Cartas del más allá
Por estos tiempos ya no se ven en las
sintetizadas informaciones de los diarios las cartas de los suicidas, cuya publicación
era tan indispensable como la del "retrato de la víctima". Pero las gentes
siguen autoeliminándose y casi siempre dejan cartas de despedida. Y muchas deben ser las
que no siguieron su curso porque sus autores se arrepintieron oportunamente y dejaron de
cumplir su funesta intención. Las demás cartas, las escritas en el mismo terrible trance
por quienes sí cumplieron su propósito, en otras épocas se publicaban. Porque la
primera preocupación de los cronistas policíacos ante la noticia de un suicidio era la
carta casi siempre dejada por el protagonista del drama.
Casi siempre, porque no todos escriben
despedidas. Y los suicidas se pueden clasificar en dos grandes ramas: los que dejan cartas
de explicaciones e instrucciones testamentarias, y los que ponen fin a su vida sin haber
hecho uso del lápiz. Estos últimos parecen ser los más definitivamente sinceros. De los
otros, a riesgo de teorizar sin fundamento alguno, se puede decir que no son sinceros al
ciento por ciento. Porque la carta es algo así como una prolongación de la vigencia del
yo, una prolongación inoficiosa de la vida. Una posdata cuyos efectos para nada cuentan
con quien puso el punto final.
Son más serios, pues, más solemnes y
concluyentes los suicidas que se van en silencio.
Pero ante todo quiero decir que mi
propósito con los que escriben cartas, o más exactamente con las cartas de los suicidas,
sólo ha sido el de formar una muestra, casi al azar, sin atribuirle desmedida
trascendencia.
Por ahí tengo en el archivo de mi
memoria de muchos años de crónica policíaca algunas cartas de suicidas, y de esa suerte
de álbum, un poco macabro, he tomado algunos ejemplares para estas páginas. Sus autores
son o fueron de diversa extracción social y de escala intelectual variadísima. Las
escribieron hombres y mujeres que por inexperiencia tomaron tan en serio la vida y le
concedieron tanta importancia que resolvieron ponerle fin.
M. E. G., empleado de una ferretería, en
diciembre de 1952 se arrojó al Salto de Tequendama. Estaba lleno de motivos según el
breve mensaje que dejó escrito:
"Hoy me despido de esta vida
miserable. Yo soy un desgraciado. De todo mundo vivo despreciado, vivo en una batalla
solo, vivo y puedo seguir mi suerte".
Un tono bravucón y de forzado humor
encontré en la carta de O. V G., peluquero de Manizales que a comienzos de 1956 tomó
cianuro disuelto en cerveza.
"Me muero por mi propio gusto
-escribió-. Sin el permiso de nadie. No culpen a ninguno de mi muerte. Encarezco a mi
papá que reclame la parte mía en Cali de la fábrica y que pague las cuentas. A Martica,
$17.50. A don Ramiro, mi socio, $64.00. Creo que es todo lo que debo. Yo he vívido
amargado toda, mi vida. Nadie sabe de mis congojas y el triste latir de mi pobre corazón.
Primero pido perdón a Dios por esta locura gue voy a cometer y confío que cuando me
presente junto a Él tenga piedad de mí. No quiero gloria ni pena. A mí papá le pido
perdón y sé que le dolerá mucho esta terrible resolución mía. Adiós, queridos
hermanos míos, adiós Inés, rezad por mí para que Dios se apiade de mi alma. A Lucreto
ahí le dejo los vestidos, las camisas y todo lo mío. También la poca herramienta de mi
peluquería. Saludes a Martica, Natalia, Mercedes, Josefina, Mariana, Karina y todos en
general".
Y después de las disposiciones
testamentarias, agregó:
"El mundo es para los valientes. No
quiero que pongan flores ni nada a mi última morada. Que descanse en la inmensidad de la
soledad. y para terminar pondré un punto final con alegría, acompañada por varias
lágrimas del tamaño aguacate. El que sacó pasaporte para la eternidad. O. V. G ."
El hombre de las lágrimas de aguacate
tenía 27 años. En el café "La Montaña", de Manizales, tomó el cianuro
disuelto en cerveza, y sobre la mesa dejó el sobre que contenía su mensaje póstumo.
