20 Crónicas Policíacas
Felipe González Toledo

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Barragán, enemigo público

Víctor Hugo Barragán Gaitán, por los derramamientos de sangre que causó y por los que provocó, no tiene par en la delincuencia del país. Primeramente debe verse que muy transitoriamente hizo parte de la gendarmería de aduanas, a la edad de 22 años, su conducta dejaba mucho qué desear y pronto fue retirado del servicio. Por sus conexiones aduaneras se lió a una trinca de contrabandistas que operaba en la carretera Central del Norte, y habiendo sido sorprendido en esas andanzas lo capturaron en Chocontá, de donde lo trajeron a la aduana interior de Bogotá, donde alcanzó a permanecer preso sólo durante unas horas. El 14 de enero de 1953 mató a dos gendarmes que hacían de celadores de la dependencia oficial y al propio tiempo tenían el encargo de vigilar al preso. Tras el doble homicidio, guardó los cadáveres en una pieza, se apoderó de las armas de. sus víctimas, echó por fuera candado y salió a la calle por la puerta principal. Eran las horas de la madrugada. Una empleada tempranera, no sin extrañeza, encontró abierto el portón de la aduana, entró, llamó a los celadores y comprobó que nadie había en la casa. Las víctimas fueron Manuel Antonio Fonseca y Flaminio Villarreal. La profusa publicación del acontecimiento y de la foto de Barragán permitieron que el fugitivo fuera identificado en Colombia, Huila, donde lo capturaron y lo enviaron a Bogotá, a órdenes del juez Emiro Quintero Chica, funcionario que inició la investigación del doble homicidio.

Así se inició la carrera delictiva de Barragán en cuanto a hechos de sangre se refiere. El acusado, sin otra explicación qué dar, trató de situarse en el caso de legítima defensa, pero esta versión no pudo sostenerla. La instrucción sumaria fue rápida. Los crímenes de Barragán corrieron parejos con sus fugas, como habrá de verse. En septiembre de 1955 se inició la audiencia pública, ante una espesa barra que miró al delincuente con simpatía y casi con admiración. Al concluir la primera sesión de la audiencia penal, Barragán obtuvo que esos guardianes, antes de conducirlo a la cárcel, lo llevaran a saludar a su familia, residente en el barrio de Belén. En esta visita la familia Barragán atendió con grandes miramientos a los custodios. Se consumieron bebidas embriagantes y en lo que ya parecía una fiesta, el preso desapareció. No hay para qué dudar que la fuga estaba negociada con los guardianes. Sin embargo, se trató de guardar algunas apariencias, se hicieron disparos y uno de los encargados de la custodia se hirió en una mano levemente, para mejor justificación.

El 31 de octubre, o sea 52 días después de la fuga, el prófugo fue localizado entre los barrios Centenario y Libertador. Estaba en una tienda con Héctor Manuel, su hermano menor, de sólo catorce años de edad, y un sujeto llamado David Contreras Osorio, aprendiz de escultor. Arma en mano, Víctor Hugo intentó resistencia y se desató un tiroteo en el cual perdió la vida el aprendiz de escultor y sufrió heridas el panadero Luis Manuel Martínez. Esta vez, Víctor Hugo Barragán se rindió poniendo las manos en alto después de haber botado su arma al piso. Acaso esta actitud la adoptó para proteger la vida de su hermanito.

Al regreso de Barragán a la cárcel se corrieron los trámites para la reanudación de la audiencia pública, pero tras vencer los obstáculos que suelen presentarse en la marcha de la actividad judicial el jurado volvió a reunirse el 5 de noviembre de 1956.

Fue esta una de las más largas audiencias públicas de la justicia penal, pues la sesión final se produjo el 28 de febrero de 1957, con el veredicto condenatorio del jurado.

El juez de la causa firmó la sentencia condenatoria pocos días después, mediante la cual recayeron sobre el acusado 24 años de prisión.

Durante la vista pública, Barragán hizo alarde de despreocupación, y como si fuera un campeón invicto correspondía con teatrales venias, sonrisas y besos al aire a las ovaciones de la barra, que ya califiqué de espesa, en su mayoría integrada por mujeres que también le enviaban besos.

Poquísimos días, a partir de la condena, fueron suficientes para que Barragán fraguara y llevara a efecto la tercera y más espectacular, más audaz y más sangrienta de sus fugas. En las primeras horas de la mañana del 13 de marzo se, aglomeraron frente a la cárcel Modelo numerosas personas, en su mayoría mujeres, que llevaban el desayuno a presos y guardianes. Entre ellas se debe señalar a Héctor Manuel Barragán, que trataba de ver a su hermano, y a la muchacha María Cristina Alarcón, quien llevaba el desayuno para el guardián Marco Fidel Castro. Muy estrechamente se abría la puerta para recibir los envíos, y Héctor Manuel aprovechó la una oportunidad para meter medio cuerpo. Al frente Héctor pudo ver de cerca a su hermano, quien inexplicablemente se hallaba a tres pasos de la guardia. Muy hábilmente, Héctor Manuel le lanzó a Víctor Hugo un paquete que el preso deshizo en menos de un segundo. Era un revólver.

