiana que niegan de labios. ¡Bendito pecado de lógica aquél,
que al menos lleva á esos hombres, en la generalidad de los casos,
á desmentir con nobles acciones las teorías sensuales y egoístas
que viven en ellos vida tan exótica! No así nuestro poeta, en lo
tocante á sus sentimientos: aspiraba á la moral cristiana, y á la
vez en sus obras su grande alma comprobaba esos propios
sentimientos y enseñaba que los recibía de Cristo. Sentado esto,
para magnificación del poeta y exposición de la lógica instintiva
que residía en sus sentimientos, así en las acciones como en los
escritos, podré pasar á tarea menos general y enseñarle en algo de
cuanto hizo y dijo proclamando aquella moral eterna, tanto en los
años de su juventud como en su senectud vigorosa. ¿No será ésta
labor que peque por redundante, dado que precede á un libro donde á
cada paso resplandecen tales y tan altas virtudes? No lo es, en
parte, como que hay algunas poesías de Víctor Hugo no traducidas y
que por concretar algún sentimiento especial del autor merecen
citarse, aunque sólo sea por el título; y hay otras que han sido
interpretadas erróneamente y cuyo sentido es preciso revalidar con
algunas observaciones.
Si no pareciera vano empeño y casi profana tarea esto de hacer
clasificaciones de las múltiples poesías de un hombre, como que en
el fondo de la conciencia las ideas se compenetran, se trasfunden,
y aunque varíen los asuntos, el alma necesariamente encadena unos
sentimientos con otros, podrían agruparse las poesías de Hugo en
pertenecientes á la fe unas; otras, á la patria; en sociales ó
políticas otras; y las más á género que, para darle algún nombre,
podría decirse humano ó humanitario, no íntimo, pero sí menos
general que aquéllos. De este libro de traducciones podrían
señalarse como pertenecientes al primer grupo, por su manifestación
altamente espiritualista, las intituladas El Puente, La tumba y la
rosa, Esperanza en Dios, Jesús, Quia pulvis es, Nomen, numen,
lumen, Lo que me dijo un ave, y por último, entre otras, un Paseo
por las rocas (excelente traducción de Pombo, que cierra el tomo)
Quedan en considerable número sin traducir, por desgracias otras
composiciones no menos hermosas, pertenecientes al mismo género
religioso, así de los libros juveniles como de los dados al público
ya en la vecindad de la muerte. Casi interminable y por demás
enojoso sería el apuntar los títulos de las que especialmente
merecen traducción el lector, en vista de las obras completas del
poeta, podrá considerar cuán alto de vuelos y rico de imagen
apocalíptica era Hugo al lanzar el alma por las regiones del
alma.
Entre los cantos á las glorias de la Patria, brilla en primer
término y se halla en el primer lugar de esta obra el canto A la
Columna de Vendoma (que algún crítico ha confundido con otra
semejante titulada A la Columna, marcada con el número II en los
Cantos del Crepúsculo). Hay una figura de guerrero que se alza
imponentemente en este siglo; y el poeta que se hizo intérprete de
los sentimientos de esta centuria, mal podía dejar de cantar las
glorias del César moderno. Por esto vemos la figura de Napoleón
destacarse con magnificencia en las obras de Hugo. La calva frente
del vencedor en Austerlitz se eleva hoy, en el mundo del espíritu,
aliado deja fuerte cabeza, circundada por cabellos blancos, del que
peleó las batallas del Romanticismo. Verdad es que Hugo en ninguna
época aprobó los hechos de Napoleón que la Historia Condena; pero
en llegando la hora de cantar al guerrero, al que cubrió á su
patria de coronas, el canto del poeta surgía sin restricciones
impropias casi siempre del arrebato lírico. Pero no era tal ese
arrebato que le impidiera á Hugo presentar con el mismo héroe
cuadros que enseñan á las almas contemplativas la vanidad de las
glorias. Así que nuestro poeta no sólo canta las glorias de
Napoleón en la ya citada Oda VIII, y en Buonaberdi y la intitulada
Lui, estas dos últimas de las Orientales, y en el Recuerdo de
infancia, de las Hojas de Otoño, entre otras varias, sino que
también, á par del noble é inmortal Lamartine, enseña al Emperador
del siglo enclavado en la roca histórica, sin púrpura ni cetro,
cruzados los brazos, inclinada la frente, sólo fijos los ojos en la
inmortalidad verdadera. Tal le vemos en la poesía Las dos islas,
Córcega y Santa Helena, principio y fin de aquel hombre
extraordinario; y como para completar el cuadro y enseñar cuánta es
la imprevisión humana, y cuál el poder del Omnipotente, escribe
Hugo la pieza que tiene por título Napoleón II, magistralmente
vertida por D. Miguel Antonio Caro.
Dice el erudito crítico D. Juan Valera en una introducción á las
Odas de Menéndez Pelayo, y á propósito de la poesía que interpreta
los sentimientos nacionales ó populares, que «sin los encomios á
Napoleón I de Béranger, Lamartine, Víctor Hugo y otros, quizá
Napoleón III no hubiera reinado nunca. Cuando Valera lo dice,
estudiado lo tendrá; como que este discretísimo escritor, limpio de
prevenciones y lleno de erudición, todo lo dice bien pensado; pero
en el caso presente es de creerse, en primer lugar, que Napoleón
III dió su golpe de estado, no porque tal ó cual poeta hubiera
cantado, sino porque aquel gobernante era ambicioso; y es de
pensarse, además, que no era para animar en el escalamiento del
trono el haber expuesto en varias ocasiones, como Hugo, la caída y
lenta agonía del Prometeo francés, encadenado en solitario peñasco,
con el buitre de Inglaterra al costado. Y menos halagadora era la
poesía de Lamartine, quien no sólo presenta á Napoleón I en
sepultura hollada y mezquina, con sólo el ruido de una mosca por
eco de la disipada gloria, sino que evoca los crímenes del Capitán
del siglo, y clama:
La gloire efface tout… tout, excepté le crime;
Y añade :
C'est pour cela, Tyran que la gloire ternie
Fera par ton forfait douter de ton génie,
Qu' une trace de sang suivra partout ton char;
Et que ton nom, jouet, d'un éternel orage,
Sera par l'avenir balloté d'age en áge,
Entre Marius et César.