En 1953, Araminta B. de C. se lanzó al
Tequendama. Araminta, natural de Tocaima, vivía en Bogotá con una hermana suya y por los
días inmediatamente anteriores a la tragedia estaba sin trabajo. Mantenía relaciones con
un primo hermano residente en Puerto Berrío, y para él dejó el mensaje de despedida.
Quizás el primo no correspondía bien a su amor. Qué sabemos. Fue un enigmático
telegrama el que dejó para el ingrato, que Araminta introdujo antes de viajar al Salto,
lo que la desesperada muchacha quiso decir en este lacónico mensaje:
"Sigue lo que buscas y encontrarás
lo que quieres."
Para no reactualizar tragedias que hieran
sentimientos, me he abstenido de nombrar a los autores de estos mensajes, limitando la
referencia a las iniciales. Pero esta consideración resulta innecesaria en relación con
Ermanno Obersnu, contabilista italiano que se suicidó en Bogotá en 1947, y cuyos únicos
parientes residen o residían, por entonces, en Milán, Italia, calle de L'Orologlio.
Ermanno Obersnu, seguramente muchos
viejos habitantes de Bogotá lo recuerdan, era un extraño personaje. Víctima de una
dolencia congénita, se había sometido a sucesivas operaciones en la cabeza y la tenía
notoriamente deformada. Su mirada era misteriosa y huidiza. Lo caracterizaba además su
alopecia integral. La falta de cejas y pestañas la disimulaba con los anteojos, y la
alopecia propiamente capital la ocultaba con una peluca rojiza. Obersnu dominaba cinco
idiomas y trabajaba en traducciones aunque su oficio básico era el de contador de la
firma Societa Nebiolo, cuyas oficinas funcionaban en la calle 12 con carrera 5a. El
contabilista italiano era retraído y silencioso. Con sus compañeros de oficina sólo
cruzaba las palabras indispensables, relacionadas con el trabajo. Era puntualísimo en su
horario y jamás se le veía en compañía alguna. En los comienzos de 1947, un medio
día, mientras que sus compañeros tomaban el almuerzo, Obersnu se ahorcó en un rincón
de la oficina de la calle 12.
De la carta que dejó con destino a las
autoridades y con la explicación de su tragedia, tomamos los siguientes apartes, que son
algo así como fragmentos del diario de su incomparable calamidad:
"Los muchachos ríen tras de mí
porque mi cara no les agrada y me llaman Boris Karloff. Desde cuando exhibieron esas
películas de Boris Karloff se agravaron mis sufrimientos.
"Por la noche, frente a la ventana
de mi cuarto gritan y ríen. Son ellos. ¿Qué mal les he hecho?
"No podría hacerles ningún mal.
¿Por qué y para qué? Pero ríen, hacen burla y me traen amargura. He querido estar en
paz, pero no me dejan. Son mis enemigos y yo no sé por qué. Resuelvo buscar su amistad
para que no me mortifiquen, y en un último esfuerzo río para ellos. Entonces me gritan
cosas sucias, como si yo les riera a los muchachos con fines distintos del que busco de
que me dejen en paz.
"Agradezco a las señoritas de la
calle 12 que antes molestaban un poco pero ahora me muestran alguna consideración".
Ermanno Obersnu se suicidó porque su
cara no gustaba. Y como si hubiera querido tomar una pequeñita y última venganza, se
desfiguró aún más, ahorcándose. Quienes asistimos a la diligencia del levantamiento
del cadáver seguramente jamás olvidaremos la mirada turbia de sus ojos entreabiertos, su
rojiza peluca ladeada, sus anteojos cabalgando a media nariz.
T. Z., carpintero de 44 años, también
se ahorcó, como Ermanno Obersnu, el contabilista cuya tragedia íntima empalidece la
ficción. Una enfermedad incurable, aunque no tan incurable como la del italiano,
determinó el suicidio de T. Z. en 1953, en un suburbio de Bogotá.
El infortunado carpintero dejó escrita
una carta destinada al juez que asumiera la investigación de su muerte. Dijo en ella:
"He tomado esta determinación por
hallarme enfermo y en la más completa miseria. Sintiéndome incapacitado hasta para pedir
limosna, llegué a la conclusión de que una persona en esas condiciones no debe existir.
