La vida y la suerte de
don Manuel
Don Manuel, el hijo mayor, desde muy
joven asumió los deberes de mayordomo de la finca de su familia. Era, aquella, una
familia campesina, y la finca de su propiedad se extendía sobre la línea del ferrocarril
de Girardot, cerca a la estación "El Hospicio", es decir, entre "La
Esperanza" y "La Mesa". La finca progresó visiblemente bajo el manejo de
don Manuel. Tanto, que el hermano menor y las hermanas estudiaron en Bogotá. El menor se
hizo médico y adelantó estudios de especialización en Europa, mientras don Manuel
pasaba la vida curando reses, dirigiendo la recolección de la cosecha, remendando cercas
de alambre y ejecutando otras minucias propias de la mayordomía rural. Era don Manuel un
hombre rudo, vestido a la usanza campesina y disparatado en su conversar. Su estampa
hacía contraste con el lujo de la familia, al extremo de que cuando la madre y los
hermanos llegaban de Bogotá, acompañados por algunos amigos, y dispuestos a pasar
algunos días en la finca, don Manuel prefería comer de cuclillas con los peones,
absteniéndose de ocupar puesto en la mesa.
Al contraste que quedó esbozado, don
Manuel no fue insensible o indiferente. Perfectamente se daba cuenta de que el lujo y el
bienestar de la familia salían de su propio esfuerzo como administrador pero permanecía
en silencio, sin formular reparo alguno. Vagamente, con la vaguedad propia de su
ignorancia, trataba de medir la distancia entre sus pocos años de escuela primaria y los
títulos universitarios de su hermano menor, y su inconformidad se hizo sentir en actos de
mala voluntad que fueron muy tenidos en cuenta por la madre y comentados en el seno de la
familia.
Don Manuel, que ya estaba algo cargado de
años, decidió casarse con una atractiva campesina, bien menor que él. Enterada la
familia de los propósitos matrimoniales, la vanidad propia del arribismo social aconsejó
la reprobación, y la madre y los hermanos del "mayordomo" se abstuvieron de
participar en los ceremoniales de la boda.
La nueva pareja se instaló en una casita
campesina, no muy lejana de la finca, y don Manuel continuó cumpliendo su misión
esclavizante de administrador. Pero en su nueva vida, el infortunado hijo mayor se volvió
malhumorado y difícil, situación que llegó a extremos tan delicados como que un día,
después de una breve discusión entre la madre y el hijo, ella se animó a decirle:
-Lo mejor es que usted se vaya del todo.
Sin responder a la trascendental
notificación, Manuel se alejó mascullando ininteligibles palabras de rencor o protesta.
Al día siguiente, Manuel no fue a su
trabajo, y la madre, habiendo comprendido que debía darle una inmediata reorganización a
la administración de la finca, decidió prolongar su permanencia allí.
Pasados tres o cuatro días, don Manuel
volvió a la casa de la hacienda y le dijo a la madre:
-Vengo a que me liquide mis prestaciones
sociales.
-No entiendo de qué me habla -respondió
la señora-. Es que después de todo lo que me robó ¿quiere robarme algo más?
-Si me trata de ladrón -arguyó en tono
enérgico Manuel- puede denunciarme ante las autoridades. Pero mis prestaciones de 25
años de trabajo en la finca no se las voy a regalar.
Enardecida, la señora se paró de su
silla y acercándose al hijo en actitud amenazante, exclamó:
Sinvergüenza. Ahora, que tiene mujer,
lárguese ya de mi presencia y que ojalá no lo vuelva a ver jamás.
Posiblemente llamados por ella, llegaron
de Bogotá el hijo doctor y un tío, hermano de la madre, y durante la comida y la
sobremesa se habló solamente de las exigencias de Manuel. Como la servidumbre de la casa
tenía especial afecto por don Manuel, una de las criadas lo informó de todo lo ocurrido
y conversado a la hora de la comida, y de las risotadas del doctor inmediatamente después
de referirse a las exigencias de su hermano mayor.
