20 Crónicas Policíacas
Felipe González Toledo

©
Derechos Reservados de Autor

Los misterios gozosos y dolorosos del 301

Un extraño contraste ofreció a la historia policíaca de este! país el caso del apartamento 301. Era éste un "estadero" situado dentro de un edificio del elegante barrio bogotano "Antiguo Country". Lo tomó en alquiler un negociante venezolano que por razón de sus actividades venía muy frecuentemente a Bogotá, donde tenía muchos amigos y "amigas". y la pasaba muy bien. Para el venezolano el apartamento de la distinguida zona no tenía finalidades residenciales. El viajero llegaba a uno de los mejores hoteles, y su refugio del Country solamente lo aprovechaba para sus esparcimientos privados. Necesario es decir que el forastero compartía el alquiler con un amigo colombiano. Como siempre ocurre en estas compañías, las llaves se multiplicaron y fueron a dar a diversas manos.

La más asidua concurrente era Myriam Villamizar, una hermosa cucuteña, casada con un extraño sujeto al que sólo conocí de vista, y si yo lo volviera a ver, después de los años, lo identificaría por su cabeza monda. Su desmedida calvicie fronto-coronal la completaba rasurándose la escasa pelambre de las patillas y la nuca. Ya habrá oportunidad de hablar algo acerca del comportamiento del marido de Myriam. La relación no muy furtiva de la cucuteña era con el venezolano, pero bien aprovechaba su ausencia para invitar a sus amigotes al 301.

Según lo pudieron observar, y también sufrir, los vecinos del 301, las orgías eran frecuentes, con música de disco a altísimo volumen. Así ocurría cuando los festines eran colectivos. Es decir, de tres o cuatro parejas. Casi siempre estas parrandas se prolongaban hasta muy pasada la media noche, y repetidas veces los habitantes del edificio se vieron en el caso de quejarse ante los arrendadores. La última vez que Myriam entró al apartamento, presumiblemente llegó acompañada, pero no se descarta la suposición de que pudo haber llegado sola, en alguno de sus frecuentes "guayabos", que según dicen eran de extremos poco comunes. Lo cierto fue que no volvieron a verla. Uno de los habituales visitantes, dueño de llave, no pudo entrar porque se lo impidió el seguro de cadena que sólo permite abrir la puerta unos cinco o seis centímetros. Este seguro, llamado "perro" por los cerrajeros, indica que hay alguien adentro, posiblemente, el visitante intentó la entrada una o más, veces, pero siempre se encontró con el "perro", y como nadie respondía a los golpes dados a la puerta, acabó por decidir comunicarse telefónicamente con la estación cien de policía e informar que algo raro ocurría en el apartamento cuya dirección detallada suministró. La policía dejó pasar otras veinticuatro horas y al encontrar que las cosas estaban lo mismo, con una cizalla fue cortada la cadena del "perro". Los representantes de la autoridad encontraron en la alcoba del departamento el cadáver de una mujer, que luego fue identificada como Myriam Villamizar. La muerte fue causada por un proyectil de revólver en la sien derecha. Los legistas opinaron que la muerte debió producirse cuatro días antes. Como no apareció ningún arma de fuego en la cama ni dentro del apartamento, los investigadores acogieron la hipótesis de que se había perpetrado un crimen. Pero, al propio tiempo, se preguntaron: ¿Cómo pudo haber salido el presunto criminal, si el "perro" estaba en su lugar? Así quedó planteada la incógnita. ¿Fue suicidio? ¿Fue crimen?

De tiempo atrás el apartamento había venido a menos. Del fasto de los meses anteriores, sólo quedaba un pequeño radio de sobremesa, y del bar, solamente se halló un pequeño residuo de aguardiente. Los adornos eran muy escasos. En un closet encontraron fina ropa de cama, y en el baño una pasta dentífrica y unos dos o tres cepillos. El cadáver estaba completamente desnudo, pero la ropa y la cartera de Myriam aparecieron abandonados sobre una silla. Mediante las averiguaciones policíacas se logró la identificación de algunos de los habituales visitantes. El coarrendatario colombiano del apartamento era un coronel en retiró, y se supo que las "amigas" eran de variadísima extracción social: desde cabareteras y coperas hasta niveles como el de Myriam, de quien ya dije pertenecía a una familia cucuteña de buena posición. Myriam era sobrina de Jacinto Rómulo Villamizar, conocido y fogoso parlamentario nortesantandereano en aquellos tiempos, cuando ya pasaba de la mitad de la década de los sesentas. Mucho figuró como visitante del 301 y participante en los festines una dama de especiales atractivos, madre de una reinita de la belleza de Cundinamarca, que desfiló por las pasarelas de Cartagena. En consideración a su nivel, nunca fue nombrada en la prensa. Yo la llamé la "dama X". Esta denominación le dio mayor atractivo de novelín a los relatos referentes al misterio del 301.

