20 Crónicas Policíacas
Felipe González Toledo

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El crimen del prebendado

No estoy muy seguro de si esta crónica, relativa a hechos registrados hace muy cerca de 200 años, encaja dentro de la presente serie. Pero es necesario ver que se trata de un caso policiaco muy interesante, que muestra la investigación penal de hace siglos.

Por extraño que parezca, al canónigo Armendáriz no lo designaban por apodo alguno. Más extraño aún si se tiene en cuenta que fue contemporáneo del canónigo don Manuel de Andrade, a quien merecida o inmerecidamente, pero muy a sabiendas suyas, llamaban "El Buey", y no es que Armendáriz fuera más acreedor a respeto que su compañero de Capítulo Catedral. Por el contrario, "El Buey" Andrade aventajaba al prebendado Armendáriz en riqueza, de la cual dio muestras al costear más de la mitad de la obra del acueducto de San Victorino.

Armendáriz fue un clérigo opaco. Interinamente desempeño la dignidad de sochantre o paborde, o algo así. Pero era retraído y casi sórdido. Si nos parece raro que no se le distinguiera por apodo alguno es porque Armendáriz sufría de una muy visible particularidad. Tenía tan larga la primera muela bicúspide superior de la derecha, que cuando cerraba la boca, por más que apretara los labios, la horrible pieza dental se le quedaba por fuera. Quienes lo vieran de perfil, por el lado izquierdo, acaso lo pasaran inadvertido. Pero quienes lo vieran por la derecha, subconscientemente debían asociar a su distraído transcurrir la imagen de un elefante. Porque, además de la saliente bicúspide, la nariz prominente y de base caída contribuía a la semejanza. Sin embargo, no se le recuerda por ningún apodo. La muela aquella, para qué decirlo, debió influir sumamente en las maneras y la vida del prebendado.

No tendría importancia la muela, por sí misma, a pesar de su tamaño, si no estuviera asociada a un hecho extraordinario registrado en Santa Fe al finalizar el siglo XVIII, que sin lugar a dudas se puede reputar como el que originó la primera investigación criminal de carácter científico. No porque entonces se tuvieran nociones de lo que ahora llaman "técnica policial", sino merced a la intuición de un ladino barbero que se llamaba Bernabé, que vivía en la calle de San Hilario y que era muy amigo de meterse en todo lo que no le importaba.

El hecho verídico que ahora nos ocupa ocurrió en los mediados de agosto de 1797, por los días de la muerte del arzobispo Martínez Compañón y bajo el virreinato de don Pedro Mendinueta. Pero sus consecuencias, un tanto borrosas, se extienden hasta los dos o tres primeros años del siglo XIX.

Dejemos por ahora al prebendado y a su muela para ascender por las empedradas y fatigantes callejuelas de Belén, donde habremos de hallar a Rosa Tabares, otro de los más importantes personajes de esta historia policíaca. Rosa era una rolliza mulata que vivía en una pieza ciega, arriba de la "Piedra Ancha". Tenía 30 años, poco más, poco menos, y ganaba la vida en el arreglo de ropas de estudiantes. Pero ganaba más, según las malas lenguas, prescindiendo de las ropas. Se quería decir que no todo el tiempo lo destinaba a remendar calzones y a alisar camisas y que la pieza ciega, a ratos, permanecía sospechosamente trancada por dentro.

Era muy graciosa la mulata, y a distancia la reconocían por sus estridentes carcajadas.

 

De Bernabé, el barbero de la calle de San Hilario, el tercero y quizás el más importante de los personajes de este relato, nadie recuerda el apellido. Pero no hace falta. Bernabé, como todos los barberos, era dicharachero y ladino, sabía mucho de la vida de los demás y no solamente manejaba las tijeras y la navaja sino que ejercía la exodoncia. Agobiados por el reuma, con abultado cachete sostenido por pañuelo anudado en la coronilla, muchos santafereños llegaron a la barbería de Bernabé resueltos a dejarse arrancar no sólo la muela sino las carracas, y su destreza en el manejo del gatillo le dio a Bernabé un prestigio superior al que disfrutaban los demás barberos.

