INDICE





ESTUDIO PRELIMINAR
I
II
III
IV
V

VICTOR HUGO EN AMÉRICA
A LA COLUMNA DE VENDOMA.
MOISES SALVADO DE LAS AGUAS.
EL CANTO DEL CIRCO.
CANTO DE NERÓN.
A UNA NIÑA.
PASEO.

BALADAS
EL SILFO.
LA ABUELA.
EL HADA Y LA PERI.
EL FUEGO DEL CIELO.
EL VELO.
LA SULTANA FAVORITA.
EL DERVÍS.
EL NIÑO.
LÁZARA.
LOS DUENDES.
EL SULTÁN ACHMET.
LAS FANTASMAS.
ÉXTASIS.

LAS HOJAS DE OTOÑO
ATLAS.
A UNA MUJER.
QUIEN NO AMA NO VIVE.
POR LOS POBRES.
LA ORACIÓN POR TODOS.

LOS CANTOS DE CREPÚSCULO
NAPOLEÓN II.
POLONIA.
DAMAETAS.
LA MUJER CAÍDA.
ANACREONTE.
ALBORADA.
¡PASAD!
LA FLOR Y LA MARIPOSA.
A....
ESPERANZA EN DIOS.

LAS VOCES INTERIORES
EL SIGLO.
UNA NOCHE EN EL MAR.
A OLIMPIO.
LA TUMBA Y LA ROSA.

LOS RAYOS Y LAS SOMBRAS
LA BUHARDILLA.
EN EL CEMENTERIO.
DESPERTAR.

LOS CASTIGOS
LAS AVES.
SOBRE LA TUMBA DE UN NIÑO, Á ORILLAS DEL MAR.
AMOR Y GLORIA.
EN EL DESTIERRO.
HOY.
STELLA.
JOSUÉ.
ULTIMA VERBA.

LAS CONTEMPLACIONES

AYER

LIBRO PRIMERO - AURORA
A MI HIJA.
EL POETA POR LOS CAMPOS.
MIS DOS HIJAS.
EL TRIUNFO.
LA INFANCIA.
EL PENSADOR.
EL POETA.
JESÚS.

LIBRO SEGUNDO - EL ALMA EN FLOR
¡SI ALAS TUVIERAN MIS VERSOS!
AMOR DE NIÑA.
AYER TARDE.
LUNA DE MIEL.
CREPÚSCULO.
MIRANDO AL CIELO.

LIBRO TERCERO - LAS LUCHAS Y LOS SUEÑOS
ESCRITO EN UN EJEMPLAR DE LA DIVINA COMEDIA.
QUIA PULVIS ES.
LA FUENTE.
LO QUE ME DIJO UN AVE.
HERMOSURA Y PUREZA.
?
EXPLICACIÓN.
EL APARECIDO.
LA NATURALEZA.

LIBRO CUARTO - PAUCA MEÆ
VENI, VIDI, VIXI.
MORS.

LIBRO QUINTO - EN MARCHA
LA GOTA Y EL MAR.
EL MENDIGO.
EL LIBRO.
APARICIÓN.

LIBRO SEXTO - AL BORDE DEL INFINITO
EL PUENTE.
LLANTOS EN LA NOCHE.
SOMBRA.
CADÁVER.
RELIGIO.
LLAMANDO A UNA PUERTA.
NOMEN, NUMEN, LUMEN.

LAS CANCIONES DE CALLES Y BOSQUES
PSIQUIS.
A JUANA.
EL DEDO DE LA MUJER.
A FABIO.
EL SEMBRADOR.
GUERRA.

EL AÑO TERRIBLE
EL PUEBLO.
LOS INSULTADORES.
LOS CRUCIFICADOS.
A PARÍS!
EL TRONO Y LA CRUZ.

LA LEYENDA DE LOS SIGLOS
LA CONCIENCIA.
EL MATRIMONIO DE ORLANDO.
EL BEY ULTRAJADO.
EL PROFETA.
LOS INFELICES.
EL AMOR NIÑO.
TODO EL PORVENIR.

EL ARTE DE SER ABUELO
LA EPOPEYA DEL LEON.
LOS NIÑOS POBRES.

LOS CUATRO VIENTOS DEL ESPÍRITU

EL LIBRO SATÍRICO
PANOPLIA.
LOS CASTIGOS.
REGRESO.

EL LIBRO LÍRICO
LOS CÓMODOS.
LA CALUMNIA.
ESPADA Y NO PUÑAL.
DEJAD......
ELECCIÓN.
A MI HIJA ADELA.
CANCIÓN DEL PROSCRITO.
PATI.
LOS PROBADOS.
LABOR.
DUO.
PASEO POR LAS ROCAS.
PASEO POR LAS ROCAS.
II

Desde entonces estudio á Víctor Hugo.

Mucho se ha escrito sobre este poeta cada libro de los suyos ha producido varios ajenos de animada controversia. Los mejores críticos contemporáneos le han consagrado su pluma, juzgándole cada cual á su manera, mirándole cada cual por su lado, ya atacando, ya defendiendo en él al jefe de una escuela que ha tenido curso en el siglo y séquito en apartados países. He seguido esa controversia, acalorada como pocas, fecunda como muchas. Tócame hoy escribir sobre Víctor Hugo y su escuela. ¿Qué diré, si tanto se ha dicho?

Algo nuevo. Las obras del Arte son como las de la Naturaleza aunque estudiadas por la años y comentadas por grandes pensadores, siempre tienen, á pesar de sus eternas leyes é inmutables formas, una nueva faz para el que las mira; nueva doctrina para el sabio, nueva imagen para el poeta. Así, aunque grandes inteligencias ya han tratado de Víctor Hugo, y aunque hay hermosos trabajos de admiradores suyos, creo, sin faltar á la modestia, que en estas pobres páginas algo nuevo podré decir sobre aquel de quien tanto se ha dicho. Por otra parte, este escrito, á diferencia de los anteriores, no es voz de luchador que anima á aquel con quien compartirá el triunfo ó la derrota, ni voz de espectador en la liza, ni de compatriota y contemporáneo; que formado el presente trabajo en lengua diversa de la del autor estudiado, en un medio extraño á las luchas anteriores, en lejano continente y muerto ya el poeta, surge sólo de la conciencia, sin prejuicios y aberraciones, y ha de tener al menos la serenidad que necesariamente existe cuando entre el poeta y el crítico se interponen dos cosas insondables: la muerte y el Océano.

Como los sentimientos son, no la única parte del artista, pero si escencialísima y digna de consideración detenida, creo que, puesta á un lado la tarea de una noticia biográfica, como que las hay muy completas, deben exponerse, aunque brevemente, los de Hugo, sobrado patentes en sus obras, antes de comentar sus maneras literarias y la revolución de que fué jefe. Tiene el sentimiento la peculiaridad de ser inmutable en su esencia, dada la naturaleza de un poeta; y así, éste en sus manifestaciones externas puede crecer ó menguar, correr distintas vías, abrazar diversas escuelas, tender á varias metas, pero en la esencia de su sentimiento, si verdadero artista, es inmutable. Aquellos que en el fondo de la conciencia, en la fuente primera de sus inspiraciones, en los sentimientos, sufren hondos cambios, no ofrecen garantías para el arte é inspiran desconfianza al crítico. Aquellos otros que al través de los tiempos, de los hombres, de las cosas y de las ideas, no mudan los sentimientos en la obra artística, ofrecen garantía á quien los estudia, y el admirador puede darles el corazón sin desconfianza. Esto acontece con Víctor Hugo. La fecunda obra poética de su vida, de una vida que para el arte nació en edad temprana y que se conservó firme y jugosa cuando casi todas declinan y se agostan, es una en sus sentimientos, se conserva una en su esencia, al través de la influencia múltiple del estudio, al través de las edades del individuo, al través de opuestas agitaciones políticas y de las variadas peripecias de un organismo impresionable.

