La fritanguera y el
retratista
Lectores y amigos, hinchas y
"admiradores", al final de mi vida periodística, que ya va por algo más de
medio siglo, me han insinuado, más por afecto que por evidente buen gusto, que escriba un
resumen de mis memorias. Pero mi capacidad de complacerlos es muy precaria porque mi
itinerario y mis recuerdos sólo han dejado una borrosa huella horra de importancia o de
interés. Veamos, para decir algo, que yo trabajé muchos años en El Espectador
y en El Tiempo, y esta circunstancia atrajo poderosamente mi atención sobre la
rivalidad que se planteó durante una época entre estos dos diarios bogotanos.
Conviene a mi recuento hacer referencia
al legendario Salto de Tequendama. En años remotos, el paseo a la catarata, que revestía
los caracteres de todo un acontecimiento, se hacía en carros de bueyes, y en repetidas
ocasiones se organizaba en honor de un ilustre visitante. Entre los invitados notables, se
cuenta, figuró el poeta José Santos Chocano, quien en reconocimiento a la generosidad de
los bogotanos -no podría haber sido de otra manera- pulsó su lira, como por entonces se
decía, en homenaje al Tequendama.
Necesario es recordar que el Salto, por
aquellos tiempos, no solamente era el más atractivo halago turístico de Bogotá, si es
que por los días de Chocano circulaba el vocablo turismo, y además contaba con las
preferencias de quienes se aburrían con "esta mugre vida" y acababan por
arrojarse a la catarata.
Gracias a esta forma de suicidio, las
familias de los desdichados se ahorraban los costos del entierro, y el sistema ofrecía a
los desesperados que decidían poner fin a su existencia, la garantía de un
desaparecimiento total.
Realmente, las referencias al Salto ya
los suicidas no son el aspecto fundamental de esta urdimbre con pretensiones de crónica.
Pero ya que eché por este camino, bien vale seguirlo. Pues por entre esta maraña
habremos de llegar a la revelación de un acontecimiento fuera de serie, que en sus días
pasó inadvertido.
La "edad de oro" de los
suicidios en el Salto, si es que así se puede sin licencia llamar la época en que tan
funestos aconteceres sobresalieron como noticia periodística, la marcó el insuperable
cronista José Joaquín Jiménez (Ximénez), tan tempranamente desaparecido. En estilo
originalísimo y ocupando toda una página del diario, Ximénez producía un truculento
relato adornado con alguna balada de su propia cosecha, pero que él atribuía a un
mítico personaje, "Don Rodrigo de Arce".
La catarata que nos heredó Bochica ya
comenzaba a mermarse por el aprovechamiento de las industrias cuando, en 1943, se suicidó
un taxista. Se arrojó al abismo, y a favor del flaco caudal, los compañeros del suicida
se empeñaron en rescatar el cadáver. Fue aquella una heroica empresa, pero como
consecuencia del éxito que lograron los expedicionarios el prestigio del Salto decreció.
Cancelada la garantía de la "desaparición total", los dispuestos al viaje a la
eternidad se ahorraron el viaje en el Ferrocarril del Sur y dieron su preferencia a otros
medios. Fue entonces cuando comenzaron a ponerse "de moda" los "totes"
como veneno tardío pero seguro.
Un alcalde de Soacha, don Peregrino
Sáenz de San Pelayo, pintoresco personaje que trató de emular a Bochica,
"resucitó" el Tequendama. Le devolvió la vida en favor de los suicidas
potenciales. Con menor frecuencia, las muertes en la catarata habían continuado, y
quizás don Peregrino consideró que la merma de suicidas tenía por causa la falta de
publicidad. El alcalde se constituyó entonces en corresponsal de los diarios capitalinos,
y el Salto, nuevamente, se "puso de moda".
La gobernación de Cundinamarca removió
a don Peregrino Sáenz de San Pelayo a otra alcaldía municipal, y por algún tiempo los
casos de suicidio quedaron huérfanos de publicidad.
La industria y la Empresa de Energía
Eléctrica acabaron por apoderarse del caudal del río Bogotá y el Salto se enflaqueció
mucho más de lo que ya estaba. Sólo de manera esporádica dejan en libertad la
corriente, ya favor de esta menuda concesión la catarata recobra muy transitoriamente su
antigua hermosura. Seguramente los suicidios han disminuido, pero en estos tiempos pasan
inadvertidos.
No sólo los del Salto sino casi todos
los demás. La noticia no llega y, si llega, en los diarios no hay espacio para
publicarla. En esta época, Ximénez no tendría dónde publicar sus truculentas crónicas
con las correspondientes baladas de don Rodrigo de Arce. Y esta nueva alusión a Ximénez
da lugar a recordar que en los comienzos de 1946, el famoso periodista y escritor
participó en una excursión que trataba de rescatar a un suicida del fondo del Salto, y
en ese ambiente nebuloso y húmedo adquirió una neumonía que pocos días después le
causó la muerte. Acababa de cumplir los 30 años.