Por aquella época, no sobra decirlo, no existía la anestesia. Pero Bernabé, que indudablemente era superior a su tiempo, en la práctica la empleaba. Porque con sus historiones y chismes anestesiaba a los pacientes, y si bien no lograba insensibilizarlos contra el violento tirón del gatillo, en cambio les ahorraba el inquietante y angustioso prólogo de la operación. y como la historia quedaba pendiente, interrumpida por la sacadura de la muela, Bernabé la continuaba, a manera de atención posoperatoria, mientras el paciente escupía sangre y hacía buches de agua de amapola.

Conocidos los tres principales personajes de esta verídica historia, poco a poco debemos ir penetrando en los detalles de lo ocurrido y estableciendo relación entre ellos y los hechos. En la misma calle de San Hilario, entre San Juan de Dios y el río San Francisco, es decir, en lo que ahora es la Avenida Décima entre la calle 12 y la Avenida Jiménez de Quesada, en los altos de una colchonería, vivía el canónigo Martín Armendáriz .

Por extraño designio, pues, se hicieron vecinos la gigantesca muela y el hombre adiestrado en la exodoncia. Cualquiera habría jurado que Bernabé le tenía ganas a la saliente bicúspide del canónigo. Sin embargo, ocurría al contrario. Le tenía miedo. Así lo demostró cuando una tarde, en son de charla, a la puerta de la barbería, se acercó el prebendado y tras de algunos rodeos le dijo a su vecino:

"Hombre, Bernabé: a veces me dan ganas de que me arranque esta muela que ha dado en dolerme".

Sobrada cuenta se dio el ladino barbero de que la muela no le dolía al canónigo. No tenía por qué dolerle. Sencillamente, le estorbaba, porque lo afeaba mucho, y lo del dolor era sólo un pretexto para buscar una ventaja fisonómica, y con fingida reverencia, Bernabé se excusó de practicar la operación. Dijo que el gatillo estaba un poco averiado, pero que un amigo, ferretero de Cartagena, debía traerle de España uno nuevo, y con este consolador embuste se excusó de aceptar el duelo a muerte con la muela.

Desde luego, Bernabé aprovechó para hacerle un breve examen a la dentadura del prebendado, más por satisfacción de su curiosidad que por sincero deseo de complacerlo. La muela era muy respetable y resultaba mejor dejarla quieta.

Semanalmente, cuando menos Bernabé se daba una vuelta por el barrio de Belén, y de oraba en la pieza ciega de la "Piedra Ancha". Ninguno de los mal pensados vecinos de por allí pudo decir que las visitas del barbero a la mulata coincidieran con el sospechoso empleo de la tranca tras de la puerta. Aunque nada raro habría tenido porque Bernabé era un cuarentón, soltero, alegre y entrador. Es evidente, en cambio, que la mulata Rosa Tabares arreglaba la ropa del barbero, porque así se demostró cuando sucedió el extraño caso del que ahora nos ocupamos.

Fue por los días de la muerte del arzobispo Martínez Compañón, cuyo fallecimiento conmovió a los santafereños. Se cuenta que el 14 de agosto de 1797, a los seis años y cinco meses de su gobierno espiritual, el señor Compañón enfermó tan gravemente que en esa misma fecha le llevaron los Santos Sacramentos. El 17 murió y el 19, dice el cronista José María Caballero, "lo sacaron en una magnífica procesión, por el contorno de la plaza, con asistencia de todas las corporaciones, tribunales y multitud del pueblo que iba muy triste y lloroso".

