20 Crónicas Policíacas
Felipe González Toledo

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Jirones de un famoso proceso

Es incalculable lo que se ha escrito sobre la muerte del doctor Jorge Eliécer Gaitán. Los abogados que han tenido oportunidad de echar una rapidísima ojeada a los miles de folios del expediente han salido con su libro, casi todo sustentando tesis peregrinas nacidas y difundidas en los sangrientos días abrileños. Yo mismo me cuento entre los que se han ocupado del controvertido tema. Aunque jamás se me ocurrió hacer libro, lo que escribí en la prensa bogotana me coloca cuantitativamente a la cabeza de los cálculos. Tuve la fortuna periodística de estar muy cerca de hechos relativos al proceso, y me parece que dentro de esta serie de relatos trágicos no sobra el señalamiento de algunos detalles superficialmente tratados o, hasta el presente, no revelados.

Primero que todo -y creo que esta es una revelación- quiero decir que la única pista sobre presunta autoría intelectual, o al menos sobre estímulos, y consejos a Juan Roa Sierra, el indiscutible autor material del magnicidio, no fue seguida ni tenida en cuenta. Uno de los vendedores del revólver que Roa empleó para matar a Gaitán trabajaba bajo la dependencia del químico Fernando Velasco Pieschacón, y en los días siguientes al crimen le pidió permiso para salir a una "importante diligencia" relacionada con la trascendental investigación. Manifestó urgencia porque el "doctor" lo estaba esperando en un taxi. Velasco lo vio salir y subir al taxi, e identificó al "doctor", que era Cayetano Rodríguez .

La diligencia era la presentación en la redacción de El Tiempo para informar sobre su participación en el negocio del arma. Efectivamente, al día siguiente apareció la noticia en el periódico, pero es necesario tener en cuenta que Cayetano no asomó las narices. Este sujeto, fanático conservador de la región del Guavio, había sido diputado a la asamblea de Cundinamarca. Se le reconocía por su apasionamiento político. Cualquiera se pregunta qué interés tenía Cayetano Rodríguez en el delicado asunto. Pero ocurrió que la importante pista que me dio el químico Velasco Pieschacón no fue atendida por el doctor Ricardo Jordán Jiménez, designado por la Presidencia de la República como investigador especial del crimen. De paso, me atrevo a conceptuar que un magistrado de la Corte Suprema de Justicia con largos años en la posición de fallador de última instancia, no es el más indicado para investigador. Porque el juez de instrucción, más que académico, debe echar por donde le indique su sagacidad, y en ocasiones puede y debe ser ligeramente arbitrario y hasta truquista.

Es lo cierto que Cayetano nunca fue llamado a declarar ni se realizó sondaje alguno en el campo de la relación entre este sujeto y los vendedores del revólver.

En 1960, esto es, doce años después del trágico 9 de abril fue exhumado el cadáver del doctor Jorge Eliécer Gaitán Aunque tardía, la diligencia fue muy importante.

El doctor Teobaldo Avendaño, juez de instrucción criminal, fue comisionado para proseguir la investigación del asesinato del líder liberal. En etapas anteriores se había especulado mucho con la presunta presencia de un segundo tirador, que habría sido cómplice de Roa Sierra. Esta afirmación llegaron hasta juramentarla personas de insospechable seriedad, y como en la autopsia no apareció uno de los proyectiles que hirieron a Gaitán, precisamente el que hizo impacto en el centro de la espalda, el juez Avendaño decretó la exhumación y la ampliación de la necropsia.

En la tarde del 9 de abril de 1948, los médicos que asistieron a Gaitán en su agonía pidieron la intervención de los forenses. Por esos tiempos era director del Instituto de Medicina Legal el doctor Guillermo Uribe Cualla, quien por su condición de conservador consideró peligroso dejarse ver en la calle, y se abstuvo de asistir. Los doctores Pedro Eliseo Cruz, Yesid Trebert Orozco, Forero Nougués y otros médicos que permanecían en la Clínica Central, decidieron asumir la función de legistas y procedieron a practicar la diligencia de autopsia. Pero fue esta una autopsia que bien se puede llamar excesivamente considerada. Quiero decir que se abstuvieron de causar destrozos en el cadáver y no sondearon siquiera en el centro de la espalda ni buscaron el proyectil que hacía falta. Los decires relativos aun segundo tirador prosperaron a la sombra de esta omisión, y Teobaldo Avendaño, para disipar las dudas, dispuso la exhumación y la ampliación de la autopsia. Muy en secreto se guardaron la fecha y la hora de la diligencia, pero yo logré penetrar furtivamente gracias al buen informador. Cuando el juez Avendaño notó mi presencia, me ordenó salir, pero ocurrió algo que yo no esperaba ni podía esperar. El doctor Diego Luis Córdoba, presente por haber sido designado como testigo actuario de la diligencia, dijo al juez:

-El periodista a quien usted obliga a abandonar este lugar lo considero como un auténtico representante de la sociedad. He seguido su trayectoria y estoy seguro de que él escribirá para su periódico algo así como un acta de este histórico acontecer, y le mostrará al país con cuánto respeto se efectuaron los menesteres investigativos.

