Coronel, a prisión
perpetua
Bajo la grave acusación de haber vendido
secretos militares a un país tradicionalmente enemistoso, fue expulsado del ejército
ecuatoriano el teniente coronel Alejandro Agurto A., y además el consejo de guerra que lo
juzgó lo condenó nada menos que a prisión perpetua. Noticias semejantes no se producen
frecuentemente en el mundo entero, pero a pesar de que el acontecimiento tuvo lugar en tan
cercana vecindad nuestra, la noticia apareció en los periódicos colombianos con título
a una columna, y el texto no mayor de diez o doce renglones. Como detrás de esto podría
existir una interesante historia, el director de Sucesos le pidió a su amigo
Carlos Restrepo Piedrahíta, director de un diario quiteño, algunos datos que permitieran
ampliar esta información: tan fuera de serie. Carlos Restrepo, con su habitual sentido de
la solidaridad profesional, respondió con abundantes recortes de prensa y con
fotografías de las principales escenas de proceso. Nunca le estaré suficientemente
agradecido, porque gracias a este envío pude darle a conocer al país los detalles del
insólito acontecimiento.
Alejandro Agurto nació en Guayaquil;
hizo sus primeros estudios en el colegio Vicente Rocafuerte de esa ciudad ecuatoriana y,
posteriormente, ingresó al ejército y se hizo oficial. En realidad fue un militar común
y corriente. Casi se puede decir que mediocre. Hacia los 29 años de edad conoció a Linda
Suárez Álvarez, quien por largo tiempo fue su amante, mientras él se conservaba soltero
y, finalmente, vino a ser su enemiga y su perdición.
Ya había cumplido Agurto los 45 años de
edad y ostentaba el título de teniente coronel, cuando el gobierno ecuatoriano lo
destinó a hacer un curso en la Escuela del Estado Mayor en Madrid, España.
Para los días de su partida del Ecuador
hacia el Viejo Mundo, Agurto había sobrellevado su soltería con muchos amores, fugaces
los unos y algo duraderos los otros, y como en Madrid le sobraba tiempo escribió mucho a
sus viejas amigas, todas aquellas cartas estampadas en papel oficial de la Escuela
Española de Estado Mayor, y siempre firmadas "Alex", como se hacía llamar de
las mujeres.
Con anterioridad a su viaje a España,
Agurto venía desempeñando un cargo de confianza que le daba acceso a los archivos
militares secretos y semisecretos. Tenía por secretario o ayudante aun teniente en
retiro, César Ceballos Zapata, sujeto de notoria insignificancia. Y bien se ve que el
coronel cuando estaba tan cercano de los archivos militares no completó la información
que buscaba, pero desde España, algo así como a "control remoto", la
continuó.
En cartas escritas en papel membrete del
Estado Mayor Español y dirigidas a Linda Suárez, residente en Quito, Agurto impartía
instrucciones para obtener copias de documentos reservados del ejército ecuatoriano, por
intermedio del teniente en retiro César Ceballos Zapata. Entre estas copias, la del
escalafón militar ecuatoriano.Y encargaba que le pagara estos servicios a Ceballos con
míseras propinas de diez o cinco sucres. El blandengue de Ceballos no solamente se
prestó a servir los intereses de Agurto sino que formuló maliciosos comentarios ante la
intermediaria Linda Suárez. Como esta mujer estaba bastante decepcionada del coronel y
tenía suficientes motivos para descontarlo como su amor, participó de estos hechos a
altos oficiales ecuatorianos malquerientes de Agurto. Así los dudosos pasos del oficial
que estudiaba en España fueron denunciados ante los altos mandos.
Al mencionar que los referidos documentos
estaban destinados a llevarlos a manos de los mandos del Perú, no incurro en
desfundamentadas sospechas, por cuanto el Perú es el país tradicionalmente enemigo del
Ecuador. Las incendiarias revelaciones llegadas al alto gobierno ecuatoriano originaron la
denuncia contra Agurto, y al informativo se incorporó seguidamente la plena confesión
del frustrado oficial Ceballos Zapata. El gobierno procedió a ordenar el regreso de
Agurto a su país, bajo cualquier pretexto que no despertara en él inquietud alguna. Y
Agurto, a su llegada a Quito, fue conducido sin demora al tétrico penal "García
Moreno". Al expediente se incorporaron declaraciones según las cuales Agurto había
sido visto en varias ocasiones con el coronel Zapater, agregado militar del Perú en la
embajada de Quito. En una de esas ocasiones Agurto y Zapater fueron vistos cuando
efusivamente se despedían a la salida del Hotel Majestic, uno de los principales de la
capital ecuatoriana.