Víctor Hugo como pensador religioso es, á mis ojos (y fácil sería demostrarlo), espíritu sin completa fijeza de ideas, sin memoria de sus propios conceptos y frases, no sólo en obras correspondientes á diversas fechas, sino en un mismo trabajo; pero ¡qué mucho si se agitaba su espíritu en un medio donde otros que tenían mayores obligaciones con la lógica y el criterio humano, como que aspiraban á pasar por críticos y filósofos en el sentido general de esta palabra, sólo lograban ser, verbigracia el novelista Renán, escritores aun más contradictorios y mendigos de consecuencia alguna! Felices cuanto contados son aquellos hombres que, por gran claridad de visión ó por la serenidad del medio en que se colocan, pueden presentar sus obras todas sin que ellas se entrechoquen al par que las frases se devoran unas á otras. Los sentimientos de Hugo, empero (y aquí, y dondequiera, renace el obligado distingo entre el filósofo y el artista), son en sus varias edades, y en la más rica generalidad, sentimientos cristianos.

Expongamos, pues, aunque brevemente, cómo se manifiestan tales sentimientos en nuestro poeta; no aceptemos sus inconsecuencias aunque tocadas de buena fe; y por lo referente á la parte sustancial de este pobre trabajo, estudiemos al artista en el arte, y no dejemos que la Metafísica y la Ética, abandonando su propio terreno, hagan indebidas intrusiones en el abierto campo de la Estética.

Y creo de rigor declarar esto una vez por todas, como no puede menos de hacerlo un escritor de convicciones católicas, á fin de evitar lamentables confusiones y ulteriores distingos necesarísimos y con el propósito, además, de que no se tome la tolerancia en casos de arte, nacida de ideas estéticas, por transigencia en otras delicadas materias en que no cabe el más ni el menos.

Harto se me alcanza, y preciso es recordarlo ya que la crítica no pocas veces lo pone en olvido, que el poeta en rigor no es moralista, como no es filósofo. Lo bueno y lo verdadero pueden servirle y aun encontrarse en sus obras como fin mediato; pero la misión esencial del poeta consiste rigurosamente en producir con libertad y reflexión lo hermoso verosímil. Empero, si encontramos un poeta que, á diferencia de tantos otros, abrigue en general y manifieste en sus obras sentimientos nobles, informando de algún modo aquella bella bondad (xayoxayadela)) exigida por Platón, ¿no viene esto á acrecentar y, para decirlo así, á acendrar nuestra simpatía pos el artista?

¿Cuáles eran aquellos sentimientos?

La madre de Víctor Hugo fué una de esas santas mujeres sagradas para lo absoluto por el amor místico, consagradas para lo terrenal por el amor materno. En ese doble amor se educó nuestro poeta. ¿Qué pláticas amables se entablaban entre esa madre, santa como todas las madres, y ese niño destinado á ser genio? ¿A qué anhelos de las cosas eternas lo enseñó ella? ¿Qué raptos sagrados tendrían esas dos almas, puras ambas y unidas por las manos, hacia la Luz increada, hacia el amor indeficiente y desligado de la torpeza terrenal y caduca? ¿Cuántas veces se hincarían juntos de rodillas para elevar una oración por todos? ¿Qué enseñanzas, qué ejemplos le diera ella de sacrificios y abnegaciones aprendidos en el árduo camino del Gólgota? Todo aquello pasó allá en un hogar casi hecho templo; mas si en parte velada la causa, patente está el efecto en las obras del poeta, y perduran en ella las nobles enseñanzas al par que la memoria de la cristiana madre.

Habrían de pasar los años; del niño saldría el hombre; se disgregaría aquella familia; iría el poeta á formar por si propio un hogar nuevo; pasaría la madre á dormir el largo, no eterno sueño de la muerte; entraría el bardo en la revuelta guerra de la vida; recogería lauros y dominaría las multitudes; vería á los reyes airados caer sobre el pueblo embravecido; vería á los pueblos alzarse y sacrificar á los reyes; sería inquebrantable mediador entre los reyes y los pueblos; sería tremendo luchador en una lucha tremenda; sería víctima, y sollozaría en el destierro; vencedor, y cantaría en triunfos por nadie enantes alcanzados; pero ya noble por derecho de sangre, ya republicano por derecho de ideas, nunca dejaría de ser el alma vuelta del lado de lo eterno, la pupila que sonda lo infinito, la mano profética que se extiende hacia la aurora de ultratumba, la boca que repite tristezas y enseñanzas del Calvario.

En vano se buscará en libro alguno de sus cantos una estrofa que reniegue de la tendencia á la perdurable vida del espíritu, que encadene nuestro sér á la sola materia, que no eleve por algún modo el alma á los destinos inmortales. El que nunca dobló la frente ante poder alguno de la fuerza, la inclinó siempre ante la fuerza del poder espiritualista. Pudo, por el medio revuelto que circundara su pensamiento, sufrir como pensador inaceptables inconsecuencias; ensayar fórmulas distintas, tantear en diversas escuelas, buscar con anhelo por apartadas vías; pero siempre, y manifestándose aun más por esa misma ansia voluble, era el propio corazón con los propios sentimientos, no saciado con la pequeñez y oscuridad de las cosas terrenales, siempre confiado en un Dios inmutable, antes y después del tiempo y del espacio, de quien surgen, como triple esencia, el Bien, la Verdad y la Belleza.

Así que Víctor Hugo, coronado por muchos como rey de los poetas, considerado generalmente en el siglo como el intérprete del siglo, como la más independiente manifestación del espíritu humano en nuestros días, y que ha ejercido, si se permite la palabra, la hegemonía del arte, no viene con el satánico orgullo de otros, á quienes los desvaneciera menor altura, á erigirse en apóstol de la duda ó en pontífice de la negación absoluta, adulando así ciertas pasiones del vulgo iconoclasta, sino que antes, por el hecho mismo de sentirse tan poderoso de genio y rico de prestigio, y juzgando á su modo que el arte tiene la especial misión de redimir, enseñar y engrandecer á las almas, se cree obligado á volverse hacia los creyentes en la duda, por decirlo así, y hacia los traficantes en ateísmo, y óra sereno con los primeros, respetando la buena fe de los que sinceramente no la tienen, óra airado con los segundos, mercaderes de blasfemias, á todos les habla de las cosas eternas y les enseña que para cubrirse de gloria y ser uno de los espíritus más venerados y uno de los más altos poetas no es preciso que el pedestal propio se levante con las aras de templos en escombros.

En la escala de Jacob que suben, ayudados por alas invisibles, los espíritus privilegiados, los profetas, los soñadores de sueños más reales que la realidad tangible, las almas todas que tienen la abstracción por pupila y el misterio por astro, hay un último frágil peldaño, que oscila allá, allá arriba donde ni el ojo ve ni oye el oído. Sobre aquel peldaño apoya el poeta místico el talón de su sandalia de oro. Allí el amante, en éxtasis amable, ama el Amor. El Amor sacia al amante nutriéndolo con amor indeficiente. Y es el fenómeno que á veces el místico duda del misticismo; pero siempre sube por la escala, y toca en la altitud mística. Así, en la cadena de los poetas no sólo era místico el admirable San Juan de la Cruz, el de aquellas estrofas que ponen miedo religioso por el recogimiento, por la intensidad indefinible que hay en ellas, sino que también, al otro extremo, vemos al infortunado Leopardi, carcomidas las entrañas por negra dolencia, carcomida el alma por el ateísmo, mas aleteando por volar hacia lo absoluto, y sediento el labio de amor no caduco. Su mente, empero, creía sólo "en la infinita vanidad del todo," en el desengaño de las cosas; abrigaba sólo el desprecio de este llamado gran Todo, que para el poeta más bien era la gran Nada. El místico católico subía la escala con los ojos fijos en la altura; el "místico ateo" la sube caídos los párpados, baja la frente y fruncida como en tenaz rebeldía; pero siempre con el labio sediento, y con las grandes alas desplegadas.

Entre el místico español, con su pálida auréola de arcángel, y el místico italiano, con su roja auréola de espíritu inmortal que niega su inmortalidad espiritual; entre el de nimbo angélico y el de nimbo luzbélico, se alza nuestro poeta, no saciado con lo terrenal, amador de lo absoluto. ¿Auréola luzbélica ó angélica le circunda las sienes? Ni la una ni la otra: tiene su propio nimbo.

