El "Doctor
Mata" , criminal único
Un verdadero maestro de lo que el derecho
penal llama la premeditación, y un simulador de grandes facultades histriónicas fue
Nepomuceno Matallana. Hombre oscuro y de malos antecedentes, que dejó guardados en
Boyacá cuando se vino para la capital de la República, se entregó al ejercicio de la
profesión de abogado sin que sus conocimientos hubieran pasado el ciclo de primaria. Para
actuar como tal incurrió en falsedades y maromas, en las cuales era un experto.
En miles de toneladas de papel se
difundió en su época la trayectoria criminal de Nepomuceno Matallana, y el autor de este
recuento, habiendo cubierto casi totalmente la serie de aventuras delictivas del falso
abogado, llegó a fastidiarse tanto que ahora se ocupa del personaje porque sería
imperdonable que dentro del propósito de recordar los grandes crímenes, olvidara al más
grande de los criminales.
En la población de Caldas, Boyacá,
nació Matallana en el comienzo del siglo. Fue muy conocido en Chiquinquirá y en la
provincia de Ubaté, región en la cual se inició como delincuente, pero de esos
delincuentes que no dejan rastro. A temprana edad, pues no había pasado mucho de los 20
años, contrajo matrimonio con Carmen Sarmiento, mujer que ya había caminado buena parte
del otoño de su vida, pero que disponía de algunos dineros.
-No se meta con ese sujeto porque es un
pícaro -le dijeron a doña Carmen sus hermanos.
Pero como Matallana redoblaba sus
reverencias y sus requerimientos, doña Carmen acabó por casarse, y tal como si fuera una
niña díscola de 15 años, recibió el imborrable sacramento a escondidas de su familia.
"A esta vieja hay que matarla, pero
todavía no". Así debió pensar Matallana cuando los hermanos de Carmen lograron
evitar la enajenación de las tierras de que la anciana esposa de Matallana era
propietaria. El buscón sólo pudo disfrutar de la venta de una cosecha de papa y de unas
joyas que tenían el mérito de ser tan antiguas como su dueña.
Se cuenta que Matallana, mucho antes de
venir a Bogotá, mató aun hombre en su región y escondió el cadáver entre dos grandes
piedras, donde los gallinazos "piquetearon", como muy propiamente se puede
decir. Sólo tiempos después alguien encontró los huesos y se ataron cabos que
señalaban a nuestro personaje como autor de ese homicidio, cuando ya era muy difícil,
por no decir imposible, cobrarle el delito. Ni siquiera fue llamado a declarar.
Instalado ya en Bogotá, puso en juego un
sistema de su invención. Escogía a sus víctimas entre fichas sueltas de la sociedad.
Así cayó una proxeneta en uso de retiro, necesariamente bueno; cayó un homosexual
adinerado que vivía lejos de su familia; cayó también el propietario de una bomba de
gasolina, separado de su mujer y sus hijos; cayeron dos hacendados, enemigos entre ellos y
sin parientes cercanos; cayeron varios más y, finalmente, le correspondió el turno a don
Alfredo Forero, negociante y cambalachero, ya mayor de 60 años y distanciado de su esposa
y su hija. En todos estos casos se contó con la eficaz y fiel ayuda de un peón que era
algo así como los sicarios de estos tiempos, pero de a pie.
Como estas personas solitarias eran
dueñas de considerable fortuna, después de ocultar los cadáveres entraba a actuar el
falso abogado con la falsificación de poderes generales autenticados ante el notario con
suplantación del otorgante o empleando el sistema de falsear letras de cambio que
responsabilizaban a sus víctimas de cuantiosas deudas.
Don Alfredo Forero, la última de las
víctimas de Matallana, disponía de un buen capital y de un gran sentido del negocio.
Alejado de su familia, contaba con la compañía de Merceditas López, una muchacha de 20
años que se había portado con él leal y cumplidamente. De manera ocasional Forero se
relacionó con el tinterillo de esta historia, y los negocios fueron el tema de sus
conversaciones. y hablando de negocios Matallana le ofreció en venta a don Alfredo unos
terrenos ubicados al sur de Usme y sembrados de eucaliptus que muy pronto serían
maderables. Forero hizo cuentas y apreció que la oferta constituía una buena
oportunidad.