Tuve la oportunidad de conocer personalmente a la "dama X". Esta entrevista se realizó por iniciativa de ella misma, auspiciada por un amigo común.

-Quería conocerte y pedirte un gran favor. Te advierto que "el qué dirán" me importa un pito, y quiero que no me llames más "dama X". Yo me llamo (aquí nos dijo sus nombres completos con sus apellidos de soltera y de casada).

Fue una larga charla la que tuvimos la dama y yo, animada con algunos tragos de brandy. Era una hermosa cuarentona, muy bien proporcionada, dueña de una extraordinaria simpatía y excesivamente liberada. A pesar de su solicitud, formulada con acentos de ruego, nunca dejé de llamarla la "dama X", y por eso no recuerdo su nombre. Fue muy amiga de Myriam y en aquella ocasión nos habló de que la cucuteña tenía una marcada inclinación al suicidio, y siempre llevaba en su cartera un pequeño revólver.

Ofrecí hacer referencia al personalísimo comportamiento del marido de Myriam. El calvo integral parecía demostrar con su cabeza monda y brillante que no tenía cuernos, pero sus propias palabras decían lo contrario. Tenía afán de figuración y alardeaba de aquellas cosas de su mujer, que para él no tenían significación de calamidades. Con alegría rara y desconcertante se complacía en repetir los nombres de los amantes de Myriam. Desde luego, solamente los conocidos, porque el censo de los relacionados con su esposa era poco menos que imposible. A tal extremo llevó su impudicia que en repetidas ocasiones pidió a los periodistas la publicación de su propio retrato. Solicitud que, sobra decirlo, nunca fue complacida.

El tema informativo se degeneró poco a poco, porque entraron en juego personajes de muy bajo nivel. El apartamento duró desocupado más de un año. Cuando el proceso ya había pasado al olvido, una incauta familia lo tomó en alquiler, y cuando los nuevos habitantes oyeron rumores de las cosas que habían pasado allí, ya estaban, como se dice, "curados de espantos". Dejé de preocuparme del tema cuando el caso cayó en la más cruda vulgaridad. Dos compañeros de trabajo se apropiaron del relato, para explotarlo a su modo, con altas dosis de pornografía, y se ocuparon más de las nuevas amistades femeninas que adquirieron que de las novedades procesales.

El autor de este recuento dejó de referirse al caso del 30l poco después de un descubrimiento realizado por los investigadores. El apartamento tenía un pequeño ventanal sobre un pasillo poco transitado. En su parte superior, el ventanal tenía un ventilador que llaman, no sé con cuanta propiedad, "basculante", que carecía de seguridad. Bien pudo alguien meter un brazo por el tal basculante y abrir con la mano el cerrojo de la parte inferior, mucho más amplia. En el edificio se dijo que en ocasiones habían sido vistos sujetos extraños, quizás ladrones. Presumiblemente alguien entró, pero como el refugio de mejores tiempos estaba casi completamente desmantelado, tras la sorpresa que debió ofrecerle el cadáver de una hermosa mujer desnuda, el intruso echó mano del arma y salió por donde había entrado, dejando el ventanal tal como estaba. Desde luego, esta hipótesis puede ser aplicable al escape del criminal que se ha supuesto.

Es lo cierto que el proceso, cuyo curso miramos atentamente, aunque ya sin interés periodístico, se cerró sobre la hipótesis del suicidio.

Quienes me sucedieron en el relato del periódico nunca supieron el verdadero nombre de la "dama X", y atribuyeron la incógnita a señoras de gran prestancia social, aunque nunca publicaron tal despropósito. El hombre de la cabeza monda no tuvo más cuernos, si acaso le cabían en su cuero excabelludo, porque la presunta suicida le puso punto final a su disipada existencia.

Lo de "puso punto final" es una mera suposición, pues el caso del "Antiguo Country" jamás alcanzó una plena claridad, y el misterio pasó al olvido.

Los misterios gozosos, con todos sus aspectos sexuales y pornográficos, quedaron a la luz, pero los dolorosos, que son los que interesan al aspecto policiaco, quedaron en tablas. Quizás la "dama X" tenga el secreto de lo ocurrido. Pero allá ella con sus reservas y sus recuerdos buenos y malos, y ojalá los 25 años que han pasado no hayan desmejorado mucho sus maravillosos encantos físicos.

En actitud solemne y con los ojos húmedos, el caballero multicornio presidió los fúnebres actos del sepelio. Aún más, frente a la sepultura, estuvo apunto de pronunciar un discurso en honor de su alegre difunta. Con un pañuelo blanco hizo ademán de despedida al dejarla en su última morada, ya que las penúltimas fueron el apartamento 301 y similares.

Regresar al índice | Siguiente