Pero antes de continuar en esta exposición de sentimientos, veamos otra causa de ellos, por lo tocante á la herencia y á la educación de nuestro poeta. Fué el padre de éste un audaz general de las guerras napoleónicas, En aquellos principios de nuestro siglo, tan revueltos y terribles, y en que á nuestra América no le tocó la menor parte de sangre y de laureles, no se alcanzaba la graduación militar sino por medio de legendarios y granados hechos. Sangre calurosa corría por las venas del poeta, con arranques heróicos y con cierta riqueza exuberante, heredada del Conde Hugo, que fué á derramarla toda en los campos de muerte y de gloria. Los relatos guerreros del padre, en las noches del hogar, despertaban en el niño sueños caballerescos, enardecían su corazón y lo predisponían á todo lo fuerte y hazañoso, Y aquellas narraciones iban acompañadas de las santas enseñanzas de la madre. Así que el poeta, sujeto á dos distintas, no opuestas influencias, la espiritual y la vigorosa, formaba en lenta escuela, é inconscientemente, un todo armónico, sin el peligro de caer, por el extremo de la fuerza, en las solas leyes brutales de la materia, ni por otro, en el anonadamiento del quietismo. Además, cuando el niño, en el viejo salón de sus mayores, alzaba los ojos, veía suspendido del muro, entre emblemas sagrados, un Crucifijo; y por opuesto lado, entre trofeos de batalla, una espada. La Cruz y la espada, el deber y el derecho, la abnegación y la fuerza, Dios y la Patria: tal, en suma, el poeta en su vida y en sus obras.

De ahí, del rapto hacia lo absoluto; de ahi, de su firme creencia en la cima del ideal, «adonde (según su propia expresión) Dios desciende y el hombre asciende;» de esa fe en leyes inmutables para la conciencia, así en lo bello como en lo verdadero y lo bueno; de ese alto punto de apoyo en lo infinito, y por otra parte, de su innata tendencia á todo lo heróico y caballeresco, desprendía el poeta lógicamente sus grandes sentimientos. De su creencia en el noble origen de la Humanidad, surgía, como grave resultante, su amor á la Humanidad misma. De ahí que el poeta anhelara ser el más firme campeón de los ideales humanos, llámense libertad, patria, familia. No es Víctor Hugo, en consecuencia, de aquellos disgregadores que hacen reñir la idea de Dios con la idea de libertad verdadera. Su espíritu, armónico, sumaba la una con la otra, mejor dicho, desprendía la segunda de la primera. Víctor Hugo no podía ver en ello causa de cisma; cisma sólo de los seres extremos en las edades medias; cisma que fatalmente se observa en sociedades atrasadas ó en épocas de transición violenta; pero que desaparece á medida que el pensador asciende ó que la sociedad adelanta.

Así (dicho sea por vía de digresión no del todo inconducente), todo pensador, en las sociedades que ya van saliendo de la época transitoria en que el rigorismo ateo y el poder religioso se entrechocan, le dice, y ha de decirle, al Pueblo, con la serenidad de quien guía sin lisonjas populares: - ¡Levántate, que de nadie eres esclavo!-pero añade: No eres esclavo ni de la materia. - Le dice al cuerpo: -Cuerpo, sacúde la cadena; -luégo al alma:-Alma, Sacúde la cadena del cuerpo.-Levantemos la frente; pero al par levantemos los ojos á los astros. No nos detengamos en la ascención libertadora: alimentemos á los que tienen hambre, protejamos á los que tienen sed; pero á la vez saciemos ¡oh libertadores amigos!  á todos los que tienen hambre y sed de justicia eterna. Que toda guardilla tenga una ventana por donde el mendigo mire al firmamento; y que á la vez en la mente del atribulado se abra una creencia por donde mire al infinito. Tú, pensador quienquiera que seas: levántale al ciego humano con tu dedo milagroso uno de los párpados, y que su pupila vea esta claridad: -la Naturaleza; pero al par levántale el otro párpado, y que su otra pupila, extática, vea esta otra claridad: -el Espíritu. Si no le descubres más que una pupila, sólo verá una parte de las cosas; y de esa parte, por ley física de la inteligencia no podrá apreciar las distancias. Enseñemos al Pueblo á leer; pero que en el noble aprendizaje sepa deletrear esta palabra_...Dios. Libertémosle de toda sujeción; la del vicio inclusive. Que conozca todas las alturas de la tierra; todas, inclusive, por la razón, la del Sinaí, y por el amor, la del Calvario.

Dada la fuente espiritualista y la creencia en Cristo, una alma lógica, óra por lento raciocinio, óra por espontáneo impulso, desprende de ahí las leyes morales que, aplicadas á la vida, se abren en múltiples ramas, se fraccionan indefinidarnente, tocando ya á culminantes hechos públicos, ya á las menores acciones del individuo en privado. Obsérvase no pocas veces en las sociedades empero, y en la abigarrada nuéstra tal vez más que en otra alguna, á par de otros fenómenos antitéticos propios de nuestro siglo, el hecho de individuos que parten en dos, por decirlo así, su naturaleza, y á la vez que encierran su mente en un estrecho círculo de filosofías egoístas, combatiendo en teoría cuanto Constituye la moral de la abnegación y el sufrimiento, practican de corazón, respondiendo con cierta noble inconsecuencia á impulso hereditario y á una primera educación religiosa, esa misma moral cristiana que niegan de labios. ¡Bendito pecado de lógica aquél, que al menos lleva á esos hombres, en la generalidad de los casos, á desmentir con nobles acciones las teorías sensuales y egoístas que viven en ellos vida tan exótica! No así nuestro poeta, en lo tocante á sus sentimientos: aspiraba á la moral cristiana, y á la vez en sus obras su grande alma comprobaba esos propios sentimientos y enseñaba que los recibía de Cristo. Sentado esto, para magnificación del poeta y exposición de la lógica instintiva que residía en sus sentimientos, así en las acciones como en los escritos, podré pasar á tarea menos general y enseñarle en algo de cuanto hizo y dijo proclamando aquella moral eterna, tanto en los años de su juventud como en su senectud vigorosa. ¿No será ésta labor que peque por redundante, dado que precede á un libro donde á cada paso resplandecen tales y tan altas virtudes? No lo es, en parte, como que hay algunas poesías de Víctor Hugo no traducidas y que por concretar algún sentimiento especial del autor merecen citarse, aunque sólo sea por el título; y hay otras que han sido interpretadas erróneamente y cuyo sentido es preciso revalidar con algunas observaciones.

Si no pareciera vano empeño y casi profana tarea esto de hacer clasificaciones de las múltiples poesías de un hombre, como que en el fondo de la conciencia las ideas se compenetran, se trasfunden, y aunque varíen los asuntos, el alma necesariamente encadena unos sentimientos con otros, podrían agruparse las poesías de Hugo en pertenecientes á la fe unas; otras, á la patria; en sociales ó políticas otras; y las más á género que, para darle algún nombre, podría decirse humano ó humanitario, no íntimo, pero sí menos general que aquéllos. De este libro de traducciones podrían señalarse como pertenecientes al primer grupo, por su manifestación altamente espiritualista, las intituladas El Puente, La tumba y la rosa, Esperanza en Dios, Jesús, Quia pulvis es, Nomen, numen, lumen, Lo que me dijo un ave, y por último, entre otras, un Paseo por las rocas (excelente traducción de Pombo, que cierra el tomo) Quedan en considerable número sin traducir, por desgracias otras composiciones no menos hermosas, pertenecientes al mismo género religioso, así de los libros juveniles como de los dados al público ya en la vecindad de la muerte. Casi interminable y por demás enojoso sería el apuntar los títulos de las que especialmente merecen traducción el lector, en vista de las obras completas del poeta, podrá considerar cuán alto de vuelos y rico de imagen apocalíptica era Hugo al lanzar el alma por las regiones del alma.

