20 Crónicas Policíacas
Felipe González Toledo

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Cartas del más allá

Por estos tiempos ya no se ven en las sintetizadas informaciones de los diarios las cartas de los suicidas, cuya publicación era tan indispensable como la del "retrato de la víctima". Pero las gentes siguen autoeliminándose y casi siempre dejan cartas de despedida. Y muchas deben ser las que no siguieron su curso porque sus autores se arrepintieron oportunamente y dejaron de cumplir su funesta intención. Las demás cartas, las escritas en el mismo terrible trance por quienes sí cumplieron su propósito, en otras épocas se publicaban. Porque la primera preocupación de los cronistas policíacos ante la noticia de un suicidio era la carta casi siempre dejada por el protagonista del drama.

Casi siempre, porque no todos escriben despedidas. Y los suicidas se pueden clasificar en dos grandes ramas: los que dejan cartas de explicaciones e instrucciones testamentarias, y los que ponen fin a su vida sin haber hecho uso del lápiz. Estos últimos parecen ser los más definitivamente sinceros. De los otros, a riesgo de teorizar sin fundamento alguno, se puede decir que no son sinceros al ciento por ciento. Porque la carta es algo así como una prolongación de la vigencia del yo, una prolongación inoficiosa de la vida. Una posdata cuyos efectos para nada cuentan con quien puso el punto final.

Son más serios, pues, más solemnes y concluyentes los suicidas que se van en silencio.

Pero ante todo quiero decir que mi propósito con los que escriben cartas, o más exactamente con las cartas de los suicidas, sólo ha sido el de formar una muestra, casi al azar, sin atribuirle desmedida trascendencia.

Por ahí tengo en el archivo de mi memoria de muchos años de crónica policíaca algunas cartas de suicidas, y de esa suerte de álbum, un poco macabro, he tomado algunos ejemplares para estas páginas. Sus autores son o fueron de diversa extracción social y de escala intelectual variadísima. Las escribieron hombres y mujeres que por inexperiencia tomaron tan en serio la vida y le concedieron tanta importancia que resolvieron ponerle fin.

M. E. G., empleado de una ferretería, en diciembre de 1952 se arrojó al Salto de Tequendama. Estaba lleno de motivos según el breve mensaje que dejó escrito:

"Hoy me despido de esta vida miserable. Yo soy un desgraciado. De todo mundo vivo despreciado, vivo en una batalla solo, vivo y puedo seguir mi suerte".

Un tono bravucón y de forzado humor encontré en la carta de O. V G., peluquero de Manizales que a comienzos de 1956 tomó cianuro disuelto en cerveza.

"Me muero por mi propio gusto -escribió-. Sin el permiso de nadie. No culpen a ninguno de mi muerte. Encarezco a mi papá que reclame la parte mía en Cali de la fábrica y que pague las cuentas. A Martica, $17.50. A don Ramiro, mi socio, $64.00. Creo que es todo lo que debo. Yo he vívido amargado toda, mi vida. Nadie sabe de mis congojas y el triste latir de mi pobre corazón. Primero pido perdón a Dios por esta locura gue voy a cometer y confío que cuando me presente junto a Él tenga piedad de mí. No quiero gloria ni pena. A mí papá le pido perdón y sé que le dolerá mucho esta terrible resolución mía. Adiós, queridos hermanos míos, adiós Inés, rezad por mí para que Dios se apiade de mi alma. A Lucreto ahí le dejo los vestidos, las camisas y todo lo mío. También la poca herramienta de mi peluquería. Saludes a Martica, Natalia, Mercedes, Josefina, Mariana, Karina y todos en general".

Y después de las disposiciones testamentarias, agregó:

"El mundo es para los valientes. No quiero que pongan flores ni nada a mi última morada. Que descanse en la inmensidad de la soledad. y para terminar pondré un punto final con alegría, acompañada por varias lágrimas del tamaño aguacate. El que sacó pasaporte para la eternidad. O. V. G ."

El hombre de las lágrimas de aguacate tenía 27 años. En el café "La Montaña", de Manizales, tomó el cianuro disuelto en cerveza, y sobre la mesa dejó el sobre que contenía su mensaje póstumo.