Cuando don Peregrino Sáenz de San Pelayo
abandonó Soacha, los suicidios del Salto comenzaron a quedar inéditos. Algún celador
del solitario hotel del Salto me informaba telefónica y acuciosamente sobre las tragedias
que en su vecindad se registraban de cuando en cuando.
No podría yo decir si los suicidios
disminuyeron en el Tequendama, o si fue que las fuentes informativas se secaron. Sin
embargo, es necesario tener en cuenta otro factor: por esos mismos tiempos se acentuó en
los diarios la limitación del espacio para las noticias, y quizás en este tercer
considerando reside la explicación de este desaparecimiento del registro periodístico de
las referidas tragedias íntimas. Es cierto que todavía se publica algo, pero en sólo
tres o cuatro líneas incluidas en la misma cuartilla que informa de atracos, accidentes y
autos de detención. La noticia sobrevive, casi inadvertidamente, pero la crónica
desapareció.
Para no ser pesado, doy un brinco
cronológico de la "edad de oro" hasta 1963. Por este tiempo se hizo notar una
serie de muertes en el Salto de Tequendama, pero ya se verá cómo y por qué estos hechos
fueron tenidos en cuenta por los principales diarios de Bogotá.
Ciertamente, con olvido total de Bochica
y de todas las viejas leyendas, el prestigio de la catarata había tomado durante una
época su apoyo publicitario en los suicidios. Aunque no todos los casos eran de verdad.
Recuerdo el episodio protagonizado por el cabo Bunch y su novia. El joven suboficial en
retiro y la enamorada muchacha, para obviar algún impedimento legal o familiar, acordaron
fugarse, y para asegurar la tranquilidad de su nueva existencia seudoconyugal, urdieron un
plan azaroso. Fingieron el doble suicidio en el Salto, y para garantizar las apariencias
dejaron en la orilla de la catarata algunas prendas personales con lloronas cartas de
despedida "de este mundo". Pero como surgieron algunas dudas, mientras la prensa
especulaba con el "folletón" en torno a diversas hipótesis, la policía
localizó a la pareja en Barbosa o Puente Nacional y la trajo a Bogotá, donde la
curiosidad colectiva estaba al reventar.
Se me perdonará lo deshilachado de este
relato de recuerdos periodísticos, desorden del cual es elocuente ejemplo el haber
traído a cuento la aventura del cabo Bunch y compañía, que fue comidilla del año 46,
cuando trataba de andar por el año 63.
Insistiendo en el desorden cronológico,
no debo dejar de recordar que cuando el silencio cubrió los suicidios, el Salto echó
mano de un nuevo recurso para remozar su prestigio. Un joven intelectual, que seguramente
andaba mal de plata, obtuvo el cargo de "administrador" del "Hotel del
Salto", establecimiento oficial que permanecía completamente vacío. y para distraer
su forzado ocio, el administrador y único huésped del hotel creó una escalofriante
leyenda de fantasmas, presumiblemente de suicidas. El creador de la leyenda me atrapó
como cómplice periodístico, y mis lectores comentaron sonrientes la novedad o acaso
pasaron malas noches.
Tal parece como que mi propósito hubiera
sido el de escribir un pedazo de la biografía del Salto de Tequendama. Es que ocurre que
al andar hacia el objetivo principal, tropiezo con fragmentos históricos que bien vale
recordar. Hace muchísimos años participó en un paseo al imponente abismo un gracioso
centenarista que, como muchos bogotanos de su época, no conocía la legendaria y
gigantesca caída de agua. Y al llegar, exclamó con voz detonante: "Yo te saludo,
monumento hidráulico".
Pero no todos los gustos son iguales. Uno
de los visitantes, si no de los más ilustres sí de los más importantes, fue el general
Marshall, secretario de Estado de los Estados Unidos y participante en representación de
su país en la IX Conferencia Panamericana reunida en 1948 en Bogotá. Los organizadores
del importante encuentro en nuestra capital incrustaron en el programa festivo un almuerzo
para ofrecerlo a los delegados en el Salto. Para tan destacado efecto se dispuso resanar y
pintar el hotel por dentro y por fuera, renovar los servicios sanitarios para suscitar una
buena impresión. Además, casi sobra decirlo, se ordenó a las industrias que se servían
del caudal del río Bogotá que mantuvieran abiertas sus compuertas para devolver su
corriente al Funza y su espectacularidad al Salto.
Llegó el general Marshall en su lujoso
automóvil especialmente traído de su país, precedido y seguido por camionetas cargadas
de marines, y cerraba el convoy el vehículo del ministro de Relaciones Exteriores y
presidente de la delegación colombiana a la conferencia. Tras los saludos de
circunstancias con los diplomáticos llegados con prudente anticipación, el señor
Marshall preguntó con expresión de extrañeza a uno de los funcionarios del protocolo:
" ¿Por qué vinimos a este
lugar?".
