Ojo por diente y diente
por ojo
Desde cuando se dijo que "errare
humanum est" deben ser muchísimos los disparates cometidos y, al fin de cuentas,
perdonados. Tal es el caso del Instituto de Seguros Sociales, donde se han cometido
equivocaciones de las que, sin que se sepa por qué, se llaman "garrafales".
Es cierto, aunque no lo parezca, que el
ISS es humano, y a su favor puedo agregar que siendo una institución compleja y
multitudinaria, los errores deben ser frecuentes en esos predios, No es posible saber
cuántas veces se han administrado drogas equivocadas, casos de los cuales la
responsabilidad recae siempre sobre el personal subalterno. Estos casos quedan casi
siempre en silencio, pero hay disparates y confusiones que dejan huellas imperecederas, y
de alcances que los hacen inolvidables.
Las intervenciones quirúrgicas que les
decretaron a dos caballeros afiliados a los Seguros Sociales se programaron para la misma
fecha y la misma hora. Desde luego, en diferentes quirófanos, Al uno debían aliviarlo de
una hernia inguinal, y al otro debían librarlo de unas hemorroides que 1o tenían loco. y
se llegó el momento. Pero el personal auxiliar llevó al de la hernia al quirófano donde
esperaban los cirujanos alertados para la operación de hemorroides, y al de las
hemorroides lo acomodaron en la mesa donde debía ser intervenido el hombre de la hernia.
Y sin pensar en más, el anestesista y los cirujanos, en uno y otro lado, comenzaron a
actuar.
Poco después en su justo tiempo, el
operado de hemorroides, quien esperaba haber sido remendado de su hernia, despertó en una
extraña posición de artillería antiaérea y abrumado por un ardiente dolor a poco más
de una cuarta abajo de sus penúltimas vértebras. Cuidadosamente se palpó el pubis,
exploró un poco más abajo y se dio cuenta de que su hernia, a favor de la postura,
estaba más tangible que nunca. Por su lado, el caballero de las hemorroides experimentaba
un agudo dolor en la ingle, y al tratar de palpársela se dio cuenta de que estaba sellada
por la venda de esparadrapo, y sábelo Dios cómo comprobó que las hemorroides ocupaban
su lugar habitual.
De las enfermeras a los cirujanos
subieron las consultas, y con los cirujanos mismos bajaron las respuestas. Se había
caído en una inexplicable confusión, y sin más qué hacer se ofreció a los pacientes
corregir el doble error.
El caso al cual le he dedicado un fugaz
recuerdo se salió del ambiente quirúrgico y fue a dar al ambiente jurídico. Aquello se
convirtió en un pleito. No recuerdo ahora hasta dónde llegó, hablando de plata, la
responsabilidad civil del ISS. Como tampoco recuerdo si los caballeros, cada uno por su
lado, se sometieron a una segunda intervención de cirugía. Ojalá se mantengan vivos y
con algo en plata.
Mucho antes de inaugurar la clínica de
San Pedro Claver, los Seguros Sociales tenían establecido un servicio de maternidad en la
carrera 13, entre las calles 17 y 18. Y allí, en esa casa hospitalaria especializada en
la atención a las madres afiliadas al Seguro, se produjo una confusión que generó
situaciones complejas, problemas casi insolubles, y para remediar todo esto se pidió la
intervención de la justicia penal.
Ocurrió que tres mujeres hospitalizadas
dieron a luz en la misma fecha y casi a la misma hora. Los recién nacidos, como es
costumbre, fueron mostrados a sus madres momentáneamente, y los padres pudieron
conocerlos a través de una vidriera. No se sabe en qué momento murió una de las
criaturas, y ninguna de las tres madres aceptó que fuera la suya. La maternidad de cada
uno de los dos sobrevivientes era defendida por cada una de las tres madres. Si este
problemita se le hubiera planteado a Salomón, el sabio rey se habría fingido muy ocupado
y no habría dictado una sentencia como la del bíblico caso. Sencillamente, el sabio
Salomón le habría dado la espalda al litigio planteado. Las tres madres eran: una joven
señora de clase sub media; una mujer premadura, esposa de un obrero, y una muchacha,
copera de café, que había mantenido relaciones con un estudiante de medicina que estaba
en las vísperas de doctorarse.
Como es muy natural, dos de los padres y
sus respectivas esposas, cuando conocieron a los niños observaron pequeños detalles de
parecidos, y fijaron su atención, especialmente, en las orejas, el cabello, la forma de
la cara y todas las facciones de los recién nacidos, detalles que nunca olvidaron. En
cuanto a la tercera madre, cuando trascendió la noticia de la muerte de uno de los
niños, dijo las siguientes palabras, que Salomón, seguramente, habría tenido muy en
cuenta:
"Mi hijo no murió, y yo estoy
dispuesta a recibir cualquiera de los otros dos"
El estudiante de medicina respaldó la
actitud de su amiga y asumió la paternidad del niño, siempre que estuviera vivo. La cosa
se complicó cada día más. Cuando las madres, repuestas del parto, abandonaron la
clínica, por orden de la justicia los dos niños sobrevivientes quedaron en calidad de
"depósito" en los Seguros Sociales.
