Cómo nos llegó la
marihuana
En mayo de 1946, el periódico me envió
a Barranquilla con la misión de cubrir la investigación de un uxoricidio. El caso era
uno de tantos, pero los barranquilleros estaban pendientes de las publicaciones relativas
al proceso, porque éste involucraba a gentes de alguna valía en la ciudad costeña.
Fácilmente penetré en las novedades investigativas, pero el tema me pareció tan simple
que quedé con la conciencia intranquila, tal como si no hubiera cumplido con mi deber.
Afortunadamente, en una de mis entradas al edificio de los tribunales me encontré con un
oficial que se identificó como el teniente Villalobos de la policía municipal de
Barranquilla.
-Usted -me dijo- es el hombre que
necesito.
Y me explicó que él había tomado a su
cargo una campaña contra la penetración de la marihuana. Hasta esos tiempos de la
palabra "marihuana" sólo teníamos noticia de la perniciosa yerba por la
canción de "La Cucaracha". Pero no sabíamos por qué hacía falta para fumar.
Inocente hasta entonces vine a saber que la marihuana era el mismo cáñamo indio, que al
fumarlo produce efectos tóxicos y alucinantes.
Mucho me habló el teniente Villalobos de
la marihuana, y para darme un ejemplo de los tenebrosos efectos del vicio que se estaba
generalizando en su ciudad, me invitó a acompañarlo hasta la cárcel municipal.
-Como no existe ninguna legislación
restrictiva de ese vicio, yo he tenido que actuar un poco atropelladamente, y recojo en
las vías públicas a los "engrifados" que caen en los parques o en los andenes,
y para ahorrarle a Barranquilla este triste espectáculo los llevo a la cárcel municipal
por algunas horas, y en algunos casos por dos o tres días. Quiero que vea los que tengo
recogidos para que usted mismo aprecie los desastrosos efectos. Los periodistas locales no
me han puesto bolas, y este mal debe combatirse a tiempo a escala nacional. Creo que a
usted le va a interesar mi informe y por eso lo atajé cuando entraba a la casa de los
juzgados.
Con mi nuevo amigo entré a la cárcel
municipal y me dejé conducir hasta un pequeño patio que ofrecía el más impresionante
espectáculo. Siete u ocho muchachos de 17 a 25 años estaban botados sobre el cemento,
semi desnudos y con expresión de idiotas. Medio se incorporaron a la entrada del teniente
y su acompañante, y sonrientes conversaron muy enredadamente entre ellos. Villalobos
llamó a uno, que se puso de pie, simulando una postura militar con un hombro más alto
que el otro y las manos crispadas y colgantes.
-Camine con nosotros que le vamos a dar
una cosa que le gusta mucho. Pasamos los tres a otro recinto donde Villalobos le mostró
al vicioso un "quenque" o cigarrillo de marihuana hecho con ordinario papel de
envolver y dobladas sus puntas. El hombre, como impulsado por un resorte saltó hasta
colocarse en frente del oficial, y con la inconfundible expresión de ruego le pidió el
"tesoro" que estaba a la vista.
El oficial le entregó el
"quenque" al desdichado y éste, con mirada incrédula, lo palpó a tiempo que
se lo llevaba al oído. Para sacarlo de dudas el oficial encendió una cerilla y le
ofreció fuego. El vicioso lo chupó desesperadamente y aspiró el humo hasta lo más
profundo. Seguidamente improvisó unos pasos de baile y me dijo con una expresión
radiante:
-Estoy feliz...
Después de dos o tres chupadas más,
aspiradas con auténtico deleite, el teniente le quitó la colilla y en el suelo la pisó
y la destrozó con la bota, a tiempo que le ordenaba:
-Ya es más que suficiente. Vuelva a su
patio.
Incrédulo y desconcertado el vicioso
caminó para atrás hasta entrar a su patio a reunirse con sus compañeros de calamidad.
Las informaciones del oficial Villalobos
me hicieron darle media espalda a la misión relacionada con el uxoricidio, y comencé a
escribir sobre el nuevo tema. Alcancé a enviar cuatro o cinco crónicas al periódico, y
las revelaciones fueron comentadas en toda la prensa bogotana.
La marihuana se estaba cultivando en la
zona bananera, desde donde las mujeres de los obreros llevaban a Barranquilla la yerba, y
la entregaban a los 'jíbaros" o vendedores ambulantes. Cada uno de los
'jíbaros" tenía su clientela, así se fue extendiendo y arraigando el vicio.
