20 Crónicas Policíacas
Felipe González Toledo

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Ojo por diente y diente por ojo

Desde cuando se dijo que "errare humanum est" deben ser muchísimos los disparates cometidos y, al fin de cuentas, perdonados. Tal es el caso del Instituto de Seguros Sociales, donde se han cometido equivocaciones de las que, sin que se sepa por qué, se llaman "garrafales".

Es cierto, aunque no lo parezca, que el ISS es humano, y a su favor puedo agregar que siendo una institución compleja y multitudinaria, los errores deben ser frecuentes en esos predios, No es posible saber cuántas veces se han administrado drogas equivocadas, casos de los cuales la responsabilidad recae siempre sobre el personal subalterno. Estos casos quedan casi siempre en silencio, pero hay disparates y confusiones que dejan huellas imperecederas, y de alcances que los hacen inolvidables.

Las intervenciones quirúrgicas que les decretaron a dos caballeros afiliados a los Seguros Sociales se programaron para la misma fecha y la misma hora. Desde luego, en diferentes quirófanos, Al uno debían aliviarlo de una hernia inguinal, y al otro debían librarlo de unas hemorroides que 1o tenían loco. y se llegó el momento. Pero el personal auxiliar llevó al de la hernia al quirófano donde esperaban los cirujanos alertados para la operación de hemorroides, y al de las hemorroides lo acomodaron en la mesa donde debía ser intervenido el hombre de la hernia. Y sin pensar en más, el anestesista y los cirujanos, en uno y otro lado, comenzaron a actuar.

Poco después en su justo tiempo, el operado de hemorroides, quien esperaba haber sido remendado de su hernia, despertó en una extraña posición de artillería antiaérea y abrumado por un ardiente dolor a poco más de una cuarta abajo de sus penúltimas vértebras. Cuidadosamente se palpó el pubis, exploró un poco más abajo y se dio cuenta de que su hernia, a favor de la postura, estaba más tangible que nunca. Por su lado, el caballero de las hemorroides experimentaba un agudo dolor en la ingle, y al tratar de palpársela se dio cuenta de que estaba sellada por la venda de esparadrapo, y sábelo Dios cómo comprobó que las hemorroides ocupaban su lugar habitual.

De las enfermeras a los cirujanos subieron las consultas, y con los cirujanos mismos bajaron las respuestas. Se había caído en una inexplicable confusión, y sin más qué hacer se ofreció a los pacientes corregir el doble error.

El caso al cual le he dedicado un fugaz recuerdo se salió del ambiente quirúrgico y fue a dar al ambiente jurídico. Aquello se convirtió en un pleito. No recuerdo ahora hasta dónde llegó, hablando de plata, la responsabilidad civil del ISS. Como tampoco recuerdo si los caballeros, cada uno por su lado, se sometieron a una segunda intervención de cirugía. Ojalá se mantengan vivos y con algo en plata.

Mucho antes de inaugurar la clínica de San Pedro Claver, los Seguros Sociales tenían establecido un servicio de maternidad en la carrera 13, entre las calles 17 y 18. Y allí, en esa casa hospitalaria especializada en la atención a las madres afiliadas al Seguro, se produjo una confusión que generó situaciones complejas, problemas casi insolubles, y para remediar todo esto se pidió la intervención de la justicia penal.

Ocurrió que tres mujeres hospitalizadas dieron a luz en la misma fecha y casi a la misma hora. Los recién nacidos, como es costumbre, fueron mostrados a sus madres momentáneamente, y los padres pudieron conocerlos a través de una vidriera. No se sabe en qué momento murió una de las criaturas, y ninguna de las tres madres aceptó que fuera la suya. La maternidad de cada uno de los dos sobrevivientes era defendida por cada una de las tres madres. Si este problemita se le hubiera planteado a Salomón, el sabio rey se habría fingido muy ocupado y no habría dictado una sentencia como la del bíblico caso. Sencillamente, el sabio Salomón le habría dado la espalda al litigio planteado. Las tres madres eran: una joven señora de clase sub media; una mujer premadura, esposa de un obrero, y una muchacha, copera de café, que había mantenido relaciones con un estudiante de medicina que estaba en las vísperas de doctorarse.

Como es muy natural, dos de los padres y sus respectivas esposas, cuando conocieron a los niños observaron pequeños detalles de parecidos, y fijaron su atención, especialmente, en las orejas, el cabello, la forma de la cara y todas las facciones de los recién nacidos, detalles que nunca olvidaron. En cuanto a la tercera madre, cuando trascendió la noticia de la muerte de uno de los niños, dijo las siguientes palabras, que Salomón, seguramente, habría tenido muy en cuenta:

"Mi hijo no murió, y yo estoy dispuesta a recibir cualquiera de los otros dos"

El estudiante de medicina respaldó la actitud de su amiga y asumió la paternidad del niño, siempre que estuviera vivo. La cosa se complicó cada día más. Cuando las madres, repuestas del parto, abandonaron la clínica, por orden de la justicia los dos niños sobrevivientes quedaron en calidad de "depósito" en los Seguros Sociales.