Lástima es que aun no se hallen traducidas á nuestra, lengua
muchas valientes poesías de El Año terrible, libro escrito enmedio
del combate; y otras dispersas en varias obras, verbigracia, la
consagrada á la Estatua de Enrique IV, de las Odas y Baladas (Oda
VI); al Arco del triunfo hermosísima producción recogida en Las
Voces interiores, IV, que no debe confundirse con una semcjante,
más breve y menos digna de notarse, conservada en las Odas (VIII),
y la admirable que escribió En el momento devolver á Francia
(Agosto de 1870), época luctuosa en que los socialistas amenazaban
con destrucción intestina, al par que el extranjero hollaba el
suelo de la patria, y en que era preciso
Écraser an dehors le tigre, et la couleuvre
Au dedans.
El Tirteo francés clama entonces:
J 'irai, je rentrerai dans la muraille sainte,
O París!
Je te rapporterai l'âme jamais éteinte
Des proscrits.
Puisque ces ennemis, hier encor nos hôtes,
Sont chez nous,
J'irai, je me mettrai, France, devant tes fautes
A genoux!
J 'insulterai leurs chants, leurs aigles noirs, leurs serres,
Leurs défis;
Je te demanderai ma part de tes misères,
Moi ton fils.
Farouche, vénérant, sons leurs affronts infâmes,
Tes malheurs,
Je baiserai tes pieds, France, l'aeil plein de flammes
Et de pleurs....
J 'accours, puisque sur toi la bombe et la mitraille
Ont craché.
Tu me regarderas debout sur la muraille,
Ou couché.
El peut-être, en la terre où brille l'espérance
Pur flambeau
Pour prix de mon éxil, tu m'accorderas, France,
Un tombeau.
Cuanto al tercer género indicado, al social ó político, tomado
este término en su más digna acepción, figura en esta obra Guerra,
donde Hugo se alza ante las rencillas nacionales, y como mediador
entre los pueblos todos de la tierra abre los brazos implorando paz
y desechando venganzas. Las intituladas Los insultadores, Los
crucificados, El Pueblo, muestran con bastante claridad cuál era la
actitud de Hugo en medio de los odios políticos del vulgo; y cómo
castigaba aquél á la plebe, que no siempre, por desgracia, alcanza
á la dignidad de Pueblo. Y tan arraigada estaba en el poeta esta
idea de sobreponerse á toda torpeza de las turbas políticas, que
muchos años atrás (Junio de 1837), en el prólogo de Las Voces
interiores, cuando todavía sentaba premisas, por decirlo así, y
trazaba su línea de conducta, había estampado estas frases: «En
este combate de hombres, de doctrinas y de intereses, que cada día
se agitan violentamente por cada obra que este siglo ha de
realizar, el poeta tiene una misión grave. Dejando á un lado el
punto de su influencia civilizadora al poeta le toca levantar los
acontecimientos políticos, cuando lo merezcan, á la altura de
acontecimientos históricos; para lo cual es preciso que mire á sus
contemporáneos con la tranquila mirada que tiene la Historia para
el pasado...Preciso es, además, que el poeta sepa, por cima del
tumulto, mantenerse inquebrantable, austero y benévolo; indulgente
en ocasiones, lo que no es fácil; y lo que es harto más difícil,
imparcial siempre. Preciso es que abrigue...un grave respeto por el
Pueblo, respeto que va unido al desprecio por las turbas...»
La poesía que lleva por nombre Los cómodos nos revela el
carácter activo y decidido del autor, que no podía ser de aquellos
que fluctúan por lo tocante á la esencia de las ideas, entre el sí
y el nó sin firmeza para romper con una torpe hibridación de
conciencia. Regreso se apellida otra, donde vemos el espíritu de
Víctor Hugo, no ya en la caída ni al acto de la lucha, sino en la
hora del triunfo de los suyos. ¿Acepta acaso todo el séquito de
atropellos, el cúmulo de abusos que acompañan á la victoria? Por el
contrario, tras largos años de destierro, cuando vuelve ya á la
tierra natal, cuando sus propios ideas están en auge, y llega la
hora de los desagravios; cuando para el vulgo político se presenta
el día de las venganzas, el momento de oprimir á los que oprimieron
el poeta, con el título de haber sido el más infortunado, la
víctima constante, se interpone entre los actuales vencedores y los
aterrados, mal dice cuanto no sea verdadera liberalidad con el
vencido, cuanto no tienda á levantar al contrario, cuanto no sea
perdón y nobleza; y como los suyos no le escuchen, lamenta el poeta
los días de austeridad y de infortunio en que, allá en remota
playa, no presenciaba tales abusos, y en que el Océano, su mejor
confidente en la desgracia, no parecía desoír los dictados de la
generosidad que debe acompañar á los vencedores. Muchos años antes,
en el prólogo ya citado, había dicho: "El poder del poeta nace de
su independencia." Al confirmarlo luégo en la práctica, y al
revelarlo en ésta y otras poesías, Hugo es lógico una vez más; y
acrece su poder al demarcar su independencia. En El Libro satírico
dice Víctor Hugo:
Ja n'aime pas qu' après la victoire on sévisse;
C'est affreux, Je pardonne! et Je suis au service
Des vaincus: et, songeant que ma mère aux abois
Fut jadis vendèenne en fuite dans les bois,
J 'ose de la pitié faire la propagande
Y en la misma poesía añade:
Oui, quand la lâcheté publique se déploie,
Il me plaît d'être seul et d'être le dernier.