Les pido el favor de que mi cadáver sea trasladado al anfiteatro de medicina para que los
estudiantes aprendan en mí, que se den cuenta del atraso en que están los cirujanos.
También es mi voluntad, no dejándole a mi mujer para el entierro y no queriéndole
causar el más mínimo pereque, quiero que mis miembros sean arrojados a la fosa común o
a los hornos crematorios (muerto el P. acabada la K). Cualquier cosita que se me encuentre
en el bolsillo ojalá que se la entreguen a mi mujer".
Original fue E. V. en cuanto a la
oportunidad que escogió para eliminarse, pero no lo fue en sus mensajes de despedida.
En diciembre de 1948, E. V, de 23 años y
natural de Armenia, la capital quindiana que muestra una rara frecuencia de suicidios,
tomó pasaje aéreo en Medellín con destino a Bogotá, y a bordo del avión tomó una
crecida dosis de cianuro. Los viajeros que ocupaban los asientos vecinos notaron a E. V
indispuesto, pero lo atribuyeron aun común y transitorio mareo. Fue al llegar la aeronave
a plataforma cuando la cabinera y los pasajeros se dieron cuenta de que había un muerto a
bordo.
Tres mensajes muy breves escribió el
viajero antes de cambiar el rumbo Medellín-Bogotá por el camino a la eternidad. El texto
del primer mensaje dice:
"A mi hermano, que me disculpe pues
es lo único que merezco".
"Fue mi último deseo -dice el
segundo- pero soy el único culpable. Mi felicidad está en otra parte".
Por último escribió:
"Le pido a Dios que me perdone lo
que pienso hacer".
Es interesante observar que casi todos
los suicidas piensan en Dios. Los tres mensajes bien separados el uno del otro los
escribió E. V. en una misma hoja de papel. En ninguna de las frases se refiere
concretamente a la muerte que buscaba, y esta circunstancia, unida a la extraña
pluralidad del escrito, es elocuente índice de terrible vacilación.
Inútilmente, A. F. luchó contra su
irrefrenable inclinación al delito. En la cárcel pasó lo mejor de su juventud, siempre
bajo la sindicación de delitos contra la propiedad. Era alto y fuerte. En la cárcel
misma, en desarrollo de sus aficiones, fue organizador de equipos deportivos y su
dedicación al deporte le abrió, aunque temporalmente, el camino de la redención.
Tres o más años llevaba de libertad y
se había establecido en una población de Cundinamarca donde ganó aprecio general.
Organizó eventos deportivos, reinados de simpatía, bazares de beneficio, etc.; llegó a
ser el personaje central del pueblo que ignoraba su pasado, y como era fácil de ocurrir,
su soltería de 35 años quedó comprometida por una de las más atractivas y adineradas
muchachas de la localidad.
Se concertó el matrimonio hacia los
finales de 1946, y la antevíspera de la fecha acordada para la boda A. F. viajó a
Bogotá con el propósito de hacer unas compras y ultimar los detalles preparatorios del
acontecimiento. En Bogotá se hospedó en un hotel de mediana categoría, y al levantarse
a la mañana siguiente halló su perdición.
La puerta de una habitación vecina
estaba entreabierta. Nadie había allí. Sobre una mesilla de noche entre objetos
personales diversos se veía una billetera. A. F., sin haber logrado dominar su antigua
inclinación, se apoderó de la billetera y abandonó el hotel. Con unos pocos pesos
encontró un cheque de regular cuantía y sin pérdida de tiempo, después de estampar al
respaldo, a manera de firma el nombre del giratorio, procedió a hacer efectivo el
documento. Pero por desgracia para A. F., el dueño de la billetera corrió a dar aviso al
banco, y precisamente en la misma ventanilla se encontraron el ladrón y su víctima. A.
F. cayó empujado por su funesto sino y pretender una explicación resultaba al: surdo.
Silencioso, sin oponer resistencia, se dejó llevar preso.
Sus experiencias le medían en toda su
gravedad el paso que acababa de dar. Y era, precisamente, la víspera de su matrimonio.