Entregado al duelo estaba todo Santa Fe cuando ocurrió una gravísima novedad en el barrio de Belén. El caso habría causado una extraordinaria conmoción, pero la muerte del señor obispo y las imponentes ceremonias fúnebres lo eclipsaron muy explicablemente, y el acontecimiento de Belén pasó casi inadvertido.

 

La puerta de la pieza, arriba de la "Piedra Ancha", no estaba abierta, pero tampoco estaba trancada, como otras veces. Eran las 11 de la mañana y así había estado la puerta desde temprano, según lo apreciaron varios de los vecinos cuando pasaron con rumbo a la Plaza Mayor para participar en las ceremonias fúnebres. Algún curioso vecino de Belén, después de haber pasado repetidas veces por allí, en trance de observación, se detuvo frente a la puerta, se arriesgó a tocar y, finalmente, seguro de que nadie había en el interior, empujó una hoja con suavidad.

Tendida a la diagonal en la cama y con las ropas en desorden, estaba la mulata Rosa Tabares. Su absoluta quietud no dejaba dudas. Estaba muerta. La noticia cundió, y las pocas personas que no habían ido a la plaza grande invadieron la habitación de la desdichada mujer.

"La ahorcaron", exclamaron los que más arriesgadamente se metieron hasta el rincón de la cabecera. En efecto, la mulata tenía atadas unas tiradillas al cuello, y de su boca, desmesuradamente abierta, emergía la lengua congestionada.

¿Quién mataría a la mulata Rosa? Esta pregunta jamás tuvo respuesta clara. Porque la única persona que despejó la incógnita gozaba de muy poco crédito. El secreto del ahorcamiento de Rosa lo descubrió el barbero Bernabé, pero como era tan hablador nadie se lo creyó. Porque Bernabé era chismoso y por meterse en lo que no le importaba, años más tarde, el 19 de enero de 1805, lo mataron en el mismo barrio de Belén.

 

Pero volvamos a la muerte misteriosa de Rosa Tabares. El mismo día, cuando no había pasado una hora a partir del momento en que un vecino curioso abrió la puerta y vio el cadáver, por la calle de la "Piedra Ancha" subió el barbero, y grande extrañeza debió experimentar al ver a más de veinte personas amontonadas contra la puerta de Rosa, pugnando por mirar hacia el interior y con inconfundible expresión, mezcla de terror y expectativa.

Se abrió paso el barbero cuando lo enteraron de lo que había ocurrido, y con los aires de superioridad que le eran peculiares desalojó a los fisgones que rodeaban la cama. Resueltamente procedió a examinar el cadáver, y al tomarle una de las manos crispas para tratar de separar del cuerpo el brazo rígido, observó que tenía desgarrada una de las mangas de la blusa de lienzo.

Anotó Bernabé, y así se demostró más tarde, que era suya la prenda empleada para el ahorcamiento. Efectivamente, eran sus mejores tiradillas. Y entre una canasta de caña vio sus propias camisas listas, como que ese deja, precisamente, había ido por ropa limpia para asistir al entierro del señor obispo.

Los más cercanos vieron cuando el barbero, con especialísima atención, mientras mantenía levantado el jirón de la manga, examinaba el brazo izquierdo del cadáver. Nada dijo Bernabé. Asumió una actitud cavilosa, pero nada dijo al final. Quienes lo tenían por hablador no eran justos con él.

Con aire preocupado, el barbero abandonó la habitación de la difunta. Ni siquiera se detuvo a hablar con los alguaciles que llegaban en el mismo momento en que él daba por concluido su examen.

Sin cambiarse de camisa, el barbero se dirigió a la Plaza Mayor y entró a la Catedral. Sin respetar obstáculos, llegó hasta el pie mismo del catafalco. Para los clérigos que rodeaban el cadáver del obispo no debió pasar inadvertida la actitud del intruso. No era una actitud reverencial. Por el contrario, parecía impertinente. Y su inquietud era la de quien busca algo que se le ha perdido. Después anduvo por la plaza y se detuvo en cada uno de los altares dispuestos para la fúnebre procesión que se preparaba, siempre mirando en torno suyo, como buscando a alguien.

