20 Crónicas Policíacas
Felipe González Toledo

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La fritanguera y el retratista

Lectores y amigos, hinchas y "admiradores", al final de mi vida periodística, que ya va por algo más de medio siglo, me han insinuado, más por afecto que por evidente buen gusto, que escriba un resumen de mis memorias. Pero mi capacidad de complacerlos es muy precaria porque mi itinerario y mis recuerdos sólo han dejado una borrosa huella horra de importancia o de interés. Veamos, para decir algo, que yo trabajé muchos años en El Espectador y en El Tiempo, y esta circunstancia atrajo poderosamente mi atención sobre la rivalidad que se planteó durante una época entre estos dos diarios bogotanos.

Conviene a mi recuento hacer referencia al legendario Salto de Tequendama. En años remotos, el paseo a la catarata, que revestía los caracteres de todo un acontecimiento, se hacía en carros de bueyes, y en repetidas ocasiones se organizaba en honor de un ilustre visitante. Entre los invitados notables, se cuenta, figuró el poeta José Santos Chocano, quien en reconocimiento a la generosidad de los bogotanos -no podría haber sido de otra manera- pulsó su lira, como por entonces se decía, en homenaje al Tequendama.

Necesario es recordar que el Salto, por aquellos tiempos, no solamente era el más atractivo halago turístico de Bogotá, si es que por los días de Chocano circulaba el vocablo turismo, y además contaba con las preferencias de quienes se aburrían con "esta mugre vida" y acababan por arrojarse a la catarata.

Gracias a esta forma de suicidio, las familias de los desdichados se ahorraban los costos del entierro, y el sistema ofrecía a los desesperados que decidían poner fin a su existencia, la garantía de un desaparecimiento total.

Realmente, las referencias al Salto ya los suicidas no son el aspecto fundamental de esta urdimbre con pretensiones de crónica. Pero ya que eché por este camino, bien vale seguirlo. Pues por entre esta maraña habremos de llegar a la revelación de un acontecimiento fuera de serie, que en sus días pasó inadvertido.

La "edad de oro" de los suicidios en el Salto, si es que así se puede sin licencia llamar la época en que tan funestos aconteceres sobresalieron como noticia periodística, la marcó el insuperable cronista José Joaquín Jiménez (Ximénez), tan tempranamente desaparecido. En estilo originalísimo y ocupando toda una página del diario, Ximénez producía un truculento relato adornado con alguna balada de su propia cosecha, pero que él atribuía a un mítico personaje, "Don Rodrigo de Arce".

La catarata que nos heredó Bochica ya comenzaba a mermarse por el aprovechamiento de las industrias cuando, en 1943, se suicidó un taxista. Se arrojó al abismo, y a favor del flaco caudal, los compañeros del suicida se empeñaron en rescatar el cadáver. Fue aquella una heroica empresa, pero como consecuencia del éxito que lograron los expedicionarios el prestigio del Salto decreció. Cancelada la garantía de la "desaparición total", los dispuestos al viaje a la eternidad se ahorraron el viaje en el Ferrocarril del Sur y dieron su preferencia a otros medios. Fue entonces cuando comenzaron a ponerse "de moda" los "totes" como veneno tardío pero seguro.

Un alcalde de Soacha, don Peregrino Sáenz de San Pelayo, pintoresco personaje que trató de emular a Bochica, "resucitó" el Tequendama. Le devolvió la vida en favor de los suicidas potenciales. Con menor frecuencia, las muertes en la catarata habían continuado, y quizás don Peregrino consideró que la merma de suicidas tenía por causa la falta de publicidad. El alcalde se constituyó entonces en corresponsal de los diarios capitalinos, y el Salto, nuevamente, se "puso de moda".

La gobernación de Cundinamarca removió a don Peregrino Sáenz de San Pelayo a otra alcaldía municipal, y por algún tiempo los casos de suicidio quedaron huérfanos de publicidad.

La industria y la Empresa de Energía Eléctrica acabaron por apoderarse del caudal del río Bogotá y el Salto se enflaqueció mucho más de lo que ya estaba. Sólo de manera esporádica dejan en libertad la corriente, ya favor de esta menuda concesión la catarata recobra muy transitoriamente su antigua hermosura. Seguramente los suicidios han disminuido, pero en estos tiempos pasan inadvertidos.

No sólo los del Salto sino casi todos los demás. La noticia no llega y, si llega, en los diarios no hay espacio para publicarla. En esta época, Ximénez no tendría dónde publicar sus truculentas crónicas con las correspondientes baladas de don Rodrigo de Arce. Y esta nueva alusión a Ximénez da lugar a recordar que en los comienzos de 1946, el famoso periodista y escritor participó en una excursión que trataba de rescatar a un suicida del fondo del Salto, y en ese ambiente nebuloso y húmedo adquirió una neumonía que pocos días después le causó la muerte. Acababa de cumplir los 30 años.