-Es que necesito -dijo Matallana- reunir
unos centavos para pagar una hipoteca, y liberar así un edificio que quiero vender para
viajar a Europa antes de que me haga viejo.
Alfredo acostumbraba informarle a
Merceditas López de todos sus negocios, y gracias a sus confidencias de alcoba fue
posible que la justicia se abriera paso y no quedara en la impunidad la muerte de don
Alfredo, tal como quedaron los anteriores crímenes de Matallana.
Impulsado por su senil afecto a
Merceditas López, abrigó el propósito de hacerle un gran regalo. Le ofreció a Mercedes
una casa, y con la muchacha visitó varias propiedades de buen precio, en busca de la que
a ella más le gustara. En ese momento, precisamente, fue cuando se atravesó Matallana y
le ofreció a Forero el bosque de eucaliptus situado en el cerro de
"Calderitas", al suroriente de Usme. Se fijó la fecha del viaje y una mañana,
a muy temprana hora, don Alfredo se despidió de su compañera con la promesa de llegar
antes de que se entrara la noche. Esta despedida, como habrá de verse, fue para siempre.
Con el paso de los días creció la
angustia de Mercedes López. Además de la falta que le hacía su viejito bondadoso y
cordial, la atenazaba la certidumbre de que había perdido la oportunidad de ser dueña de
una casa. Acosada por la impaciencia, le hizo antesala al "doctor" Matallana,
quien finalmente le informó:
-No espere muy pronto a don Alfredo
porque él tuvo que huir para salir de un lío muy serio. -Y confidencialmente añadió en
voz muy baja-: Un lío de faldas...
¿Lío de faldas? En la expresión de
Matallana, Mercedes adivinó una mañosa mentira. Y adoptó la determinación de llevar el
caso al conocimiento de las autoridades.
Realmente, fue poca la atención que le
prestaron a Merceditas, pero la averiguación siguió su curso rutinario, camino del
"archívese". Por hacer algo, eljuez de instrucción a cuyo despacho
correspondió la denuncia de Mercedes llamó a declarar a Nepomuceno Matallana.
Mercedes López se había situado, como
si ésta fuera su única ocupación, en la puerta del juzgado de instrucción que tenía a
su cargo las averiguaciones, y ahí la encontré varias veces y me comunicó el motivo de
sus inquietudes. Tales cosas decía, que era necesario creerle.
Una mañana, en el mismo juzgado supe que
Matallana estaba rindiendo declaración. Cuando salió, le formulé algunas preguntas, y
él, con ademán de desagrado, se limitó a responder:
-Gajes del oficio...
Con su respuesta evasiva, el tinterillo
quería ratificar su posición de que su condición "profesional" le impedía
revelar los motivos por los cuales don Alfredo Forero se había ausentado.
Hablé luego con el juez, y obtuve la
facilidad de echarle una mirada a la declaración que Matallana acababa de juramentar.
Dijo el dañino sujeto que era abogado, que tenía 43 años de edad y que se había
graduado en la "Universidad Republicana".
Por un recuerdo familiar estuve en
capacidad de decirle al juez :
-Este "abogado" de 43 años se
habría graduado a la edad de doce años, pues la Universidad Republicana se cerró en
1918.
La angustia de Matallana también debió
crecer, acosado por la insistencia de la muchacha en averiguar por su viejito
-Para qué busca a Alfredo Forero
habiendo tanto muchacho -le dijo el tinterillo a Merceditas, y agregó-: Si le hace falta
dinero, tome estos 200 pesos y ojalá no vuelva con tanta frecuencia porque yo vivo muy
ocupado.
Mercedes no recibió el dinero que le
ofrecía Matallana, y de la oficina del falso abogado salió directamente al juzgado de
instrucción; en esta vez, el investigador le prestó más atención y le escuchó todos
los detalles relacionados con la partida de don Alfredo. Tal como él mismo se lo había
informado, la muchacha le dijo al juez:
-Alfredo iba a ver un bosque de
eucaliptus situado más allá de Usme, en un cerro llamado Calderitas. Debían viajar
hasta Usme en el automóvil del doctor Matallana, y de ahí continuaban a caballo, en
bestias que un peón llevaría desde Bogotá.
