20 Crónicas Policíacas
Felipe González Toledo

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Cuerpo de mujer por libras

En una fracción de San Antonio de Tena, el municipio ahora llamado San Antonio del Tequendama, a alguna distancia de la población tenían una parcela los padres de Teresa Buitrago, más comúnmente llamada Teresita, cuya vida y cuya muerte dieron para mucho. En su lugar de nacimiento pasó Teresita su niñez y su primera juventud. A los 15 años ya se había revelado como una mujer de admirables atractivos. Después de terminada la escuela rural, dio en bajar de la montaña al pueblo los domingos y días festivos, para asistir a la misa mayor, y se dice que la feligresía juvenil, y también la madura, desatendía el ritual de los oficios religiosos para mirar y admirar a la bella campesina.

Andando el tiempo, cuando Teresa ya había cumplido los 18 años de edad, se fugó con un forastero a Bogotá. En esta primera experiencia, Teresita no encontró lo que buscaba. La ciudad la recibió no muy bien. Le correspondió vivir la misma suerte adversa que tantas mujeres del campo han sufrido. Primeramente, debo hacer notar que la transición de los alpargates del campo a los zapatos de la ciudad le originó inconvenientes y calamidades que le duraron por el resto de su vida. Los pies se le avejigaron y se le encallecieron. La pobre mujer era muy hermosa, pero caminaba muy mal. Sus andares, en todo sentido, eran muy descalificables.

-Otra de las calamidades iniciales que sufrió Teresita en Bogotá fue la fuga de su compañero de viaje, como también compañero de hotelito durante breves días. Sin más que hacer, poco a poco se entregó a la prostitución. Echó a merodear por San Victorino, parándose en las esquinas a descansar y a esperar al que hubiera de venir. Bien pronto se dio cuenta de que esto no era lo que ella esperaba encontrar en Bogotá, y para tentar suerte trasladó sus hermosos atractivos a los anocheceres de la carrera Séptima. No le faltaron los admiradores, pero ella dio en preferir a los que pasaban en automóvil y le lanzaban miradas lujuriosas pero que parecían de gula. Pronto se relacionó bien. Frecuentemente, se economizaba el hotel, yéndose a pasar la noche con el que la invitara. En esta vida pecadora, pero ya un poquito por lo alto, pudo hacer sus ahorros y compró en Chapinero, en la calle 59, pocos pasos abajo de la Avenida Caracas, una casa pequeñita. Instaló allí un bar y en el interior acomodó su dormitorio, que en poco tiempo llegó a ser relativamente lujoso. En el bar vendía licores y cervezas a precios relativamente altos, y de esta manera pudo seleccionar su clientela y lograr un amplio margen de utilidad. Se sabe de varios personaje es que la visitaban con relativa frecuencia, y al fin de las veladas el último de los consumidores se encargaba de trancar bien la puerta...

-Teresita tuvo un amante permanente, que toleraba las visitas nocturnas, porque las creía o quería creerlas ocasionales. Este amante era Pacho Díaz, un vago perteneciente a acomodada familia de la provincia del Guavio. Como todas las personas inútiles, Pacho Díaz tenía su gracia. Era un espléndido jinete, condición al a cual le sacó algún provecho, pues los criadores de caballos de paso lo mandaban a las exposiciones de la región sur de los Estados Unidos. Un caballo colombiano montado por Pacho Díaz ofrecía un verdadero espectáculo y se valorizaba la bestia en negocio.

Pacho, para evitarse malos momentos, visitaba a Teresita de día, y si alguna vez lo dominaba la tentación de ir de noche y encontraba cerrada la puerta, no se animaba a golpear y seguía su camino. El chalán quería mucho a Teresita. Ella también lo quería, pero no mucho. Lo trataba con ternura y le soportaba sus necedades. En ocasiones, Pacho participaba en las reuniones nocturnas, aunque no después de las 10. Rigurosamente, pagaba el valor de sus consumos y alguna participación tomaba en la tertulia. Desde luego, siempre observaba una discreción irreprochable. De aquellas reuniones era muy asiduo un personaje que fue muy popular en Bogotá: "El Loco Zamorano". Este personaje, frustrado médico, era valluno, pero por el muy amplio círculo de sus amistades era más bogotano que todos los bogotanos. Dueño de un ingenio junto al cual los de su tierra vallecaucana eran sólo "matecañas". Era inagotable el ingenio de "El Loco Zamorano", y, generalmente, su charla se apoderaba de la tertulia donde Teresita. Su gusto por el aguardiente lo hacía cliente diario del bar de la 59, y se oyó decir que Teresita le hacía descuentos especiales. Por los tiempos que recuerdo, poco después de finalizar la Segunda Guerra Mundial, llegó a Bogotá un italiano, veterano de las tropas de Mussolini. Se llamaba Ángelo Lamarcca, y un día cualquiera la casualidad lo llevó al bar de Teresa Buitrago. La dueña del establecimiento había entrado ya en sus 40 años y conservaba su hermosura: y todos sus atractivos. Mientras no tuviera que caminar todo estaba bien. El italiano, en su dulzarrón idioma, le dijo a Teresa quién sabe cuántas cosas, y ella quedó prendada. En una segunda o tercera visita el inmigrante le propuso matrimonio a Teresita. Casarse era lo único que le quedaba por hacer. Pensó en la importancia de ser la señora de "alguien", y aceptó la propuesta.

