"El Perro
Lobo", récord criminal
Una fatal inclinación al delito,
perfeccionada por experiencias carcelarias, fue la de Santiago Ospina, un joven de
prestante familia que tempranamente dejó conocer su desvío y su capacidad criminal.
Como tantos muchachos, por segunda vez
perdió el quinto año de bachillerato y, con la aprobación de la familia, decidió no
estudiar más. Como se había convertido en un vago, sus parientes le buscaron un empleo y
entró a cumplir menesteres de mensajero en una respetable firma comercial. Un día su
jefe lo mandó al banco para que hiciera una consignación. Era una suma para entonces
cuantiosa. Algo más de quince mil pesos, representadas las dos terceras partes en dinero
en efectivo y el resto en cheques. Santiago no regresó a la oficina, y por la noche
tampoco llegó a su casa. Pocos días después la policía lo capturó en Cali, donde se
había entregado a una gran vida. Traído a Bogotá, fue a dar a la cárcel Modelo, bajo
la acusación de abuso de confianza, ilicitud que con esta denominación había denunciado
la firma comercial perjudicada.
Como el delito de abuso de confianza es,
o al menos era, desistible, si el denunciante recuperaba la pérdida, podía retirar la
denuncia y el sindicado quedaba libre. La familia de Santiago, de recursos no muy
cuantiosos, hizo lo que pudo para reunir la suma desfalcada y el caso quedó arreglado.
El joven delincuente, al regresar a su
vida ordinaria, contaba con la experiencia carcelaria. No en vano se ha dicho que las
cárceles son escuelas de delincuencia. Durante su breve prisión, que no pasó de un mes,
el joven hizo amistad con dos sujetos que no le aventajaban mucho en edad pero que se
contaban como veteranos en la violación de la ley penal. Al salir en libertad, los
antiguos compañeros se comunicaron telefónicamente con Santiago y se reunieron con él.
En estas charlas, que fueron sucesivas, se barajaron diversas iniciativas para hacerse a
dinero.
Uno de los amigos de Santiago presentó
un proyecto que fue acogido con entusiasmo. El proponente tenía amistad con Carlos J.
Vargas, dueño de un almacén del centro de Bogotá, llamado "El Perro Lobo".
Este comerciante era muy avaro y cauteloso, pero tenía un vicio que lo descontrolaba.
Vargas era homosexual, y en este ejercicio fue como conoció al amigo de Santiago. Para
cuidar su almacén por la noche, y al propio tiempo para jugar más libremente con sus
aberraciones, Vargas tendía una cama detrás del mostrador y ahí pasaba la noche. Entre
sus amigotes figuraba "Peluche", porque así llamaba, no se sabe por qué, el
sujeto cuya ausencia tanto había extrañado, sin saber que estaba en la cárcel.
Ya hice referencia a la víctima
escogida. Ahora me ocuparé de la ejecución del plan urdido por los tres jóvenes
delincuentes.
Hacia las 9 y media de la noche, en el
centro comercial bogotano de ese entonces, los transeúntes eran muy escasos. Poco más o
menos a esa hora tocaron a la puerta de "El perro Lobo". Como el golpe era
convenido entre Vargas y sus amiguitos, no tardó el comerciante en salir de su cama y
preguntar antes de abrir la puerta:
-¿Quién toca a esta hora?
-Soy yo, "Peluche" -respondió
uno de los tres jóvenes delincuentes, el que tenía "amistad" con el
comerciante.
-Hola, "Peluchito" -exclamó
Vargas-. Te me habías perdido. ¿Qué te habías hecho?
Y al decir estas últimas palabras,
Vargas abrió una hoja de la puerta. En tropel penetraron los excarcelados, y uno de ellos
le asestó un mazazo en la cabeza del desprevenido comerciante. Otro de los jóvenes
delincuentes agarró a Vargas por el cuello con suficiente fuerza para estrangularlo.
Cerraron la puerta y, validos de la luz que ya había encendido Vargas, esculcaron las
gavetas y se apoderaron del dinero que encontraron. Al salir, ajustaron la puerta y
emprendieron la retirada a paso rápido.