Con el doctor Córdoba no me unía vínculo alguno de amistad, y debo hacer notar que sus palabras, por mí inmerecidas, tuvieron la virtud de que el doctor Avendaño revocara su determinación con relación al único periodista que se hallaba presente.

El ataúd fue trasladado aun patiecito interior, donde el experto en técnica policial, doctor José M. Garavito Baraya, y un patólogo de Medicina Legal, realizaron la búsqueda y hallazgo del proyectil. En el Instituto de Medicina Legal, seguidamente, se practicó el estudio de balística y la prueba fue positiva. Se comprobó pues, que había sido disparado por la misma arma.

Según ya lo advertí, el cadáver de Gaitán estaba sorprendentemente bien conservado, pero a su contacto con el aire, aceleradamente se inició la descomposición, y se generalizó al extremo de que inundó el olor cadáverico todo el barrio de Santa Teresita, donde está ubicada la Casa Museo del jefe liberal, y donde el cuerpo fue sepultado ocho días después de la tragedia de abril.

Con el político liberal Diego Luis Córdoba fue perito actuario Emilio Robledo, abogado conservador muy respetable. Se aproximaban los finales de la diligencia con la colocación del cadáver en un nuevo ataúd, cuando el doctor Robledo, en tono confidencial, se quejó a mi oído del insoportable olor.

-Le tengo el remedio, doctor -le dije, y lo invité a tomar un trago de aguardiente ya untarse en las fosas nasales las gotas que sobraran en el fondo de la copa.

El respetable abogado, tan serio y tan solemne, no se hizo repetir el consejo, y lo llevé, casi de la mano, a una tienda de la misma cuadra, donde pedí dos "dobles". Se lo tomó de un solo golpe, se humedeció las interioridades de la nariz, y mientras esto ocurría yo pedí los otros dos "dobles". Minutos más tarde, ya dentro de la casa de Gaitán, cuando se procedía a sepultar de nuevo el cadáver, el ilustre abogado me dio una cariñosa palmada en la espalda y me dijo con su habitual discreción:

-Soy otro hombre.

Uno de los personajes más pintorescos o exóticos que figuraron en el proceso fue la baronesa de Deker. Mariana Lajtos, una hermosa mujer de borrosa nacionalidad, parece que húngara, años antes contrajo matrimonio con un alemán que ostentaba el título de barón de Deker. Esta pareja vino a Colombia muy recomendada, aunque privadamente, por un intelectual colombiano de extrema izquierda que fue ministro de Estado y desempeñó cargos diplomáticos en Europa. Contra lo que pudiera esperarse, la pareja europea, tocada de nobleza, era notoriamente piadosa. Los Deker se instalaron a vivir en las proximidades de la Avenida Chile; diariamente asistían a misa a la Porciúncula, y comulgaban muy frecuentemente. No se sabe por qué motivos el barón se suicidó. Encontraron el cadáver colgando de un toallero del baño. Las cartas que dejó escritas para las autoridades y para su esposa no registraban los motivos del suicidio, sino que contenían, simplemente, una constancia de que su muerte era voluntaria. Así terminó la misteriosa vida del noble europeo. En cuanto a Mariana, se sabe que vivió algún tiempo de su viudez en Bogotá, entregada a una vida de licencia que no hacía honor a su brillante título de nobleza. tuvo alguna amistad con el doctor Gaitán en días poco anteriores al 9 de abril, y ésta la razón por la cual fue llamada a declarar.

No es que yo señale a la baronesa como una especie de "Mata Mari", pero quiero referirme aun detalle curioso. Un detallazo. Por la tarde rindió declaración la baronesa, y esa misma noche la pasó con el juez superior que practicó la diligencia. No había "moteles" por esa época, pero, en fin, en "algún lugar", muy seguramente placentero.

Otra diligencia importante, aunque tardía, fue decretada durante la activa fase del proceso, a cargo del investigador Teobaldo Avendaño.