Entre los cantos á las glorias de la Patria, brilla en primer término y se halla en el primer lugar de esta obra el canto A la Columna de Vendoma (que algún crítico ha confundido con otra semejante titulada A la Columna, marcada con el número II en los Cantos del Crepúsculo). Hay una figura de guerrero que se alza imponentemente en este siglo; y el poeta que se hizo intérprete de los sentimientos de esta centuria, mal podía dejar de cantar las glorias del César moderno. Por esto vemos la figura de Napoleón destacarse con magnificencia en las obras de Hugo. La calva frente del vencedor en Austerlitz se eleva hoy, en el mundo del espíritu, aliado deja fuerte cabeza, circundada por cabellos blancos, del que peleó las batallas del Romanticismo. Verdad es que Hugo en ninguna época aprobó los hechos de Napoleón que la Historia Condena; pero en llegando la hora de cantar al guerrero, al que cubrió á su patria de coronas, el canto del poeta surgía sin restricciones impropias casi siempre del arrebato lírico. Pero no era tal ese arrebato que le impidiera á Hugo presentar con el mismo héroe cuadros que enseñan á las almas contemplativas la vanidad de las glorias. Así que nuestro poeta no sólo canta las glorias de Napoleón en la ya citada Oda VIII, y en Buonaberdi y la intitulada Lui, estas dos últimas de las Orientales, y en el Recuerdo de infancia, de las Hojas de Otoño, entre otras varias, sino que también, á par del noble é inmortal Lamartine, enseña al Emperador del siglo enclavado en la roca histórica, sin púrpura ni cetro, cruzados los brazos, inclinada la frente, sólo fijos los ojos en la inmortalidad verdadera. Tal le vemos en la poesía Las dos islas, Córcega y Santa Helena, principio y fin de aquel hombre extraordinario; y como para completar el cuadro y enseñar cuánta es la imprevisión humana, y cuál el poder del Omnipotente, escribe Hugo la pieza que tiene por título Napoleón II, magistralmente vertida por D. Miguel Antonio Caro.

Dice el erudito crítico D. Juan Valera en una introducción á las Odas de Menéndez Pelayo, y á propósito de la poesía que interpreta los sentimientos nacionales ó populares, que «sin los encomios á Napoleón I de Béranger, Lamartine, Víctor Hugo y otros, quizá Napoleón III no hubiera reinado nunca. Cuando Valera lo dice, estudiado lo tendrá; como que este discretísimo escritor, limpio de prevenciones y lleno de erudición, todo lo dice bien pensado; pero en el caso presente es de creerse, en primer lugar, que Napoleón III dió su golpe de estado, no porque tal ó cual poeta hubiera cantado, sino porque aquel gobernante era ambicioso; y es de pensarse, además, que no era para animar en el escalamiento del trono el haber expuesto en varias ocasiones, como Hugo, la caída y lenta agonía del Prometeo francés, encadenado en solitario peñasco, con el buitre de Inglaterra al costado. Y menos halagadora era la poesía de Lamartine, quien no sólo presenta á Napoleón I en sepultura hollada y mezquina, con sólo el ruido de una mosca por eco de la disipada gloria, sino que evoca los crímenes del Capitán del siglo, y clama:

La gloire efface tout… tout, excepté le crime;
Y añade :
C'est pour cela, Tyran que la gloire ternie
Fera par ton forfait douter de ton génie,
Qu' une trace de sang suivra partout ton char;
Et que ton nom, jouet, d'un éternel orage,
Sera par l'avenir balloté d'age en áge,
Entre Marius et César.

Lástima es que aun no se hallen traducidas á nuestra, lengua muchas valientes poesías de El Año terrible, libro escrito enmedio del combate; y otras dispersas en varias obras, verbigracia, la consagrada á la Estatua de Enrique IV, de las Odas y Baladas (Oda VI); al Arco del triunfo hermosísima producción recogida en Las Voces interiores, IV, que no debe confundirse con una semcjante, más breve y menos digna de notarse, conservada en las Odas (VIII), y la admirable que escribió En el momento devolver á Francia (Agosto de 1870), época luctuosa en que los socialistas amenazaban con destrucción intestina, al par que el extranjero hollaba el suelo de la patria, y en que era preciso

Écraser an dehors le tigre, et la couleuvre
Au dedans.
El Tirteo francés clama entonces:
J 'irai, je rentrerai dans la muraille sainte,
O París!
Je te rapporterai l'âme jamais éteinte
Des proscrits.
Puisque ces ennemis, hier encor nos hôtes,
Sont chez nous,
J'irai, je me mettrai, France, devant tes fautes
A genoux!
J 'insulterai leurs chants, leurs aigles noirs, leurs serres,
Leurs défis;
Je te demanderai ma part de tes misères,
Moi ton fils.
Farouche, vénérant, sons leurs affronts infâmes,
Tes malheurs,
Je baiserai tes pieds, France, l'aeil plein de flammes
Et de pleurs....
J 'accours, puisque sur toi la bombe et la mitraille
Ont craché.
Tu me regarderas debout sur la muraille,
Ou couché.
El peut-être, en la terre où brille l'espérance
Pur flambeau
Pour prix de mon éxil, tu m'accorderas, France,
Un tombeau.

Cuanto al tercer género indicado, al social ó político, tomado este término en su más digna acepción, figura en esta obra Guerra, donde Hugo se alza ante las rencillas nacionales, y como mediador entre los pueblos todos de la tierra abre los brazos implorando paz y desechando venganzas. Las intituladas Los insultadores, Los crucificados, El Pueblo, muestran con bastante claridad cuál era la actitud de Hugo en medio de los odios políticos del vulgo; y cómo castigaba aquél á la plebe, que no siempre, por desgracia, alcanza á la dignidad de Pueblo. Y tan arraigada estaba en el poeta esta idea de sobreponerse á toda torpeza de las turbas políticas, que muchos años atrás (Junio de 1837), en el prólogo de Las Voces interiores, cuando todavía sentaba premisas, por decirlo así, y trazaba su línea de conducta, había estampado estas frases: «En este combate de hombres, de doctrinas y de intereses, que cada día se agitan violentamente por cada obra que este siglo ha de realizar, el poeta tiene una misión grave. Dejando á un lado el punto de su influencia civilizadora al poeta le toca levantar los acontecimientos políticos, cuando lo merezcan, á la altura de acontecimientos históricos; para lo cual es preciso que mire á sus contemporáneos con la tranquila mirada que tiene la Historia para el pasado...Preciso es, además, que el poeta sepa, por cima del tumulto, mantenerse inquebrantable, austero y benévolo; indulgente en ocasiones, lo que no es fácil; y lo que es harto más difícil, imparcial siempre. Preciso es que abrigue...un grave respeto por el Pueblo, respeto que va unido al desprecio por las turbas...»

La poesía que lleva por nombre Los cómodos nos revela el carácter activo y decidido del autor, que no podía ser de aquellos que fluctúan por lo tocante á la esencia de las ideas, entre el sí y el nó sin firmeza para romper con una torpe hibridación de conciencia. Regreso se apellida otra, donde vemos el espíritu de Víctor Hugo, no ya en la caída ni al acto de la lucha, sino en la hora del triunfo de los suyos. ¿Acepta acaso todo el séquito de atropellos, el cúmulo de abusos que acompañan á la victoria? Por el contrario, tras largos años de destierro, cuando vuelve ya á la tierra natal, cuando sus propios ideas están en auge, y llega la hora de los desagravios; cuando para el vulgo político se presenta el día de las venganzas, el momento de oprimir á los que oprimieron el poeta, con el título de haber sido el más infortunado, la víctima constante, se interpone entre los actuales vencedores y los aterrados, mal dice cuanto no sea verdadera liberalidad con el vencido, cuanto no tienda á levantar al contrario, cuanto no sea perdón y nobleza; y como los suyos no le escuchen, lamenta el poeta los días de austeridad y de infortunio en que, allá en remota playa, no presenciaba tales abusos, y en que el Océano, su mejor confidente en la desgracia, no parecía desoír los dictados de la generosidad que debe acompañar á los vencedores. Muchos años antes, en el prólogo ya citado, había dicho: "El poder del poeta nace de su independencia." Al confirmarlo luégo en la práctica, y al revelarlo en ésta y otras poesías, Hugo es lógico una vez más; y acrece su poder al demarcar su independencia. En El Libro satírico dice Víctor Hugo:

Ja n'aime pas qu' après la victoire on sévisse;
C'est affreux, Je pardonne! et Je suis au service
Des vaincus: et, songeant que ma mère aux abois
Fut jadis vendèenne en fuite dans les bois,
J 'ose de la pitié faire la propagande
Y en la misma poesía añade:
Oui, quand la lâcheté publique se déploie,
Il me plaît d'être seul et d'être le dernier.
Quand le voe victis règne ct va jusqu' á nier
La quantité de droit qui reste à ceux qui tombent,
Quand, nul ne protestant, les principes succombent,
Cette fuite te tous m'attire. Me voilà...