El juez pidió a la prefectura de
seguridad un buen detective, y lo puso a trabajar. Este auxiliar, un agente secreto de
apellido Capote, comenzó por rastrear las pistas que daba Merceditas. Si las bestias
habían sido llevadas de Bogotá, en el retén de Usme debía haber alguna constancia. En
efecto, en la fecha indicada por Merceditas, en el retén aparecía registrado el paso de
dos caballares conducidos por un hombre que dijo llamarse Hipólito Berrera. Así comenzó
a desenredarse la sutilísima trama.
Capote comenzó a averiguar por los
lugares donde alquilaban bestias, ya para entonces muy escasos en Bogotá. Preguntando
dónde alquilarían bestias para viajar por los lados de "La Regadera", obtuvo
una dirección de Puente Aranda, donde alquilaban buenos caballos de paso y;
efectivamente, allá le informaron que un doctor Matallana había tomado en alquiler los
caballos, el moro "Talismán" y el bayo " Jonatás". El informador
agregó que el doctor había pagado por anticipado el valor de el alquiler y que había
dejado al dueño del negocio una suma como garantía por las bestias y sus aparejos.
Después, según dijo el hombre de Puente Aranda, un calentano vino por los animales como
a las 5 de la mañana.
-Precisamente los zamarros que estaban
ahí colgados se los puso el calentano para emprender el viaje.
Capote examinó los zamarros y entre uno
de los bolsillos encontró una clave definitiva: una tarjeta profesional del "Doctor
Nepomuceno Matallana -Abogado titulado e inscrito-". La tarjeta contenía la
autorización para que Hipólito Herrera pudiera pasar con los caballos por el retén de
Usme.
En su declaración juramentada Matallana
mencionó que tenía o había tenido propiedades en Pubenza, abajo de Tocaima El detective
viajó a Pubenza, fácilmente dio con el hombre que buscaba y lo trajo a Bogotá. Por lo
poco y lo vago que habló Hipólito con el detective, se ataron algunos cabos más, y el
investigador ordenó la captura de Matallana para someterlo a indagatoria. El tinterillo
cayó en numerosas contradicciones y el juez le dictó auto de detención.
En cuanto a Hipólito, el detective
Capote esposó al calentano y se lo llevó para la región paramuna de Calderitas, donde
presumiblemente se había cometido el crimen contra el incauto don Alfredo Forero.
Siempre me ha repugnado la tortura como
medio investigativo, y en este caso, debo reconocerlo, el detective Capote empleó una
tortura a su modo. Sistema que en la época presente deben haber empleado mucho los
"investigadores" en cuyas manos ha caído tanta gente inocente. A este viaje de
pesquisa a la montaraz región de Calderitas se sumó Merceditas López. Es decir, su
empeño en buscar al desaparecido la llevó a convertirse en investigadora. Merceditas,
antes de abandonar la carretera para emprender el ascenso por los cerros, compró una
gallina gorda, unas dos libras de papa, cebolla, sal y algo de tomar. Se proponía
preparar en algún rato de descanso un espléndido piquete. Hipólito rompió el silencio
para quejarse del frío. Algo iba de los 30 grados de su llanura de Pubenza al páramo. y
como si esto fuera poco el calentano iba en camisa de mangas cortas. Sin que Capote lo
hubiera previsto, este era un auténtico suplicio que comprometía a hablar claro.
Después de mucho caminar, Hipólito dijo a sus acompañantes:
-El doctor Matallana me trajo una vez por
aquí hace años, pero no hacía tanto frío como ahora. También es cierto que tal vez no
hacía tanto frío como ahora, y esa vez yo traía ruana. Una ruana gruesa, de pura lana.
Sabrosa.