Quand le voe victis règne ct va jusqu' á nier
La quantité de droit qui reste à ceux qui tombent,
Quand, nul ne protestant, les principes succombent,
Cette fuite te tous m'attire. Me voilà...
No sé precisamente en que circunstancia política escribiera Hugo
otra poesía, marcada con el número XXXVIII en El Libro satírico, de
Los cuatro vientos del Espiritu; pero ello es que se dirige el
autor á copartidarios suyos con quienes pudo haber compartido los
goces del triunfo si no hubiera creído más honorable y digno de su
conciencia improbar las mezquindades de los vencedores. Por eso,
dirigiéndose á éstos, escribe:
J'étais en terre ferme, au port, en sûreté
J'ai vu des naufragés qui s'enfonçaient dans l'ombre,
Sans aide, et j'ai sauté sur le vaisseau qui sombre,
Aimant mieux leur malheur que votre joie á tous,
Et périr avec eux que régner avec vous.
Por desgracia el Homero-Pueblo tiende no pocas veces á abandonar
las nobles contiendas de la Iliada política, para darse á la
bastardez de la Batracomiomaquia.
Tocamos ahora, en el género de las poesías políticas, á un punto
delicadísimo: el tiranicidio. No que yo venga ni quiera entrar á
discutir la materia, sino que paso, de un modo meramente
expositivo, á enseñar cómo mira Víctor Hugo el asunto. Y es preciso
entrar en esto porque ha habido críticos, y algunos muy sesudos,
que han supuesto, guiados por ciertas apariencias ó juzgando sólo
por una parte de las cosas, que Hugo, siquiera en un momento de
odio, llegó á aceptar aquella violenta idea. Quien defendió durante
toda su vida la inviolabilidad de la humana; quien jamás, como
creyente que era, pudo aceptar la idea de arrojar á la eternidad un
alma culpable, ¿pudo, en la ceguedad de la lucha siquiera,
contradecir uno de sus sentimientos más arraigados? ¿Cayó por
desventura en tan lamentable inconsecuencia? Veamos. En el mes de
Octubre de 1852 escribió Víctor Hugo una poesía intitulada Le bord
de la mer. Ahí, orillas del mar, se encuentra Harmodio agitado por
contrarios pensamientos, pero dominado principalmente por el de
darle la muerte al tirano. Animan á Harmodio la espada, pronta al
golpe, el camino por donde va á pasar el opresor, el sepulcro,
lleno de cadáveres, el bajel, lleno de proscritos, el viento, que
clama:
Mon bruit est une voix. Je sème dans l'espace
Le cris des exilés, de misère expirants,
Qui sans pain, sans abri, sans amis, sans parents,
Meurent en regardant du côté de la Grèce,
el mar, que dice:
….Je suis rouge de sang.
Les fleuves m'ont porté de cadavres sans nombre;
la tierra, cubierta de tumbas; una voz en el aire, que
grita:
Némésis! Némésis! lève -toi, vengeresse!
el juramento violado, y por último, tras otras voces, la de la
Patria, Grecia, que exclama:
Mon fils, je suis aux fers! Mon fils, je suis ta mére!
Je tends les bras vers toi du fond de ma prison.
Harmodio entonces vacila por vez postrera, como pasamos á verlo,
y oye la voz de la Conciencia
HARMODIUS.
Quoi! Le frapper la nuit, rentrant dans sa maison!
Quoi! devant ce ciel noir, devant ces mers sans borne!
Le poignarder, devant ce groupe obscur el morne,
Eu présence de l'ombre et de l'immensité!
LA CONSCIENCE.
Tu peux tuer cet homme avec tranquillité!
Ahora bien, aquellos que juzgan de un autor por un fragmento, han
creído que Víctor Hugo aceptó el tiranicidio, por boca de la
Conciencia que le habla á Harmodio. Para ellos, el que cantó
siempre la fraternidad, la paz, el amor á los hombres todos,
llegado el momento crítico dió en tierra con sus teorías, azuzó al
odio y aceptó la idea de darle muerte violenta á su enemigo; el que
rechazó siempre la idea de atentar contra la vida, ya en nombre
propio, ya en nombre de la ley, aconsejó, á nombre de la
conciencia, el asesinato de su adversario. Aparentemente tienen
razón. Pero es el caso que á la página siguiente, en el mismo
libro, y marcada con la misma fecha de la anterior, viene la poesía
titulada i que empieza:
Laissons le glaive à Rome et le stylet à Sparte;...
y volviéndose Hugo hacia sus compañeros de infortunio moral, por
la ruina de la República, y de miseria personal, por las
persecuciones y el destierro, les dice, para aplacar los odios,
desarmar la venganza cruenta y dejar á Dios solo el juicio y el
castigo del culpable:
Vous serez satisfaits, je vous le certifie,
Bannis, qui de l'exil le triste faix,
Captifs, proscrits, martyrs qu'il foule et qu'il défie,
Vous tous qui frémissez, vous serez satisfaits.
Jamais au criminel son crime ne pardonne;
Mais gardez, croyez-moi, la vengeance au fourreau;
Attendez ; ayez foi dans les ordres que donne
Dieu, juge patient, au temps, tardif bourreau!
Laissons vivre le traître en sa honte insondable.
Ce sang humilîrait même le vil couteau.
Laissons venir le temps, l'inconnu formidable
Qui tient le châtiment caché sous son manteau…
Ne tuez pas cet homme, ô vous, songeurs sévères,
Rêveurs mystérieux, solitaires et forts,
Qui, pendant qu'on le fête et qu'il choque les verres,
Marchez, le poing crispé, dans l'herbe où sont les morts!
Avec l 'aide d'en haut toujours nous triomphâmes
L'exemple froid vaut mieux qu'un éclair de fureur.