No sé precisamente en que circunstancia política escribiera Hugo otra poesía, marcada con el número XXXVIII en El Libro satírico, de Los cuatro vientos del Espiritu; pero ello es que se dirige el autor á copartidarios suyos con quienes pudo haber compartido los goces del triunfo si no hubiera creído más honorable y digno de su conciencia improbar las mezquindades de los vencedores. Por eso, dirigiéndose á éstos, escribe:

J'étais en terre ferme, au port, en sûreté
J'ai vu des naufragés qui s'enfonçaient dans l'ombre,
Sans aide, et j'ai sauté sur le vaisseau qui sombre,
Aimant mieux leur malheur que votre joie á tous,
Et périr avec eux que régner avec vous.

Por desgracia el Homero-Pueblo tiende no pocas veces á abandonar las nobles contiendas de la Iliada política, para darse á la bastardez de la Batracomiomaquia.

Tocamos ahora, en el género de las poesías políticas, á un punto delicadísimo: el tiranicidio. No que yo venga ni quiera entrar á discutir la materia, sino que paso, de un modo meramente expositivo, á enseñar cómo mira Víctor Hugo el asunto. Y es preciso entrar en esto porque ha habido críticos, y algunos muy sesudos, que han supuesto, guiados por ciertas apariencias ó juzgando sólo por una parte de las cosas, que Hugo, siquiera en un momento de odio, llegó á aceptar aquella violenta idea. Quien defendió durante toda su vida la inviolabilidad de la humana; quien jamás, como creyente que era, pudo aceptar la idea de arrojar á la eternidad un alma culpable, ¿pudo, en la ceguedad de la lucha siquiera, contradecir uno de sus sentimientos más arraigados? ¿Cayó por desventura en tan lamentable inconsecuencia? Veamos. En el mes de Octubre de 1852 escribió Víctor Hugo una poesía intitulada Le bord de la mer. Ahí, orillas del mar, se encuentra Harmodio agitado por contrarios pensamientos, pero dominado principalmente por el de darle la muerte al tirano. Animan á Harmodio la espada, pronta al golpe, el camino por donde va á pasar el opresor, el sepulcro, lleno de cadáveres, el bajel, lleno de proscritos, el viento, que clama:

 

Mon bruit est une voix. Je sème dans l'espace
Le cris des exilés, de misère expirants,
Qui sans pain, sans abri, sans amis, sans parents,
Meurent en regardant du côté de la Grèce,
 

el mar, que dice:

 

….Je suis rouge de sang.
Les fleuves m'ont porté de cadavres sans nombre;

la tierra, cubierta de tumbas; una voz en el aire, que grita:

Némésis! Némésis! lève -toi, vengeresse!

 

el juramento violado, y por último, tras otras voces, la de la Patria, Grecia, que exclama:

 

Mon fils, je suis aux fers! Mon fils, je suis ta mére!
Je tends les bras vers toi du fond de ma prison.
 

Harmodio entonces vacila por vez postrera, como pasamos á verlo, y oye la voz de la Conciencia

 

HARMODIUS.
Quoi! Le frapper la nuit, rentrant dans sa maison!
Quoi! devant ce ciel noir, devant ces mers sans borne!
Le poignarder, devant ce groupe obscur el morne,
Eu présence de l'ombre et de l'immensité!
 

LA CONSCIENCE.
Tu peux tuer cet homme avec tranquillité!
Ahora bien, aquellos que juzgan de un autor por un fragmento, han creído que Víctor Hugo aceptó el tiranicidio, por boca de la Conciencia que le habla á Harmodio. Para ellos, el que cantó siempre la fraternidad, la paz, el amor á los hombres todos, llegado el momento crítico dió en tierra con sus teorías, azuzó al odio y aceptó la idea de darle muerte violenta á su enemigo; el que rechazó siempre la idea de atentar contra la vida, ya en nombre propio, ya en nombre de la ley, aconsejó, á nombre de la conciencia, el asesinato de su adversario. Aparentemente tienen razón. Pero es el caso que á la página siguiente, en el mismo libro, y marcada con la misma fecha de la anterior, viene la poesía titulada i que empieza:

Laissons le glaive à Rome et le stylet à Sparte;...

y volviéndose Hugo hacia sus compañeros de infortunio moral, por la ruina de la República, y de miseria personal, por las persecuciones y el destierro, les dice, para aplacar los odios, desarmar la venganza cruenta y dejar á Dios solo el juicio y el castigo del culpable:

Vous serez satisfaits, je vous le certifie,
Bannis, qui de l'exil le triste faix,
Captifs, proscrits, martyrs qu'il foule et qu'il défie,
Vous tous qui frémissez, vous serez satisfaits.
 

Jamais au criminel son crime ne pardonne;
Mais gardez, croyez-moi, la vengeance au fourreau;
Attendez ; ayez foi dans les ordres que donne
Dieu, juge patient, au temps, tardif bourreau!
 

Laissons vivre le traître en sa honte insondable.
Ce sang humilîrait même le vil couteau.
Laissons venir le temps, l'inconnu formidable
Qui tient le châtiment caché sous son manteau…
 

Ne tuez pas cet homme, ô vous, songeurs sévères,
Rêveurs mystérieux, solitaires et forts,
Qui, pendant qu'on le fête et qu'il choque les verres,
Marchez, le poing crispé, dans l'herbe où sont les morts!
 

Avec l 'aide d'en haut toujours nous triomphâmes
L'exemple froid vaut mieux qu'un éclair de fureur.
Non, ne le tuez pas. Les piloris infâmes
Ont besoin d'être ornés parfois d'un empereur.

Ahora, ¿cómo explicar contradicción semejante? ¿Cómo concebir que un hombre se atreva á mostrarse tan inconsecuente que publique dos composiciones de sentido contradictorio, una en seguida de otra, en una misma obra, y enlazadas por una misma fecha? ¿Será una falta de raciocinio, ó torpe inadvertencia, esto de darle al público dos poesías como ésas, unidas materialmente en lo impreso, ligadas por una data común, pensadas y escritas en un mismo día? No hay falta de raciocinio, ni contradicción, ni inadvertencia: todo fué calculado por el poeta. Víctor Hugo no escribía al correr de la Pluma; que limaba, rehacía, retocaba toda obra suya. Puede, si se quiere, enrostrársele el rebuscamiento, mas nunca se le tildará de inadvertencia ó descuido. Basta considerar cómo trabajaba, la lentitud con que dejaba madurar el plan de una poesía, los recursos que empleaba para conseguir mayor efecto, la constante lima que pasaba por sus trabajos, el método con que preparaba lentamente sus contrastes, y el largo tiempo que guardaba sus manuscritos, para darlos al fin, no en periódicos y aisladamente, sino en un mismo cuerpo de obra, donde todo debía estar armónicamente enlazado y aun sistemáticamente clasificado; basta considerar todo eso, digo, para pensar que si en Los Castigos aparece aquella contraposición de dos poesías, fué ella preparada en rigor por el poeta.

Víctor Hugo tenía varios modos de trabajar con la antítesis, el mayor, no sé si diga el único de sus recursos en poesía. Y no se contentaba con presentar la antítesis en un verso, en una estrofa, sino que, multiplicando las maneras de lograr contrastes (como lo explicaré menos defectuosamente en la parte debida), establecía la antítesis entre dos personajes de una novela, entre dos actos de un drama, entre dos poesías seguidas (que en verdad no son sino una poesía en dos partes) de un libro. El caso que estudiamos no es sino uno de esos contrastes preparados expresamente por el artista. No hay contradicción, sino antítesis. El poeta, consecuente con su procedimiento artístico, no quería presentar llanamente su modo de pensar, diciendo:

Ne tuez pas cet homme, ô vous, songeurs sévères,
y añadiendo con su eterno espiritualismo;

Avec l'aide d'en haut. Toujours nous triomphâmes
 

No: él quería, para hacer resaltar su fallo, como quien pone fondo negro tras un objeto luminoso, colocar el pro y el contra del asunto, poner la conciencia de Harmodio junto á la conciencia de Hugo, la ley antigua al lado de la moderna, la Grecia pagana enfrente del mundo enseñado por Cristo. Y á fin de evitar torpes interpretaciones, coloca ex profeso esos dos cuadros juntos, en un mismo libro, en una misma página y como trabajados en una misma hora.

