El cadáver viajero
El rompecabezas policiaco más envuelto
en misterio, entre los que hayan dado trabajo a la policía y más se hayan apoderado de
la atención del público, es el caso llamado del "baúl escarlata". El baúl de
esta historia no era de color escarlata, pero a algún bromista de la época se le
ocurrió llamarlo así, y todos aceptamos la denominación.
El ferrocarril del norte era de propiedad
de la familia Dávila y tenía su terminal en Nemocón, aunque se proyectaba llevar la
línea hasta la Costa Atlántica. Cuando la empresa pasó a poder del Estado el
ferrocarril se prolongó hasta Barbosa, Santander, y ahí quedó. Tenía su estación en
Bogotá, en la carrera 15 con la calle 17, y disponía de un gran patio destinado a bodega
de exportación. Por la orilla de este patio pasaba un ramal y algo más de veinte
columnas tenían en su orden los nombres de las estaciones de toda la línea. La última
columna, pues, estaba distinguida con el nombre de Barbosa. La rutina del servicio de
carga comenzaba por el pesaje y papeleo de cada remesa. Una vez diligenciado todo esto la
carga era colocada al pie de la columna correspondiente a la estación de destino.
Cierto día el personal de trabajadores
de la bodega notó un mal olor hacia el puesto de Barbosa. En principio se atribuyó este
olor a unos cueros crudos de res que habían sido remesados para una de las estaciones
cercanas a la terminal. Pero el mal olor siguió y cada día era más intenso. Alguien
cayó en la cuenta de que un baúl colocado en el puesto de Barbosa desde días atrás, y
en relación con el cual no se había diligenciado la remesa, era el foco del insoportable
olor. Un bodeguero propuso abrir el baúl, y fue así como a pareció en el interior un
cuerpo humano doblado y cubierto de cal.
De inmediato se dio aviso a la policía,
y de esta manera se estableció que el cadáver forzadamente tronchado correspondía a una
niña de aproximadamente 15 años. Encima del cadáver y de la cal había un sobre
destinado a "Mercedes García de Ariza-Barbosa". Ya me ocuparé del contenido de
la carta hallada en el sobre.
Primeramente, es necesario ver que el
baúl era de los que por esa época tenían las antiguas criadas para guardar su ropa, y
tal vez para esconder los objetos que de cuando en cuando tomaban furtivamente. Era una
caja de madera recubierta con latas de estridentes y variados colores, desde luego,
provista además de una cerradura. Los colores de los cuales el baúl de esta historia
estaba recubierto, ya se dijo, no eran escarlata. Pero, bueno. Desde el día del hallazgo,
a comienzos de 1945, los periódicos se ocuparon del caso policiaco de una manera tan
amplia, como se podía en aquellos tiempos, edad de oro del folletón. Los cronistas
urdieron en torno al baúl diversas hipótesis y se esforzaron por adelantarse a los
investigadores. Dos detectives, reputados como los mejores, un Pérez y un tal Bernal,
apodado "Chocolate", asumieron el caso. Correspondió dirigir la investigación
a un veterano y respetable juez de instrucción criminal, el doctor Vicente de J. Sáenz.
El equipo investigativo así integrado se entregó del todo al empeño de descifrar el
enigma.
Dos o tres líneas burdamente trazadas
contenía el sobre hallado en el baúl, "Guárdelo en el caidizo de Luisa".
Investigadores y periodistas viajaron a Barbosa, pero no dieron con la destinataria de la
macabra remesa. Ni tuvieron noticia del "caidizo de Luisa". Sin embargo, las
averiguaciones se extendieron a Puente Nacional, Cite y creo que hasta Vélez. La pista
contenida en el , sobre no dio ningún resultado positivo. Los reporteros policíacos
trajinaron por sus propias pistas, pero su actividad fue nula. Recuerdo que un colega se
dedicó a visitar las tiendas de la carrera 11, donde vendían baúles, pero a ninguna
conclusión pudo llegar.