Non, ne le tuez pas. Les piloris infâmes
Ont besoin d'être ornés parfois d'un empereur.
Ahora, ¿cómo explicar contradicción semejante? ¿Cómo concebir
que un hombre se atreva á mostrarse tan inconsecuente que publique
dos composiciones de sentido contradictorio, una en seguida de
otra, en una misma obra, y enlazadas por una misma fecha? ¿Será una
falta de raciocinio, ó torpe inadvertencia, esto de darle al
público dos poesías como ésas, unidas materialmente en lo impreso,
ligadas por una data común, pensadas y escritas en un mismo día? No
hay falta de raciocinio, ni contradicción, ni inadvertencia: todo
fué calculado por el poeta. Víctor Hugo no escribía al correr de la
Pluma; que limaba, rehacía, retocaba toda obra suya. Puede, si se
quiere, enrostrársele el rebuscamiento, mas nunca se le tildará de
inadvertencia ó descuido. Basta considerar cómo trabajaba, la
lentitud con que dejaba madurar el plan de una poesía, los recursos
que empleaba para conseguir mayor efecto, la constante lima que
pasaba por sus trabajos, el método con que preparaba lentamente sus
contrastes, y el largo tiempo que guardaba sus manuscritos, para
darlos al fin, no en periódicos y aisladamente, sino en un mismo
cuerpo de obra, donde todo debía estar armónicamente enlazado y aun
sistemáticamente clasificado; basta considerar todo eso, digo, para
pensar que si en Los Castigos aparece aquella contraposición de dos
poesías, fué ella preparada en rigor por el poeta.
Víctor Hugo tenía varios modos de trabajar con la antítesis, el
mayor, no sé si diga el único de sus recursos en poesía. Y no se
contentaba con presentar la antítesis en un verso, en una estrofa,
sino que, multiplicando las maneras de lograr contrastes (como lo
explicaré menos defectuosamente en la parte debida), establecía la
antítesis entre dos personajes de una novela, entre dos actos de un
drama, entre dos poesías seguidas (que en verdad no son sino una
poesía en dos partes) de un libro. El caso que estudiamos no es
sino uno de esos contrastes preparados expresamente por el artista.
No hay contradicción, sino antítesis. El poeta, consecuente con su
procedimiento artístico, no quería presentar llanamente su modo de
pensar, diciendo:
Ne tuez pas cet homme, ô vous, songeurs sévères,
y añadiendo con su eterno espiritualismo;
Avec l'aide d'en haut. Toujours nous triomphâmes
No: él quería, para hacer resaltar su fallo, como quien pone
fondo negro tras un objeto luminoso, colocar el pro y el contra del
asunto, poner la conciencia de Harmodio junto á la conciencia de
Hugo, la ley antigua al lado de la moderna, la Grecia pagana
enfrente del mundo enseñado por Cristo. Y á fin de evitar torpes
interpretaciones, coloca ex profeso esos dos cuadros juntos, en un
mismo libro, en una misma página y como trabajados en una misma
hora.
Para ratificar esto basta atender á un caso semejante, que se
presenta en otra obra del poeta. Hallamos en Los cuatro vientos del
Espiritu, clasificada en El Libro lírico (VII), una poesía con el
título de Canción, que dice:
J 'aime à me figurer, de longs voiles couvertes,
Des vierges qui s'en vont chantant dans les chemins,
Et qui sortent d'un temple avec des palmes
Aux mains;
Un rêve qui me plaît dans mes heures moroses,
C'est un groupe d'enfants dansant dans l'ombre en rond,
Joyeux, avec le rire à la bouche el des roses
Au front!
U rêve qui m'enchante encoré et qui me charme,
C'est une douce fille à l'âge radieux
Qui, sans savoir pourquoi, songe avec une larme
Aux yeux...
Mais des rêves dont j'ai la pensée occupée,
Celui qui pour mon âme a le plus de douceur,
C'est un tyran gui râle avec un coup d'épée
Au coeur
- ¡Horror!- Sí, esto es horrible, pero leed lo que á
continuación se halla:
Coup d'épée, oui, mais non de poignard. Il te faut,
Poëte, un tournoi franc et libre, où, le front haut,
On lutte, glaive au poing, sans fureur vipérine,
Pied à pied face à face, et poitrine à poitrine,
Toit, soldat du droit, lui, champion de l'enfer;
Tu veux combattre au jour, loyal comme le fer,
Fauve et terrible avec la candeur des colombes,
Afin que si c'est toi, poëte, qui succombes,
Tu puisses, en entrant au sépulcre demain,
Trouver Cid et Bayard qui te tendent la main.
Cierto es que el poeta al jugar así con la antítesis algo juega
también con el ánimo de los lectores demasiado impresionables; pero
al cabo la reacción es mayor en ellos mismos y quizás la
satisfacción moral más completa; y el autor en suma nada pierde á
los ojos de cuantos sean capaces de comprenderle y de comprender
los recursos del arte. No está demás recordar que en el propio
libro de Los Castigos donde se halla la poesía Non, ya citada,
corren otras en que el poeta muestra todavía con mayor claridad, si
cabe, su horror al asesinato político. La composición Sacer esto,
en la cual dicho sea de paso, asentó Víctor Hugo respecto de
Napoleón III una profecía que muchos años más tarde se vería
confirmada, tiene este grito por comienzo:
Non, liberté! non, peuple, il ne faut pas qu'il meure!
Y en la misma colección se encuentra otra poesía íntegramente
consagrada á la idea de que tratamos, que principia:
Le Progrès calme et fort, et toujours innocent,
Ne sait pas ce que c'est que de verser le sang.