Pacho Díaz supo lo del matrimonio y abrumó a su amante a consejos en contra del descabellado propósito.

Muy importante resulta ver que un buen tiempo antes, mucho antes de la llegada del italiano a Bogotá, Teresa Buitrago tuvo un contratiempo de extrema gravedad. Ella tenía unos vecinos que en un lote de la cuadra guardaban zorras de tiro. Eran gente ordinaria. Al fin y al cabo, carreteros. Los Ballesteros, que así se llamaban, nunca entraban al bar de Teresa, porque los precios y el ambiente los rechazaban. Un anochecer, por los comienzos de 1946, uno de los malos vecinos entró con su acostumbrada ordinariez, de overol grasiento, pésima estampa, más mal encarado que nunca. Era, precisamente, el más patán de todos. Con expresiones soeces pidió una cerveza, y Teresa le respondió:

A usted no le vendo nada.

La reacción de Ballesteros a la negativa fue una serie de ultrajes, y hasta trató de darle a Teresita un puñetazo por encima del mostrador. Como la escena tomó alcances de violencia, Teresa abrió la gaveta y sacó un revólver. Un pequeño revólver de esos de calibre 22, que son más juguete que arma, y le hizo un disparo al vecino amenazante. Pero fue un disparo certero, pues el proyectil le dio en el centro del ojo derecho, y esos proyectiles que pegan en el ojo se van directamente a los centros nerviosos y causan la muerte inmediata. Ballesteros cayó y su cadáver quedó tendido frente al mostrador del bar. Un transeúnte que justamente pasaba por el frente oyó la detonación, contempló durante un par de segundos la trágica escena y corrió para llamar a un policía. En este mismo momento yo me encontraba a poco más de una cuadra del lugar de los acontecimientos. Vi que un policía corría y, animado por la certidumbre de que por ahí había una noticia, también corrí. Cuando llegué, en el andén había una media docena de curiosos que estiraban el cuello para mirar hacia adentro. Pasé por entre los curiosos hasta el mostrador, y fue así como conocí, en tan memorable ocasión, a Teresa Buitrago. Presencié una escena verdaderamente impresionante. A mis pies estaba tendido el cadáver de un hombre rudo, y en el puesto de ventera estaba una mujer de hermoso rostro, en actitud extraña y con el semblante intensamente pálido. Tanto que parecía una estatua de mármol. Cuando la interrogué, sólo me dio su nombre, porque el policía intervino y le prohibió que hablara. Cuando observaba el cadáver, el policía, con bolillo enarbolado, me ordenó salir. Entre los curiosos supe el nombre del difunto, y me di por suficientemente informado.

Poco más tarde se iniciaron las primeras diligencias judiciales, pero a esa hora yo ya estaba en el periódico. El proceso tomó su curso normal, Teresa demostró abundantemente que a su actuación la había impulsado la legítima defensa, y bien pronto la justicia la dejó en libertad.

Afortunadamente, un viejo amigo me había hablado del bar de Teresa y me había contado toda su historia, desde su niñez en la parcela de San Antonio.

Al salir de su corta prisión, Teresita reabrió su bar y se reanudaron las tertulias de amigotes, inclusive con la asistencia de Pacho Díaz, así como tampoco podía faltar "El Loco Zamorano".

Por estos tiempos llegó el italiano; su rápida propuesta matrimonial fue aceptada por Teresita con la misma celeridad. La celebración del matrimonio cambió las costumbres en el bar de la 59. Los contertulios, exceptuado "El Loco Zamorano", se ahuyentaron poco a poco. Pacho Díaz y Lamarcca, el nuevo amo de casa, se miraban muy mal. Cierta vez, pasado de copas el italiano insultó a Pacho con las expresiones que tan rápidamente aprenden los extranjeros, y Pacho le respondió con un puñetazo que puso en fuga al excombatiente hacia el interior de la casita. Desde entonces, para referirse a Pacho Díaz, Lamarcca decía: "Ese animale feroche".