Convocado el consejo de guerra y
formalizada la expulsión de Agurto, se inició la audiencia ante una numerosa
concurrencia civil y militar.
Pocas sesiones fueron necesarias para que
el juzgamiento llegara a su final, y el veredicto condenatorio de los vocales fue acogido
por el presidente del consejo, que expidió, por el gravísimo delito de "traición a
la patria", la sentencia a prisión perpetua.
Pocos minutos antes de iniciar la lectura
de la drástica sentencia condenatoria, el acusado le declaró a un periodista:
"Tenga la seguridad de que dentro de
una hora estaré jugando tenis. Soy inocente y espero que certifiquen mi libertad y mi
honor, porque libertad sin honor no la quiero".
Como es de rutina, el defensor presentó
el recurso de apelación. Pero, mientras tanto, ajustaron una esposa a la muñeca
izquierda de Agurto, y la otra a la mano derecha del capitán Luis Dávila Alfaro,
comandante de la escolta encargada de conducir al reo al penal "García Moreno".
Transfigurado y humillado, el excoronel
Alejandro Agurto atravesó la sala y por entre una multitud que le lanzaba expresiones
ofensivas llegó hasta el carro de prisión que lo llevó a la cárcel, donde a la luz de
la sentencia debía pasar el resto de su vida.
Se abrió, entonces, un nuevo frente
informativo, mucho más pintoresco que jurídico. Fue que en Bogotá apareció una antigua
"novia" del coronel. En efecto, en la redacción del semanario Sucesos
se me presentó una mujer de inconfundible acento ecuatoriano, que comenzó por
agradecerme en forma por demás expresiva las publicaciones relativas al juicio de Agurto.
Y con una solemnidad impropia de las circunstancias me juró teatralmente que ella
reivindicaría el honor de su "ser amado". La ecuatoriana, quien se identificó
como María Eulalia Jácome Pinto, con su voz triste me hizo un minucioso relato de sus
amores con el militar, en cuya ausencia, cuando lo destinaron a Madrid, con esperanzas de
una mejor vida se trasladó a Bogotá con su hermana y sus pequeños sobrinos. Y en esta
ciudad continuó recibiendo la correspondencia de Alejandro Agurto, escrita siempre en
papel con membrete de la Escuela Española de Estado Mayor papel igual a los facsímiles
de las comprometedoras cartas dirigidas a Quito a Linda Suárez. Como garantía de su
verdad, nos mostró las cartas, en una de las cuales le preguntaba "cómo seguía del
seno".
Confianzudamente, y animado por la
profesional curiosidad de medir la calidad de la relación entre el militar y la quiteña,
señalando la frase ya citada, le dije:
-¿Por qué le pregunta esto?
-Me da rubor con usted -respondió con un
hilo de voz, y agregó-: Es que yo había olvidado declararle que tengo un seno marchito.
De esta manera, a los muy precarios
encantos físicos de la ecuatoriana se sumó la noticia de la marchitez pectoral superior,
parcial pero desastrosa. Me habló luego de su hermana y agregó que ambas vivían de la
costura, muy practicada antes en Otavalo y Quito, y terminó comunicándome su empeño de
viajar al Ecuador "para ponerse al frente de la defensa del condenado a prisión
perpetua".
Nunca supe cuál fue la actuación de
María Eulalia ante los tribunales de Quito, pero es lo cierto que el eco del proceso en
Colombia tuvo la virtud de que la prensa ecuatoriana, con apoyo en la nuestra,
reactualizó el juicio contra Agurto y obtuvo la revisión de la causa. Hubo nueva
audiencia y esta vez el oficial expulsado recibió una condena de sólo seis años,
pagable en poco tiempo al contabilizar las rebajas de ley; y quedó en libertad. Se me
ocurre que Agurto, con sobrada razón, le hizo saber a Eulalia que prefería la prisión
"García Moreno" a su permanente presencia delante de él.
De Quito, María Eulalia nunca me
escribíó. En cambio recibí una tarjeta del coronel Alejandro Agurto, cargada de
agradecimientos, de buenos deseos y de errores de ortografía.
