20 Crónicas Policíacas
Felipe González Toledo

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El caso de la peluca

Hacia los finales de octubre de 1965 llegó a Bogotá un sujeto de nombre cambiable y de nacionalidad borrosa. Se hospedó en el hotel Tequendama y al día siguiente hizo contacto con amistades de esta capital. Buscó a Vicky Figueroa y a Juan Padilla, personajes muy poco recomendables cuya presencia en este proceso ayuda a condensar la sospecha de que el recién llegado era un hampón internacional. Dos o tres días después de su llegada a Bogotá, el cadáver del viajero apareció debajo de un puente de la carretera, en las proximidades de Guaduas. En el levantamiento del cadáver no se halló documento alguno de identidad, ni pista conducente a establecer su procedencia. Sus huellas dactilares no figuraban en los archivos del DAS ni en los de la Registraduría del Estado Civil. Por un recibo que apareció entre algún bolsillo se supo que el desconocido había negociado una peluca en el establecimiento "Artesanías Españolas". Indudablemente la peluca estaba destinada a cubrir la prematura calvicie fronto-coronal del viajero. En la casa productora de pelucas se informó que el desconocido había estado acompañado por una atractiva muchacha que él llamaba Vicky. Los detectives que realizaron estas pesquisas sospecharon que la Vicky era la hija de Rosaura Figueroa, empleada de extranjería del DAS.

Al realizar una averiguación en el departamento de extranjería, se supo que la señora de Figueroa había autorizado la entrada al país de un sujeto llamado Ricardo Sánchez Bonilla, y se estableció que esta determinación oficial había sido expedida irregularmente, prescindiendo de algunos requisitos. Con estos datos en su poder los detectives visitaron en su casa a la señora Rosaura, quien manifestó que el viajero, procedente de Panamá, tenía buena amistad con Juan Padilla, exdetective de la Seguridad y dueño para esos días de un establecimiento llamado cigarrería "Santander", ubicado en la calle 59 de Chapinero. Como el viajero sólo pasó una noche en el hotel Tequendama, y después de pagar su cuenta salió con su equipaje con rumbo desconocido, los detectives lo buscaron donde Juan Padilla, quien declaró que Sánchez Bonilla había sido invitado a hospedarse en la vivienda de las Figueroa. Las amistades del personaje principal de esta historia y la empleada de "Artesanías Españolas" que lo atendió cuando fue a encargar su peluca, fueron llevadas a la morgue para los efectos del reconocimiento del cadáver y, efectivamente, todos estuvieron de acuerdo en que se trataba del viajero.

Alguna vez, Vicky me contó que se había casado en México con un tipo de apellido Trillos, quien poco después se mató en un accidente automoviliario. En su condición de viuda muy joven, me dijo, trató de rehacer su vida y tuvo algunos amores entre los cuales figuró Sánchez Bonilla. Se quejaba de que algunas personas le criticaron sus esparcimientos amorosos especialmente con Sánchez Bonilla, cuya calvicie le daba apariencia de viejo.

-Yo le aconsejé a Sánchez que se consiguiera una peluca para disimular su calvicie, y me prometió que lo haría, pero no lo cumplió. Yo lo conocí como Ricardo Sánchez Bonilla, y después supe que usaba varios nombres, entre ellos Eloy Vega Bocanegra, y que era de nacionalidad peruana. Además me mostró varios pasaportes con distintos nombres y nacionalidades. Ahora cuando llegó a Bogotá había entrado al país como Ricardo Sánchez Bonilla, pero yo siempre seguí llamándolo Eloy. Como lo de la peluca lo había olvidado, lo urgí y lo acompañé hasta el almacén de "Artesanías Españolas", donde pagó unos pesos a buena cuenta, pero no alcanzó a estrenarla, porque lo asesinaron.

Una noche, Eloy estuvo en casa de las Figueroa, donde se encontraban el coronel de la policía Luis Eduardo Hernández y un teniente de la misma institución. Hernández visitaba frecuentemente a las Figueroa y también tuvo relaciones con Vicky. En su posterior declaración, Hernández dijo que mantenía amistad con Rosaura de Figueroa y su hija Vicky, a quienes les había prestado algunos favores. Pero en aquella noche no le habían presentado al calvo, ni se había despedido de él. Y al día siguiente de esta reunión, asesinaron a Eloy cerca de Guaduas y escondieron el cadáver debajo de un puente. Vicky aseguraba que el autor material del crimen debió ser Fernando Arias Polifroni.

Al avanzar la investigación se pudo establecer que Juan Padilla invitó a Eloy a ofrecerle un lote de joyas aun negociante que tenía el centro de sus actividades en la ciudad de Honda. Se descubrió que Eloy Vega Bocanegra huyó de México con el producto de un cuantioso robo, burlando así a sus compinches, y que con la peluca que buscaba no trataba de complacer a Vicky, sino disfrazarse para que sus perseguidores no lo conocieran.