En 1953, Araminta B. de C. se lanzó al Tequendama. Araminta, natural de Tocaima, vivía en Bogotá con una hermana suya y por los días inmediatamente anteriores a la tragedia estaba sin trabajo. Mantenía relaciones con un primo hermano residente en Puerto Berrío, y para él dejó el mensaje de despedida. Quizás el primo no correspondía bien a su amor. Qué sabemos. Fue un enigmático telegrama el que dejó para el ingrato, que Araminta introdujo antes de viajar al Salto, lo que la desesperada muchacha quiso decir en este lacónico mensaje:

"Sigue lo que buscas y encontrarás lo que quieres."

Para no reactualizar tragedias que hieran sentimientos, me he abstenido de nombrar a los autores de estos mensajes, limitando la referencia a las iniciales. Pero esta consideración resulta innecesaria en relación con Ermanno Obersnu, contabilista italiano que se suicidó en Bogotá en 1947, y cuyos únicos parientes residen o residían, por entonces, en Milán, Italia, calle de L'Orologlio.

Ermanno Obersnu, seguramente muchos viejos habitantes de Bogotá lo recuerdan, era un extraño personaje. Víctima de una dolencia congénita, se había sometido a sucesivas operaciones en la cabeza y la tenía notoriamente deformada. Su mirada era misteriosa y huidiza. Lo caracterizaba además su alopecia integral. La falta de cejas y pestañas la disimulaba con los anteojos, y la alopecia propiamente capital la ocultaba con una peluca rojiza. Obersnu dominaba cinco idiomas y trabajaba en traducciones aunque su oficio básico era el de contador de la firma Societa Nebiolo, cuyas oficinas funcionaban en la calle 12 con carrera 5a. El contabilista italiano era retraído y silencioso. Con sus compañeros de oficina sólo cruzaba las palabras indispensables, relacionadas con el trabajo. Era puntualísimo en su horario y jamás se le veía en compañía alguna. En los comienzos de 1947, un medio día, mientras que sus compañeros tomaban el almuerzo, Obersnu se ahorcó en un rincón de la oficina de la calle 12.

De la carta que dejó con destino a las autoridades y con la explicación de su tragedia, tomamos los siguientes apartes, que son algo así como fragmentos del diario de su incomparable calamidad:

"Los muchachos ríen tras de mí porque mi cara no les agrada y me llaman Boris Karloff. Desde cuando exhibieron esas películas de Boris Karloff se agravaron mis sufrimientos.

"Por la noche, frente a la ventana de mi cuarto gritan y ríen. Son ellos. ¿Qué mal les he hecho?

"No podría hacerles ningún mal. ¿Por qué y para qué? Pero ríen, hacen burla y me traen amargura. He querido estar en paz, pero no me dejan. Son mis enemigos y yo no sé por qué. Resuelvo buscar su amistad para que no me mortifiquen, y en un último esfuerzo río para ellos. Entonces me gritan cosas sucias, como si yo les riera a los muchachos con fines distintos del que busco de que me dejen en paz.

"Agradezco a las señoritas de la calle 12 que antes molestaban un poco pero ahora me muestran alguna consideración".

Ermanno Obersnu se suicidó porque su cara no gustaba. Y como si hubiera querido tomar una pequeñita y última venganza, se desfiguró aún más, ahorcándose. Quienes asistimos a la diligencia del levantamiento del cadáver seguramente jamás olvidaremos la mirada turbia de sus ojos entreabiertos, su rojiza peluca ladeada, sus anteojos cabalgando a media nariz.

T. Z., carpintero de 44 años, también se ahorcó, como Ermanno Obersnu, el contabilista cuya tragedia íntima empalidece la ficción. Una enfermedad incurable, aunque no tan incurable como la del italiano, determinó el suicidio de T. Z. en 1953, en un suburbio de Bogotá.

