Jirones de un famoso
proceso
Es incalculable lo que se ha escrito
sobre la muerte del doctor Jorge Eliécer Gaitán. Los abogados que han tenido oportunidad
de echar una rapidísima ojeada a los miles de folios del expediente han salido con su
libro, casi todo sustentando tesis peregrinas nacidas y difundidas en los sangrientos
días abrileños. Yo mismo me cuento entre los que se han ocupado del controvertido tema.
Aunque jamás se me ocurrió hacer libro, lo que escribí en la prensa bogotana me coloca
cuantitativamente a la cabeza de los cálculos. Tuve la fortuna periodística de estar muy
cerca de hechos relativos al proceso, y me parece que dentro de esta serie de relatos
trágicos no sobra el señalamiento de algunos detalles superficialmente tratados o, hasta
el presente, no revelados.
Primero que todo -y creo que esta es una
revelación- quiero decir que la única pista sobre presunta autoría intelectual, o al
menos sobre estímulos, y consejos a Juan Roa Sierra, el indiscutible autor material del
magnicidio, no fue seguida ni tenida en cuenta. Uno de los vendedores del revólver que
Roa empleó para matar a Gaitán trabajaba bajo la dependencia del químico Fernando
Velasco Pieschacón, y en los días siguientes al crimen le pidió permiso para salir a
una "importante diligencia" relacionada con la trascendental investigación.
Manifestó urgencia porque el "doctor" lo estaba esperando en un taxi. Velasco
lo vio salir y subir al taxi, e identificó al "doctor", que era Cayetano
Rodríguez .
La diligencia era la presentación en la
redacción de El Tiempo para informar sobre su participación en el negocio del
arma. Efectivamente, al día siguiente apareció la noticia en el periódico, pero es
necesario tener en cuenta que Cayetano no asomó las narices. Este sujeto, fanático
conservador de la región del Guavio, había sido diputado a la asamblea de Cundinamarca.
Se le reconocía por su apasionamiento político. Cualquiera se pregunta qué interés
tenía Cayetano Rodríguez en el delicado asunto. Pero ocurrió que la importante pista
que me dio el químico Velasco Pieschacón no fue atendida por el doctor Ricardo Jordán
Jiménez, designado por la Presidencia de la República como investigador especial del
crimen. De paso, me atrevo a conceptuar que un magistrado de la Corte Suprema de Justicia
con largos años en la posición de fallador de última instancia, no es el más indicado
para investigador. Porque el juez de instrucción, más que académico, debe echar por
donde le indique su sagacidad, y en ocasiones puede y debe ser ligeramente arbitrario y
hasta truquista.
Es lo cierto que Cayetano nunca fue
llamado a declarar ni se realizó sondaje alguno en el campo de la relación entre este
sujeto y los vendedores del revólver.
En 1960, esto es, doce años después del
trágico 9 de abril fue exhumado el cadáver del doctor Jorge Eliécer Gaitán Aunque
tardía, la diligencia fue muy importante.
El doctor Teobaldo Avendaño, juez de
instrucción criminal, fue comisionado para proseguir la investigación del asesinato del
líder liberal. En etapas anteriores se había especulado mucho con la presunta presencia
de un segundo tirador, que habría sido cómplice de Roa Sierra. Esta afirmación llegaron
hasta juramentarla personas de insospechable seriedad, y como en la autopsia no apareció
uno de los proyectiles que hirieron a Gaitán, precisamente el que hizo impacto en el
centro de la espalda, el juez Avendaño decretó la exhumación y la ampliación de la
necropsia.
En la tarde del 9 de abril de 1948, los
médicos que asistieron a Gaitán en su agonía pidieron la intervención de los forenses.