Por los tiempos en que comencé a
ocuparme de la "yerba santa ", como también llamaban a la marihuana en México,
el vicio ya había penetrado al ambiente de la radio, y los locutores barranquilleros
estaban hablando más aprisa que de costumbre:
La marihuana llegó al centro del país
llevada por los músicos de los conjuntos que, a cambio de los pasajes, alegraban los ya
escasos viajes de los barcos por el río Magdalena. Esta marihuana llegada al interior
también procedía de los cultivos no muy clandestinos de la zona bananera.
Dos meses después de mis experiencias de
Barranquilla se me presentó en Bogotá, en el periódico, el teniente Villalobos con
parte de su raro equipaje. Traía de la costa unas muestras de marihuana y una matera con
una planta de la maléfica yerba de unos 25 centímetros de altura; un legajo de cartas y
una colección de fotografías sobradamente expresivas.
El teniente Villalobos, cuya presencia en
Bogotá registramos en el diario, por su cuenta y riesgo se entró al recinto de la
Cámara de Representantes y aprovechó una pausa para entonar un discurso. Fue aquello una
impresionante diatriba de la "yerba santa", que tuvo el poder de hacer olvidar
sus propios intereses a los parlamentarios. Lo rodearon para ver de cerca la planta de
marihuana que Villalobos exhibía, y el presidente de la corporación nombró una
comisión para que se encargara de proyectar modificaciones del Código penal tendientes a
combatir el cultivo, distribución y consumo del pernicioso estupefaciente.
Villalobos tuvo suerte y en la práctica
se anotó un auténtico éxito "parlamentario". De esta visita del teniente de
la policía municipal de Barranquilla nacieron las primeras disposiciones represivas del
nuevo vicio. El detectivismo entró en acción, y en más de una ocasión fui llamado por
los agentes secretos para reconocer yerbas sospechosas.
Después se sembró marihuana en todas
partes porque esta yerba crece en todos los climas y el vicio atropelló a casi toda una
generación, de la cual formaban parte los primeros "nadaístas", y más tarde
el vicio se centralizó en el antiguo "Parque Colón", calle 60 de Chapinero.
Así mismo se extendió en Medellín, Cali y otros importantes centros del país. Por esos
tiempos, el médico Tulio Bayer, tan recordado por sus excentricidades, aseguraba:
-La marihuana es el cigarrillo del
futuro.
Ya hemos pisado aquel futuro, y la
marihuana parece haber sido derrotada por la cocaína y el "bazuko".
Un factor insospechable, mucho más
difícil de notar en un comercio clandestino, increíblemente favoreció del desastre a
los nuevos viciosos. Como en la marihuana y su comercio han actuado numerosos
intermediarios, para alcanzar mejores rendimientos, cada uno de los distribuidores, en su
respectiva escala, rendía el tóxico con yerbas inocuas. De esta manera, al consumidor le
llegaba la "María Juana" o "yerba santa" en sólo un pequeño
porcentaje. Los aficionados, pues, aspiraban el humo con deleite, pero, sin saberlo, no
sufrían los efectos desintegrantes. Acaso por esta razón el vicio se desprestigió y
vino a menos. Dejó de ser "el cigarrillo del futuro" para convertirse en el
cigarrillo del pasado.
En otros países, quizás "más
honrados", como en los Estados Unidos, se sigue consumiendo la marihuana fuerte. Con
éxito, se entregaron al cultivo, y el sucio comercio se ha mantenido
"limpiamente". Además, a los Estados Unidos siguen llegando por vía marítima
grandes cargamentos del pernicioso vegetal. Por lo que hace a Colombia, la marihuana
desnaturalizada ha venido a ser remplazada por la cocaína y un mortífero compuesto que
llaman "bazuko".
Infortunadamente, el gobierno se ha
ocupado más de los: narcotraficantes, que alimentan guerrillas y fomentan terrorismo, que
del consumo interno de los aficionados locales, que según se ve no están sujetos a ley
alguna, y el vicio se combate sólo con medidas preventivas.
Algo va, según se ha visto de la mata de
marihuana del teniente Villalobos, que tanta curiosidad despertó en el Congreso, hasta
los desastres del vicio de los estupefacientes que se están contemplando en estos tiempos
presentes
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