Dos días después, en vista de que
Vargas no abría su almacén, los vecinos informaron a la policía que algo raro estaba
pasando en "El Perro Lobo". Efectivamente, los representantes de la autoridad
encontraron en el piso del local el cadáver del comerciante. El caso tuvo gran
publicidad, pero quedó cubierto por el misterio, aunque no por mucho tiempo.
Los tres excarcelarios se repartieron el
dinero, que no era mucho, y sucesivamente se reunieron para tramar un nuevo golpe.
En esta vez, la iniciativa correspondió
a Ospina, quien confió a sus amigos un plan que ya había urdido. Muy poco tiempo antes,
Ospina había acompañado a sus hermanas a pasar un fin de semana en el pintoresco pueblo
cundinamarqués de La Vega, donde conoció aun señor Merino, comprador de café, que
había llegado de Honda como solía hacerlo todos los fines de semana, durante la
temporada de cosecha. -Ese hombre -dijo Ospina a sus compañeros- cuando va a comprar
café lleva un montón de plata. ¿Qué tal sorprenderlo en el camino entre Faca y La
Vega?
Al estudiar los pormenores del proyecto,
pensaron en lo importante que sería disponer de un vehículo para llevar a cabo la
delictuosa empresa. y Ospina dio la solución:
- Yo tengo un conocido, vendedor de
carros usados. Es un tipo Soler Segura. Yo lo vi hace poco con un carro de muy buena marca
y en muy buen estado. Por ese lado podemos conseguir un automóvil. Ya pensé cómo lo
haremos.
Se presentó Ospina en la agencia donde
trabajaba Soler Segura, y le dijo:
-Hace poco te vi en un Chevrolet verde.
¿Lo estás vendiendo? Porque yo te tengo un buen cliente para ya.
Como comprador, se presentó
"Peluche", muy bien trajeado y aleccionado, y Soler Segura se prestó a darle al
comprador potencial una demostración del mismo vehículo que ya había conocido
fugazmente Ospina. Acordaron tomar la vía de Soacha, y Ospina ocupó uno de los puestos
traseros.
-Un momento... -dijo uno de los
malhechores, y Soler detuvo la marcha del Chevrolet.
En aquel mismo instante, Ospina le
descerrajó un tiro de revólver en la nuca al infortunado vendedor. Lo mató
instantáneamente, y con gran rapidez los criminales sacaron del carro el cadáver y lo
arrojaron al margen de la carretera, muy cerca de la antigua estación ferroviaria de
Bosa.
Por una vía secundaria que seguía la
orilla oriental del aeropuerto de Techo llegaron a la troncal y tomaron rumbo a
Facatativá.
Entre Facatativá y la quebrada de
"El Vino" se les varó el automóvil, y decidieron esperar en ese lugar el paso
del señor Merino. No contaban con que el cadáver de Soler segura fue encontrado e
identificado muy pronto, y mediante comunicación telefónica de la policía con la
agencia que la víctima del crimen representaba, se enteraron de que había salido en un
automóvil Chevrolet, de determinadas placas, en demostración para su venta. Con
admirable rapidez, la policía impartió órdenes a todos los pueblos próximos a Bogotá,
y varias patrullas emprendieron por distintas vías la persecución. En Facatativá
pudieron saber que un automóvil de las especificaciones del que estaba vendiendo el
señor Soler había estado frente a una tienda en la salida de esta localidad, con tres
jóvenes que siguieron su viaje por la vía ya mencionada. De esta manera, cuando se
vararon y esperaban el paso del comprador de café, les cayó una patrulla de la policía
y los capturó. Posteriormente se supo que el señor Merino, quien conducía su propio
carro, se varó en las proximidades de Villeta, y el daño del vehículo fue tan grave que
no insistió en el viaje a La Vega. Así, sin saberlo, se salvó del asalto que la
peligrosa pandilla le había preparado.
La investigación del crimen no tuvo
mayores tropiezos porque los tres delincuentes, aunque mañosamente, echaron por el camino
de la confesión.
Las contradicciones en que incurrieron
los sindicados dieron lugar a careos entre ellos, careos entre los cuales se formularon
mutuas acusaciones. y fue así como vino a saberse que la misma pandilla había asesinado
al señor Vargas, dueño del almacén "El Perro Lobo", caso que ya parecía
haber quedado en la impunidad. Sobre los tres acusados recayó una pesada condena por
homicidios agravados. Ospinafue juzgado y sentenciado en calidad de reo ausente, pues muy
poco antes, durante una diligencia fuera de la cárcel, logró escaparse, y mucho tiempo
pasó sin que se tuviera noticia de su paradero.