Para ratificar esto basta atender á un caso semejante, que se presenta en otra obra del poeta. Hallamos en Los cuatro vientos del Espiritu, clasificada en El Libro lírico (VII), una poesía con el título de Canción, que dice:

J 'aime à me figurer, de longs voiles couvertes,
Des vierges qui s'en vont chantant dans les chemins,
Et qui sortent d'un temple avec des palmes
Aux mains;
Un rêve qui me plaît dans mes heures moroses,
C'est un groupe d'enfants dansant dans l'ombre en rond,
Joyeux, avec le rire à la bouche el des roses
Au front!
 

U rêve qui m'enchante encoré et qui me charme,
C'est une douce fille à l'âge radieux
Qui, sans savoir pourquoi, songe avec une larme
Aux yeux...
 

Mais des rêves dont j'ai la pensée occupée,
Celui qui pour mon âme a le plus de douceur,
C'est un tyran gui râle avec un coup d'épée
Au coeur
 

- ¡Horror!- Sí, esto es horrible, pero leed lo que á continuación se halla:

 

Coup d'épée, oui, mais non de poignard. Il te faut,
Poëte, un tournoi franc et libre, où, le front haut,
On lutte, glaive au poing, sans fureur vipérine,
Pied à pied face à face, et poitrine à poitrine,
Toit, soldat du droit, lui, champion de l'enfer;
 

Tu veux combattre au jour, loyal comme le fer,
Fauve et terrible avec la candeur des colombes,
Afin que si c'est toi, poëte, qui succombes,
Tu puisses, en entrant au sépulcre demain,
Trouver Cid et Bayard qui te tendent la main.
 

Cierto es que el poeta al jugar así con la antítesis algo juega también con el ánimo de los lectores demasiado impresionables; pero al cabo la reacción es mayor en ellos mismos y quizás la satisfacción moral más completa; y el autor en suma nada pierde á los ojos de cuantos sean capaces de comprenderle y de comprender los recursos del arte. No está demás recordar que en el propio libro de Los Castigos donde se halla la poesía Non, ya citada, corren otras en que el poeta muestra todavía con mayor claridad, si cabe, su horror al asesinato político. La composición Sacer esto, en la cual dicho sea de paso, asentó Víctor Hugo respecto de Napoleón III una profecía que muchos años más tarde se vería confirmada, tiene este grito por comienzo:

Non, liberté! non, peuple, il ne faut pas qu'il meure!

Y en la misma colección se encuentra otra poesía íntegramente consagrada á la idea de que tratamos, que principia:

 

Le Progrès calme et fort, et toujours innocent,
Ne sait pas ce que c'est que de verser le sang.
Il règne, conquérant désarmé ; quoi qu'on fasse,
De la hache et du glaive il détourne sa face ;
Car le doigt éternel écrit dans le ciel bleu
Que la terre est à l'homme et que l'homme est à Dieu,
Car la force invincible est la force impalpable. -
Peuple, jamais de sang !-…
 

 

Consúltese, á mayor abundamiento, en La leyenda de los Siglos, la composición sobre la muerte de Carlos I, poesía que empieza de esta suerte:

 

Qu'est-ce que ce cercueil déposé sur deux chaises?
C'est Charles premier, roi...;
 

y que dice luégo :

 

Quoiqu'un reste de nuit nous souille et nous outrage,
Désormais, ô vivants, nous avons fait ce pas,
Il faut aux nations un sauveur qui n'ait pas,
De curiosité pour les têtes coupées ;
Nous rejetons la hache au tas noir des epées...

 

Y con aquella porfía que le hizo alcanzar tantas cosas en medio de los juicios contradictorios de enemigos y amigos, y por sobre dificultades que otros no habrían salvado, Hugo no abandona esta idea de desarmar las pasiones de los que quieren castigar cruentamente á los dominadores injustos, y esmalta varias poesías de Los cuatro vientos del Espíritu con sentimientos que dan siempre las mismas conclusiones. En otra composición, de El Libro satírico, le dice al pueblo que pide sangre

 

Dieu n'a pas fait le sang, à l'amour réservé,
Pour qu'on le donne à boire aux fentes du pavé.
S'agit-il d'égorger ? Peuples, il s'agit d'être.
Quoi ! tu veux te venger, passant? de qui? du maître?
Si tu ne vaux pas mieux, que viens-tu faire ici ?...
 

Y adelante :

 

Lorsqu'une tête tombe, on sent trembler le ciel.
Décapitez Néron, cette hyène insensée,
La vie universelle est dans Néron blessée;
Faites monter Tibère à l'échafaud demain,
Tibère saignera le sang de genre humain...
Por esto dice que condena al verdugo,

Qu'il frappe au nom peuple ou venge au nom du roi.
Y añade:

Ne vous hâtez pas trop d'en conclure la mort,
Fût-ce la mort d'un roi, d'un maître ou d'un despote.
 

Apelando á sus sentimientos personales, y enseñándose por ejemplo, Hugo, quizá el más perseguido de todos, dice:

Quant á moi, tu le sais, nuit calme où je respire,
J'aurai là sous mes pieds, mon ennemi; le pire,
Caïn juge, Judas pontife, Satan roi,
Que j'ouvrirais ma porte et dirais : Sauve-toi !

 

No satisfecho con esto vuelve al tema en el mismo libro, con otra poesía sin título, que tiene este comienzo:

 

La hache? Non. Jamais. Je n'en veux pour personne.
Pas même pour ce czar devant qui je frissonne,
Pas même pour ce monstre à lui-même fatal.
Qui suprime Tyburn abolit White-Hall;
Et quand la mort, ouvrant son désastreux registre,
Me dit : - Que jettes-tu dans ce panier sinistre?
Ou la tête du peuple ou la tête du roi? -  
Je dis:-Ni celle-ci, ni celle-là. -Ma loi,
C'est la vie; et ma joie, ô Dieu, c'est l'aube pure.
Añade que
Peuple uu roi, quel que soit le tueur, il le blâme ;
y con severa lógica condena el asesinato del justo como del tirano, y dice que es siempre
Le même crime errant dans la même nuit noire.
 

Ni disculpa la venganza del socialista menesteroso, puesto que

La misère n'a pas le droit de cruauté ;
 

y puesto que no es razonable

Qu'on puisse être bourreau parce qu'on fut victime.
Creo que con las transcripciones precedentes queda esclarecido, aunque defectuosamente, el punto que hemos venido consultando. Huelgan los ejemplos en obras del poeta pertenecientes á diversas épocas, de suerte que para no enojar basta con pedir que se consulten más detenidamente las poesías de Hugo.

A poco de estudiar, reflejada en las poesías líricas de nuestro autor, la actitud de éste en los acontecimientos públicos, se viene en cuenta de que, óra por la confianza en sus propias fuerzas, óra por cumplir con su conciencia, ya por ambas causas, lo que es más natural, él nunca se plegó ante las circunstancias ni autorizó jamás con su palabra ó su presencia acto alguno criminal cometido por los contrarios, y menos aún si perpetrado por los suyos, aunque con tal conducta de severidad é independencia aumentara el odio de los adversarios ó disminuyera su prestigio entre los adictos. Desprendía él la moral de lo absoluto; y mal podía sujetarla á lo relativo y movedizo. Creía, verbigracia que Dios es el único dueño de la vida humana, y dondequiera que veía dislocada esa creencia clamaba contra el atentado: é igualmente condenaba el asesinato de Luis XVII, niño sin culpa alguna, como el asesinato de otro niño por causa de Luis Napoleón. Los tiempos y las causas son diferentes; el hecho es uno en el fondo; y el poeta anatematiza por igual la tiranía de muchos y la tiranía de un hombre solo. Asimismo, Cuando Luis Napoleón, traicionando á la República, quiere imponer terror y hace, que sus tropas asesinen en las calles de París, donde cayeron mujeres é infantes, el poeta lo maldice; y cuando los republicanos perseguidos y proscritos, quieren vengarse con el puñal de Bruto, el poeta los desarma. Cuando éste vuelve á su patria, caído ya el Imperio, la República exagera la reacción, y la Comuna asesina á su vez; y Hugo condena los abusos de la República, y flagela á las demagogias. Verdad es que este animo de combatir los abusos de todos, cualquier nombre que llevaran, y de no temer la ira de unos y otros, á fin de salvar alguna víctima, le podía atraer, y en ocasiones le atrajo, momentáneo desprestigio entre las turbas de todos los bandos. Harto peligroso es esto de atacar sin piedad los crímenes de todas las tiranías, así del Emperador tirano como del tirano-Pueblo. Empero, el poeta sólo podía doblegarse en su vida ante un déspota, déspota amable: -el tirano-Conciencia.