Por esos tiempos era director del Instituto de Medicina Legal el doctor Guillermo Uribe
Cualla, quien por su condición de conservador consideró peligroso dejarse ver en la
calle, y se abstuvo de asistir. Los doctores Pedro Eliseo Cruz, Yesid Trebert Orozco,
Forero Nougués y otros médicos que permanecían en la Clínica Central, decidieron
asumir la función de legistas y procedieron a practicar la diligencia de autopsia. Pero
fue esta una autopsia que bien se puede llamar excesivamente considerada. Quiero decir que
se abstuvieron de causar destrozos en el cadáver y no sondearon siquiera en el centro de
la espalda ni buscaron el proyectil que hacía falta. Los decires relativos aun segundo
tirador prosperaron a la sombra de esta omisión, y Teobaldo Avendaño, para disipar las
dudas, dispuso la exhumación y la ampliación de la autopsia. Muy en secreto se guardaron
la fecha y la hora de la diligencia, pero yo logré penetrar furtivamente gracias al buen
informador. Cuando el juez Avendaño notó mi presencia, me ordenó salir, pero ocurrió
algo que yo no esperaba ni podía esperar. El doctor Diego Luis Córdoba, presente por
haber sido designado como testigo actuario de la diligencia, dijo al juez:
-El periodista a quien usted obliga a
abandonar este lugar lo considero como un auténtico representante de la sociedad. He
seguido su trayectoria y estoy seguro de que él escribirá para su periódico algo así
como un acta de este histórico acontecer, y le mostrará al país con cuánto respeto se
efectuaron los menesteres investigativos.
Con el doctor Córdoba no me unía
vínculo alguno de amistad, y debo hacer notar que sus palabras, por mí inmerecidas,
tuvieron la virtud de que el doctor Avendaño revocara su determinación con relación al
único periodista que se hallaba presente.
El ataúd fue trasladado aun patiecito
interior, donde el experto en técnica policial, doctor José M. Garavito Baraya, y un
patólogo de Medicina Legal, realizaron la búsqueda y hallazgo del proyectil. En el
Instituto de Medicina Legal, seguidamente, se practicó el estudio de balística y la
prueba fue positiva. Se comprobó pues, que había sido disparado por la misma arma.
Según ya lo advertí, el cadáver de
Gaitán estaba sorprendentemente bien conservado, pero a su contacto con el aire,
aceleradamente se inició la descomposición, y se generalizó al extremo de que inundó
el olor cadáverico todo el barrio de Santa Teresita, donde está ubicada la Casa Museo
del jefe liberal, y donde el cuerpo fue sepultado ocho días después de la tragedia de
abril.
Con el político liberal Diego Luis
Córdoba fue perito actuario Emilio Robledo, abogado conservador muy respetable. Se
aproximaban los finales de la diligencia con la colocación del cadáver en un nuevo
ataúd, cuando el doctor Robledo, en tono confidencial, se quejó a mi oído del
insoportable olor.
-Le tengo el remedio, doctor -le dije, y
lo invité a tomar un trago de aguardiente ya untarse en las fosas nasales las gotas que
sobraran en el fondo de la copa.
El respetable abogado, tan serio y tan
solemne, no se hizo repetir el consejo, y lo llevé, casi de la mano, a una tienda de la
misma cuadra, donde pedí dos "dobles". Se lo tomó de un solo golpe, se
humedeció las interioridades de la nariz, y mientras esto ocurría yo pedí los otros dos
"dobles". Minutos más tarde, ya dentro de la casa de Gaitán, cuando se
procedía a sepultar de nuevo el cadáver, el ilustre abogado me dio una cariñosa palmada
en la espalda y me dijo con su habitual discreción:
-Soy otro hombre.
Uno de los personajes más pintorescos o
exóticos que figuraron en el proceso fue la baronesa de Deker. Mariana Lajtos, una
hermosa mujer de borrosa nacionalidad, parece que húngara, años antes contrajo
matrimonio con un alemán que ostentaba el título de barón de Deker. Esta pareja vino a
Colombia muy recomendada, aunque privadamente, por un intelectual colombiano de extrema
izquierda que fue ministro de Estado y desempeñó cargos diplomáticos en Europa. Contra
lo que pudiera esperarse, la pareja europea, tocada de nobleza, era notoriamente piadosa.