Se trata de la reconstrucción del crimen. Se efectuó un domingo, en aprovechamiento del escaso tránsito del día festivo por la carrera Séptima. "Tatano" Pinilla, un bogotano semicachaco, se prestó a hacer el papel de Jorge Eliécer Gaitán. Salió del edificio "Agustín Nieto", del brazo de Plinio Mendoza Neira, "Tatano" Pinilla y tras ellos los otros tres amigos de Gaitán que lo acompañaban en la trágica ocasión: Pedro Eliseo Cruz, Jorge Padilla y Alejandro Vallejo. Se fingieron los disparos con la utilización de un voluntario, y dentro del café "Gato Negro", inmediatamente vecino, se escribió el acta de la diligencia, que incluyó las declaraciones de los cuatro testigos ya nombrados. Vale recordar que "Tatano", ya prevenido por el juez, se presentó a la diligencia con su flamante vestido negro y sombrero "encocado", y como fue necesario que el que hacía de víctima cayera en el andén y se sometiera a la ficción de auxilios, la espectacular vestimenta de "Tatano" quedó hecha una birria.

El aspecto más saliente de la reconstrucción fueron las contradicciones en que incurrieron los testigos. Bien sabido es que el testimonio humano es muy flaco, aun tratándose de testigos de nivel tan alto como el de los caballeros que hemos mencionado. Todos y cada uno se "aturullaron" y sus declaraciones no solamente fueron contradictorias, sino muy diferentes de las que juramentaron doce años antes, en la iniciación del proceso. Sin embargo, en los tiempos siguientes a la reconstrucción, todos especularon al concederle excesiva importancia. Al contenido de sus palabras ante el juez.

En fin, esta diligencia, a la cual le atribuimos importancia, en realidad constituyó un rotundo fracaso.

Los cuatro acompañantes del doctor Gaitán muy humanamente se atolondraron ante el sorpresivo ataque. El profesor Pedro Eliseo Cruz, eminente médico, desde el primer instante apreció la gravedad del ilustre hombre público, ya iniciativa suya se procuró rápido traslado del herido, en un taxi, a la Clínica Central, situada exactamente a cinco cuadras de distancia. Sin embargo fueron muchas las personas que alardearon de haber auxiliado y asistido en su agonía al doctor Gaitán. Una muchacha del café "Gato Negro" velozmente acudió con un vaso de agua para el herido, quien ya no estaba en condiciones ni de aceptar un sorbo. Fue este el único auxilio de personas extrañas al grupo que se ofreció al moribundo.

En la Clínica Central se mantuvo oculta durante algunos minutos la confirmación de la muerte de Gaitán, La noticia definitiva me la dio, casi a señas, el doctor Trebert Orozco, y rápidamente se generalizó entre los numerosos amigos del jefe liberal asesinado, que llenaban la clínica. Entre los más adictos a Gaitán que allí se encontraban, recuerdo imborrablemente la impresionante reacción de un distinguido caballero bogotano que no pudo reprimir un ataque de risa nerviosa, y acabó por ocultar el rostro en un rincón.

Todos los empleados menores de los diarios, a nivel de mensajeros, porteros, recogedores de desperdicios, etc., se contaminaban del interés noticioso, y gracias a esta saturación fue un Pedrito cualquiera el que nos llevó la primera noticia del atentado contra Gaitán. A esa hora, 1 y minutos de la tarde, estábamos almorzando con Luis Elías Rodríguez, excelente periodista ya fallecido, y sin pensarlo dos veces emprendimos carrera por la avenida Jiménez de Quesada. Estábamos a dos cuadras y media del lugar de los hechos, ya mitad de camino nos cruzamos con un conocido. Era un político de Armenia con su propia curul en la Cámara de Representantes.

-¿Por qué corren ? -nos preguntó el transeúnte, que subía a paso lento por la avenida, mirando el piso y con un periódico muy doblado, sostenido con ambas manos a la espalda.

A esa hora, en aquella época el tránsito era muy escaso en la carrera Séptima y en todas las vías centrales. Ya se habían llevado al herido a la clínica y en el lugar del crimen se había formado un grupo que no pasaba de 25 a 30 personas. Sin embargo, fueron miles los "testigos presenciales" del crimen. En los casos comunes, los que atestiguan ocasionalmente un delito, suelen escurrir "el bulto", para no verse mezclados y evitar las citaciones a declarar. Pero si se trata de un magnicidio, todo el mundo afirma que presenció los hechos y aun rinde declaración juramentada.

A la conclusión anterior me conduce el caso del transeúnte distraído que trató de interrumpir nuestra veloz carrera. Dos o tres noches después lo encontré en la tertulia del diario El Liberal, cuando les participaba de sus "propias impresiones" a Alberto Galindo, director del periódico ya sus habituales contertulios.

-Pasaba yo por la carrera Séptima -dijo el mentiroso con la mayor frescura- cuando el doctor Gaitán y otros caballeros salían del edificio "Agustín Nieto". Saludé al jefe, y cuando él me respondía con una amable señal oí los disparos y presencié el crimen.

Nos animamos a preguntarle:

-Y ¿por qué, inmediatamente después de presenciar semejante horror, usted subía a paso lento y tranquilo por la avenida Jiménez, preguntando por qué corría la gente?

El "bien informado" discretamente abandonó la sala. Nunca supe si logró que la llamaran a declarar.