Vamos á otra faz que presentan en conjunto las poesías de Víctor Hugo.

La compasión es el sentimiento dominante en éste; y á fe que ella es propia de almas fuertes como la de nuestro poeta, pues parece propio de las naturalezas y los caracteres mezquinos agitarse en luchas y ahogarse en todos aquellos odios y rigores que un espíritu superior no comprende siquiera: en la gota de agua encuentra tempestades el infusorio. Compadecía el poeta á la Humanidad entera, á todos los débiles, á todos los que lloran; y aun más, á todos los fuertes por fuertes, y á todos los que ríen, por inexpertos; oraba por todos, abogaba por todos, y en la práctica se acercaba á todos para ofrecerles mano firme. A otros poetas les seduce únicamente la gloria militar de la patria ó de un hombre, y la cantan; buscan y cantan otros su bienestar propio; otros se inspiran sólo en la ingente labor de la Naturaleza; unos alzan su acento en el lugar de las penas eternas y sondan el alma de los que han perdido toda esperanza; y la posteridad admira á Homero, Virgilio, Horacio, Lucrecio, Dante. Hugo también canta todo aquello; pero su nota permanente es de compasión por todo lo que sea débil de alguna suerte. Ve á un niño flotar en frágil cesta sobre el Nilo, y compadecido escribe su Moisés salvado de las aguas. Muéstrale luégo la Historia á los luchadores romanos que arrastrados por las leyes y la fuerza de las costumbres van á morir en la arena sólo por agrado del César, y el poeta, en cuadro de grandes pinceladas (cuyo compañero es El canto del Torneo, aun no traducido), los presenta al mundo en El canto del Circo. Bajo el poder del Turco gime Chío, la hermosa isla donde han caído ya todos los patriotas y donde sólo queda un niño, triste y abandonado; y el cantor no puede menos, para engrandecerlo que poner en esa boca infantil un último grito de guerra. Otro niño, no ya imaginario y harto más desgraciado si cabe, el endeble Luis XVII, muere á manos de la Revolución; muere otro niño á manos del Segundo Imperio, y nuestro poeta les consagra sendos cantos á tan infortunados como inocentes seres. En suma, parece que Hugo fuera buscando desventurados en la Historia, para vengarlos amablemente con frases que sean recordadas mientras haya memoria en hombres, Así que aun en La leyenda de los Siglos ya por una causa, ya por otra, pesar de que dicha obra magna parece tener más de epopeya que de labor lírica, se ve que por algún modo brilla en la generalidad de las piezas la compasión del poeta por los infortunados.

Y cuando ya se dijera agotada la compasión para con los que la Historia presenta dignos de aquélla, se vuelve Víctor Hugo los tiempos presentes para compadecer y redimir á cuantos hayan menester de un espíritu superior que los levante. No ya sobre hechos y personajes determinados sino que escribe Víctor Hugo sobre temas generales que por no pertenecerle á nadie en particular puede decirse que pertenecen á todos, que á todos tocan. Son, pues, nuevos motivos para que cante nuestro poeta, ya las faenas de los pescadores que luchan con las olas y vuelven al hogar, vacío el cesto, rota la malla; óra la tristeza de la desgracia que sucumbe al hambre y cae en la tumba, ó que sucumbe al oro y cae en el crimen. Y así de cien otros asuntos, tanto en los primeros libros, especialmente en Las Voces interiores, como en las obras del poeta ya anciano, particularmente en la parte lírica de Los cuatro vientos del Espíritu.  En este libro de traducciones pueden verse, verbigracia, Los infelices, La mujer caída, Por los pobres, y otras, donde llora y hace llorar el poeta. Varios gruesos tomos podrían formarse si estuvieran traducidas todas las poesías en que Víctor Hugo se muestra tan inspirado en la caridad cristiana, en el deseo de redención ó de consuelo al menos para los desventurados que serán los bien aventurados.

Y no sólo llegaba á compadecer á sus semejantes, en el pasado y en el presente, sino que todavía, desbordante de amor el alma, compadecía y amaba aun á los irracionales. Gran poder creador y de sentimiento se requiere sin duda para poner el espíritu en animales y cosas inferiores, y para lograr presentarlos á la conmiseración de los hombres. Esto alcanza Víctor Hugo en varios de sus libros; y en Las Contemplaciones llega á reconocerlo diciendo:

 

J'aime l'araignée et j'aime l'ortie.
Parce qu'on les hait ;
Et que rien n'exauce et que tout châtie
Leur morne sonhait;
 

Parce qu'elles sont maudites, chétives,
Noirs êtres rampants;
Parce qu'elles sont les tristes captives
De leur guet-apens…
 

Passants, faites grâce à la plante obscure,
Au pauvre animal.

Plaignez la laideur, plaignez la piqûre,
Oh! plaignez le mal!

 

Allí donde haya un sér débil, uno que requiera apoyo, un profeta lapidado un Job en las tinieblas, un antiguo poderoso ya sin poder alguno, sea un Emperador encadenado, sea un Rey en el destierro sea un Pueblo hambriento de pan y de justicia allí se alza la voz de nuestro poeta. ¿Y acaso al abogar éste por las necesidades de otros abogaba veladamente por causa propia? No, que quien se apiadaba de los oscuros de origen, se meció en cuna blasonada y se llamó Par de Francia; quien les enseñaba á los acaudalados á distribuir entre los pobres el oro, lo tuvo á manos llenas, y ganado con noble labor de la inteligencia quien pedía alivio para los desgraciados del crimen, nunca fué considerado con mácula quien defendía á los pobres de espíritu, fué desde temprana juventud coronado y aplaudido y vió luégo su inmortalidad antes de la muerte.

Ni fueron parte á entibiar ese amor de Víctor Hugo á todo lo creado los tiros que amenudo le dirigían los que, desde abajo, con malos ojos reconocían en él el centro visible de un generoso movimiento intelectual. Diatribas y persecución fueron sobre nuestro poeta, óra por causa de las letras, óra por causa de la República, mas ello es que éste, á diferencia de otros grandes ingenios, en ninguna de sus obras tiene una sola frase en que personalmente se ocupe de sus detractores ó en que devuelva la injuria con la injuria. Talvez los ataques de aquello que se duelen de los goces ajenos le dejaban á Hugo sin herida, porque éste, como espíritu Superior, quizás no alcanzaba á comprender los no elevados sentimientos de ciertos caractéres á los cuales, por lo demás, los tenía de antemano perdonados y disculpados nuestro poeta, como que sabía y declaraba que, para mayor gloria, todo Homero debe tener sus Zoilos.

Verdad es que escribió Los Castigos, obra que pesará en los fallos de futuros historiadores; pero ello es que en tales poesías, si bien se mira, no hay diatribas personales contra Luis Napoleón, los golpes van principal y sustancialmente contra el adversario político, no contra el hombre. Por añadidura consúltese en este libro de traducciones la intitulada Los Castigos; y véase ahí cómo considera nuestro poeta la materia. Es de observarse, además, que una vez caído el Imperio, una vez derrocado Napoleón III, asilado humildemente en país extranjero, y por último muerto entre el desamor general, el nombre del derrotado de Sedán no volvió á estamparse en las obras del que había fulminado Los Castigos.

Los caractéres temibles son al par espíritus amables. Del propio modo las manos que llevan ramos de oliva son al par las más prontas á empuñar laureles.

Debe por añadidura observarse, pasando á otra suerte de consideraciones, en vista de toda la obra poética de Hugo, que éste es un poeta de inspiración limpia, de imágen no licenciosa. En sus cantos, ni estrofas de tendencia libre y con censurables desnudeces y sensualismo, como se hallan frecuentemente en los clásicos; ni expresiones, no ya artísticamente libres, sino groseras y dignas sólo del vulgo, como se registran en grandes genios, el Dante y Shakespeare inclusive.

Expuesto ya el espiritualismo de Víctor Hugo, estampada ya la clase de sus sentimientos y la lógica que guiaba al poeta, podría yo, descansando, para comprobación mayor, en las piezas que siguen á estas pobres páginas de prosa, pasar al estudio de la escuela y maneras del autor que comento; pero antes quiero atender á ciertos casos que retocan el cuadro y que no estarán de más para dar una menos inexacta idea de Víctor Hugo.