En el juzgado de turno, A. F. apenas
despegó los labio: humildemente para pedir un justificable permiso, y entró en el
sanitario inmediato al despacho. El policía que lo sigue de cerca lo vio escribiendo en
el muro. Inmediatamente después una detonación atronó el recinto del juzgado. A. F. con
el cráneo atravesado por una bala murió instantáneamente.
"Esto tenía que pasar", había
escrito en el muro a grandes letras. Nada más escribió, pero esas cuatro palabras en
vuelven toda la realidad de su tragedia. Algo así como un relámpago de la inimaginable
tormenta.
E. F., distinguido y acaudalado caballero
de 40 años, casado en segundas nupcias y con hijos de ambos matrimonios, le aplicó la
más drástica cura a su dipsomanía: se tomo una limonada con veinte gramos de cianuro.
Un domingo de febrero de 1953, E. F.
estuvo de paseo con su familia en una de las poblaciones de clima media más cercanas a
Bogotá. y se excedió en el consumo alcoholico. El paseo familiar se echó a perder y el
lunes siguiente... ¡Ah! Los lunes... La experiencia de muchos años en la crónica de
este género me dice que el lunes es el día del suicidio. La estadística podría
comprobar que el 50% de los suicidios corresponde al lunes y que el 50% restante se
reparte entre los otros seis días de la semana.
A la mañana siguiente, bajo un estado de
tremenda depresión, el caballero se encerró en la biblioteca de su lujosa residencia del
norte de Bogotá y, antes de tomar la pócima que acabó con su vida, escribió con
destino a su esposa:
"Es muy poco lo que tengo que
decirte. No nos supimos comprender nunca. Sin embargo, qué bien lo sabes, no he dejado ni
un solo instante de adorarte desde que te conocí. He adorado a mis chinitos, todos, y te
los recomiendo mucho. Resolví, mi amor, no causarte más sufrimientos. Te dejo en paz
para que rehagas tu vida, para que alguna vez seas feliz. Lo que me sucede es
inexplicable, ya que siempre te idolatré. Cuando me excedía en tragos te insultaba, a
pesar de que te adoro. Como nuestros caracteres son tan disímiles me parece que no
podemos vivir juntos y como tú eres mi vida, sin ti no podría vivir. De manera que he
resuelto eliminarme para no causarte más sinsabores.
"Adiós, mi adorada mujercita. Te
recomiendo mucho a los niños. Vela por ellos que mi Dios te lo pagará con creces.
"Por ningún motivo quiero que tú
seas la esposa de un hombre tan desacreditado ante los tuyos como soy yo. Ten paciencia
que puede que llegues a ser feliz. Tuyo hasta la muerte, E
Por lo demás, el infortunado caballero
dejó un largo pliego de instrucciones relativas al estado de sus negocios, con
orientaciones detalladas que demuestran la lucidez mental que lo acompañaba a la hora de
tomar el rumbo hacia lo desconocido. Sin embargo, cuando lo encontraron moribundo, en sus
ademanes y en sus palabras a medias inteligibles, exteriorizó un tardío arrepentimiento.
No podría dejar de incluir en este
álbum fatídico el caso de L. D., periodista y amigo muy cercano, porque ese doloroso
episodio, sin duda alguna, contiene una de mis experiencias más duras, más amargas. L.
D. se dio un balazo en la cabeza. Sin que directamente lo hubiera conocido, creo haber
adivinado el motivo de la tragedia. Pero los motivos no vienen a cuento. Ni siquiera en
privado, en círculo de amigos íntimos, jamás nos hemos atrevido a tocarlos.
Fue en los comienzos de 1946. L. D., de
28 años, tenía esposa y niños de muy corta edad. No tuve valor para asistir a la
diligencia de levantamiento del cadáver, pero luego recibí una llamada telefónica del
juez de turno, un funcionario amigo, gallardo, humano.
"L. D. -dijo el juez- dejó una
carta bajo sobre cerrado y destinada a usted".
En efecto, L. D. me había dejado una
carta. El juez la puso en mis manos, con una generosa advertencia:
"No he abierto el sobre porque está
destinado a usted. Si la carta contiene algo relacionado con los motivos de la tragedia o
alguna orientación investigativa, me la devuelve. De lo contrario, consérvela".