El infortunado carpintero dejó escrita una carta destinada al juez que asumiera la investigación de su muerte. Dijo en ella:

"He tomado esta determinación por hallarme enfermo y en la más completa miseria. Sintiéndome incapacitado hasta para pedir limosna, llegué a la conclusión de que una persona en esas condiciones no debe existir. Les pido el favor de que mi cadáver sea trasladado al anfiteatro de medicina para que los estudiantes aprendan en mí, que se den cuenta del atraso en que están los cirujanos. También es mi voluntad, no dejándole a mi mujer para el entierro y no queriéndole causar el más mínimo pereque, quiero que mis miembros sean arrojados a la fosa común o a los hornos crematorios (muerto el P. acabada la K). Cualquier cosita que se me encuentre en el bolsillo ojalá que se la entreguen a mi mujer".

Original fue E. V. en cuanto a la oportunidad que escogió para eliminarse, pero no lo fue en sus mensajes de despedida.

En diciembre de 1948, E. V, de 23 años y natural de Armenia, la capital quindiana que muestra una rara frecuencia de suicidios, tomó pasaje aéreo en Medellín con destino a Bogotá, y a bordo del avión tomó una crecida dosis de cianuro. Los viajeros que ocupaban los asientos vecinos notaron a E. V indispuesto, pero lo atribuyeron aun común y transitorio mareo. Fue al llegar la aeronave a plataforma cuando la cabinera y los pasajeros se dieron cuenta de que había un muerto a bordo.

Tres mensajes muy breves escribió el viajero antes de cambiar el rumbo Medellín-Bogotá por el camino a la eternidad. El texto del primer mensaje dice:

"A mi hermano, que me disculpe pues es lo único que merezco".

"Fue mi último deseo -dice el segundo- pero soy el único culpable. Mi felicidad está en otra parte".

Por último escribió:

"Le pido a Dios que me perdone lo que pienso hacer".

Es interesante observar que casi todos los suicidas piensan en Dios. Los tres mensajes bien separados el uno del otro los escribió E. V. en una misma hoja de papel. En ninguna de las frases se refiere concretamente a la muerte que buscaba, y esta circunstancia, unida a la extraña pluralidad del escrito, es elocuente índice de terrible vacilación.

Inútilmente, A. F. luchó contra su irrefrenable inclinación al delito. En la cárcel pasó lo mejor de su juventud, siempre bajo la sindicación de delitos contra la propiedad. Era alto y fuerte. En la cárcel misma, en desarrollo de sus aficiones, fue organizador de equipos deportivos y su dedicación al deporte le abrió, aunque temporalmente, el camino de la redención.

Tres o más años llevaba de libertad y se había establecido en una población de Cundinamarca donde ganó aprecio general. Organizó eventos deportivos, reinados de simpatía, bazares de beneficio, etc.; llegó a ser el personaje central del pueblo que ignoraba su pasado, y como era fácil de ocurrir, su soltería de 35 años quedó comprometida por una de las más atractivas y adineradas muchachas de la localidad.

Se concertó el matrimonio hacia los finales de 1946, y la antevíspera de la fecha acordada para la boda A. F. viajó a Bogotá con el propósito de hacer unas compras y ultimar los detalles preparatorios del acontecimiento. En Bogotá se hospedó en un hotel de mediana categoría, y al levantarse a la mañana siguiente halló su perdición.

La puerta de una habitación vecina estaba entreabierta. Nadie había allí. Sobre una mesilla de noche entre objetos personales diversos se veía una billetera. A. F., sin haber logrado dominar su antigua inclinación, se apoderó de la billetera y abandonó el hotel. Con unos pocos pesos encontró un cheque de regular cuantía y sin pérdida de tiempo, después de estampar al respaldo, a manera de firma el nombre del giratorio, procedió a hacer efectivo el documento. Pero por desgracia para A. F., el dueño de la billetera corrió a dar aviso al banco, y precisamente en la misma ventanilla se encontraron el ladrón y su víctima. A. F. cayó empujado por su funesto sino y pretender una explicación resultaba al: surdo. Silencioso, sin oponer resistencia, se dejó llevar preso.

Sus experiencias le medían en toda su gravedad el paso que acababa de dar. Y era, precisamente, la víspera de su matrimonio.

