20 Crónicas Policíacas
Felipe González Toledo

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Coronel, a prisión perpetua

Bajo la grave acusación de haber vendido secretos militares a un país tradicionalmente enemistoso, fue expulsado del ejército ecuatoriano el teniente coronel Alejandro Agurto A., y además el consejo de guerra que lo juzgó lo condenó nada menos que a prisión perpetua. Noticias semejantes no se producen frecuentemente en el mundo entero, pero a pesar de que el acontecimiento tuvo lugar en tan cercana vecindad nuestra, la noticia apareció en los periódicos colombianos con título a una columna, y el texto no mayor de diez o doce renglones. Como detrás de esto podría existir una interesante historia, el director de Sucesos le pidió a su amigo Carlos Restrepo Piedrahíta, director de un diario quiteño, algunos datos que permitieran ampliar esta información: tan fuera de serie. Carlos Restrepo, con su habitual sentido de la solidaridad profesional, respondió con abundantes recortes de prensa y con fotografías de las principales escenas de proceso. Nunca le estaré suficientemente agradecido, porque gracias a este envío pude darle a conocer al país los detalles del insólito acontecimiento.

Alejandro Agurto nació en Guayaquil; hizo sus primeros estudios en el colegio Vicente Rocafuerte de esa ciudad ecuatoriana y, posteriormente, ingresó al ejército y se hizo oficial. En realidad fue un militar común y corriente. Casi se puede decir que mediocre. Hacia los 29 años de edad conoció a Linda Suárez Álvarez, quien por largo tiempo fue su amante, mientras él se conservaba soltero y, finalmente, vino a ser su enemiga y su perdición.

Ya había cumplido Agurto los 45 años de edad y ostentaba el título de teniente coronel, cuando el gobierno ecuatoriano lo destinó a hacer un curso en la Escuela del Estado Mayor en Madrid, España.

Para los días de su partida del Ecuador hacia el Viejo Mundo, Agurto había sobrellevado su soltería con muchos amores, fugaces los unos y algo duraderos los otros, y como en Madrid le sobraba tiempo escribió mucho a sus viejas amigas, todas aquellas cartas estampadas en papel oficial de la Escuela Española de Estado Mayor, y siempre firmadas "Alex", como se hacía llamar de las mujeres.

Con anterioridad a su viaje a España, Agurto venía desempeñando un cargo de confianza que le daba acceso a los archivos militares secretos y semisecretos. Tenía por secretario o ayudante aun teniente en retiro, César Ceballos Zapata, sujeto de notoria insignificancia. Y bien se ve que el coronel cuando estaba tan cercano de los archivos militares no completó la información que buscaba, pero desde España, algo así como a "control remoto", la continuó.

En cartas escritas en papel membrete del Estado Mayor Español y dirigidas a Linda Suárez, residente en Quito, Agurto impartía instrucciones para obtener copias de documentos reservados del ejército ecuatoriano, por intermedio del teniente en retiro César Ceballos Zapata. Entre estas copias, la del escalafón militar ecuatoriano.Y encargaba que le pagara estos servicios a Ceballos con míseras propinas de diez o cinco sucres. El blandengue de Ceballos no solamente se prestó a servir los intereses de Agurto sino que formuló maliciosos comentarios ante la intermediaria Linda Suárez. Como esta mujer estaba bastante decepcionada del coronel y tenía suficientes motivos para descontarlo como su amor, participó de estos hechos a altos oficiales ecuatorianos malquerientes de Agurto. Así los dudosos pasos del oficial que estudiaba en España fueron denunciados ante los altos mandos.

Al mencionar que los referidos documentos estaban destinados a llevarlos a manos de los mandos del Perú, no incurro en desfundamentadas sospechas, por cuanto el Perú es el país tradicionalmente enemigo del Ecuador. Las incendiarias revelaciones llegadas al alto gobierno ecuatoriano originaron la denuncia contra Agurto, y al informativo se incorporó seguidamente la plena confesión del frustrado oficial Ceballos Zapata. El gobierno procedió a ordenar el regreso de Agurto a su país, bajo cualquier pretexto que no despertara en él inquietud alguna. Y Agurto, a su llegada a Quito, fue conducido sin demora al tétrico penal "García Moreno". Al expediente se incorporaron declaraciones según las cuales Agurto había sido visto en varias ocasiones con el coronel Zapater, agregado militar del Perú en la embajada de Quito. En una de esas ocasiones Agurto y Zapater fueron vistos cuando efusivamente se despedían a la salida del Hotel Majestic, uno de los principales de la capital ecuatoriana.

