Barragán, enemigo
público
Víctor Hugo Barragán Gaitán, por los
derramamientos de sangre que causó y por los que provocó, no tiene par en la
delincuencia del país. Primeramente debe verse que muy transitoriamente hizo parte de la
gendarmería de aduanas, a la edad de 22 años, su conducta dejaba mucho qué desear y
pronto fue retirado del servicio. Por sus conexiones aduaneras se lió a una trinca de
contrabandistas que operaba en la carretera Central del Norte, y habiendo sido sorprendido
en esas andanzas lo capturaron en Chocontá, de donde lo trajeron a la aduana interior de
Bogotá, donde alcanzó a permanecer preso sólo durante unas horas. El 14 de enero de
1953 mató a dos gendarmes que hacían de celadores de la dependencia oficial y al propio
tiempo tenían el encargo de vigilar al preso. Tras el doble homicidio, guardó los
cadáveres en una pieza, se apoderó de las armas de. sus víctimas, echó por fuera
candado y salió a la calle por la puerta principal. Eran las horas de la madrugada. Una
empleada tempranera, no sin extrañeza, encontró abierto el portón de la aduana, entró,
llamó a los celadores y comprobó que nadie había en la casa. Las víctimas fueron
Manuel Antonio Fonseca y Flaminio Villarreal. La profusa publicación del acontecimiento y
de la foto de Barragán permitieron que el fugitivo fuera identificado en Colombia, Huila,
donde lo capturaron y lo enviaron a Bogotá, a órdenes del juez Emiro Quintero Chica,
funcionario que inició la investigación del doble homicidio.
Así se inició la carrera delictiva de
Barragán en cuanto a hechos de sangre se refiere. El acusado, sin otra explicación qué
dar, trató de situarse en el caso de legítima defensa, pero esta versión no pudo
sostenerla. La instrucción sumaria fue rápida. Los crímenes de Barragán corrieron
parejos con sus fugas, como habrá de verse. En septiembre de 1955 se inició la audiencia
pública, ante una espesa barra que miró al delincuente con simpatía y casi con
admiración. Al concluir la primera sesión de la audiencia penal, Barragán obtuvo que
esos guardianes, antes de conducirlo a la cárcel, lo llevaran a saludar a su familia,
residente en el barrio de Belén. En esta visita la familia Barragán atendió con grandes
miramientos a los custodios. Se consumieron bebidas embriagantes y en lo que ya parecía
una fiesta, el preso desapareció. No hay para qué dudar que la fuga estaba negociada con
los guardianes. Sin embargo, se trató de guardar algunas apariencias, se hicieron
disparos y uno de los encargados de la custodia se hirió en una mano levemente, para
mejor justificación.
El 31 de octubre, o sea 52 días después
de la fuga, el prófugo fue localizado entre los barrios Centenario y Libertador. Estaba
en una tienda con Héctor Manuel, su hermano menor, de sólo catorce años de edad, y un
sujeto llamado David Contreras Osorio, aprendiz de escultor. Arma en mano, Víctor Hugo
intentó resistencia y se desató un tiroteo en el cual perdió la vida el aprendiz de
escultor y sufrió heridas el panadero Luis Manuel Martínez. Esta vez, Víctor Hugo
Barragán se rindió poniendo las manos en alto después de haber botado su arma al piso.
Acaso esta actitud la adoptó para proteger la vida de su hermanito.
Al regreso de Barragán a la cárcel se
corrieron los trámites para la reanudación de la audiencia pública, pero tras vencer
los obstáculos que suelen presentarse en la marcha de la actividad judicial el jurado
volvió a reunirse el 5 de noviembre de 1956.
Fue esta una de las más largas
audiencias públicas de la justicia penal, pues la sesión final se produjo el 28 de
febrero de 1957, con el veredicto condenatorio del jurado.
El juez de la causa firmó la sentencia
condenatoria pocos días después, mediante la cual recayeron sobre el acusado 24 años de
prisión.
Durante la vista pública, Barragán hizo
alarde de despreocupación, y como si fuera un campeón invicto correspondía con
teatrales venias, sonrisas y besos al aire a las ovaciones de la barra, que ya califiqué
de espesa, en su mayoría integrada por mujeres que también le enviaban besos.
Poquísimos días, a partir de la
condena, fueron suficientes para que Barragán fraguara y llevara a efecto la tercera y
más espectacular, más audaz y más sangrienta de sus fugas. En las primeras horas de la
mañana del 13 de marzo se, aglomeraron frente a la cárcel Modelo numerosas personas, en
su mayoría mujeres, que llevaban el desayuno a presos y guardianes. Entre ellas se debe
señalar a Héctor Manuel Barragán, que trataba de ver a su hermano, y a la muchacha
María Cristina Alarcón, quien llevaba el desayuno para el guardián Marco Fidel Castro.
Muy estrechamente se abría la puerta para recibir los envíos, y Héctor Manuel
aprovechó la una oportunidad para meter medio cuerpo. Al frente Héctor pudo ver de cerca
a su hermano, quien inexplicablemente se hallaba a tres pasos de la guardia. Muy
hábilmente, Héctor Manuel le lanzó a Víctor Hugo un paquete que el preso deshizo en
menos de un segundo. Era un revólver.