En el juzgado de turno, A. F. apenas despegó los labio: humildemente para pedir un justificable permiso, y entró en el sanitario inmediato al despacho. El policía que lo sigue de cerca lo vio escribiendo en el muro. Inmediatamente después una detonación atronó el recinto del juzgado. A. F. con el cráneo atravesado por una bala murió instantáneamente.

"Esto tenía que pasar", había escrito en el muro a grandes letras. Nada más escribió, pero esas cuatro palabras en vuelven toda la realidad de su tragedia. Algo así como un relámpago de la inimaginable tormenta.

E. F., distinguido y acaudalado caballero de 40 años, casado en segundas nupcias y con hijos de ambos matrimonios, le aplicó la más drástica cura a su dipsomanía: se tomo una limonada con veinte gramos de cianuro.

Un domingo de febrero de 1953, E. F. estuvo de paseo con su familia en una de las poblaciones de clima media más cercanas a Bogotá. y se excedió en el consumo alcoholico. El paseo familiar se echó a perder y el lunes siguiente... ¡Ah! Los lunes... La experiencia de muchos años en la crónica de este género me dice que el lunes es el día del suicidio. La estadística podría comprobar que el 50% de los suicidios corresponde al lunes y que el 50% restante se reparte entre los otros seis días de la semana.

A la mañana siguiente, bajo un estado de tremenda depresión, el caballero se encerró en la biblioteca de su lujosa residencia del norte de Bogotá y, antes de tomar la pócima que acabó con su vida, escribió con destino a su esposa:

"Es muy poco lo que tengo que decirte. No nos supimos comprender nunca. Sin embargo, qué bien lo sabes, no he dejado ni un solo instante de adorarte desde que te conocí. He adorado a mis chinitos, todos, y te los recomiendo mucho. Resolví, mi amor, no causarte más sufrimientos. Te dejo en paz para que rehagas tu vida, para que alguna vez seas feliz. Lo que me sucede es inexplicable, ya que siempre te idolatré. Cuando me excedía en tragos te insultaba, a pesar de que te adoro. Como nuestros caracteres son tan disímiles me parece que no podemos vivir juntos y como tú eres mi vida, sin ti no podría vivir. De manera que he resuelto eliminarme para no causarte más sinsabores.

"Adiós, mi adorada mujercita. Te recomiendo mucho a los niños. Vela por ellos que mi Dios te lo pagará con creces.

"Por ningún motivo quiero que tú seas la esposa de un hombre tan desacreditado ante los tuyos como soy yo. Ten paciencia que puede que llegues a ser feliz. Tuyo hasta la muerte, E”

Por lo demás, el infortunado caballero dejó un largo pliego de instrucciones relativas al estado de sus negocios, con orientaciones detalladas que demuestran la lucidez mental que lo acompañaba a la hora de tomar el rumbo hacia lo desconocido. Sin embargo, cuando lo encontraron moribundo, en sus ademanes y en sus palabras a medias inteligibles, exteriorizó un tardío arrepentimiento.

No podría dejar de incluir en este álbum fatídico el caso de L. D., periodista y amigo muy cercano, porque ese doloroso episodio, sin duda alguna, contiene una de mis experiencias más duras, más amargas. L. D. se dio un balazo en la cabeza. Sin que directamente lo hubiera conocido, creo haber adivinado el motivo de la tragedia. Pero los motivos no vienen a cuento. Ni siquiera en privado, en círculo de amigos íntimos, jamás nos hemos atrevido a tocarlos.

Fue en los comienzos de 1946. L. D., de 28 años, tenía esposa y niños de muy corta edad. No tuve valor para asistir a la diligencia de levantamiento del cadáver, pero luego recibí una llamada telefónica del juez de turno, un funcionario amigo, gallardo, humano.

"L. D. -dijo el juez- dejó una carta bajo sobre cerrado y destinada a usted".

En efecto, L. D. me había dejado una carta. El juez la puso en mis manos, con una generosa advertencia:

"No he abierto el sobre porque está destinado a usted. Si la carta contiene algo relacionado con los motivos de la tragedia o alguna orientación investigativa, me la devuelve. De lo contrario, consérvela".