Con el arma, Barragán mató a Marco Fidel Castro, guardián de la puerta de la calle, le quitó la vida a María Cristina Alarcón, quien entregaba un portacomidas, e hirió grave- mente al guardián Luis Antonio García, que lo recibía. Rápidamente abordaron un automóvil que esperaba con el motor prendido, y huyeron los hermanos Barragán y sus compinches, eficaces auxiliares de la espectacular y sangrienta fuga.

Avisada la policía, con la enumeración de los datos del carro que se alcanzaron a apreciar, la noticia se extendió y todas las radiopatrullas entraron en acción. El automóvil de los delincuentes emprendió un veloz y tortuoso itinerario y a momentos fue perdido de vista. En uno de esos momentos, los hermanos Barragán se apearon del vehículo y desaparecieron. Finalmente, el carro fue abandonado en la calle 71, muy cerca del templo de San Fernando. La policía encontró dentro del vehículo el cadáver de un joven, con la cabeza atravesada por una bala. Más tarde esta nueva víctima de las andanzas criminales de Barragán fue identificada como Fabio Alberto Ospina, a quien por sus costumbres excéntricas llamaban "La niña Albertina". La identificación se logró porque "Albertina" era muy asiduo visitante de Barragán en la cárcel Modelo y, según se ve, fue uno de los auxiliares de la escapatoria.

Durante los días siguientes, la policía no descansó en el seguimiento de distintas pistas para dar con los prófugos, y en los últimos de abril se tuvo noticia de que un camión carpado se había estacionado frente ala casa número 26-06 de la calle 15 sur, y que de la carrocería del vehículo descendieron tres sujetos. Se averiguó, entonces, que un matrimonio de apellido Ortiz había arrendado una pieza de su casa a desconocidos. Bien se pudo establecer que la habitación de la calle 15 sur, en una de cuyas ventanas se había fijado el aviso de "Se arrienda una pieza", fue alquilada a la señora Lucila de Ortiz por una mujer llamada Susana, quien llegó acompañada de un sujeto contrahecho. Susana precisamente es la mujer de Héctor Jara, integrante de la pandilla de Barragán y prófugo de la cárcel Modelo.

Sobre la certidumbre de que en esa casa se encontraban los Barragán, la policía militar, que entró a colaborar en las operaciones de la policía nacional, con el empleo de altavoces llamó a las personas que allí debían encontrarse, y para extremar la intimidación, se arrojaron bombas de gases lacrimógenos. El dueño de casa o arrendador del inquilinato, señor Ortiz, salió con los brazos en alto. Su esposa no levantó las manos porque en sus brazos llevaba un bebé, y de suyo daba la más alta garantía de inofensividad. Poco después, apareció Héctor Jara, agobiado por los gases asfixiantes, pero todavía en actitud belicosa, blandiendo amenazantemente el revólver. De un certero balazo le quitaron la vida, y el cadáver quedó tendido frente a la casa. Héctor Manuel Barragán, el hermano menor de Hugo, trató de escapar por un tejado, pero se dio cuenta de que ofrecía un blanco fácil, y retrocedió. Víctor Hugo continuaba disparando desde su refugio y, para dominarlo, la policía le respondió con una andanada de proyectiles. Uno de éstos le atravesó la cabeza y debió causarle la muerte inmediatamente. También Héctor Manuel, el jovencito menor de 15 años, resistió hasta el fin y cayó abatido por las balas de la policía. Así terminaron su carrera criminal los hermanos Barragán. Larga la de Víctor Hugo y cortísima la de Héctor . Manuel, el niño hechizado por la temeridad y la existencia azarosa de su hermano mayor.

El final de los Barragán se produjo el 1º de mayo de 1957, Día del Trabajo. Precisamente por esos días comenzaba a agitarse la resistencia contra el gobierno absolutista de Rojas Pinilla, cuya caída del poder se produjo el 10 de mayo.

La misma turba que asistió a las audiencias y demostró su admiración por el "héroe" del hampa, expresó su protesta por la muerte de Víctor Hugo y Héctor Manuel, e inclusive culpó de ella al "jefe supremo". Tal como si el “jefe", por aquellos días, no estuviera metido en la grande.

Ante el anfiteatro de Medicina Legal se formó una manifestación de protesta, con "mueras" y "abajos". Cuando la policía trataba de disolver el mitin se abrió paso Lisana Góngora, el amor de Hugo Barragán.

-Siempre fue que asesinaron a mi Hugo -exclamó Lisana, y entresollozos recibió las manifestaciones de pesadumbre de todos los admiradores de los antisociales.

El caso de los Barragán, a pesar de su final, que oscila entre el ejercicio de la justicia y el desbordamiento de la autoridad, es tenido como ejemplar en los anales del departamento de seguridad. Tanto, como que en el mismo anfiteatro, técnicos del SIC les tomaron mascarillas a los cadáveres de Víctor Hugo y Héctor Manuel, copias que pasaron a ser piezas del museo que trató de organizar el detectivismo, y que reunió con la mascarilla de Matallana, otro de los criminales más calificados. Pero a la fecha, no sé si el museo de criminalística siguió formándose ni sé qué se hicieron las mascarillas de Víctor Hugo y Héctor Manuel Barragán, famoso criminal el uno, y el otro arrastrado por el "heroico" comportamiento de su hermano mayor.

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