Hace 35 años la marcha de los asuntos judiciales era tan lenta como lo es hoy. Se vencían términos, se corrían traslados, se fijaban edictos y el tiempo pasaba y pasaba. Los dos niños materia del juicio seguían cautivos en la clínica de los Seguros Sociales. Los padres, incluyendo la copera y su amigo, el doctor, tenían un día fijo para visitarlos cada semana, días fijados con la prudente precaución de que las parejas no coincidieran. El personal paramédico le tomó mucho cariño a los chiquillos y una de las enfermeras jefes miraba con especial simpatía a la copera. Se llegó el caso de que esta enfermera patrocinó una salida de la muchacha hasta el cercano templo de La Capuchina, donde arbitrariamente lo bautizaron como hijo del doctor y de la aspirante a casarse con él. En algunas ocasiones, la enfermera jefe le dijo a la muchacha del café:

"Este niño es suyo y usted va a casarse con el médico".

Mientras tanto, continuaban a paso de tortuga los trámites judiciales. El juez superior que conocía el proceso, doctor Martínez Zuleta, estaba dotado de una sabiduría notoriamente inferior ala de Salomón, a pesar de lo cual, años más tarde, fue elegido contralor general de la República. De cuando en cuando manoseaba el expediente, pero no se atrevía a tomar una determinación de fondo. Y los niños, en la clínica de los Seguros Sociales, ya habían aprendido a caminar. De pronto, ante un memorial presentado por el doctor Santiago Romero Sánchez, abogado de uno de los matrimonios querellantes, se decidió la "entrega provisional" de los niños, reconocidos como propios por el obrero y su esposa y el matrimonio de clase sub media. Se surtieron las respectivas notificaciones y los interesados, con grandes sacrificios económicos, se prepararon al recibimiento de sus hijos. Dos días antes de la fecha señalada para la entrega el abogado de la mesera de café presentó un memorial de apelación del auto por el cual se autorizaba la entrega, ya la espera de nuevas diligencias, de la revisión de las pruebas sanguíneas y de otros puntos que a juicio del memorialista debían aclararse, el expediente volvió a caer en el olvido. No hay para qué entrar a suponer el desconcierto y la amargura que trajo a las parejas la frustración de la entrega. La máquina de coser, el radio y otros objetos del equipo doméstico que habían sido empeñados para festejar el recibimiento de los hijos ya habían sido rescatados por sus dueños, mientras la suerte de los niños seguía en manos del juez.

Transcurrió un lapso de varios meses sin que se viera en el horizonte ninguna puerta de salida, cuando surgió una iniciativa que vino a ser el punto final de la angustiosa espera.

Jaime Flórez, padre de uno de los niños, agotando una última esperanza, envió al procurador general de la Nación un memorial en el cual expuso la realidad de sus sufrimientos- y las alternativas corridas por el negocio en el juzgado superior. Fue tan vivo y tan elocuente este sencillo memorial, que el doctor Eduardo Piñeros y Piñeros, por esa época procurador general, de inmediato ofició al juez en estilo enérgico una nota de censura por la morosidad demostrada en este caso, que no era un simple pleito de ganado menor, sino que estaban de por medio dos inocentes seres humanos.

Ante esta respetabilísima intervención del jefe del Ministerio Público, se procedió a expedir un auto mediante el cual se ordenaba la inmediata entrega de los niños.

Fue así como los dos chiquillos llegaron a sus hogares, aunque con dos años y medio de demora y ya hablando y comiendo de todo.

La perdidosa en el litigio dizque lloró amargamente, sin más consuelo que el que le ofrecieron las enfermeras de la clínica. Por esos días, precisamente cumplía una misión lejos de Bogotá el médico amigo, o, más exactamente, examigo de la copera. Seguramente, el doctor ya había tenido tiempo de reflexionar y al tener noticia de lo ocurrido debió sentir que se había librado de un lío.

En una parroquia del sur de Bogotá se realizó el bautismo del hijo de Jaime F'lórez con asistencia de numerosos parientes y la presencia del juez Martínez Zuleta con su secretario ya en calidad de amigos y no de funcionarios. Y en presencia del autor de estas crónicas, quien junto con su esposa actuaron de padrinos del bautizando. Alguna vez, quince años más tarde, fui visitado en el periódico por el ahijado. Ya era todo un hombre, sin embargo, me dio las humildes y arcaicas demostraciones que se daban a los padrinos. Me tocó darle la bendición, y algo más...

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