"Mi gobierno -respondió el
funcionario- deseaba que los participantes en la conferencia conocieran el Salto de
Tequendama, que es uno de nuestros mayores atractivos turísticos".
El general, con un gesto acusadamente
despectivo, echó una fugaz mirada a la hermosa caída de agua, y en seguida hizo señales
a su chofer y al comandante de su escolta. Impartió órdenes a su gente y sin despedirse
de nadie emprendió el regreso a Bogotá por la mal remendada carretera.
En el año 63 se agudizó la pugna El
Espectador - El Tiempo, y con el recuerdo de aquella rivalidad todavía
subsistente, aunque con menor virulencia, le hago frente -por fin- al propósito principal
de esta insulsa crónica, y estoy seguro de que es esta la primera vez que públicamente
se alude a este contrapunteo o rivalidad que constituye un saliente episodio dentro de la
historia contemporánea del periodismo colombiano.
El Espectador aspiraba a
quitarle la supremacía a El Tiempo, mientras El Tiempo no se daba por
notificado y guardaba su habitual postura de eminencia.
En alguna ocasión, cuando la emulación
ya estaba abiertamente planteada, le escuché a don Gabriel Cano, propietario del
exvespertino, una expresión ajena a su habitual calma: "Es que esta guerra es a
muerte".
Y por esos tiempos, el doctor Eduardo
Santos escribió en su periódico: "El Tiempo no necesita abrir su camino a
codazos".
Estas palabras de los propietarios de uno
y otro periódico marcan elocuentemente la temperatura alcanzada por la rivalidad de los
dos grandes diarios.
Casualmente, este estado de cosas
coincidió con una nueva racha de suicidios en el Tequendama, y este tipo de tragedias
volvió a ser noticia. Pero los suicidios exclusivamente los publicaba El Tiempo,
por lo cual El Espectador se intranquilizó y promovió una investigación.
Simplemente ocurrió que El Tiempo constituyó un "corresponsal
especial". La misión fue confiada a un retratista que permanecía en el Salto en
aprovechamiento del turismo que todavía llegaba a echarle una mirada a la descaecida
catarata. Adolfo Neuta, el improvisado corresponsal, era uno de esos antiguos fotógrafos
de parque, provisto de un primitivo equipo; una de esas viejas y gigantescas cámaras, con
"laboratorio incorporado", que disponían de una misteriosa manga negra por la
cual metía la mano el artífice para operar el revelado. y al minuto, el interesado y sus
acompañantes podían admirar su propia efigie. Neuta observaba con disimulada atención a
los visitantes del Salto, y mucho más cuando se trataba de un turista solitario, en busca
de un suicida potencial. En ocasiones acertaba, recogía la carta o lo que en la orilla
del abismo hubiera dejado su personaje, se comunicaba con El Tiempo, transmitía
los datos del caso, aunque no siempre muy fieles, y se presentaba en el periódico para
recibir su propina.
Silenciosa compañera de Neuta era
Carlina Garibello, fritanguera de Bosa que todos los días instalaba su parrilla cerca del
abismo y en su cazuela freía espléndidas morcillas de Soacha, papas criollas y
suculentos bocados de carne de cerdo. Para no decir más, Carlina Garibello se convirtió
en corresponsal de El Espectador: También ella era observa- dora muy atenta de
los turistas, y gracias a la "intuición femenina" le tomó alguna ventaja a su
competidor. Pero esta emulación condujo a la discordia entre la fritanguera y el
retratista.
Adolfo Neuta y Carlina Garibello llegaron
hasta quitarse el saludo, pero ninguno de los dos bajó la guardia. Por el contrario, la
alerta pasó de amarilla a roja.
Una tarde triste, cuando el retratista y
la fritanguera parecían dispuestos a "levantar de obra", llegó al Salto un
visitante solitario. Preguntó si habían estado por ahí unos amigos con quienes debía
encontrarse. La actitud, fácil era intuirlo, tenía intención de disimulo. Neuta y
Carlina no le quitaban, los ojos, y cuando fugazmente se cruzaban miradas entre ellos, la
expresión de ambos era retadora. El incógnito personaje, indudablemente para reforzar su
disimulo, compró dos o tres papas criollas, las pagó, dio unos pasos lentos, tiró al
prado un sobre y en un par de brincos ganó la orilla del abismo y se lanzó.
La fritanguera y el retratista volaron a
recoger el sobre y sus manos cayeron al tiempo sobre el mensaje póstumo. Los
corresponsales se trabaron en una lucha titánica. La fritanguera era fuerte y el
retratista un poco añoso. Las fuerzas pues, estaban equilibradas, y la lucha por el
sobre, que no fue "a codazos" sino incomparablemente enconada y ciega; terminó
sólo cuando ambos cuerpos, todavía unidos por la furia, rodaron al fondo del Tequendama.
Realmente, fue esta una auténtica "guerra a muerte".
|