Madres cuyas hijas quinceañeras habían
desaparecido, Dios lo sabe cómo y con quién, al plantearse este enigma, tuvieron el
"pálpito" de que se iba a acabar su angustia, y venciendo el humanismo terror
visitaron el anfiteatro de Medicina Legal, pero salieron con la misma inquietante duda
porque el cadáver estaba irreconocible. Un cálculo científico indicaba que la muerte
debió sobrevenirle a la muchacha no menos de 17 días antes. Contribuyó además a la
desfiguración la "postura" en que había estado "empacada" durante
todo ese tiempo, Sin más qué hacer, algunos reporteros entrevistaron a las mujeres
llorosas que deseaban entrar a la morgue. Total: cero.
Los médicos forenses le calcularon ala
victima del oscuro crimen una edad oscilante entre los 14 y los 15 años, ya notaron
algunos detalles de relativa utilidad para una remota identificación. Ejemplo, la
longitud promedio del cabello, la estatura y el tamaño de las orejas, de los pies y de
las manos, además de que realizaron una reproducción de la dentadura. Por el examen de
las uñas de pies y manos, burda mentecortadas, llegaron a la conclusión de la categoría
social de la muchacha, algo menos que mediana. En fin, se hizo en medicina forense cuanto
fue posible, pero los conceptos contenidos en el informe de la necropsia no prestaron
utilidad a la investigación. Los reporteros especializados les seguíamos los pasos a los
detectives para saber por dónde iban, pero todo fue en vano.
El caso del "baúl escarlata",
con hipótesis renovadas, apareció en los periódicos de Bogotá hasta el final de 1945 y
poco a poco el despliegue de prensa vino a menos. Después, sólo de cuando en cuando, los
periodistas se ocuparon del indescifrable enigma.
Tan agotadas estaban las averiguaciones
que el investigador Vicente de J. Sáenz acabó por caer en una tentación propuesta por
el detective "Chocolate". El "hábil sabueso", como solían llamarlo
algunos reporteros de la época, en tono confidencial informó al investigador que por los
lados de Las Cruces tenía sus reuniones un grupo de espiritistas que contaba con
una médium maravillosa y desconcertante. y acabó por convencer al doctor Sáenz de
asistir con él a una sesión de espiritismo. El veterano juez, funcionario ejemplar,
reposado y serio, accedió a la invitación de "Chocolate", y no hay para qué
decir que al salir de la reunión de Las Cruces, además del fracaso del recurso,
el juez de instrucción criminal se llevó un sentimiento de disgusto consigo mismo. El
paso que acababa de dar estaba reñido con las normas investigativas y lo dejaba un poco
untado de ridículo. Para auto consolarse, según indiscreción de "Chocolate",
el severo juez dizque dijo:
-La peor diligencia es la que no se
hace...
En fin, hubo de todo a lo largo del
esforzado empeño de solucionar el rompecabezas. Por mi parte, debo confesar una
ocurrencia que, aunque nada tiene qué ver con el caso del "baúl escarlata",
sí vale recordarla, aun apelando al mismo atochonzuelo del juez Sáenz. Una noche me
cayó al periódico un visitante que me llevaba una "revelación". En un
hotelito de San Victorino, del cual hacía parte una cantina con puerta sobre la calle,
estaba hospedada una santandereana que decía poseer el secreto del oscurísimo caso en
investigación. Con alguna frecuencia la visitaban "Chocolate" y otro detective,
y dizque ellos le pagaban el hospedaje. De noche, la mujer la pasaba en la cantina,
siempre hablando del mismo tema del baúl. Era fácil verla e identificarla. Hacia las 8
de la noche siguiente fui a la cantina indicada por mi visitante y lentamente me tomé una
cerveza. En una mesita cercana estaba acodada una mujer algo madura y de marcado acento
santandereano; "ésta es", me dije, y le presté toda mi atención. En efecto,
no tardó en hacer referencia al caso que me interesaba. Le formulé alguna pregunta más
o menos vaga, y así se inició el diálogo. La invité a tomar una cervezas conmigo y
ella aceptó sin vacilaciones, tres o cuatro cervezas consumimos y tuvo sobrado tiempo de
hablar sobre su tema preferido. Muy fácil fue darme cuenta de que su versión era banal,
aunque urdida con alguna inteligencia. Algo más me ocurrió en esa ocasión. Fue que la
cerveza, ya sobre los dos litros, comenzó a presionarme, y como la cantinera me dijo que
el sanitario estaba adentro, en el hotel, preferí satisfacer mi urgencia en un poste
cercano, y ya para terminar, fui atacado, de verdad, verdad, por un perro feroz. Me
arruinó la pierna derecha del pantalón y la huella de la dentellada me quedó en la
flaca pantorrilla. Tras la apenas confesable aventura regresé a la tienda a pagar el
consumo.