Personalmente, me correspondió comprobar
que Ospina huyó al Ecuador, donde continuó su carrera delictiva. En efecto, en Quito
entró en contacto con unidades del hampa y participó en el asalto a una joyería de la
capital ecuatoriana, ocasión en la cual fue asesinado un celador nocturno. Pronto cayó
preso y fue internado en el penal "García Moreno", construcción colonial
habilitada como prisión y dotada de las mayores seguridades.
Sin embargo, Ospina logró fugarse del
penal, que es el más tétrico entre cuantos yo haya conocido en mi ejercicio
periodístico. Fue una fuga increíble. Ospina y tres compinches se aventuraron por una
alcantarilla, y después de muchas penalidades lograron salir al campo de la libertad.
Con los compañeros de esta novelesca
aventura el delincuente colombiano huyó a la ciudad de Ambato, Ecuador, donde a pleno
día asaltaron un almacén de joyería y artículos de lujo. Capturada la pandilla fue a
dar de nuevo al tenebroso penal quiteño.
Esta vez, Ospina fue "alojado"
en una de las bóvedas de máxima seguridad. Una especie de cripta de gruesísimas paredes
de piedra, cuyo arco frontal estaba formado por una reja de gruesos barrotes, asegurada
con cerrojos pesadísimos y no operables desde el interior.
En charla con un periodista del diario El
Comercio, de Quito, vinieron a cuento la disposición delictiva y la peligrosidad del
colombiano Ospina. Me aconsejó el colega que lo visitara y aprovechara esa oportunidad
para conocer la prisión, comparada con la cual las cárceles de nuestro país son hoteles
de turismo. Me indicó el periodista quiteño que preguntara en la guardia por el
director, cuyo nombre me dio, y que seguramente él me otorgaría el permiso.
Tal como se esperaba, el permiso me fue
concedido, y recorrí varias dependencias del penal "García Moreno". Inclusive,
con reja de por medio visité la bóveda donde pasaba solitario sus condenas el
"compatriota", si así se puede decir. Era una bóveda penumbrosa y posiblemente
húmeda. Le encontré alguna semejanza a las legendarias bóvedas del castillo de
Bocachica. Ospina, aunque sorprendido por mi visita, me reconoció sin vacilaciones. Yo,
francamente, no lo hubiera reconocido. Parecía muy despreocupado; estaba notoriamente
flaco y tenía una barba rala, de quince días o poco más; había perdido varios de sus
dientes, ya pesar de sus circunstancias, aún le quedaba ánimo para reír.
-Yo he aprendido algo de derecho -me
dijo-, y estoy seguro de que tengo razón en lo que voy a pedirle: en Bogotá quedé
debiendo algo de cárcel; más o menos lo mismo que debo aquí, pero con la diferencia de
que lo de Bogotá fue anterior a las cosas del Ecuador. Estimo que lo natural y lo legal
es que Colombia pida mi extradición. Quiero que usted, en su periódico, me le haga
campaña a esta iniciativa.
Y rió, esta vez sonoramente y con un
mayor brillo en los ojos. Detrás de sus palabras insinuantes me estaba diciendo a gritos:
"De cualquier cárcel de Colombia me puedo fugar fácilmente. Pero de este maldito
penal, dígame cómo".
El guardián que me escoltaba permaneció
retirado a él algunos metros de distancia durante la visita. Con Ospina consumimos no
menos de tres cigarrillos cada uno, y caritativamente acabé de prometerle que algo haría
por él.
Esta entrevista se produjo en los
primeros días de febrero de 1947, y desde entonces jamás he sabido de la suerte corrida
por el delincuente, que por aquellos días tendría 25 años de edad. Le quedaba mucha
vida para hacer diabluras. Es presumible que el joven delincuente de otros tiempos, sin
que me pueda tachar de fatalista, debe haber muerto en alguna de sus peligrosas andanzas,
o consumido por el rigor de la prisión.
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