Al anochecer, Bernabé volvió a la calle de San Hilario, pero no se dirigió de inmediato a la barbería. Su objeto era otro. Atenta, pero cautelosamente, se mantuvo mirando hacia la habitación del prebendado, en los altos de la colchonería. Había luz, señal inequívoca de que su vecino el canónigo Armendáriz se encontraba allí.

Muy preocupado, actitud rara en él, y como si vacilara y no acabara por decidirse a adoptar una determinación trascendental, el barbero se dirigió hacia San Juan de Dios y en una tiendecita que halló abierta se echó a la garganta un buen trago de aguardiente.

Durante los días que transcurrieron entre la muerte y el entierro del arzobispo Martínez Compañón, en plena mitad de agosto, época de verano, sobre Santa Fe llovió torrencialmente y este capricho meteorológico se tuvo por significativa asociación de la naturaleza al duelo de los fieles. El acoso de la lluvia y el estímulo del aguardiente, por igual, contribuyeron a que el barbero saliera de su vacilación y adoptara una actitud definida.

Resueltamente, Bernabé tocó a la puerta del canónigo. Nadie respondió. Pero como la luz seguía encendida, el barbero insistió en los golpes. La luz se apagó, y esta rara ocurrencia estimuló al barbero para golpear la puerta con mayor fuerza. Arriba, se abrió un postigo de la habitación a oscuras, y la voz del prebendado se dejó oír con acento de impaciencia. ¿Quién era y qué buscaba a aquellas horas? y eran más de las 7 de la noche. Bernabé tenía a la mano el pretexto, pero no contaba con la resistencia, y para no echarlo todo a perder se reservó para el día siguiente y se deslizó en la oscuridad, hacia la orilla del río San Francisco. Y por aquella noche quedó entre el tormento de dos incógnitas: ¿Por qué el canónigo no estaba presente en las ceremonias fúnebres? ¿Por qué había apagado la luz?

A la mañana siguiente el barbero puso en juego su pretexto y volvió a tocar a la puerta de Armendáriz. Que el canónigo no podía atender, fue la demorada respuesta que dio un muchacho mestizo que corría por "recogido" y que ayudaba a la cocinera en los menesteres domésticos. Así, para justificar la insólita visita como para interesar a Armendáriz, el barbero le mandó decir que le habían traído de Cartagena el gatillo nuevo. Pero el prebendado, por el mismo conducto, respondió que tenía fiebre y que ahora no estaba para esas.

Y como el mestizo agregó de su cuenta que efectivamente su señor estaba indispuesto y que desde el día anterior no salía de su habitación, la inquietud y la curiosidad del barbero estuvieron apunto de estallar.

Dos mujeres de la colchonería que se hallaban en la puerta mientras iban y venían los recados, algo le preguntaron a Bernabé en relación con el entierro del obispo, y el barbero aprovechó la oportunidad para hacer algún comentario acerca de la salud del señor Armendáriz. Acogieron las mujeres el comentario como cosa sabida, y agregaron, sin demostrar un evidente interés por la salud de su vecino, que realmente, el día anterior, el mestizo había estado en carreras, como en busca de remedios.

No podía dejar el barbero a medio recorrer el camino por el cual se había aventurado, y acicateado por los resultados que iba logrando decidió escarbar en otro frente. Al efecto, se dirigió a la botica de don Juanito Aguiar y con el pretexto de una pequeña compra promovió el tema de conversación obligado, la muerte del señor arzobispo, y de manera muy intencionada se refirió a los quebrantos del canónigo Armendáriz.

Al parecer, nada grave le ocurría al canónigo, porque el muchacho mestizo había estado allí la víspera y sólo había comprado, según el boticario, unas hojas de árnica. ¿Para qué árnica? Quizás se había dado algún golpe.