Convocado el consejo de guerra y formalizada la expulsión de Agurto, se inició la audiencia ante una numerosa concurrencia civil y militar.

Pocas sesiones fueron necesarias para que el juzgamiento llegara a su final, y el veredicto condenatorio de los vocales fue acogido por el presidente del consejo, que expidió, por el gravísimo delito de "traición a la patria", la sentencia a prisión perpetua.

Pocos minutos antes de iniciar la lectura de la drástica sentencia condenatoria, el acusado le declaró a un periodista:

"Tenga la seguridad de que dentro de una hora estaré jugando tenis. Soy inocente y espero que certifiquen mi libertad y mi honor, porque libertad sin honor no la quiero".

Como es de rutina, el defensor presentó el recurso de apelación. Pero, mientras tanto, ajustaron una esposa a la muñeca izquierda de Agurto, y la otra a la mano derecha del capitán Luis Dávila Alfaro, comandante de la escolta encargada de conducir al reo al penal "García Moreno".

Transfigurado y humillado, el excoronel Alejandro Agurto atravesó la sala y por entre una multitud que le lanzaba expresiones ofensivas llegó hasta el carro de prisión que lo llevó a la cárcel, donde a la luz de la sentencia debía pasar el resto de su vida.

Se abrió, entonces, un nuevo frente informativo, mucho más pintoresco que jurídico. Fue que en Bogotá apareció una antigua "novia" del coronel. En efecto, en la redacción del semanario Sucesos se me presentó una mujer de inconfundible acento ecuatoriano, que comenzó por agradecerme en forma por demás expresiva las publicaciones relativas al juicio de Agurto. Y con una solemnidad impropia de las circunstancias me juró teatralmente que ella reivindicaría el honor de su "ser amado". La ecuatoriana, quien se identificó como María Eulalia Jácome Pinto, con su voz triste me hizo un minucioso relato de sus amores con el militar, en cuya ausencia, cuando lo destinaron a Madrid, con esperanzas de una mejor vida se trasladó a Bogotá con su hermana y sus pequeños sobrinos. Y en esta ciudad continuó recibiendo la correspondencia de Alejandro Agurto, escrita siempre en papel con membrete de la Escuela Española de Estado Mayor papel igual a los facsímiles de las comprometedoras cartas dirigidas a Quito a Linda Suárez. Como garantía de su verdad, nos mostró las cartas, en una de las cuales le preguntaba "cómo seguía del seno".

Confianzudamente, y animado por la profesional curiosidad de medir la calidad de la relación entre el militar y la quiteña, señalando la frase ya citada, le dije:

-¿Por qué le pregunta esto?

-Me da rubor con usted -respondió con un hilo de voz, y agregó-: Es que yo había olvidado declararle que tengo un seno marchito.

De esta manera, a los muy precarios encantos físicos de la ecuatoriana se sumó la noticia de la marchitez pectoral superior, parcial pero desastrosa. Me habló luego de su hermana y agregó que ambas vivían de la costura, muy practicada antes en Otavalo y Quito, y terminó comunicándome su empeño de viajar al Ecuador "para ponerse al frente de la defensa del condenado a prisión perpetua".

Nunca supe cuál fue la actuación de María Eulalia ante los tribunales de Quito, pero es lo cierto que el eco del proceso en Colombia tuvo la virtud de que la prensa ecuatoriana, con apoyo en la nuestra, reactualizó el juicio contra Agurto y obtuvo la revisión de la causa. Hubo nueva audiencia y esta vez el oficial expulsado recibió una condena de sólo seis años, pagable en poco tiempo al contabilizar las rebajas de ley; y quedó en libertad. Se me ocurre que Agurto, con sobrada razón, le hizo saber a Eulalia que prefería la prisión "García Moreno" a su permanente presencia delante de él.

De Quito, María Eulalia nunca me escribíó. En cambio recibí una tarjeta del coronel Alejandro Agurto, cargada de agradecimientos, de buenos deseos y de errores de ortografía.