Creo que no sólo debo referirme a detalles del proceso, y me parece que bien vale recordar las inmediatas consecuencias de la muerte de Gaitán y el turbión que se desató en Bogotá. Las principales consecuencias, las que más alteraron la vida y las costumbres ciudadanas, fueron el toque de queda y la ley seca. El toque de queda durante las primeras fechas fue a las seis de la tarde. Después, escalonadamente, se amplió hasta las diez de la noche y finalmente se levantó. La ley seca fue muy severa y su vigencia se prolongó por algo más de un mes.

La prohibición de andar por la calle después de determinada hora, o sea el toque de queda, tuvo sus excepciones con la expedición de salvoconductos concedidos a médicos ya cuantas personas tenían horario nocturno de trabajo. Los violadores de la drástica disposición que "alegremente" eran sorprendidos en la calle, iban a pasar el resto de la noche en los juzgados de permanencia o en un local facilitado por Panauto, que se convirtió en algo así como un "campo de concentración".

Como la policía se liquidó el 9 de abril, la vigilancia de Bogotá quedó a cargo de los soldados. Como bien es sabido, el policía es deliberante, mientras el soldado, escuetamente, cumple órdenes. A pesar de esta diferencia, los soldados se mostraron bastante transaccionalistas y poco dispuestos a verse envueltos en discordias. Así, en muchos casos, los trasnochadores pudieron librarse de una mala noche "negociando" con las patrullas.

La ley seca fomentó una suerte de bohemia clandestina, mucho más divertida que la de los tiempos de paz. Por lo que hace a mis amigos, el poeta y periodista Guillermo Payán Archer descubrió una tienda acogedora. Algo así como lo que entonces se llamaba "tienda jilguera", vecina alas instalaciones de El Liberal por la carrera 5!!. El vendedor ostentaba el extraño nombre de Sesostre, cuyo bautismo, de noble estirpe faraónica, llegó a Boyacá no se sabe por qué caminos. Pero es lo cierto que Sesostre contaba con una numerosa clientela que durante un mes satisfizo en aquel tenderete sus esparcimientos de bohemia clandestina. Periodistas e intelectuales violaron así pertinazmente las dos disposiciones respectivas; es decir, la ley seca y el toque de queda. Yo vivía por entonces a escasas dos cuadras de distancia del "abrevadero" de Sesostre, pero tuve momentos difíciles. Los soldados golpeaban a la puerta de la tienda, en ejercicio de su autoridad, pero sin hacerse de rogar aceptaban una y más cervezas, y allí mismo, reunido con la patrulla, violé la ley seca. Sin mucha dificultad, convencí aun soldado de que me llevara, "en calidad de preso" hasta la puerta de mi casa. Un peso de propina era más que suficiente. Cuando no aparecían los transitorios guardadores del orden, mis amigotes observaban con falsa alarma: "Esta noche -me decían- no vas a tener soldado-taxi".

Ya pasada la media noche, alguna vez me aventuré a hacer el azaroso recorrido solo y desamparado. Todavía funcionaba en la carrera 5a. la administración del acueducto, yen esa memorable ocasión tuve un sorpresivo encuentro con uniformados. Con la mansedumbre que el caso requería, levanté las manos en humillada actitud de sometimiento. Cuando me respondieron con sonoras risas me di cuenta de que los uniformados eran poceros del acueducto municipal.

La ley seca se levantó poco a poco. Mientras en Bogotá permanecía severamente firme, se autorizó el expendio de bebidas alcohólicas en los municipios vecinos, que años más tarde quedaron incorporados al Distrito Especial. Cuando se abrieron las ventas en Fontibón, más por curiosidad que por sed, fui a presenciar el acontecimiento acompañado por los colegas Fraylejón y Luis Elías Rodríguez. Tuve oportunidad de observar el desordenado consumo de cerveza. Las "comadres", en su avidez, se chorreaban los cachetes y el pañolón, y no acababan de consumir el contenido de la botella cuando pedían "la otra".

Uno de los principales muertos de esos días fue la chicha. Incluida, desde luego, en la ley seca, quedó suspendida su distribución, y el doctor Jorge Bejarano, quien como ministro de Higiene entró a formar parte del gabinete bipartidista nombrado en esa emergencia por el presidente Ospina Pérez, aprovechó hábilmente las circunstancias para lograr que la prohibición de la bebida precolombina fuera definitiva. Los industriales que explotaban el vicio quedaron suficientemente enriquecidos, pero se vieron obligados a cambiar sus propiedades por buses, tan necesarios para remplazar el tranvía, que el 9 de abril desapareció casi totalmente.

Los boletines oficiales después del 15 de abril insistieron en asegurar que la situación había quedado plenamente normalizada. Y bajo esa misma "normalidad", parece que estamos viviendo.

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