Il règne, conquérant désarmé ; quoi qu'on fasse,
De la hache et du glaive il détourne sa face ;
Car le doigt éternel écrit dans le ciel bleu
Que la terre est à l'homme et que l'homme est à Dieu,
Car la force invincible est la force impalpable. -
Peuple, jamais de sang !-…
Consúltese, á mayor abundamiento, en La leyenda de los Siglos,
la composición sobre la muerte de Carlos I, poesía que empieza de
esta suerte:
Qu'est-ce que ce cercueil déposé sur deux chaises?
C'est Charles premier, roi...;
y que dice luégo :
Quoiqu'un reste de nuit nous souille et nous outrage,
Désormais, ô vivants, nous avons fait ce pas,
Il faut aux nations un sauveur qui n'ait pas,
De curiosité pour les têtes coupées ;
Nous rejetons la hache au tas noir des epées...
Y con aquella porfía que le hizo alcanzar tantas cosas en medio
de los juicios contradictorios de enemigos y amigos, y por sobre
dificultades que otros no habrían salvado, Hugo no abandona esta
idea de desarmar las pasiones de los que quieren castigar
cruentamente á los dominadores injustos, y esmalta varias poesías
de Los cuatro vientos del Espíritu con sentimientos que dan siempre
las mismas conclusiones. En otra composición, de El Libro satírico,
le dice al pueblo que pide sangre
Dieu n'a pas fait le sang, à l'amour réservé,
Pour qu'on le donne à boire aux fentes du pavé.
S'agit-il d'égorger ? Peuples, il s'agit d'être.
Quoi ! tu veux te venger, passant? de qui? du maître?
Si tu ne vaux pas mieux, que viens-tu faire ici ?...
Y adelante :
Lorsqu'une tête tombe, on sent trembler le ciel.
Décapitez Néron, cette hyène insensée,
La vie universelle est dans Néron blessée;
Faites monter Tibère à l'échafaud demain,
Tibère saignera le sang de genre humain...
Por esto dice que condena al verdugo,
Qu'il frappe au nom peuple ou venge au nom du roi.
Y añade:
Ne vous hâtez pas trop d'en conclure la mort,
Fût-ce la mort d'un roi, d'un maître ou d'un despote.
Apelando á sus sentimientos personales, y enseñándose por
ejemplo, Hugo, quizá el más perseguido de todos, dice:
Quant á moi, tu le sais, nuit calme où je respire,
J'aurai là sous mes pieds, mon ennemi; le pire,
Caïn juge, Judas pontife, Satan roi,
Que j'ouvrirais ma porte et dirais : Sauve-toi !
No satisfecho con esto vuelve al tema en el mismo libro, con
otra poesía sin título, que tiene este comienzo:
La hache? Non. Jamais. Je n'en veux pour personne.
Pas même pour ce czar devant qui je frissonne,
Pas même pour ce monstre à lui-même fatal.
Qui suprime Tyburn abolit White-Hall;
Et quand la mort, ouvrant son désastreux registre,
Me dit : - Que jettes-tu dans ce panier sinistre?
Ou la tête du peuple ou la tête du roi? -
Je dis:-Ni celle-ci, ni celle-là. -Ma loi,
C'est la vie; et ma joie, ô Dieu, c'est l'aube pure.
Añade que
Peuple uu roi, quel que soit le tueur, il le blâme ;
y con severa lógica condena el asesinato del justo como del tirano,
y dice que es siempre
Le même crime errant dans la même nuit noire.
Ni disculpa la venganza del socialista menesteroso, puesto
que
La misère n'a pas le droit de cruauté ;
y puesto que no es razonable
Qu'on puisse être bourreau parce qu'on fut victime.
Creo que con las transcripciones precedentes queda esclarecido,
aunque defectuosamente, el punto que hemos venido consultando.
Huelgan los ejemplos en obras del poeta pertenecientes á diversas
épocas, de suerte que para no enojar basta con pedir que se
consulten más detenidamente las poesías de Hugo.
A poco de estudiar, reflejada en las poesías líricas de nuestro
autor, la actitud de éste en los acontecimientos públicos, se viene
en cuenta de que, óra por la confianza en sus propias fuerzas, óra
por cumplir con su conciencia, ya por ambas causas, lo que es más
natural, él nunca se plegó ante las circunstancias ni autorizó
jamás con su palabra ó su presencia acto alguno criminal cometido
por los contrarios, y menos aún si perpetrado por los suyos, aunque
con tal conducta de severidad é independencia aumentara el odio de
los adversarios ó disminuyera su prestigio entre los adictos.
Desprendía él la moral de lo absoluto; y mal podía sujetarla á lo
relativo y movedizo. Creía, verbigracia que Dios es el único dueño
de la vida humana, y dondequiera que veía dislocada esa creencia
clamaba contra el atentado: é igualmente condenaba el asesinato de
Luis XVII, niño sin culpa alguna, como el asesinato de otro niño
por causa de Luis Napoleón. Los tiempos y las causas son
diferentes; el hecho es uno en el fondo; y el poeta anatematiza por
igual la tiranía de muchos y la tiranía de un hombre solo.
Asimismo, Cuando Luis Napoleón, traicionando á la República, quiere
imponer terror y hace, que sus tropas asesinen en las calles de
París, donde cayeron mujeres é infantes, el poeta lo maldice; y
cuando los republicanos perseguidos y proscritos, quieren vengarse
con el puñal de Bruto, el poeta los desarma. Cuando éste vuelve á
su patria, caído ya el Imperio, la República exagera la reacción, y
la Comuna asesina á su vez; y Hugo condena los abusos de la
República, y flagela á las demagogias. Verdad es que este animo de
combatir los abusos de todos, cualquier nombre que llevaran, y de
no temer la ira de unos y otros, á fin de salvar alguna víctima, le
podía atraer, y en ocasiones le atrajo, momentáneo desprestigio
entre las turbas de todos los bandos. Harto peligroso es esto de
atacar sin piedad los crímenes de todas las tiranías, así del
Emperador tirano como del tirano-Pueblo. Empero, el poeta sólo
podía doblegarse en su vida ante un déspota, déspota amable: -el
tirano-Conciencia.