Hace 35 años la marcha de los asuntos
judiciales era tan lenta como lo es hoy. Se vencían términos, se corrían traslados, se
fijaban edictos y el tiempo pasaba y pasaba. Los dos niños materia del juicio seguían
cautivos en la clínica de los Seguros Sociales. Los padres, incluyendo la copera y su
amigo, el doctor, tenían un día fijo para visitarlos cada semana, días fijados con la
prudente precaución de que las parejas no coincidieran. El personal paramédico le tomó
mucho cariño a los chiquillos y una de las enfermeras jefes miraba con especial simpatía
a la copera. Se llegó el caso de que esta enfermera patrocinó una salida de la muchacha
hasta el cercano templo de La Capuchina, donde arbitrariamente lo bautizaron como hijo del
doctor y de la aspirante a casarse con él. En algunas ocasiones, la enfermera jefe le
dijo a la muchacha del café:
"Este niño es suyo y usted va a
casarse con el médico".
Mientras tanto, continuaban a paso de
tortuga los trámites judiciales. El juez superior que conocía el proceso, doctor
Martínez Zuleta, estaba dotado de una sabiduría notoriamente inferior ala de Salomón, a
pesar de lo cual, años más tarde, fue elegido contralor general de la República. De
cuando en cuando manoseaba el expediente, pero no se atrevía a tomar una determinación
de fondo. Y los niños, en la clínica de los Seguros Sociales, ya habían aprendido a
caminar. De pronto, ante un memorial presentado por el doctor Santiago Romero Sánchez,
abogado de uno de los matrimonios querellantes, se decidió la "entrega
provisional" de los niños, reconocidos como propios por el obrero y su esposa y el
matrimonio de clase sub media. Se surtieron las respectivas notificaciones y los
interesados, con grandes sacrificios económicos, se prepararon al recibimiento de sus
hijos. Dos días antes de la fecha señalada para la entrega el abogado de la mesera de
café presentó un memorial de apelación del auto por el cual se autorizaba la entrega,
ya la espera de nuevas diligencias, de la revisión de las pruebas sanguíneas y de otros
puntos que a juicio del memorialista debían aclararse, el expediente volvió a caer en el
olvido. No hay para qué entrar a suponer el desconcierto y la amargura que trajo a las
parejas la frustración de la entrega. La máquina de coser, el radio y otros objetos del
equipo doméstico que habían sido empeñados para festejar el recibimiento de los hijos
ya habían sido rescatados por sus dueños, mientras la suerte de los niños seguía en
manos del juez.
Transcurrió un lapso de varios meses sin
que se viera en el horizonte ninguna puerta de salida, cuando surgió una iniciativa que
vino a ser el punto final de la angustiosa espera.
Jaime Flórez, padre de uno de los
niños, agotando una última esperanza, envió al procurador general de la Nación un
memorial en el cual expuso la realidad de sus sufrimientos- y las alternativas corridas
por el negocio en el juzgado superior. Fue tan vivo y tan elocuente este sencillo
memorial, que el doctor Eduardo Piñeros y Piñeros, por esa época procurador general, de
inmediato ofició al juez en estilo enérgico una nota de censura por la morosidad
demostrada en este caso, que no era un simple pleito de ganado menor, sino que estaban de
por medio dos inocentes seres humanos.
Ante esta respetabilísima intervención
del jefe del Ministerio Público, se procedió a expedir un auto mediante el cual se
ordenaba la inmediata entrega de los niños.
Fue así como los dos chiquillos llegaron
a sus hogares, aunque con dos años y medio de demora y ya hablando y comiendo de todo.
La perdidosa en el litigio dizque lloró
amargamente, sin más consuelo que el que le ofrecieron las enfermeras de la clínica. Por
esos días, precisamente cumplía una misión lejos de Bogotá el médico amigo, o, más
exactamente, examigo de la copera. Seguramente, el doctor ya había tenido tiempo de
reflexionar y al tener noticia de lo ocurrido debió sentir que se había librado de un
lío.
En una parroquia del sur de Bogotá se
realizó el bautismo del hijo de Jaime F'lórez con asistencia de numerosos parientes y la
presencia del juez Martínez Zuleta con su secretario ya en calidad de amigos y no de
funcionarios. Y en presencia del autor de estas crónicas, quien junto con su esposa
actuaron de padrinos del bautizando. Alguna vez, quince años más tarde, fui visitado en
el periódico por el ahijado. Ya era todo un hombre, sin embargo, me dio las humildes y
arcaicas demostraciones que se daban a los padrinos. Me tocó darle la bendición, y algo
más...
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