 

El sagaz barbero, no siempre llevado por el maligno sentimiento de meterse en las vidas ajenas, dio por concluida su investigación al confirmar las sospechas que tan difícil, tan resistentemente, tan temerosamente había acogido. No se estaba metiendo en las vidas ajenas sino en las muertes. Y él tenía la clave del ahorcamiento de Rosa Tabares. Porque al examinar el brazo izquierdo del cadáver, bajo la manga desgarrada, había descubierto la señal de un mordisco. Y la huella de la primera bicúspide derecha era muy profunda. Así pareciera absurdo o increíble, esa huella sólo había podido dejarla la muela del canónigo. ¿Por qué? ¿Qué ocurrió entre el retraído eclesiástico y la mulata? Nunca se supo. Pero allí quedó, inconfundible, la huella de la monstruosa bicúspide.

 

La explicación del crimen quedó en el campo de las habladurías, pero los santafereños que le prestaron alguna atención a la misteriosa ocurrencia atribuyeron el chisme de la muela al barbero.

Es lo cierto que desde los días de la muerte del arzobispo ningún santafereño volvió a ver al canónigo Armendáriz, y que en el ambiente sacristanil se dijo que el prebendado, seriamente indispuesto, se había marchado para Tocaima. Pero el cabildo eclesiástico guardó inalterable reserva.

Del terreno de las habladurías se salió la versión de la muela cuando el clérigo Munar, de quien dice el cronista Caballero que "predicaba casi todos los días por las calles, reprimiendo los vicios públicos, y lo mismo hacía de noche cuando salía, pidiendo castigo para el pecado mortal, y por esto los currutacos lo burlaban y lo tenían por loco", hizo alusiones bastante directas al crimen de Belén. Quienes oyeron al celoso clérigo referirse a la muerte de la mulata comprendieron que los chismes atribuidos al barbero tenían un sólido fundamento.

En torno al final de Armendáriz, a quien nadie volvió a ver, se tejieron leyendas diversas. En marzo del año siguiente, un hombre fue ajusticiado en la Plaza Mayor, pero la fúnebre ceremonia de la ejecución transcurrió casi secretamente y el cadáver del reo fue sepultado allí mismo, frente al lugar que ahora ocupa la torre norte de la Catedral. Se generalizó entonces el rumor de que Armendáriz había permanecido en un convento mientras cursaba un juicio reservadísimo, como resultado del cual lo ajusticiaron en las condiciones ya dichas. Y se agregó, en el interpretativo, que habiéndosele negado el derecho a sepultura en la Catedral, correspondiente a su condición de prebendado, transaccionalmente se había dispuesto el sepulcro frente al templo pero por fuera de su área.

En noviembre de 1802, cuando se discutía el lugar para la sepultura de un desequilibrado santafereño llamado Felipe Campos, quien se suicidó en una bóveda de la capilla del Sagrario, encontraron el cadáver de un desconocido, envuelto en paños negros. Nadie supo quién metió allí ese cadáver sólo pocas horas antes, o si fue que el desconocido se metió entre la bóveda para morirse allí. Era un sujeto "de buen aspecto y decencia", cuya identidad quedó en blanco.

Los despojos del desconocido, sacados de la capilla, muy reservadamente fueron sepultados en la esquina nororiental de la Plaza Mayor, frente al lugar que hoy ocupa la torre izquierda. En torno al extraño caso circularon rumores variadísimos, pero predominó la sospecha de que el cadáver correspondía a Armendáriz y que la muerte se la había causado al enigmático canónigo su propio arrepentimiento.

Mucho más debía saber el barbero de la calle de San Hilario, quien seguramente no canceló su empeño investigativo. Pero Bernabé, tenido por hablador y mentiroso, no volvió a referirse a la muerte de la mulata Rosa Tabares. y en el mismo barrio Belén, en enero de 1805, en una riña, mataron al barbero y sacamuelas, precursor de la técnica policial.

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