Vamos á otra faz que presentan en conjunto las poesías de Víctor
Hugo.
La compasión es el sentimiento dominante en éste; y á fe que
ella es propia de almas fuertes como la de nuestro poeta, pues
parece propio de las naturalezas y los caracteres mezquinos
agitarse en luchas y ahogarse en todos aquellos odios y rigores que
un espíritu superior no comprende siquiera: en la gota de agua
encuentra tempestades el infusorio. Compadecía el poeta á la
Humanidad entera, á todos los débiles, á todos los que lloran; y
aun más, á todos los fuertes por fuertes, y á todos los que ríen,
por inexpertos; oraba por todos, abogaba por todos, y en la
práctica se acercaba á todos para ofrecerles mano firme. A otros
poetas les seduce únicamente la gloria militar de la patria ó de un
hombre, y la cantan; buscan y cantan otros su bienestar propio;
otros se inspiran sólo en la ingente labor de la Naturaleza; unos
alzan su acento en el lugar de las penas eternas y sondan el alma
de los que han perdido toda esperanza; y la posteridad admira á
Homero, Virgilio, Horacio, Lucrecio, Dante. Hugo también canta todo
aquello; pero su nota permanente es de compasión por todo lo que
sea débil de alguna suerte. Ve á un niño flotar en frágil cesta
sobre el Nilo, y compadecido escribe su Moisés salvado de las
aguas. Muéstrale luégo la Historia á los luchadores romanos que
arrastrados por las leyes y la fuerza de las costumbres van á morir
en la arena sólo por agrado del César, y el poeta, en cuadro de
grandes pinceladas (cuyo compañero es El canto del Torneo, aun no
traducido), los presenta al mundo en El canto del Circo. Bajo el
poder del Turco gime Chío, la hermosa isla donde han caído ya todos
los patriotas y donde sólo queda un niño, triste y abandonado; y el
cantor no puede menos, para engrandecerlo que poner en esa boca
infantil un último grito de guerra. Otro niño, no ya imaginario y
harto más desgraciado si cabe, el endeble Luis XVII, muere á manos
de la Revolución; muere otro niño á manos del Segundo Imperio, y
nuestro poeta les consagra sendos cantos á tan infortunados como
inocentes seres. En suma, parece que Hugo fuera buscando
desventurados en la Historia, para vengarlos amablemente con frases
que sean recordadas mientras haya memoria en hombres, Así que aun
en La leyenda de los Siglos ya por una causa, ya por otra, pesar de
que dicha obra magna parece tener más de epopeya que de labor
lírica, se ve que por algún modo brilla en la generalidad de las
piezas la compasión del poeta por los infortunados.
Y cuando ya se dijera agotada la compasión para con los que la
Historia presenta dignos de aquélla, se vuelve Víctor Hugo los
tiempos presentes para compadecer y redimir á cuantos hayan
menester de un espíritu superior que los levante. No ya sobre
hechos y personajes determinados sino que escribe Víctor Hugo sobre
temas generales que por no pertenecerle á nadie en particular puede
decirse que pertenecen á todos, que á todos tocan. Son, pues,
nuevos motivos para que cante nuestro poeta, ya las faenas de los
pescadores que luchan con las olas y vuelven al hogar, vacío el
cesto, rota la malla; óra la tristeza de la desgracia que sucumbe
al hambre y cae en la tumba, ó que sucumbe al oro y cae en el
crimen. Y así de cien otros asuntos, tanto en los primeros libros,
especialmente en Las Voces interiores, como en las obras del poeta
ya anciano, particularmente en la parte lírica de Los cuatro
vientos del Espíritu. En este libro de traducciones pueden verse,
verbigracia, Los infelices, La mujer caída, Por los pobres, y
otras, donde llora y hace llorar el poeta. Varios gruesos tomos
podrían formarse si estuvieran traducidas todas las poesías en que
Víctor Hugo se muestra tan inspirado en la caridad cristiana, en el
deseo de redención ó de consuelo al menos para los desventurados
que serán los bien aventurados.
Y no sólo llegaba á compadecer á sus semejantes, en el pasado y
en el presente, sino que todavía, desbordante de amor el alma,
compadecía y amaba aun á los irracionales. Gran poder creador y de
sentimiento se requiere sin duda para poner el espíritu en animales
y cosas inferiores, y para lograr presentarlos á la conmiseración
de los hombres. Esto alcanza Víctor Hugo en varios de sus libros; y
en Las Contemplaciones llega á reconocerlo diciendo:
J'aime l'araignée et j'aime l'ortie.
Parce qu'on les hait ;
Et que rien n'exauce et que tout châtie
Leur morne sonhait;
Parce qu'elles sont maudites, chétives,
Noirs êtres rampants;
Parce qu'elles sont les tristes captives
De leur guet-apens…
Passants, faites grâce à la plante obscure,
Au pauvre animal.
Plaignez la laideur, plaignez la piqûre,
Oh! plaignez le mal!
Allí donde haya un sér débil, uno que requiera apoyo, un profeta
lapidado un Job en las tinieblas, un antiguo poderoso ya sin poder
alguno, sea un Emperador encadenado, sea un Rey en el destierro sea
un Pueblo hambriento de pan y de justicia allí se alza la voz de
nuestro poeta. ¿Y acaso al abogar éste por las necesidades de otros
abogaba veladamente por causa propia? No, que quien se apiadaba de
los oscuros de origen, se meció en cuna blasonada y se llamó Par de
Francia; quien les enseñaba á los acaudalados á distribuir entre
los pobres el oro, lo tuvo á manos llenas, y ganado con noble labor
de la inteligencia quien pedía alivio para los desgraciados del
crimen, nunca fué considerado con mácula quien defendía á los
pobres de espíritu, fué desde temprana juventud coronado y
aplaudido y vió luégo su inmortalidad antes de la muerte.