El italiano dio en tratar muy mal a Teresita. La causa más señalada de este malestar doméstico eran los celos por la relación de su esposa con Pacho Díaz, a quien ella, realmente, le dedicaba una no disimulada deferencia. Teresa salía a la defensa de Pacho, y la casita de la calle 59 se convirtió en un verdadero infierno. Frente al templo de San Francisco me encontré con Pacho Díaz, quien con expresión de angustia me contó que Teresita había desaparecido desde hacía por lo menos cuatro días. Inclusive me rogó que publicara algo en el periódico, relativo a la misteriosa desaparición, y agregara que Pacho la buscaba afanosamente. El antiguo amante de Teresa se dispuso a denunciar ante las autoridades el extraño caso y, efectivamente, aquel mismo día, ante el juez de permanencia del norte formalizó la denuncia.

La petición que me formuló Pacho Díaz fue atendida, y lo de la desaparición se publicó inmediatamente. Poco tiempo después, algo menos de una semana, en el lecho fangoso del río Fucha fueron halladas dos maletas, cuyo pestilente olor aconsejó a los autores del hallazgo a pedir la intervención de la policía. Un breve examen fue suficiente para comprobar que las maletas contenían los despojos mortales de una mujer. En una de ellas encontraron las piernas, los brazos y la cabeza y en la otra, el tronco.

Publicado el macabro encuentro, Pacho Díaz fue a la morgue, y en los despojos reconoció a Teresita. Por las sospechas que contra el italiano formuló Díaz en su denuncia, el investigador llamó a declarar a Angelo Lamarcca. También Lamarcca reconoció en los despojos a su esposa, y este primer enfrentamiento con la justicia lo sobrellevó con una pasmosa serenidad. Con la misma frescura que le era habitual, y fingiéndose desconcertado, el italiano rindió ante el investigador una amplia declaración. Tanto que el juez lo dejó en libertad con la sola condición de presentarse al juzgado dos veces por semana.

El informe de los médicos forenses incluyó una observación que dio una pista a los investigadores. Los cortes realizados para separar los brazos, las piernas y la cabeza debieron ser hechos por un experto. Algo así como un médico o un matarife de ganado.

Como el último de los contertulios habituales de la 59 fue "El Loco Zamorano", y este caballero, en su frustrada carrera de médico, cursó las experiencias de anatomía, sobre él recayeron sospechas de haber colaborado, cuando menos, en el "despresamiento" de Teresa. Sin vacilar, el juez investigador popular personaje fue a pasar malos días y peores noches en los calabozos de la Seguridad, calle 12 con carrera. Como resultado del interrogatorio a que fue sometido el señor Zamora no se transparentó su absoluta inocencia.

Vale recordar que cuando Zamorano fue dejado en libertad, después de cuatro días de abstención etílica, entró a una tiendita de la carrera 3a, la primera que encontró a su paso, y pidió:

-Mi señora, déme ya una cerveza.

Amablemente la dueña del tenderete le pidió una aclaración:

-¿Quiere Bavaria o Germania? -"Lamarcca" no importa -respondió "El Loco Zamorano" con su habitual repentismo.

El mismo día y en los inmediatamente siguientes, Zamorano deleitó a sus amigos del histórico Café Automático con el relato de su aventura judicial, salpicado de anécdotas divertidísimas.

El proceso siguió su lento curso y, abrumado por indicios, Lamarcca fue llamado a juicio por el juez superior. En la audiencia pública, los abogados aprovecharon los vacíos de la investigación para ahondar las dudas, y en esta etapa se produjo la absolución del jurado, veredicto que acogió el juez de la causa al dictar la correspondiente sentencia. La determinación absolutoria dio lugar a comentarios, casi todos adversos, en el ambiente jurídico de Bogotá, y los observadores afirmaron que el fallo sería revocado por el tribunal superior. Sin embargo, de acuerdo con las decisiones pertinentes, se le concedió a Lamarcca la libertad condicional, mediante una fianza mínima. El preso, al quedar libre, se constituyó en el único heredero de la esposa asesinada, vendió sus derechos sobre la casita y con esos recursos desapareció.

Evidentemente, el fallo fue revocado por el tribunal superior, entidad que dispuso la tramitación de un nuevo jurado. Pero el reo ya estaba muy lejos. Año y medio después se supo que Lamarcca había muerto en una cárcel de Caracas, víctima de un cáncer atroz. Teresita Buitrago vivió de su cuerpo, vendiéndolo o alquilándolo a altos precios. Pasó una buena vida, pero acabó descuartizada. Casi para vender el cuerpo por libras, aunque Pacho Díaz habría sido el único comprador.

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