Adelante caminaba Hipólito Herrera con
las manos esposadas atrás; le seguía Capote, revolver en mano e inspeccionando el
terreno a cada paso, y detrás marchaba Merceditas con su carga de viandas. Capote
observó un lugar donde estaba la tierra removida, y su mirada pasaba de la tierra a la
cara del preso, y de la cara del preso a la tierra en cuyos contornos había matas de
frailejón algo mustias. Tomó a Hipólito por un brazo, le quitó una de las esposas, lo
puso contra un árbol más o menos corpulento y ahí quedó atado al cerrarse la argolla
que le habían quitado de la mano izquierda. Mientras el preso permanecía abrazado al
árbol, el detective se dedicó a reunir leña y luego le ayudó a Merceditas a prender
candela. A sólo tres metros del árbol al cual permanecía esposado Hipólito, ardía la
leña sobre la cual colocó Mercedes una olla que le habían prestado donde compró la
gallina. Agua se consiguió fácilmente, y la muchacha no tardó en despescuezar la
gallina. En el agua hirviente Mercedes metió la gallina para desplumarla, y con una
navaja de Capote, una vez desemplumado y desencañonado el cuerpo de la inocente víctima
de la gula, procedió la improvisada cocinera a abrir el animal y alistarlo para el
cocido. Capote lavó la olla y trajo más agua para lavar las papas y preparar el
condumio.
Bien pronto, el caldo echó a hervir, y
el cautivo, con la máxima expresión de vencimiento, no quitaba sus ojos verdosos de la
olla, para él tan distante y tan ajena.
- Señor, por vida suyita, regáleme un
sorbito de caldo que me muero de frío.
El detective le respondió con unas
preguntas: -Si se muere de frío, ¿de qué murió don Alfredo Forero? y ¿dónde lo
enterraron?
Cuando ya Capote y Mercedes estaban
devorando la gallina y las papas y tomando sorbos de caldo con cuchara de palo turnada, se
dieron cuenta de que las lágrimas rodaban por las enjutas mejillas de Hipólito. El
detective le pidió que contestara:
-Si le damos gallina, papas y caldo,
¿usted qué nos da?
-Si me dan mas que sea un sorbito de
caldo caliente, yo les cuento unas cosas -respondió el preso entre sollozos.
-Dígalas pronto antes de que el caldo se
enfríe -lo urgió Capote.
El detective cortó un palo con la navaja
y él mismo se empeñó en remover la tierra y la encontró blanda. En seguida desató a
Hipólito del árbol y lo puso a trabajar.
-Le advierto, Hipólito, que si trata de
correr le echo plomo.
-No, señor. !Ave María!
Después de sacar mucha tierra con ambas
manos dijo Hipólito:
-¡ Aquí está!
Efectivamente, Capote y Merceditas al
mirar al fondo de lo que Hipólito había cavado vieron algo que podría ser un cadáver,
es decir, el del señor Forero. Hipólito continuó sacando tierra y vieron más claro:
ahí estaba el cadáver de don Alfredo. Merceditas reconoció las ropas que su
"viejito" llevaba el día de su desaparición. El detective y la muchacha dieron
por cumplida su tarea, Herrera quedó nuevamente esposado y con los chismes de cocina que
les habían prestado emprendieron el camino de regreso. Con su navaja Capote fue dejando
señales en los árboles y tomando puntos de referencia para no perder la ruta.
Al día siguiente regresaron el juez
investigador con su secretario, Capote, otra vez Merceditas y, claro, el calentano
Herrera. En esta vez Herrera viajó con una buena ruana que el mismo juez le regaló.
Posteriormente, se llevó a la práctica la diligencia de reconocimiento del cadáver en
el Cementerio Central. Este acto rutinario dio curiosos pero inútiles resultados, porque
Matallana insistió en que no tenía ni idea de lo que le había pasado al señor Forero,
y así como venía negando su viaje a Calderitas, se encastilló en un no rotundo a cuanto
se le preguntó.
-La última vez que vi a Forero fue en mi
oficina de abogado, cuando me contó que estaba metido en un lío muy grave, que lo
obligaba a esconderse.
Bien se puede decir que la tarjeta
encontrada en un bolsillo de los zamarros fue la clave definitiva para el esclarecimiento
del crimen, clave muy bien aprovechada por Capote, quien se calificó como un
"sabueso" de verdad que, como se pudo ver, condujo al descubrimiento de la
remota sepultura de los despojos mortales de la víctima.
Por aquellos días, los lectores de la
prensa sólo tuvieron ojos para las informaciones que se publicaban sobre el atroz crimen
de Matallana.
Fue mucho el trabajo que tuve en esos
días y, como si esto fuera poco, recibí una citación de un juzgado penal del circuito
para rendir indagatoria en relación con una denuncia que contra mí presentó Matallana.