La hermana de Eulalia, con sus hijitos,
también regresó a su país. Tuvo la atención de despedirse de mí telefónicamente, y
se empeñó en dejarme a manera de recuerdo un "pollito" que en realidad era un
gallo barbado, de enorme cresta y provisto de unas espuelas largas y agudas que denotaban
su demorado paso por la existencia. Me parece entender que en su afán de mudanza sólo
pensó en el pollito" a última hora y me llamó al periódico bien pasadas las
9 de la noche. Con sorpresa indescriptible vi mi cabina de trabajo convertida en
gallinero, y no hubo tiempo para reponerme del insólito obsequio, ni de adoptar una
solución para la incómoda situación en que acababa de colocarme, porque la ecuatoriana
desapareció casi inmediatamente. Sin más qué hacer conseguí una cuerda y amarré de
una pata al gigantesco gallo) asegurado a mi mesita de escribir. De pronto, el
"pollito" sacudió las alas y entonó su agudo canto de las 10 de la noche. El
sonido agudo y el alto volumen de la expansión del gallo, se repitieron y atrajeron la
atención desconcertada y curiosa de todo el personal de trabajadores. Surgieron diversas
opiniones sobre el inmediato destino del pobre animal, y de mis reflexiones me sacó el
timbre del teléfono. Era la hermana de Eulalia, quien deseaba aconsejarme en relación
con el tratamiento que debía darle a mi nuevo semoviente:
-Señor Felipe -me dijo-, me da rubor con
usted, pero había olvidado advertirle que el pollito come solamente trigo.
Ya le había deseado por última vez un
buen viaje a la autora del extraño y extemporáneo obsequio, cuando uno de los
fotógrafos del periódico me dio una sabia solución. Me trajo de su estudio un enorme
sobre, amarillo por fuera y negro por dentro, en los que llegan los grandes pliegos de
papel fotográfico; desató el gallo de mi mesa de trabajo; lo metió entre el sobre, y
con mi cosedora de legajos lo cerró con no menos de doce puntos. Con una navajita le
abrieron pequeños huecos para que le entrara aire y con mi gallo a manera de
insospechable equipaje salí en busca de un taxi.
Los "cut... cut... cut,..
cut..." con voces gallináceas, que llamaron la atención del taxista pero que él no
logró entender, expresaban la extrañeza y la inconformidad del animal en su original
prisión. Pero bien pronto, el gallo y yo llegamos a mi casa. Sin fórmula de juicio se
dictó una sentencia mucho más grave que la sufrida en su primera audiencia por el
coronel Agurto. Sencillamente, fue condenado a muerte.
Poco y nada volví a saber de la familia
Jácome ni del coronel, ni del teniente Ceballos, ni de los líos jurídicos de Quito.
Sólo pude darme cuenta de que María Eulalia, sentimentalmente fracasada en sus empeños
relativos al coronel, quedó contaminada de heroísmo y se dedicó a prédicas
anti-peruanas por toda la América Latina. Vino a Colombia cuando por esos días estaba
reunido en el Capitolio Nacional de Bogotá un congreso internacional agrícola o algo
así. y como se trataba de una reunión multinacional, la ecuatoriana creyó oportuno
pronunciar un discurso, tan enrevesado como ella misma, en protesta por los arbitrarios
límites del Perú con su país. Como en la reunión eminentemente técnica participaban
funcionarios norteamericanos, un grupo de estudiantes en trance comunistoide quería por
su lado expresarse contra el imperialismo, y María Eulalia aprovechó el auditorio para
insistir en su discurso.
Sobre las actividades, a veces
desorbitadas, de los grupos estudiantiles, la policía secreta estaba cumpliendo una
estrecha vigilancia, y como la oradora fue tomada por comunista, un detective la
interrumpió y le pidió su identificación. Orgullosamente, Eulalia exhibió su pasaporte
ecuatoriano. Por su calidad de extranjera actuando en política, fue llevada al DAS. Supe
que Eulalia había sido notificada de que debía abandonar el territorio colombiano en el
término de 24 horas.
Llorando y con voz más triste que nunca,
logró comunicarse conmigo e informarme de su apuro. Mis buenas relaciones con los
funcionarios de extranjería y mis referencias personales, según las cuales el caso de la
ecuatoriana era más de siquiatría que de policía, logré que el plazo se lo ampliaran a
una semana.
De toda esta historia boba sólo me queda
un recuerdo vivo pero muerto. Es un largo hueso de una pierna del "pollito", tan
largo y tan fuerte que atado con una cinta por los extremos lo convertí en adorno del
comedor. Tan fino y tan amplio era el hueso aquel, que sobre su superficie escribí con
tinta indeleble:
Hueso de un coronel ecuatoriano
condenado a prisión perpetua por traición a la patria.
|