Los Deker se instalaron a vivir en las proximidades de la Avenida Chile; diariamente
asistían a misa a la Porciúncula, y comulgaban muy frecuentemente. No se sabe por qué
motivos el barón se suicidó. Encontraron el cadáver colgando de un toallero del baño.
Las cartas que dejó escritas para las autoridades y para su esposa no registraban los
motivos del suicidio, sino que contenían, simplemente, una constancia de que su muerte
era voluntaria. Así terminó la misteriosa vida del noble europeo. En cuanto a Mariana,
se sabe que vivió algún tiempo de su viudez en Bogotá, entregada a una vida de licencia
que no hacía honor a su brillante título de nobleza. tuvo alguna amistad con el doctor
Gaitán en días poco anteriores al 9 de abril, y ésta la razón por la cual fue llamada
a declarar.
No es que yo señale a la baronesa como
una especie de "Mata Mari", pero quiero referirme aun detalle curioso. Un
detallazo. Por la tarde rindió declaración la baronesa, y esa misma noche la pasó con
el juez superior que practicó la diligencia. No había "moteles" por esa
época, pero, en fin, en "algún lugar", muy seguramente placentero.
Otra diligencia importante, aunque
tardía, fue decretada durante la activa fase del proceso, a cargo del investigador
Teobaldo Avendaño.
Se trata de la reconstrucción del
crimen. Se efectuó un domingo, en aprovechamiento del escaso tránsito del día festivo
por la carrera Séptima. "Tatano" Pinilla, un bogotano semicachaco, se prestó a
hacer el papel de Jorge Eliécer Gaitán. Salió del edificio "Agustín Nieto",
del brazo de Plinio Mendoza Neira, "Tatano" Pinilla y tras ellos los otros tres
amigos de Gaitán que lo acompañaban en la trágica ocasión: Pedro Eliseo Cruz, Jorge
Padilla y Alejandro Vallejo. Se fingieron los disparos con la utilización de un
voluntario, y dentro del café "Gato Negro", inmediatamente vecino, se escribió
el acta de la diligencia, que incluyó las declaraciones de los cuatro testigos ya
nombrados. Vale recordar que "Tatano", ya prevenido por el juez, se presentó a
la diligencia con su flamante vestido negro y sombrero "encocado", y como fue
necesario que el que hacía de víctima cayera en el andén y se sometiera a la ficción
de auxilios, la espectacular vestimenta de "Tatano" quedó hecha una birria.
El aspecto más saliente de la
reconstrucción fueron las contradicciones en que incurrieron los testigos. Bien sabido es
que el testimonio humano es muy flaco, aun tratándose de testigos de nivel tan alto como
el de los caballeros que hemos mencionado. Todos y cada uno se "aturullaron" y
sus declaraciones no solamente fueron contradictorias, sino muy diferentes de las que
juramentaron doce años antes, en la iniciación del proceso. Sin embargo, en los tiempos
siguientes a la reconstrucción, todos especularon al concederle excesiva importancia. Al
contenido de sus palabras ante el juez.
En fin, esta diligencia, a la cual le
atribuimos importancia, en realidad constituyó un rotundo fracaso.
Los cuatro acompañantes del doctor
Gaitán muy humanamente se atolondraron ante el sorpresivo ataque. El profesor Pedro
Eliseo Cruz, eminente médico, desde el primer instante apreció la gravedad del ilustre
hombre público, ya iniciativa suya se procuró rápido traslado del herido, en un taxi, a
la Clínica Central, situada exactamente a cinco cuadras de distancia. Sin embargo fueron
muchas las personas que alardearon de haber auxiliado y asistido en su agonía al doctor
Gaitán. Una muchacha del café "Gato Negro" velozmente acudió con un vaso de
agua para el herido, quien ya no estaba en condiciones ni de aceptar un sorbo. Fue este el
único auxilio de personas extrañas al grupo que se ofreció al moribundo.