¿Cuál es la actitud de éste enfrente de la ciencia humana? Ninguna inteligencia más abierta que la suya á toda nueva luz de la investigación científica; nadie más imparcial, más limpio de prejuicios, nadie más respetuoso para con aquellos hombres laboriosos que, tornados endebles y tristes por la constante observación del misterio, olvidados de su propia naturaleza y sacrificando las fruiciones de la vida, levantan con mano amarillenta algún lado del velo que cubre las eternas leyes del universo. A esas buenas almas investigadoras, almas humilladas ante lo desconocido que ellas ven más profundo que las almas vulgares las amaba Víctor Hugo, y las veneraba por añadidura. Los nombres de los verdaderos sabios, de los que tanto saben que al cabo reconocen que no saben nada, se encuentran consagrados con respeto religioso en las obras de nuestro poeta. La obra de la verdadera ciencia era para él obra de redención humana, obra sagrada. Pero al lado de esa sacra ciencia veía él (así lo declara) otra ciencia, ciencia indómita, que cree haberlo alcanzado todo, que lo juzga todo explorado, que se corona á sí misma, que niega todo anhelo espiritual no sujeto á su frío escalpelo, y que haciendo un rito de sus leyes, y trocando su rincón de estudio en templo alzado á su propio orgullo, se rebela contra el espíritu, y pretende lanzar su soplo sobre la antorcha de las almas. A esa ciencia orgullosa y atea; á esa ciencia, suicida, más que otra cosa, le aplicaba Víctor Hugo su terrible flagelo; dejaba caer sobre ella uno de sus más tremendos anatemas. A la que dice saberlo todo nuestro pensador, airado, la toma por la túnica y la lleva al borde del precipicio donde, atónitos, mareados de misterio, cayeron de rodillas Newton y Keplero. A la que dice haberlo pensado todo, le lanza nuestro pensador los más profundos de sus pensamientos. A la que, desconociendo el vuelo del Arte y de la Fe, quiere alzarse coma la única que puede llegar á las regiones de los primeros principios, nuestro poeta, creyente y artista, desplegando las alas, la persigue, la alcanza, la vence en las alturas, y en desigual combate la arroja con furor á la sombra.

La pupila del sabio, pupila lacrimosa, sólo le sirve para ver más profundo el misterio. Rectifica un sabio todos los errores de los sabios precedentes, á lo ya consignado algunas observaciones nuevas, que otro sabio expurgará mañana; agrega á la teoría antigua la hipótesis moderna; aduna lo probado en ciencia con lo probable científico; compulsa, rectifica, ratifica; y ¿qué ve al cabo? La claridad que alcanza le hace ver más amplio el dominio de la sombra que le circunda. Quien hace más extensa la cuerda de la sonda ayuda á hacer más temible el seno de lo insondable. El microscopio hace temblar ante el infinito de lo infinitamente pequeño; el telescopio hace temer ante el infinito de lo infinitamente grande. El átomo, estudiado, se agiganta en astro; la estrella, estudiada en el arenal de los mundos, se empequeñece hasta el átomo. Y en mitad de una escala cuyos peldaños se pierden, por el lado del abismo, entre la sombra, y por el lado del firmamento, entre la bruma, el pensador implora al misterio, y sobrecogido de vértigo abre los brazos sollozando………

Si se admira y aun se venera á tanto y tanto poeta del paganismo y de la éra cristiana, á pesar de que en tales ingenios, ya por la vida, ya por los escritos, se hallan no pocas manchas que afean éstos ó aquélla; si en gracia de la inspiración artística se disimulan máculas no siempre dignas de perdón y olvido, ¿por qué no ha de admirarse y venerarse á Hugo, que por lo general se enseña con sentimientos y calidades de que por desgracia que privados ingenios que le precedieron en la fama? En otros poetas ¡cuánta licencia que la posteridad disimula! ¡cuántas llagas veladas por el manto del arte, manto del cual nadie se empeña en levantar los pliegues! Vemos á Homero, ó sea á los poetas sumados en tal nombre, indiferente á todos los horrores sanguinarios que narra ; entre los poetas del Lacio, donde tan alta y originalmente brilló la poesía, pocos resplandecen por sus cualidades ó por la austeridad de sus obras ; vemos luégo al Dante vengativo en su Infierno con todos los autores de su infortunio ; y en épocas más recientes puede observarse que en cien y cien grandes poetas los sentimientos no siempre concuerdan con la hermosura de la obra, sin que las faltas que se les atribuyen, reales unas, no evidentes otras, ya en la persona, ora en los escritos, hayan hecho que á tan altos ingenios sus contemporáneos y la posteridad los pasen por nutrido tamiz, rebusquen con avidez las máculas en los escritos, y hallados mal los hombres, al cabo les arranquen de las sienes la corona de laureles.

En suma, Víctor Hugo se enseña en sus cantos como un pensador austero, como un corazón honrado. Quien penetre en su santuario poético, quien vea en estudio lento el tono sincero con que el hombre se expresa, sinceridad indispensable en poesía; quien escuche aquel énfasis, aquella fuerza y elocuencia robusta peculiares de Hugo, no puede menos de ver que éste, errado ó no en la idea, era un espíritu recto en los sentimientos. Acéptense, no se acepten sus teorías; rechácense, no se rechacen sus ideas, ello es que en cualquier obra, en cualquier estrofa de nuestro poeta se siente que él estaba íntimamente convencido de que tales ideas eran para el bien de los hombres, para el perfeccionamiento de los espíritus y que ellas llevaban á las almas hacia las esferas del Eterno.

Hay espíritus medianos, pusilánimes y compuestos de mezquindades, que jamás realizarán obra magna alguna y que nunca llegarán á poetas; y si á versistas llegan, cualquiera de sus estrofas, estrofas hechas sin entereza de alma, suena como campana que ha sufrido remiendo. Espíritus hay, por el contrario, cuyas estrofas, ora abriguen estas ó aquellas ideas, tienen aquel timbre pleno de las campanas fundidas de un golpe y que salen del molde con una virginidad sonora.

Y es harto conveniente detenerse á hacer tales consideraciones sobre Víctor Hugo, porque habiendo sido él considerado, por adversarios y por secuaces, como la encarnación intelectual, si así puede decirse, del siglo XIX, nuestro poeta da claramente la clave del estado moral de la presente centuria. Los adversarios de Hugo declaran que la inmensa popularidad alcanzada por él no viene precisamente de su genio, sino de que ha halagado las tendencias de nuestros días; y los admiradores de nuestro poeta declaran á la vez que el talento de éste se ha manifestado precisamente al ponerse en mitad de las actuales corrientes y al vivir con los hombres y para la Humanidad del siglo. Ahora bien, si el poeta del siglo, si el hijo mimado de esta centuria fuera un poeta pervertido, fuera un hijo dañado, dañada andaría la centuria, pervertido andaría el siglo. Si él se enseñara apóstol de la negación absoluta, campeón de la duda, pesimista en su visión, mezquino en sus tendencias, preciso sería desconsolarse ante los hombres de esta época, época de la cual el poeta es á la par causa y efecto. Pero antes consuela el ánimo el ver que en esta centuria, si bien se admira á poetas como Shelley, como Leopardi, corno Heine, sólo se admira al par que se reverencia, sólo se acata como cosa propia, no ya á los enfermizos de alma y cuerpo, sino á aquellos que, como Longfellow y como Hugo, se muestran á modo de vigorosos patriarcas, cristianos, optimistas, amantes de la Humanidad entera y confiados en las leyes del progreso.

¡Bien hayan esos hombres esos graves poetas que, fija la mirada en el ideal supremo, sostenidos por el sentimiento de que tienen misión sagrada, atraviesan la vida, y ora llevados en hombros por las multitudes, ora erguidos en las soledades del destierro, ya aplaudidos en días bonancibles, ya en días de borrasca roto el manto y sólo amparada la frente por el escaso abrigo de una corona de laurel, van siempre atendiendo á la libertad, que es la virtud de los pueblos, y á la virtud, que es la libertad de las almas, y por último bajan, una á una, sin que el pie vacile, las gradas del sepulcro, y ahí duermen ya ante la posteridad, entre la magnitud de la misión cumplida, tal como aquellos misteriosos monarcas de Egipto que después de gastar sus caudales y sus pueblos en levantar una pirámide, pasaban á reposar en ella, entre la majestad de la muerte y la majestad del desierto!

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