Ni fueron parte á entibiar ese amor de Víctor Hugo á todo lo
creado los tiros que amenudo le dirigían los que, desde abajo, con
malos ojos reconocían en él el centro visible de un generoso
movimiento intelectual. Diatribas y persecución fueron sobre
nuestro poeta, óra por causa de las letras, óra por causa de la
República, mas ello es que éste, á diferencia de otros grandes
ingenios, en ninguna de sus obras tiene una sola frase en que
personalmente se ocupe de sus detractores ó en que devuelva la
injuria con la injuria. Talvez los ataques de aquello que se duelen
de los goces ajenos le dejaban á Hugo sin herida, porque éste, como
espíritu Superior, quizás no alcanzaba á comprender los no elevados
sentimientos de ciertos caractéres á los cuales, por lo demás, los
tenía de antemano perdonados y disculpados nuestro poeta, como que
sabía y declaraba que, para mayor gloria, todo Homero debe tener
sus Zoilos.
Verdad es que escribió Los Castigos, obra que pesará en los
fallos de futuros historiadores; pero ello es que en tales poesías,
si bien se mira, no hay diatribas personales contra Luis Napoleón,
los golpes van principal y sustancialmente contra el adversario
político, no contra el hombre. Por añadidura consúltese en este
libro de traducciones la intitulada Los Castigos; y véase ahí cómo
considera nuestro poeta la materia. Es de observarse, además, que
una vez caído el Imperio, una vez derrocado Napoleón III, asilado
humildemente en país extranjero, y por último muerto entre el
desamor general, el nombre del derrotado de Sedán no volvió á
estamparse en las obras del que había fulminado Los Castigos.
Los caractéres temibles son al par espíritus amables. Del propio
modo las manos que llevan ramos de oliva son al par las más prontas
á empuñar laureles.
Debe por añadidura observarse, pasando á otra suerte de
consideraciones, en vista de toda la obra poética de Hugo, que éste
es un poeta de inspiración limpia, de imágen no licenciosa. En sus
cantos, ni estrofas de tendencia libre y con censurables desnudeces
y sensualismo, como se hallan frecuentemente en los clásicos; ni
expresiones, no ya artísticamente libres, sino groseras y dignas
sólo del vulgo, como se registran en grandes genios, el Dante y
Shakespeare inclusive.
Expuesto ya el espiritualismo de Víctor Hugo, estampada ya la
clase de sus sentimientos y la lógica que guiaba al poeta, podría
yo, descansando, para comprobación mayor, en las piezas que siguen
á estas pobres páginas de prosa, pasar al estudio de la escuela y
maneras del autor que comento; pero antes quiero atender á ciertos
casos que retocan el cuadro y que no estarán de más para dar una
menos inexacta idea de Víctor Hugo.
¿Cuál es la actitud de éste enfrente de la ciencia humana?
Ninguna inteligencia más abierta que la suya á toda nueva luz de la
investigación científica; nadie más imparcial, más limpio de
prejuicios, nadie más respetuoso para con aquellos hombres
laboriosos que, tornados endebles y tristes por la constante
observación del misterio, olvidados de su propia naturaleza y
sacrificando las fruiciones de la vida, levantan con mano
amarillenta algún lado del velo que cubre las eternas leyes del
universo. A esas buenas almas investigadoras, almas humilladas ante
lo desconocido que ellas ven más profundo que las almas vulgares
las amaba Víctor Hugo, y las veneraba por añadidura. Los nombres de
los verdaderos sabios, de los que tanto saben que al cabo reconocen
que no saben nada, se encuentran consagrados con respeto religioso
en las obras de nuestro poeta. La obra de la verdadera ciencia era
para él obra de redención humana, obra sagrada. Pero al lado de esa
sacra ciencia veía él (así lo declara) otra ciencia, ciencia
indómita, que cree haberlo alcanzado todo, que lo juzga todo
explorado, que se corona á sí misma, que niega todo anhelo
espiritual no sujeto á su frío escalpelo, y que haciendo un rito de
sus leyes, y trocando su rincón de estudio en templo alzado á su
propio orgullo, se rebela contra el espíritu, y pretende lanzar su
soplo sobre la antorcha de las almas. A esa ciencia orgullosa y
atea; á esa ciencia, suicida, más que otra cosa, le aplicaba Víctor
Hugo su terrible flagelo; dejaba caer sobre ella uno de sus más
tremendos anatemas. A la que dice saberlo todo nuestro pensador,
airado, la toma por la túnica y la lleva al borde del precipicio
donde, atónitos, mareados de misterio, cayeron de rodillas Newton y
Keplero. A la que dice haberlo pensado todo, le lanza nuestro
pensador los más profundos de sus pensamientos. A la que,
desconociendo el vuelo del Arte y de la Fe, quiere alzarse coma la
única que puede llegar á las regiones de los primeros principios,
nuestro poeta, creyente y artista, desplegando las alas, la
persigue, la alcanza, la vence en las alturas, y en desigual
combate la arroja con furor á la sombra.