En la Clínica Central se mantuvo oculta
durante algunos minutos la confirmación de la muerte de Gaitán, La noticia definitiva me
la dio, casi a señas, el doctor Trebert Orozco, y rápidamente se generalizó entre los
numerosos amigos del jefe liberal asesinado, que llenaban la clínica. Entre los más
adictos a Gaitán que allí se encontraban, recuerdo imborrablemente la impresionante
reacción de un distinguido caballero bogotano que no pudo reprimir un ataque de risa
nerviosa, y acabó por ocultar el rostro en un rincón.
Todos los empleados menores de los
diarios, a nivel de mensajeros, porteros, recogedores de desperdicios, etc., se
contaminaban del interés noticioso, y gracias a esta saturación fue un Pedrito
cualquiera el que nos llevó la primera noticia del atentado contra Gaitán. A esa hora, 1
y minutos de la tarde, estábamos almorzando con Luis Elías Rodríguez, excelente
periodista ya fallecido, y sin pensarlo dos veces emprendimos carrera por la avenida
Jiménez de Quesada. Estábamos a dos cuadras y media del lugar de los hechos, ya mitad de
camino nos cruzamos con un conocido. Era un político de Armenia con su propia curul en la
Cámara de Representantes.
-¿Por qué corren ? -nos preguntó el
transeúnte, que subía a paso lento por la avenida, mirando el piso y con un periódico
muy doblado, sostenido con ambas manos a la espalda.
A esa hora, en aquella época el
tránsito era muy escaso en la carrera Séptima y en todas las vías centrales. Ya se
habían llevado al herido a la clínica y en el lugar del crimen se había formado un
grupo que no pasaba de 25 a 30 personas. Sin embargo, fueron miles los "testigos
presenciales" del crimen. En los casos comunes, los que atestiguan ocasionalmente un
delito, suelen escurrir "el bulto", para no verse mezclados y evitar las
citaciones a declarar. Pero si se trata de un magnicidio, todo el mundo afirma que
presenció los hechos y aun rinde declaración juramentada.
A la conclusión anterior me conduce el
caso del transeúnte distraído que trató de interrumpir nuestra veloz carrera. Dos o
tres noches después lo encontré en la tertulia del diario El Liberal, cuando
les participaba de sus "propias impresiones" a Alberto Galindo, director del
periódico ya sus habituales contertulios.
-Pasaba yo por la carrera Séptima -dijo
el mentiroso con la mayor frescura- cuando el doctor Gaitán y otros caballeros salían
del edificio "Agustín Nieto". Saludé al jefe, y cuando él me respondía con
una amable señal oí los disparos y presencié el crimen.
Nos animamos a preguntarle:
-Y ¿por qué, inmediatamente después de
presenciar semejante horror, usted subía a paso lento y tranquilo por la avenida
Jiménez, preguntando por qué corría la gente?
El "bien informado"
discretamente abandonó la sala. Nunca supe si logró que la llamaran a declarar.
Creo que no sólo debo referirme a
detalles del proceso, y me parece que bien vale recordar las inmediatas consecuencias de
la muerte de Gaitán y el turbión que se desató en Bogotá. Las principales
consecuencias, las que más alteraron la vida y las costumbres ciudadanas, fueron el toque
de queda y la ley seca. El toque de queda durante las primeras fechas fue a las seis de la
tarde. Después, escalonadamente, se amplió hasta las diez de la noche y finalmente se
levantó. La ley seca fue muy severa y su vigencia se prolongó por algo más de un mes.
La prohibición de andar por la calle
después de determinada hora, o sea el toque de queda, tuvo sus excepciones con la
expedición de salvoconductos concedidos a médicos ya cuantas personas tenían horario
nocturno de trabajo. Los violadores de la drástica disposición que
"alegremente" eran sorprendidos en la calle, iban a pasar el resto de la noche
en los juzgados de permanencia o en un local facilitado por Panauto, que se convirtió en
algo así como un "campo de concentración".