En el viaje a Honda, en el carro de Juan Padilla pudo ocurrir que Arias Polifroni, ocupante de un puesto trasero del carro, le asestara en la nuca al peruano un disparo de revólver, que fue suficiente para eliminarlo. Despojado de sus papeles y metido luego bajo el puente, Padilla y su acompañante emprendieron rápidamente el regreso a Bogotá.

Juan Padilla fue llamado a indagatoria por el juez Pérez Norzagaray, quien dictó contra el sindicado auto de detención. Se encargó de la defensa el joven abogado Eduardo Angulo Manrique, quien presentó un alegato y logró la libertad del detenido.

Como ya había cundido la creencia de que Padilla era el autor principal del crimen, los periodistas le preguntaron cómo había logrado su libertad.

-Porque yo tengo el mejor abogado del mundo -respondió Padilla refiriéndose al doctor Angulo Manrique.

Padilla, durante el desempeño de su posición de detective y después de haberse retirado, observó conductas muy dudosas. Era casado con María Cruz Ramírez, mejor recordada por la clientela de la cigarrería "Santander" como Maruja Ramírez. Este matrimonio fue el depositario del equipaje de Eloy Vega, y sus maletas contenían dinero y alhajas, producto del robo en México, y de valor excepcionalmente cuantioso. Estaban lo suficientemente escondidas las maletas de Eloy como para burlar las pesquisas policíacas.

Casi inmediatamente después de quedar libre Padilla, el expediente pasó al juez del conocimiento, que para este caso era el juez penal del circuito de Guaduas. Con las Figueroa, Maruja Ramírez también quedó detenida transitoriamente en la cárcel de Facatativá. Después las mujeres fueron trasladadas a Guaduas, donde Padilla estaba preso.

En Guaduas se surtió buena parte del diligenciamiento procesal, y hasta allá tuvieron que ir a declarar el coronel Luis Eduardo Hernández y el teniente de la policía que participaron en la reunión con Eloy Vega en la vivienda de las Figueroa. Como no alcanzó a configurarse el encubrimiento, las mujeres quedaron en libertad. La Vicky anunció:

-Me voy para México y no regresaré jamás. A Juan Padilla lo llamaron ajuicio por encubrimiento, y no hubo a quién acusar como autor material del asesinato del peruano. Finalmente, Padilla fue condenado por encubrimiento, con una pena muy baja. Con las rebajas de ley; Padilla quedó libre relativamente pronto.

Desafortunadamente las cosas no pararon ahí. Juan Padilla al salir de la prisión tenía el propósito de entrar a disfrutar de la riqueza del peruano Vega Bocanegra, repre- sentada en dinero efectivo y finísimas joyas. Como ya se anotó, el tesoro había sido escondido muy secretamente y, además de Juan, sólo Maruja Ramírez conocía el lugar donde había quedado. Cuando procedió a buscar el tesoro, Padilla no encontró el producto de su crimen, y acosó a Maruja a averiguaciones. Ella respondió frescamente que nada sabía del tal tesoro, y se trabaron en una airada discusión salpicada de mutuas ofensas.

Cuando la discusión subió a altas temperaturas, Juan Padilla, hombre impulsivo y de muy malas pulgas, echó mano de su revólver para intimidar a Maruja. La mujer silenciosa y en actitud retadora se le enfrentó, y su enloquecido esposo le hizo dos disparos que le causaron la muerte inmediata. El marido, fuera de todo control, apenas comprendió que había cometido una estupidez, con la misma arma se hizo un disparo en el paladar. También murió de inmediato. El niño del matrimonio Padilla Ramírez presenció la escena, pero no alcanzó a darse cuenta de la magnitud de lo ocurrido. Desde corta distancia, una criada atestiguó de oídas la tragedia, y fue ella quien dio el informe a las autoridades.

Debo confesar que lamenté infinitamente la muerte de Maruja Ramírez, a quien conocí en Guaduas. Era una mujer bondadosa y sencilla, simpática y amable. A pesar de todo, debo decir que no se merecía ese final. żA qué manos pasaría el tesoro robado en México por Eloy Vega Bocanegra? Se dice que todo esto pasó a poder de la madre de Maruja, porque se supone que su hija la hizo partícipe del secreto.

El proceso a que dio lugar el asesinato del peruano fue mal llevado y quedó incompleto, por cuanto la justicia no pudo señalar al autor intelectual del crimen.

En Guaduas Juan Padilla me pidió que le regalara un libro de tema policíaco para entretener el ocio de su cautiverio. Yo le encargué la compra de uno o dos libros de una colección policíaca ultrapopular a un niño que en una tienda de variedades de la plaza escogió dos títulos que posible- mente hicieron enrojecer a Juan Padilla: "Alma de Chacal" y "Vendo mi celda", casual ocurrencia que dio lugar a variados comentarios en el pueblo de Policarpa.

Jamás nadie pensó en el trágico final de la pareja Padilla Ramírez, pero este vino a ser el epílogo del proceso que recordamos. No obstante su absurdo punto final, el hecho siempre se llamó y se sigue recordando como "El caso de la peluca".

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