Cuando don Peregrino Sáenz de San Pelayo abandonó Soacha, los suicidios del Salto comenzaron a quedar inéditos. Algún celador del solitario hotel del Salto me informaba telefónica y acuciosamente sobre las tragedias que en su vecindad se registraban de cuando en cuando.

No podría yo decir si los suicidios disminuyeron en el Tequendama, o si fue que las fuentes informativas se secaron. Sin embargo, es necesario tener en cuenta otro factor: por esos mismos tiempos se acentuó en los diarios la limitación del espacio para las noticias, y quizás en este tercer considerando reside la explicación de este desaparecimiento del registro periodístico de las referidas tragedias íntimas. Es cierto que todavía se publica algo, pero en sólo tres o cuatro líneas incluidas en la misma cuartilla que informa de atracos, accidentes y autos de detención. La noticia sobrevive, casi inadvertidamente, pero la crónica desapareció.

Para no ser pesado, doy un brinco cronológico de la "edad de oro" hasta 1963. Por este tiempo se hizo notar una serie de muertes en el Salto de Tequendama, pero ya se verá cómo y por qué estos hechos fueron tenidos en cuenta por los principales diarios de Bogotá.

Ciertamente, con olvido total de Bochica y de todas las viejas leyendas, el prestigio de la catarata había tomado durante una época su apoyo publicitario en los suicidios. Aunque no todos los casos eran de verdad. Recuerdo el episodio protagonizado por el cabo Bunch y su novia. El joven suboficial en retiro y la enamorada muchacha, para obviar algún impedimento legal o familiar, acordaron fugarse, y para asegurar la tranquilidad de su nueva existencia seudoconyugal, urdieron un plan azaroso. Fingieron el doble suicidio en el Salto, y para garantizar las apariencias dejaron en la orilla de la catarata algunas prendas personales con lloronas cartas de despedida "de este mundo". Pero como surgieron algunas dudas, mientras la prensa especulaba con el "folletón" en torno a diversas hipótesis, la policía localizó a la pareja en Barbosa o Puente Nacional y la trajo a Bogotá, donde la curiosidad colectiva estaba al reventar.

Se me perdonará lo deshilachado de este relato de recuerdos periodísticos, desorden del cual es elocuente ejemplo el haber traído a cuento la aventura del cabo Bunch y compañía, que fue comidilla del año 46, cuando trataba de andar por el año 63.

Insistiendo en el desorden cronológico, no debo dejar de recordar que cuando el silencio cubrió los suicidios, el Salto echó mano de un nuevo recurso para remozar su prestigio. Un joven intelectual, que seguramente andaba mal de plata, obtuvo el cargo de "administrador" del "Hotel del Salto", establecimiento oficial que permanecía completamente vacío. y para distraer su forzado ocio, el administrador y único huésped del hotel creó una escalofriante leyenda de fantasmas, presumiblemente de suicidas. El creador de la leyenda me atrapó como cómplice periodístico, y mis lectores comentaron sonrientes la novedad o acaso pasaron malas noches.

Tal parece como que mi propósito hubiera sido el de escribir un pedazo de la biografía del Salto de Tequendama. Es que ocurre que al andar hacia el objetivo principal, tropiezo con fragmentos históricos que bien vale recordar. Hace muchísimos años participó en un paseo al imponente abismo un gracioso centenarista que, como muchos bogotanos de su época, no conocía la legendaria y gigantesca caída de agua. Y al llegar, exclamó con voz detonante: "Yo te saludo, monumento hidráulico".

Pero no todos los gustos son iguales. Uno de los visitantes, si no de los más ilustres sí de los más importantes, fue el general Marshall, secretario de Estado de los Estados Unidos y participante en representación de su país en la IX Conferencia Panamericana reunida en 1948 en Bogotá. Los organizadores del importante encuentro en nuestra capital incrustaron en el programa festivo un almuerzo para ofrecerlo a los delegados en el Salto. Para tan destacado efecto se dispuso resanar y pintar el hotel por dentro y por fuera, renovar los servicios sanitarios para suscitar una buena impresión. Además, casi sobra decirlo, se ordenó a las industrias que se servían del caudal del río Bogotá que mantuvieran abiertas sus compuertas para devolver su corriente al Funza y su espectacularidad al Salto.

Llegó el general Marshall en su lujoso automóvil especialmente traído de su país, precedido y seguido por camionetas cargadas de marines, y cerraba el convoy el vehículo del ministro de Relaciones Exteriores y presidente de la delegación colombiana a la conferencia. Tras los saludos de circunstancias con los diplomáticos llegados con prudente anticipación, el señor Marshall preguntó con expresión de extrañeza a uno de los funcionarios del protocolo:

" ¿Por qué vinimos a este lugar?".