El rencor que durante años debió
anidarse en la subconciencia de don Manuel y las injusticias de que fue víctima a lo
largo de su vida, después de estas escenas debieron estallar tempestuosamente, y el
ofendido comenzó a urdir su venganza con imaginación pueril, propia de su ignorancia y
de su vida, tan ajena a los actos criminales.
En desarrollo de su absurdo plan, don
Manuel se disfrazó con una carnaval era careta de caucho, de ojos pestañosos y boca
pintada en forma de corazón; se puso encima un sombrero muy diferente del que
habitualmente usaba, y se vistió una camisa roja con lunares blancos, como de payaso.
Así, de esta facha se presentó
sorpresivamente en el comedor de su antigua casa y disparó toda la carga de un revólver
sobre la madre, el tío y el hermano menor. Los dos primeros murieron instantáneamente: y
el hermano quedó levemente herido en un brazo.
-Los perros no ladraron a la entrada del
criminal-observó una de las criadas.
-Es que el olfato no los engaña. Yo
reconocí los boticones de Manuel. El miserable estaba seguro de que podría entrar y
llegar hasta el comedor en completo silencio -opinó el hermano menor.
En la sociedad pueblerina cundió el
rumor de que Manuel había sido el autor del horrorizante crimen y de que él mismo había
planeado el asesinato de su propia madre. Don Manuel, como insisto en llamarlo, se
convirtió en un ser abominable, y dentro de estas condiciones se decretó el inútil paso
investigativo de la reconstrucción de los hechos. Para el efecto, la familia se reunió
en la finca, y de la cárcel de La Mesa fue conducido el acusado a la finca de "El
Hospicio". El juez investigador, Guillermo Peralta Ortiz, me invitó a la diligencia
y la curiosidad periodística me llevó al lugar de los hechos, acompañado por el
fotógrafo Guillermo Sánchez.
De paso por "La Florida", nos
detuvimos a tomar alguna cosa y nos encontramos con el hermano menor de don Manuel, quien
nos reconoció por el equipo fotográfico que Sánchez llevaba colgado de un hombro. El
médico, seguramente ya totalmente repuesto de su herida, y su acompañante, hablaron en
tono muy bajo entre ellos y nos miraron con cara de pocos amigos. La suerte estaba echada.
A los dolientes o personas allegadas a las víctimas de una trágica ocurrencia les
desagrada al extremo en casos como este la presencia de periodistas. Había, pues, que
vencer difíciles obstáculos. En la puerta de entrada al predio donde se hallaba la
amplia casa de la hacienda me encontré con el juez Peralta, quien me tomó por el brazo y
me invitó a seguir.
-Usted -dijo el dueño de casa- es el
juez. Bien puede seguir, pero estos señores (Sánchez y yo) no pueden entrar. Nada tienen
qué ver con la diligencia que se va a practicar. Yo estoy en mi casa y aquí mando yo.
El juez y el intransigente médico y
hacendado se adelantaron unos pasos, mientras que los rechazados quedamos frente a una
peligrosa fila con peinillas desnudas que cumplía la consigna de guardia. De la
conversación entre el juez y el dueño de la casa surgió una fórmula y me llamaron para
comunicármela: yo podía entrar pero debía permanecer en un solo sitio, sin mezclarme
con la diligencia. Pero el fotógrafo no podía pasar.
A instancias del juez Peralta acepté la
solución y justamente ocupé puesto junto al sindicado, a quien desde ese momento
comencé a llamar "Don Manuel", aunque sin obtener de él respuesta alguna.
Rápidamente capté la situación planteada: el sindicado se negaba a participar en algo
que para él era una simple comedia.
-Ya lo confesé todo y no diré ahora ni
una palabra más.
