I
LAMARTINE (y ¡cuán grato es para mí que este nombre sea la
primera palabra de un libro consagrado á Víctor Hugo!), Lamartine
era por aquel tiempo, época juvenil en que el ánimo tasca el freno
de los estudios graves, y en aquel país, orillas del Támesis, mi
poeta favorito, mejor dicho, el único poeta que leía con amor y
agrado, pues los griegos y latinos, explicados por dómine inglés
árido á porfía, lejos de amables y espontáneos se me figuraban
retóricos de inspiración caliginosa. Y así, en horas de descanso,
generalmente por tardes de estío, salía yo del caserón de piedra
morena, y llevando á hurtadillas el libro de las Meditaciones,
cruzaba el patio lleno de estudiantil algazara, salía á un sendero
sombreado por pinos de olor acre y húmedo, y me encaminaba á una
floresta que se destacaba allá lejos, en el flanco de alta colina ;
floresta negra, floresta colosal y rugosa, para la cual no existía
la moderna Inglaterra, y que guardaba intacta la trabazón de sus
viejas ramas, el misterio de sus antiguas sombras. Allí el ánimo,
al entrar bajo la cripta del follaje, pasaba súbitamente á los
tiempos en que desbrozando el pantanoso trayecto, ceñido el escudo
de cuero al brazo, firme el alado casco en la cabeza, avanzaban
cautelosamente por aquel terreno los fieros Normandos.
En la calma religiosa de aquella selva leía yo al autor de las
Meditaciones; y era su voz como voz de amigo, y de amigo proscrito
que siente y comparte la nostalgia, no sólo de la Patria en la
tierra, sino también de algo más allá de los tiempos y las cosas. Y
tal era la blanda armonía de esas estrofas, tan íntima, tan pura la
inspiración de aquellas páginas, que al apartar los ojos de ellas
hubiera querido hallar, no la rustiquez hirsuta de aquel bosque, en
que todo era descomunal y agreste, sino un paisaje acordado á la
lectura, una campiña de lago azul, en cuyas márgenes los naranjos
cubiertos de azahares se balancearan á impulso del viento, mojando
las flores en el agua; campiña rítmica en sus horizontes, abierta
en lontananzas de esas por donde, desplegadas las alas, se desliza
á volar la fantasía. Así, como diera la vista con el contraste
entre el libro y el paraje, más de una vez, al bendecir al poeta,
maldije de la discordante Naturaleza.
Un día llegó bajo mi brazo á la selva, á más de la obra
predilecta, un tomo de poeta moderno, para mí desconocido. A pesar
de cierta curiosidad, reanudé la lectura de Lamartine, y dejé al
otro por tierra, entre la espesa hojarasca. Era en mitad del día.
El sol daba de lleno en el follaje, formando en partes manchas de
sombra, y en partes calando las hojas con transparencias de oro. Un
adormecedor zumbido de insectos cargaba el aire. En el calor
estival del bosque los troncos, por entre arrugas y rotos, dejaban
destilar las blandas gomas. Cabeceaban los álamos, musgosos y
barbudos, como octogenarios bíblicos rendidos al sueño.
De pronto, como generalmente acontecía, alzóse un vientó que
revolvió la hojarasca, despertó los álamos, hizo gesticular los
pinos y zumbó en las grietas de los troncos. Suspendí la lectura.
Marcada como nunca era la discordancia del paisaje con la poesía.
El viento revolaba locamente, y después de doblar las ramas, acudía
al sitio en que me hallaba, se detenía á retozar bruscamente con el
libro echado por el suelo, lo abría, agitaba las páginas, pasaba
una foja, luégo otra, después otra, después varias, las repasaba; y
como recobrando de improviso el aliento, volvía á emprender la
fuga, engolfándose con sonoros bramidos en una garganta de
peñascos. Tras un momento de calma, tornaba el viento al libro
abandonado; de nuevo revolvía las páginas, las pasaba rápidamente
como antes, y murmurando algo desconocido se perdía otra vez entre
las peñas. Asaltóme entonces una idea extrña. Extraviado el ánimo
por la soledad y el paraje, pensé que allí presenciaba un misterio
de las cosas. Creí que el viento, alma de la tierra, comprendía
aquel libro de poeta desconocido; parecióme que se detenia en la
lectura, que doblaba con avidez la página, que deletreaba los
cantos con gutural silabeo, y que luégo se alejaba repitiendo
estrofas entrecortadas por los rumores de la selva. ¿Acaso en esa
obra había algo de la tierra y para la tierra? ¿Acaso la Naturaleza
comprendía aquel libro?
Alcé el estropeado tomo, y leí. A medida que fuí pasando páginas
sentí con asombro que un mundo nuevo allí se dilataba. Las frases á
las frases, los versos á los versos, los cantos á los cantos se
sucedían en un revuelto y caluroso atropellamiento. Cimas
resplandecientes al lado de abismos; mares al pie de cordilleras;
lo disforme al lado de lo tierno; mónstruos en frente de ángeles;
niños y titanes; fieras y magnates; antros y palacios; paladines y
doncellas; el huracán que encrespa las olas; el pensamiento que
levanta á los pueblos; borrascas en el Océano, en la Humanidad
revoluciones; la luz, la sombra, el Espíritu, el Hombre, todo ello
en colosal desfile pasaba ante mis ojos. Leía, leía. Y ahí, en ese
libro, estaba la gigantesca Naturaleza: ahí, como en la selva que
me cobijaba, vegetación exuberante, troncos rugosos, manchas de
tinieblas, transparencias de oro, savia que chorrea, vida que bulle
en amplio desbordamiento. Además, los poemas se alzaban inmensos
como los árboles; las rimas se trababan con las rimas, como en el
paraje las hiedras con las hiedras; entre dos estrofas había antros
de ideas, como en la rocallosa garganta cuevas, entre dos bloques
de granito; los grandes versos se retorcían al soplo de inspiración
violenta, como á impulsos del ventarrón airado se retorcían las
ramas en la floresta.
Aquel libro era La leyenda de los Siglos.
Víctor Hugo complementaba á la Naturaleza.
El libro armonizaba con la tierra.