Con el arma, Barragán mató a Marco
Fidel Castro, guardián de la puerta de la calle, le quitó la vida a María Cristina
Alarcón, quien entregaba un portacomidas, e hirió grave- mente al guardián Luis Antonio
García, que lo recibía. Rápidamente abordaron un automóvil que esperaba con el motor
prendido, y huyeron los hermanos Barragán y sus compinches, eficaces auxiliares de la
espectacular y sangrienta fuga.
Avisada la policía, con la enumeración
de los datos del carro que se alcanzaron a apreciar, la noticia se extendió y todas las
radiopatrullas entraron en acción. El automóvil de los delincuentes emprendió un veloz
y tortuoso itinerario y a momentos fue perdido de vista. En uno de esos momentos, los
hermanos Barragán se apearon del vehículo y desaparecieron. Finalmente, el carro fue
abandonado en la calle 71, muy cerca del templo de San Fernando. La policía encontró
dentro del vehículo el cadáver de un joven, con la cabeza atravesada por una bala. Más
tarde esta nueva víctima de las andanzas criminales de Barragán fue identificada como
Fabio Alberto Ospina, a quien por sus costumbres excéntricas llamaban "La niña
Albertina". La identificación se logró porque "Albertina" era muy asiduo
visitante de Barragán en la cárcel Modelo y, según se ve, fue uno de los auxiliares de
la escapatoria.
Durante los días siguientes, la policía
no descansó en el seguimiento de distintas pistas para dar con los prófugos, y en los
últimos de abril se tuvo noticia de que un camión carpado se había estacionado frente
ala casa número 26-06 de la calle 15 sur, y que de la carrocería del vehículo
descendieron tres sujetos. Se averiguó, entonces, que un matrimonio de apellido Ortiz
había arrendado una pieza de su casa a desconocidos. Bien se pudo establecer que la
habitación de la calle 15 sur, en una de cuyas ventanas se había fijado el aviso de
"Se arrienda una pieza", fue alquilada a la señora Lucila de Ortiz por una
mujer llamada Susana, quien llegó acompañada de un sujeto contrahecho. Susana
precisamente es la mujer de Héctor Jara, integrante de la pandilla de Barragán y
prófugo de la cárcel Modelo.
Sobre la certidumbre de que en esa casa
se encontraban los Barragán, la policía militar, que entró a colaborar en las
operaciones de la policía nacional, con el empleo de altavoces llamó a las personas que
allí debían encontrarse, y para extremar la intimidación, se arrojaron bombas de gases
lacrimógenos. El dueño de casa o arrendador del inquilinato, señor Ortiz, salió con
los brazos en alto. Su esposa no levantó las manos porque en sus brazos llevaba un bebé,
y de suyo daba la más alta garantía de inofensividad. Poco después, apareció Héctor
Jara, agobiado por los gases asfixiantes, pero todavía en actitud belicosa, blandiendo
amenazantemente el revólver. De un certero balazo le quitaron la vida, y el cadáver
quedó tendido frente a la casa. Héctor Manuel Barragán, el hermano menor de Hugo,
trató de escapar por un tejado, pero se dio cuenta de que ofrecía un blanco fácil, y
retrocedió. Víctor Hugo continuaba disparando desde su refugio y, para dominarlo, la
policía le respondió con una andanada de proyectiles. Uno de éstos le atravesó la
cabeza y debió causarle la muerte inmediatamente. También Héctor Manuel, el jovencito
menor de 15 años, resistió hasta el fin y cayó abatido por las balas de la policía.
Así terminaron su carrera criminal los hermanos Barragán. Larga la de Víctor Hugo y
cortísima la de Héctor . Manuel, el niño hechizado por la temeridad y la existencia
azarosa de su hermano mayor.
El final de los Barragán se produjo el
1º de mayo de 1957, Día del Trabajo. Precisamente por esos días comenzaba a agitarse la
resistencia contra el gobierno absolutista de Rojas Pinilla, cuya caída del poder se
produjo el 10 de mayo.
La misma turba que asistió a las
audiencias y demostró su admiración por el "héroe" del hampa, expresó su
protesta por la muerte de Víctor Hugo y Héctor Manuel, e inclusive culpó de ella al
"jefe supremo". Tal como si el jefe", por aquellos días, no
estuviera metido en la grande.
Ante el anfiteatro de Medicina Legal se
formó una manifestación de protesta, con "mueras" y "abajos". Cuando
la policía trataba de disolver el mitin se abrió paso Lisana Góngora, el amor de Hugo
Barragán.
-Siempre fue que asesinaron a mi Hugo
-exclamó Lisana, y entresollozos recibió las manifestaciones de pesadumbre de todos los
admiradores de los antisociales.
El caso de los Barragán, a pesar de su
final, que oscila entre el ejercicio de la justicia y el desbordamiento de la autoridad,
es tenido como ejemplar en los anales del departamento de seguridad. Tanto, como que en el
mismo anfiteatro, técnicos del SIC les tomaron mascarillas a los cadáveres de Víctor
Hugo y Héctor Manuel, copias que pasaron a ser piezas del museo que trató de organizar
el detectivismo, y que reunió con la mascarilla de Matallana, otro de los criminales más
calificados. Pero a la fecha, no sé si el museo de criminalística siguió formándose ni
sé qué se hicieron las mascarillas de Víctor Hugo y Héctor Manuel Barragán, famoso
criminal el uno, y el otro arrastrado por el "heroico" comportamiento de su
hermano mayor.
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