Después de notificar este propósito,
don Manuel permaneció agachado, ensimismado, cerrados los ojos y con las manos esposadas
descansando sobre las rodillas.
La diligencia, realmente inútil, fue
atentamente seguida por el secretario del juzgado, quien simultáneamente levantaba el
acta correspondiente. Pasadas las 2 de la mañana se suspendió la tarea mecanográfica
mientras el personal del juzgado, los dueños de casa y algunas personas más se
enfrentaban cada uno aun atractivo y rebosante plato de ajiaco con pollo. Las hermanas se
portaron piadosamente con don Manuel y le ofrecieron el plato de ajiaco. Yo le pedí a uno
de los detectives que custodiaban al preso, que lo libertara de las esposas mientras
recibía el plato y manejaba la cuchara. La petición fue inmediatamente atendida, pero
resulto inútil porque don Manuel se negó insistentemente a aceptar la cena. Debo anotar
que durante el tiempo transcurrido cuantas veces estuve cerca de él, el hermano menor me
lanzó las más significativas miradas de odio. Afortunadamente soy persona de poco comer
y en esta forzada calidad de huésped indeseable tampoco acepté el ajiaco con pollo.
Una criada de la casa, al parecer
antigua, repitió el intento no logrado por la señorita y le llevó a don Manuel un plato
de ajiaco caliente. La servidumbre parecía muy fiel don Manuel, y los ruegos fueron muy
cariñosos pero inútiles. tuve entonces una mala o buena idea. El ejercicio de la caridad
puede ser insospechablemente variado, y habida esta consideración le hice una señal a
una criada y le pedí un vaso vacío, y en seguida le ofrecí al sindicado que permanecía
al lado mío, mudo y con los ojos cerrados:
-¿Le provoca, don Manuel, tomarse un
buen trago de aguardiente?
-Sííí -me respondió con avidez, a
tiempo que abría los Ojos. De una botella que había mantenido oculta bajo la cómplice
ruana le serví un trago triple que él se bebió de un solo golpe, y que me agradeció
con una leve sonrisa que en él parecía inverosímil.
Pobre, don Manuel. Minutos más tarde le
repetí la dosis y la consumió con rapidez, como si estuviera bajo el temor de que se la
quitaran. Después permaneció con los ojos abiertos y me contestó algunas preguntas
prudentemente inocuas que le formulé. y quedé con una satisfacción semejante a la que
deben experimentar los filántropos.
Después, la familia se dividió y se
planteó un pugilato desastrosamente humano. El hermano menor, que era el más
"distinguido" de la familia, rechazó el dictamen de los siquiatras forenses,
según el cual don Manuel había actuado bajo perturbación mental. El resto de la familia
no participó de la opinión de su hermano.
Una de esas desgracias como esta de que
me haya ocupado puede ocurrir en cualquier latitud y en cualquier ambiente social. La
salvación del buen nombre familiar radica en la circunstancia de que el delincuente sea
un enfermo mental. Pero predominaba un interés bien diferente. Si se demostraba la
cordura del autor del crimen, éste podía ser descontado de los herederos y su parte
sería dividida entre los demás.
El hijo menor, al impugnar el dictamen
médico-forense, pretendía que otros médicos dieran su opinión, y al obtener por este
medio la demostración de que Manuel no era un enfermo mental sino un criminal de alta
peligrosidad, en el juicio de sucesión de la madre quedaría excluido como heredero, ya
los demás les tocaría una parte más jugosa. Innoble y mezquino era este propósito, que
afortunadamente no prosperó.
Sobre don Manuel recayó una condena
condicional, que comprendía medidas de seguridad que serían levantadas cuando los
médicos forenses lo declararan mentalmente reajustado. Así, en muy pocos años, don
Manuel quedó en libertad y regresó a sus tareas agrícolas.
Para bien o para mal, jamás he tenido
noticia de la suerte corrida por don Manuel. Ojalá Dios haya llevado de su mano al pobre
señor.
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