La pupila del sabio, pupila lacrimosa, sólo le sirve para ver
más profundo el misterio. Rectifica un sabio todos los errores de
los sabios precedentes, á lo ya consignado algunas observaciones
nuevas, que otro sabio expurgará mañana; agrega á la teoría antigua
la hipótesis moderna; aduna lo probado en ciencia con lo probable
científico; compulsa, rectifica, ratifica; y ¿qué ve al cabo? La
claridad que alcanza le hace ver más amplio el dominio de la sombra
que le circunda. Quien hace más extensa la cuerda de la sonda ayuda
á hacer más temible el seno de lo insondable. El microscopio hace
temblar ante el infinito de lo infinitamente pequeño; el telescopio
hace temer ante el infinito de lo infinitamente grande. El átomo,
estudiado, se agiganta en astro; la estrella, estudiada en el
arenal de los mundos, se empequeñece hasta el átomo. Y en mitad de
una escala cuyos peldaños se pierden, por el lado del abismo, entre
la sombra, y por el lado del firmamento, entre la bruma, el
pensador implora al misterio, y sobrecogido de vértigo abre los
brazos sollozando………
Si se admira y aun se venera á tanto y tanto poeta del paganismo
y de la éra cristiana, á pesar de que en tales ingenios, ya por la
vida, ya por los escritos, se hallan no pocas manchas que afean
éstos ó aquélla; si en gracia de la inspiración artística se
disimulan máculas no siempre dignas de perdón y olvido, ¿por qué no
ha de admirarse y venerarse á Hugo, que por lo general se enseña
con sentimientos y calidades de que por desgracia que privados
ingenios que le precedieron en la fama? En otros poetas ¡cuánta
licencia que la posteridad disimula! ¡cuántas llagas veladas por el
manto del arte, manto del cual nadie se empeña en levantar los
pliegues! Vemos á Homero, ó sea á los poetas sumados en tal nombre,
indiferente á todos los horrores sanguinarios que narra ; entre los
poetas del Lacio, donde tan alta y originalmente brilló la poesía,
pocos resplandecen por sus cualidades ó por la austeridad de sus
obras ; vemos luégo al Dante vengativo en su Infierno con todos los
autores de su infortunio ; y en épocas más recientes puede
observarse que en cien y cien grandes poetas los sentimientos no
siempre concuerdan con la hermosura de la obra, sin que las faltas
que se les atribuyen, reales unas, no evidentes otras, ya en la
persona, ora en los escritos, hayan hecho que á tan altos ingenios
sus contemporáneos y la posteridad los pasen por nutrido tamiz,
rebusquen con avidez las máculas en los escritos, y hallados mal
los hombres, al cabo les arranquen de las sienes la corona de
laureles.
En suma, Víctor Hugo se enseña en sus cantos como un pensador
austero, como un corazón honrado. Quien penetre en su santuario
poético, quien vea en estudio lento el tono sincero con que el
hombre se expresa, sinceridad indispensable en poesía; quien
escuche aquel énfasis, aquella fuerza y elocuencia robusta
peculiares de Hugo, no puede menos de ver que éste, errado ó no en
la idea, era un espíritu recto en los sentimientos. Acéptense, no
se acepten sus teorías; rechácense, no se rechacen sus ideas, ello
es que en cualquier obra, en cualquier estrofa de nuestro poeta se
siente que él estaba íntimamente convencido de que tales ideas eran
para el bien de los hombres, para el perfeccionamiento de los
espíritus y que ellas llevaban á las almas hacia las esferas del
Eterno.
Hay espíritus medianos, pusilánimes y compuestos de
mezquindades, que jamás realizarán obra magna alguna y que nunca
llegarán á poetas; y si á versistas llegan, cualquiera de sus
estrofas, estrofas hechas sin entereza de alma, suena como campana
que ha sufrido remiendo. Espíritus hay, por el contrario, cuyas
estrofas, ora abriguen estas ó aquellas ideas, tienen aquel timbre
pleno de las campanas fundidas de un golpe y que salen del molde
con una virginidad sonora.
Y es harto conveniente detenerse á hacer tales consideraciones
sobre Víctor Hugo, porque habiendo sido él considerado, por
adversarios y por secuaces, como la encarnación intelectual, si así
puede decirse, del siglo XIX, nuestro poeta da claramente la clave
del estado moral de la presente centuria. Los adversarios de Hugo
declaran que la inmensa popularidad alcanzada por él no viene
precisamente de su genio, sino de que ha halagado las tendencias de
nuestros días; y los admiradores de nuestro poeta declaran á la vez
que el talento de éste se ha manifestado precisamente al ponerse en
mitad de las actuales corrientes y al vivir con los hombres y para
la Humanidad del siglo. Ahora bien, si el poeta del siglo, si el
hijo mimado de esta centuria fuera un poeta pervertido, fuera un
hijo dañado, dañada andaría la centuria, pervertido andaría el
siglo. Si él se enseñara apóstol de la negación absoluta, campeón
de la duda, pesimista en su visión, mezquino en sus tendencias,
preciso sería desconsolarse ante los hombres de esta época, época
de la cual el poeta es á la par causa y efecto. Pero antes consuela
el ánimo el ver que en esta centuria, si bien se admira á poetas
como Shelley, como Leopardi, corno Heine, sólo se admira al par que
se reverencia, sólo se acata como cosa propia, no ya á los
enfermizos de alma y cuerpo, sino á aquellos que, como Longfellow y
como Hugo, se muestran á modo de vigorosos patriarcas, cristianos,
optimistas, amantes de la Humanidad entera y confiados en las leyes
del progreso.
¡Bien hayan esos hombres esos graves poetas que, fija la mirada
en el ideal supremo, sostenidos por el sentimiento de que tienen
misión sagrada, atraviesan la vida, y ora llevados en hombros por
las multitudes, ora erguidos en las soledades del destierro, ya
aplaudidos en días bonancibles, ya en días de borrasca roto el
manto y sólo amparada la frente por el escaso abrigo de una corona
de laurel, van siempre atendiendo á la libertad, que es la virtud
de los pueblos, y á la virtud, que es la libertad de las almas, y
por último bajan, una á una, sin que el pie vacile, las gradas del
sepulcro, y ahí duermen ya ante la posteridad, entre la magnitud de
la misión cumplida, tal como aquellos misteriosos monarcas de
Egipto que después de gastar sus caudales y sus pueblos en levantar
una pirámide, pasaban á reposar en ella, entre la majestad de la
muerte y la majestad del desierto!