Como la policía se liquidó el 9 de
abril, la vigilancia de Bogotá quedó a cargo de los soldados. Como bien es sabido, el
policía es deliberante, mientras el soldado, escuetamente, cumple órdenes. A pesar de
esta diferencia, los soldados se mostraron bastante transaccionalistas y poco dispuestos a
verse envueltos en discordias. Así, en muchos casos, los trasnochadores pudieron librarse
de una mala noche "negociando" con las patrullas.
La ley seca fomentó una suerte de
bohemia clandestina, mucho más divertida que la de los tiempos de paz. Por lo que hace a
mis amigos, el poeta y periodista Guillermo Payán Archer descubrió una tienda acogedora.
Algo así como lo que entonces se llamaba "tienda jilguera", vecina alas
instalaciones de El Liberal por la carrera 5!!. El vendedor ostentaba el extraño nombre
de Sesostre, cuyo bautismo, de noble estirpe faraónica, llegó a Boyacá no se sabe por
qué caminos. Pero es lo cierto que Sesostre contaba con una numerosa clientela que
durante un mes satisfizo en aquel tenderete sus esparcimientos de bohemia clandestina.
Periodistas e intelectuales violaron así pertinazmente las dos disposiciones respectivas;
es decir, la ley seca y el toque de queda. Yo vivía por entonces a escasas dos cuadras de
distancia del "abrevadero" de Sesostre, pero tuve momentos difíciles. Los
soldados golpeaban a la puerta de la tienda, en ejercicio de su autoridad, pero sin
hacerse de rogar aceptaban una y más cervezas, y allí mismo, reunido con la patrulla,
violé la ley seca. Sin mucha dificultad, convencí aun soldado de que me llevara,
"en calidad de preso" hasta la puerta de mi casa. Un peso de propina era más
que suficiente. Cuando no aparecían los transitorios guardadores del orden, mis amigotes
observaban con falsa alarma: "Esta noche -me decían- no vas a tener
soldado-taxi".
Ya pasada la media noche, alguna vez me
aventuré a hacer el azaroso recorrido solo y desamparado. Todavía funcionaba en la
carrera 5a. la administración del acueducto, yen esa memorable ocasión tuve un
sorpresivo encuentro con uniformados. Con la mansedumbre que el caso requería, levanté
las manos en humillada actitud de sometimiento. Cuando me respondieron con sonoras risas
me di cuenta de que los uniformados eran poceros del acueducto municipal.
La ley seca se levantó poco a poco.
Mientras en Bogotá permanecía severamente firme, se autorizó el expendio de bebidas
alcohólicas en los municipios vecinos, que años más tarde quedaron incorporados al
Distrito Especial. Cuando se abrieron las ventas en Fontibón, más por curiosidad que por
sed, fui a presenciar el acontecimiento acompañado por los colegas Fraylejón y Luis
Elías Rodríguez. Tuve oportunidad de observar el desordenado consumo de cerveza. Las
"comadres", en su avidez, se chorreaban los cachetes y el pañolón, y no
acababan de consumir el contenido de la botella cuando pedían "la otra".
Uno de los principales muertos de esos
días fue la chicha. Incluida, desde luego, en la ley seca, quedó suspendida su
distribución, y el doctor Jorge Bejarano, quien como ministro de Higiene entró a formar
parte del gabinete bipartidista nombrado en esa emergencia por el presidente Ospina
Pérez, aprovechó hábilmente las circunstancias para lograr que la prohibición de la
bebida precolombina fuera definitiva. Los industriales que explotaban el vicio quedaron
suficientemente enriquecidos, pero se vieron obligados a cambiar sus propiedades por
buses, tan necesarios para remplazar el tranvía, que el 9 de abril desapareció casi
totalmente.
Los boletines oficiales después del 15
de abril insistieron en asegurar que la situación había quedado plenamente normalizada.
Y bajo esa misma "normalidad", parece que estamos viviendo.
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