La hermana de Eulalia, con sus hijitos, también regresó a su país. Tuvo la atención de despedirse de mí telefónicamente, y se empeñó en dejarme a manera de recuerdo un "pollito" que en realidad era un gallo barbado, de enorme cresta y provisto de unas espuelas largas y agudas que denotaban su demorado paso por la existencia. Me parece entender que en su afán de mudanza sólo pensó en el “pollito" a última hora y me llamó al periódico bien pasadas las 9 de la noche. Con sorpresa indescriptible vi mi cabina de trabajo convertida en gallinero, y no hubo tiempo para reponerme del insólito obsequio, ni de adoptar una solución para la incómoda situación en que acababa de colocarme, porque la ecuatoriana desapareció casi inmediatamente. Sin más qué hacer conseguí una cuerda y amarré de una pata al gigantesco gallo) asegurado a mi mesita de escribir. De pronto, el "pollito" sacudió las alas y entonó su agudo canto de las 10 de la noche. El sonido agudo y el alto volumen de la expansión del gallo, se repitieron y atrajeron la atención desconcertada y curiosa de todo el personal de trabajadores. Surgieron diversas opiniones sobre el inmediato destino del pobre animal, y de mis reflexiones me sacó el timbre del teléfono. Era la hermana de Eulalia, quien deseaba aconsejarme en relación con el tratamiento que debía darle a mi nuevo semoviente:

-Señor Felipe -me dijo-, me da rubor con usted, pero había olvidado advertirle que el pollito come solamente trigo.

Ya le había deseado por última vez un buen viaje a la autora del extraño y extemporáneo obsequio, cuando uno de los fotógrafos del periódico me dio una sabia solución. Me trajo de su estudio un enorme sobre, amarillo por fuera y negro por dentro, en los que llegan los grandes pliegos de papel fotográfico; desató el gallo de mi mesa de trabajo; lo metió entre el sobre, y con mi cosedora de legajos lo cerró con no menos de doce puntos. Con una navajita le abrieron pequeños huecos para que le entrara aire y con mi gallo a manera de insospechable equipaje salí en busca de un taxi.

Los "cut... cut... cut,.. cut..." con voces gallináceas, que llamaron la atención del taxista pero que él no logró entender, expresaban la extrañeza y la inconformidad del animal en su original prisión. Pero bien pronto, el gallo y yo llegamos a mi casa. Sin fórmula de juicio se dictó una sentencia mucho más grave que la sufrida en su primera audiencia por el coronel Agurto. Sencillamente, fue condenado a muerte.

Poco y nada volví a saber de la familia Jácome ni del coronel, ni del teniente Ceballos, ni de los líos jurídicos de Quito. Sólo pude darme cuenta de que María Eulalia, sentimentalmente fracasada en sus empeños relativos al coronel, quedó contaminada de heroísmo y se dedicó a prédicas anti-peruanas por toda la América Latina. Vino a Colombia cuando por esos días estaba reunido en el Capitolio Nacional de Bogotá un congreso internacional agrícola o algo así. y como se trataba de una reunión multinacional, la ecuatoriana creyó oportuno pronunciar un discurso, tan enrevesado como ella misma, en protesta por los arbitrarios límites del Perú con su país. Como en la reunión eminentemente técnica participaban funcionarios norteamericanos, un grupo de estudiantes en trance comunistoide quería por su lado expresarse contra el imperialismo, y María Eulalia aprovechó el auditorio para insistir en su discurso.

Sobre las actividades, a veces desorbitadas, de los grupos estudiantiles, la policía secreta estaba cumpliendo una estrecha vigilancia, y como la oradora fue tomada por comunista, un detective la interrumpió y le pidió su identificación. Orgullosamente, Eulalia exhibió su pasaporte ecuatoriano. Por su calidad de extranjera actuando en política, fue llevada al DAS. Supe que Eulalia había sido notificada de que debía abandonar el territorio colombiano en el término de 24 horas.

Llorando y con voz más triste que nunca, logró comunicarse conmigo e informarme de su apuro. Mis buenas relaciones con los funcionarios de extranjería y mis referencias personales, según las cuales el caso de la ecuatoriana era más de siquiatría que de policía, logré que el plazo se lo ampliaran a una semana.

De toda esta historia boba sólo me queda un recuerdo vivo pero muerto. Es un largo hueso de una pierna del "pollito", tan largo y tan fuerte que atado con una cinta por los extremos lo convertí en adorno del comedor. Tan fino y tan amplio era el hueso aquel, que sobre su superficie escribí con tinta indeleble:

“Hueso de un coronel ecuatoriano condenado a prisión perpetua por traición a la patria”.

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