Pero no tuve valor suficiente para leer
la carta, guardé el sobre en un bolsillo y abandoné el juzgado. Aquella noche la pasé
en vela interrumpida a segundos por pesadillas crueles. La cara lívida que ocultaba a
medias una mortaja ensangrentada se transformaba de pronto y se escuchaba una carcajada de
las que largaba L. D., estrepitosamente, cuando bromeaba con algún compañero de trabajo.
Otras veces era una mano que se metía por debajo de mi almohada para apoderarse del sobre
cerrado.
A las 6 de la mañana, aporreado por el
insomnio y con los nervios destrozados, pero frente a un día claro y alentado por el
naciente fragor de la actividad diurna, tuve ánimo para abrir el sobre y leer el mensaje.
Y¿por qué toda esa angustia, toda esa
vacilación, si ya sabía el sencillo contenido de la carta? ¿Por qué, si las mismas
palabras se las escuché a L. D. en una de las sucesivas pesadillas de aquella noche
aciaga y larguísima ? Era un mensaje casi festivo, absurdamente despreocupado.
"Estoy imaginando tu sorpresa
-decía-. Pero no es para tanto. Me doy cuenta de que es una 'chiva' la que te voy a dar.
Claro que sí. Sin embargo, no le des mucho despliegue. Te agradeceré que, hasta donde te
sea posible, le restes importancia a la noticia. Y diles lo mismo a los colegas de otros
diarios. Creo que no volveremos a vernos.
Y ahora, algo del "más acá".
En torno a 1940 los desesperados con la
vida tomaban permanganato. Lo tomaban ingenuas obreras en trance de indisimulable
maternidad. Lo tomaban los galanes de barriada. Y los enamorados de falsos imposibles. Y
las niñas contrariadas. Pero el permanganato, como vehículo para viajar al otro mundo,
se desacreditó totalmente. Rara vez causaba la muerte. En cambio, tras de agudísimos
dolores, dejaba casi siempre una desastrosa e incurable dispepsia.
J. A. R., de 18 años, en agosto de 1940,
se envenenó. De tiempo atrás trabajaba como aprendiz en un pequeño taller de
ebanistería y tapicería. Más que conquistador, conquistado, el aprendiz se enamoró,
con toda la locura de sus 18 años, de la esposa del maestro ebanista, hermosa mujer de 30
años que ayudaba en los trabajos de taponado. Con alguna frecuencia, el maestro salía a
realizar trabajos a domicilio o a comprar resortes, damascos y cretonas, y en el taller
quedaban la mujer y el muchacho. Y había, por ahí, somieres en reparación o en
construcción.
Pero la mujer se cansó del muchacho
porque era imprudente y de mal carácter. Y el maestro "era muy delicado".
Canceladas las relaciones, J. A. R. se acongojó y se deprimió hasta el extremo de no
hallar forma distinta del suicidio para solución de sus cuitas.
Al tomar la determinación, el aprendiz
de ebanista escribio.
"Carmen Elisa: la culpa de todo es
suya. Aunque ya no te gusten mis caricias y más bien me tengas odio, le ruego que rece
por mí".
En el estrecho reservado de una tienda
vecina, J. A. F preparó un cóctel de limonada gaseosa con un poco de permanganato del
que usaban en el taller para el barniz, tapón, y lo apuró sin sacar resuello.
A la policlínica más cercana llevaron
al intoxicado; le administraron un enérgico vomitivo que conjuró el peligro, lo mandaron
al hospital.
Al taller llegó la noticia de que
muchacho se había envenenado. Solícitos y angustiados, el ebanista y su mujer fueron al
hospital a ofrecerle su auxilio. No era cosa grave Por el contrario, como había escasez
de camas bien podía: llevarse al frustrado suicida para la casa, porque estaba fuera de
peligro.
J. A. R. no tenía en Bogotá parientes
cercanos, por lo cual el ebanista prefirió llevarse el enfermo para su propia vivienda, y
cuidar de él hasta que se repusiera del todo.
Al día siguiente, en la prensa matinal
apareció publicad. la noticia del frustrado suicidio de J. A. R. , con el texto de la;
carta dirigida a "Carmen Elisa".
Jamás supe si al aprendiz de
ebanistería, como a todo los sobrevivientes de las tomas de permanganato, le recayo la
incomodísima y perturbadora secuela de la dispepsia. O si el maestro se la curó.
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