Pero no tuve valor suficiente para leer la carta, guardé el sobre en un bolsillo y abandoné el juzgado. Aquella noche la pasé en vela interrumpida a segundos por pesadillas crueles. La cara lívida que ocultaba a medias una mortaja ensangrentada se transformaba de pronto y se escuchaba una carcajada de las que largaba L. D., estrepitosamente, cuando bromeaba con algún compañero de trabajo. Otras veces era una mano que se metía por debajo de mi almohada para apoderarse del sobre cerrado.

A las 6 de la mañana, aporreado por el insomnio y con los nervios destrozados, pero frente a un día claro y alentado por el naciente fragor de la actividad diurna, tuve ánimo para abrir el sobre y leer el mensaje.

Y¿por qué toda esa angustia, toda esa vacilación, si ya sabía el sencillo contenido de la carta? ¿Por qué, si las mismas palabras se las escuché a L. D. en una de las sucesivas pesadillas de aquella noche aciaga y larguísima ? Era un mensaje casi festivo, absurdamente despreocupado.

"Estoy imaginando tu sorpresa -decía-. Pero no es para tanto. Me doy cuenta de que es una 'chiva' la que te voy a dar. Claro que sí. Sin embargo, no le des mucho despliegue. Te agradeceré que, hasta donde te sea posible, le restes importancia a la noticia. Y diles lo mismo a los colegas de otros diarios. Creo que no volveremos a vernos“.

Y ahora, algo del "más acá".

En torno a 1940 los desesperados con la vida tomaban permanganato. Lo tomaban ingenuas obreras en trance de indisimulable maternidad. Lo tomaban los galanes de barriada. Y los enamorados de falsos imposibles. Y las niñas contrariadas. Pero el permanganato, como vehículo para viajar al otro mundo, se desacreditó totalmente. Rara vez causaba la muerte. En cambio, tras de agudísimos dolores, dejaba casi siempre una desastrosa e incurable dispepsia.

J. A. R., de 18 años, en agosto de 1940, se envenenó. De tiempo atrás trabajaba como aprendiz en un pequeño taller de ebanistería y tapicería. Más que conquistador, conquistado, el aprendiz se enamoró, con toda la locura de sus 18 años, de la esposa del maestro ebanista, hermosa mujer de 30 años que ayudaba en los trabajos de taponado. Con alguna frecuencia, el maestro salía a realizar trabajos a domicilio o a comprar resortes, damascos y cretonas, y en el taller quedaban la mujer y el muchacho. Y había, por ahí, somieres en reparación o en construcción.

Pero la mujer se cansó del muchacho porque era imprudente y de mal carácter. Y el maestro "era muy delicado". Canceladas las relaciones, J. A. R. se acongojó y se deprimió hasta el extremo de no hallar forma distinta del suicidio para solución de sus cuitas.

Al tomar la determinación, el aprendiz de ebanista escribio.

"Carmen Elisa: la culpa de todo es suya. Aunque ya no te gusten mis caricias y más bien me tengas odio, le ruego que rece por mí".

En el estrecho reservado de una tienda vecina, J. A. F preparó un cóctel de limonada gaseosa con un poco de permanganato del que usaban en el taller para el barniz, tapón, y lo apuró sin sacar resuello.

A la policlínica más cercana llevaron al intoxicado; le administraron un enérgico vomitivo que conjuró el peligro, lo mandaron al hospital.

Al taller llegó la noticia de que muchacho se había envenenado. Solícitos y angustiados, el ebanista y su mujer fueron al hospital a ofrecerle su auxilio. No era cosa grave Por el contrario, como había escasez de camas bien podía: llevarse al frustrado suicida para la casa, porque estaba fuera de peligro.

J. A. R. no tenía en Bogotá parientes cercanos, por lo cual el ebanista prefirió llevarse el enfermo para su propia vivienda, y cuidar de él hasta que se repusiera del todo.

Al día siguiente, en la prensa matinal apareció publicad. la noticia del frustrado suicidio de J. A. R. , con el texto de la; carta dirigida a "Carmen Elisa".

Jamás supe si al aprendiz de ebanistería, como a todo los sobrevivientes de las tomas de permanganato, le recayo la incomodísima y perturbadora secuela de la dispepsia. O si el maestro se la curó.

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