"Mi gobierno -respondió el funcionario- deseaba que los participantes en la conferencia conocieran el Salto de Tequendama, que es uno de nuestros mayores atractivos turísticos".

El general, con un gesto acusadamente despectivo, echó una fugaz mirada a la hermosa caída de agua, y en seguida hizo señales a su chofer y al comandante de su escolta. Impartió órdenes a su gente y sin despedirse de nadie emprendió el regreso a Bogotá por la mal remendada carretera.

En el año 63 se agudizó la pugna El Espectador - El Tiempo, y con el recuerdo de aquella rivalidad todavía subsistente, aunque con menor virulencia, le hago frente -por fin- al propósito principal de esta insulsa crónica, y estoy seguro de que es esta la primera vez que públicamente se alude a este contrapunteo o rivalidad que constituye un saliente episodio dentro de la historia contemporánea del periodismo colombiano.

El Espectador aspiraba a quitarle la supremacía a El Tiempo, mientras El Tiempo no se daba por notificado y guardaba su habitual postura de eminencia.

En alguna ocasión, cuando la emulación ya estaba abiertamente planteada, le escuché a don Gabriel Cano, propietario del exvespertino, una expresión ajena a su habitual calma: "Es que esta guerra es a muerte".

Y por esos tiempos, el doctor Eduardo Santos escribió en su periódico: "El Tiempo no necesita abrir su camino a codazos".

Estas palabras de los propietarios de uno y otro periódico marcan elocuentemente la temperatura alcanzada por la rivalidad de los dos grandes diarios.

Casualmente, este estado de cosas coincidió con una nueva racha de suicidios en el Tequendama, y este tipo de tragedias volvió a ser noticia. Pero los suicidios exclusivamente los publicaba El Tiempo, por lo cual El Espectador se intranquilizó y promovió una investigación. Simplemente ocurrió que El Tiempo constituyó un "corresponsal especial". La misión fue confiada a un retratista que permanecía en el Salto en aprovechamiento del turismo que todavía llegaba a echarle una mirada a la descaecida catarata. Adolfo Neuta, el improvisado corresponsal, era uno de esos antiguos fotógrafos de parque, provisto de un primitivo equipo; una de esas viejas y gigantescas cámaras, con "laboratorio incorporado", que disponían de una misteriosa manga negra por la cual metía la mano el artífice para operar el revelado. y al minuto, el interesado y sus acompañantes podían admirar su propia efigie. Neuta observaba con disimulada atención a los visitantes del Salto, y mucho más cuando se trataba de un turista solitario, en busca de un suicida potencial. En ocasiones acertaba, recogía la carta o lo que en la orilla del abismo hubiera dejado su personaje, se comunicaba con El Tiempo, transmitía los datos del caso, aunque no siempre muy fieles, y se presentaba en el periódico para recibir su propina.

Silenciosa compañera de Neuta era Carlina Garibello, fritanguera de Bosa que todos los días instalaba su parrilla cerca del abismo y en su cazuela freía espléndidas morcillas de Soacha, papas criollas y suculentos bocados de carne de cerdo. Para no decir más, Carlina Garibello se convirtió en corresponsal de El Espectador: También ella era observa- dora muy atenta de los turistas, y gracias a la "intuición femenina" le tomó alguna ventaja a su competidor. Pero esta emulación condujo a la discordia entre la fritanguera y el retratista.

Adolfo Neuta y Carlina Garibello llegaron hasta quitarse el saludo, pero ninguno de los dos bajó la guardia. Por el contrario, la alerta pasó de amarilla a roja.

Una tarde triste, cuando el retratista y la fritanguera parecían dispuestos a "levantar de obra", llegó al Salto un visitante solitario. Preguntó si habían estado por ahí unos amigos con quienes debía encontrarse. La actitud, fácil era intuirlo, tenía intención de disimulo. Neuta y Carlina no le quitaban, los ojos, y cuando fugazmente se cruzaban miradas entre ellos, la expresión de ambos era retadora. El incógnito personaje, indudablemente para reforzar su disimulo, compró dos o tres papas criollas, las pagó, dio unos pasos lentos, tiró al prado un sobre y en un par de brincos ganó la orilla del abismo y se lanzó.

La fritanguera y el retratista volaron a recoger el sobre y sus manos cayeron al tiempo sobre el mensaje póstumo. Los corresponsales se trabaron en una lucha titánica. La fritanguera era fuerte y el retratista un poco añoso. Las fuerzas pues, estaban equilibradas, y la lucha por el sobre, que no fue "a codazos" sino incomparablemente enconada y ciega; terminó sólo cuando ambos cuerpos, todavía unidos por la furia, rodaron al fondo del Tequendama. Realmente, fue esta una auténtica "guerra a muerte".

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