-Le destrozaron el pantalón -dijo la
santandereana-, y eso fue el perro que anda por ahí, que dicen que está rabioso.
La mujer se interesó en apreciar el
mordisco, y exclamó: -!Ay, Virgen Santa! Si el perro está rabioso, la cosa es grave.
Al día siguiente las
"revelaciones" de la santandereana aparecieron en el periódico, con el nombre
del autor de la información. Sorpresivamente la mujer me hizo una llamada telefónica;
bromeó por el engaño de que la hice víctima al no advertirle los motivos de mi
interrogatorio. Me contó que los detectives la habían regañado por la infidencia y me
preguntó cómo seguía del mordisco. Me informó que el perro ya había mordido a varias
personas que estaban en tratamiento y acabó por recomendarme que tuviera cuidado. Dos o
tres noches después, con el toquecito de preocupación que me dejó con lo del perro,
volví a la tienda. No la encontré, pero la cantinera me contó que un policía había
matado al perro y que lo había llevado no sabía a dónde, para que lo examinaran. Que le
quitaron la cabeza y el examen comprobó que tenía rabia. Sin pensarlo más, a la mañana
siguiente fui al Instituto Samper y Martínez, única entidad encargada de estas cosas de
la hidrofobia o mal de rabia. Tuve que someterme a las 21 inyecciones antirrábicas de
rigor en esos tiempos. Recuerdo que le correspondió aplicármelas inyecciones a una
gentilísima enfermera hermana del inolvidable Fray Lejón. y por mi habitual temor a la
aguja, aquellas inyecciones fueron 21 mordeduras de perro rabioso.
Un período relativamente largo
transcurrió sin que los diarios volvieran a ocuparse del caso del baúl, y de pronto, un
domingo, uno de los más prestigiosos periódicos de Bogotá destacó en primera página y
bajo gruesos titulares una noticia que nos dejó fríos a los reporteros policíacos. Nada
menos que la solución del misterio. El autor anunciaba la publicación de cinco crónicas
con minuciosos detalles de su "verdad". La "solución", muy
resumidamente, era la siguiente: en una casa campesina de Mesitas del Colegio había
ocurrido un accidente. Una lámpara de gasolina estalló, el combustible se regó y le
causó quemaduras a una muchacha, especialmente en la cabeza. La trajeron a Bogotá y la
hospitalizaron en San Juan de Dios. La muchacha murió y como nadie reclamara el cadáver
lo enviaron a la facultad de medicina para las experiencias morfológicas de los
estudiantes. Decía la versión que el cadáver no era utilizable para las finalidades
didácticas, y agregaba que un grupo de alumnos urdió un rompecabezas para la policía y,
mañosamente, los despojos empacados en el baúl fueron llevados a la estación del
ferrocarril del norte y colocados en la columna que señalaba el lugar para el cargamento
destinado a Barbosa.
Recuerdo que esta "chiva" me
puso en trance de controversia y de rebeldía con mi jefe de entonces, Alberto Galindo.
Confieso que el caso me golpeó duramente, pero alegué: "No creo en esta versión,
pero no dispongo de argumentos para refutarla, ni estoy dispuesto a uncirme a la
revelación".