Ocasionalmente me encontré con el juez que me citaba, y cuando me reclamó la
desatención a su llamamiento, me disculpé:
-Usted sabe, mi querido juez, que para
los llamados delitos de prensa hay un procedimiento especial. Primero se pide una
rectificación o aclaración, y si el periodista se niega a publicarla, entonces sí se
llama a declarar ante el juez.
-Pero es que no se trata de un delito de
prensa -arguyó el juez- pues la denuncia contra usted, presentada por Matallana, es por
el delito de hurto.
Ocurrió que cuando el investigador del
crimen de Calderitas practicó una inspección ocular en la oficina del falso abogado, yo
lo acompañé en esta diligencia. Abierto el escritorio, vi un álbum fotográfico.
Contenía retratos de mujeres, con dedicatorias ridículamente amorosas. y qué mal gusto
tenía Matallana. Desprendí muy disimuladamente la foto de la "mona" Forero,
una de las amantes más duraderas del tinterillo, y la publiqué en el periódico.
"Esto es un hurto", dijo Matallana y formalizó la denuncia contra mí. Muy mala
voluntad me tenía el famoso delincuente, porque en el periódico donde yo trabajaba en
esos tiempos, como el apellido "Matallana" es tan largo no me cabía en los
titulares y resolví apocoparlo. Aquello fue un éxito, porque quedó "doctor
Mata", y así lo llamaron por el resto de su vida. Bueno, y por lo del famoso
"hurto" nunca me tomé el trabajo de atender la repetida citación del juez
penal del circuito.
La diligencia de reconstrucción del
crimen atrajo muchísimos curiosos, y la cola multitudinaria subió hasta el lugar de los
hechos. Matallana viajó a caballo, pero como durante la diligencia permaneció mudo e
inmóvil, le tocó regresar a pie. No sé si yo lo merecía, porque también regresé
"a pura pata". Fue que en aquel torbellino de la diligencia me robaron el
caballo alquilado.
La publicidad del caso Matallana dio
lugar a que varias familias cayeran en la cuenta de desapariciones de allegados suyos
ocurridas en idénticas circunstancias. Entre los desaparecidos que en sus últimos
tiempos tuvieron relaciones con el falso abogado, figuran personas aisladas, adineradas y
sin parientes cercanos, pero esto se supo a la hora de descubrir el "Mr.HydeMr."
que había detrás del "Dr. Jekyll", es decir al "doctor Mata",
detrás del "abogado Matallana".
De las desapariciones atribuidas a
Matallana no quedó rastro alguno o asidero para intentar investigaciones. Solamente en el
caso de Leonor López, proxeneta retirada, casualmente se encontró un juicio ejecutivo
contra ella, promovido por Nepomuceno Matallana. Quién sabe cómo desapareció a Leonor,
a quien no era fácil llevarla de paseo a Calderitas. Es posible que la vida de la
proxeneta hubiera llegado a su fin en una pequeña finca que el falso abogado tenía entre
Bogotá y el antiguo municipio de Usme, y que el cadáver lo hubiera sepultado allí
mismo. Pero eso habría ocurrido varios años antes y la investigación era poco menos que
imposible. El juicio ejecutivo tuvo su curso en un juzgado civil del circuito de Bogotá,
con base en una cuantiosa letra que contra López tenía Matallana en su poder.
Hábilmente y bajo cualquier pretexto, cuando la ejecución estaba en marcha, Matallana
pidió y obtuvo el desglose del documento. Sólo, pues, quedó en el expediente la copia
autenticada por el juez, y el original desapareció. Muy seguramente Matallana falsificó
la letra después de la muerte de Leonor López, y valido del falso documento promovió el
juicio ejecutivo. En la demanda denunció como bienes embargables un edificio de
apartamentos, construcción levantada en la carrera 5ª.entre la calle 14 y la Avenida
Jiménez de Quesada, cuadra antiguamente llamada "Calle de Pamplona". El
edificio, que representaba todo el capital de Leonor López, era de dos bloques que
sumaban quince apartamentos. Como no apareció la "deudora", pasados los
requerimientos públicos, se decretó el remate. El edicto se publicó en un periódico de
escasa circulación, y se puede decir que la fecha fijada para el remate llegó sin que lo
hubiera visto interesado alguno. Se presentó solamente un postor, que era un testaferro
de Matallana, y como no tenía competidores se hizo adjudicar la propiedad por las tres
cuartas partes del avalúo, que por sí mismo era notoriamente bajo.
Leonor López tenía un hijo que vivía
muy alejado de ella, pero sabía que mantenía relaciones de negocios con un tal
Matallana. Su empeño fue hasta encontrar al "doctor", quien dio una
explicación igual a la que empleó tiempo después para tratar de embaucar a Merceditas,
la amante de Forero; que Leonor estaba metida en un lío y se había ausentado del país.
-Indirectamente -dijo Matallana- recibí
noticias de doña Leonor, cuando hace algún tiempo estaba en París, de paso para no sé
dónde. Yo tengo por ahí esa carta, que es la única noticia que he recibido. Cuando
tenga tiempo la busco; vuelva la semana entrante y es posible que la haya encontrado, y se
la muestro.
Cuando el muchacho regresó, Matallana le
mostró la carta. Estaba firmada con el nombre de una mujer desconocida, y se refería muy
vagamente a la "estatua". Aclaró Matallana que Leonor, al despedirse, le dijo
que le enviaría noticias suyas, pero llamándose "estatua", para que no la
identificaran si el papel caía en otras manos.
El muchacho, desconcertado y
decepcionado, se fue a París a averiguar por la madre entre la colonia colombiana y
acabó enrolándose como combatiente de la guerra mundial. Para beneficio de Matallana, el
hijo de la "estatua" debió morir en la guerra.
De no haber sido por la enorme cantidad
de memoriales, peticiones, apelaciones, etc., de Matallana, el juicio no habría sido tan
largo pero se prolongó por años y terminó con el veredicto condenatorio del jurado, por
unanimidad. Por entonces eran cinco los miembros del tribunal de conciencia, que
recientemente fue suprimido, y el juez de la causa había calificado el homicidio con los
peores agravantes. En las mismas condiciones fue condenado Hipólito Berrera, participante
muy activo en el asesinato de Forero. Hipólito Herrera la pasó bien en la prisión. Era
muy aficionado a la música y tocaba bandola muy bien. En la cárcel formaron un trío,
del cual era el principal el tocador de bandola y bandolero Hipólito. Recuerdo que cuando
terminó la audiencia, que fue multitudinariamente concurrida, el poeta Fernando
Arbeláez, de excelente humor, se acercó al defensor de Matallana, doctor Isaías Hernán
Ibarra, para felicitarlo. Evidentemente, Ibarra hizo una defensa magistral, elocuente y
hasta conmovedora. Al darle un abrazo, el poeta Arbeláez le dijo al abogado:
-Estuviste formidable. Me dejaste
maravillado. Después de esta defensa, que absuelvan a tu "doctor Mata", pero...
que no lo suelten.
La sentencia condenatoria no se hizo
esperar, el juez del conocimiento condenó a Matallana y a Herrera a la máxima pena. Es
decir, a veinte años de presidio. Sin embargo, fueron puestas en juego diversas argucias,
y con el fundamento de una ligera falla procedimental, el tribunal superior anuló la
condena y ordenó convocar aun nuevo jurado. La tramitación de todo esto requirió mucho
tiempo.
La nueva audiencia, con otros defensores,
se aproximaba ya a su final, cuando en la cárcel Modelo Matallana sufrió un colapso
cardíaco y falleció casi repentinamente. Alcanzó a pasar poco más de diez años en la
prisión. Casi simultáneamente, quiero decir muy poco antes o muy poco después, murió
Hipólito Herrera. El proceso, pues, por la muerte de los acusados, pasó al archivo.
Definitivamente quedaron en la oscuridad
los demás delitos del falso abogado, y el proceso público sólo sirvió para que en
Ubaté y en sus vecindades boyacenses recordaran homicidios perpetrados por Matallana en
su juventud, cuando todavía estaba muy lejos de ser el famoso "doctor Mata". En
Caldas, pequeña población de Boyacá, tierra natal de Matallana, se hizo notar la
desaparición de un campesino, y mucho tiempo después fueron hallados los huesos dentro
de una gran grieta formada en una piedra de tamaño gigantesco. Se dice que hubo sospechas
contra Matallana pero no se constituyó ninguna prueba. "Mata" se calificó como
uno de los más grandes criminales en la historia delictiva de Colombia.
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