Yo estaba totalmente despistado. Había
pasado el fin de semana fuera de Bogotá, y acababa de llegar al periódico, ya entrada la
noche. No había nada qué hacer y no escribí nada, a pesar de haber sido enérgicamente
coaccionado para producir algo.
El lunes, muy preocupado, me fui al
Hospital de San Juan de Dios. Por fortuna, encontré que el administrador era amigo mío,
y esta circunstancia favoreció mis averiguaciones. El funcionario me puso en
comunicación con la religiosa que directamente atendió a la muchacha quemada. Esa misma
mañana se había publicado, "A paso de vencedores", la segunda parte de la
serie anunciada, y en el hospital estaban siguiendo con interés el relato. La religiosa,
a quien yo le decía una veces "madre" y otras "hermana", me resultó
muy amable. Minuciosamente me explicó el proceso de la atención hospitalaria y, de
pronto, me dijo algo sumamente importante. Cuando la muchacha fue recibida en el pabellón
de quemados, la monja procedió a atusarle la cabeza con el mayor cuidado, para poder
hacerle las curaciones que requería. Me informó, además, que cuando la niña murió la
depositaron en la morgue y le avisaron telefónicamente a un pariente de la familia
campesina que trabajaba en Bogotá y se interesaba por la salud de la muchacha quemada. El
pariente se apersonó del entierro, y hasta ahí supieron en el hospital. No sobra agregar
que, de acuerdo con las informaciones de San Juan de Dios, la muchacha acababa de cumplir
18 años, edad bien distinta de la calculada por los médicos forenses. El primer dato
planteaba un interrogante incontestable: si la niña fue atusada, ¿por qué el cadáver
embaulado tenía una cabellera de 17 centímetros, según el informe médico legal? Este
solo detalle derrumbó las "revelaciones" en serie. Para sostener la
"caña", desvió la serie preparada para refutar a su contradictor, con la
afirmación de que yo ignoraba que el cabello crece después de la muerte.
Realmente, nunca tuve oportunidad de
peinar el cadáver del baúl, pero me confiaba en los médicos forenses. Es cierto que el
cabello, cuyo crecimiento es vegetativo, después de la muerte aumenta unos dos o tres
milímetros, pero las células donde se originan las raíces también mueren y se paraliza
el crecimiento capilar, y ni estando muy vivo, a nadie le crece el cabello 17 centímetros
en tres semanas. Arguyó el cronista en referencia que los médicos legistas incurren en
errores garrafales, y los médicos legistas se pusieron furiosos.
Vanidosamente, el detective
"Chocolate" estaba convencido de su gran prestigio por las alusiones que solían
hacerle en la prensa, y para disfrazar su fracaso en lo del "baúl escarlata"
acomodó el cuento y le hizo la revelación exclusivamente al periodista que "se la
tragó entera",
Creo que a todos los periodistas de mi
especialidad, sin excluir a los que se desempeñan actualmente en esta tarea, nos han
sobrevenido pequeñas adversidades que más merecen el calificativo de funestas que el de
contratiempos, pero que a pesar de su insignificancia nunca se olvidan. Ya citaré un
caso. Las averiguaciones cuya conclusión me permitió refutar la leyenda construida sobre
la niña de la cabeza atusada no se limitaron al Hospital de San Juan de Dios, llamado
también de la Hortúa por el nombre de los terrenos donde fue construido. Mis
averiguaciones se extendieron a la Facultad Nacional de Medicina que por aquel entonces
funcionaba en la calle 10, frente al Parque de los Mártires. Deseaba agotar el
seguimiento del cadáver de la "embaulada". A sabiendas del fuerte impacto que
recibe el profano al entrar a una sala de anatomía, me arriesgué a pasar por entre dos
filas de mesas que sostenían cadáveres humanos completos o medio desintegrados. Me
atendió un profesor a quien le expliqué mis empeños.
-El cadáver embaulado del que habla la
prensa -dijo el profesor- nunca estuvo aquí.
Y me llevó hasta un escritorio donde se
asentaba la "contabilidad" de entradas y salidas de cadáveres a la sala de
anatomía. Efectivamente, entre las fechas básicas no figuraba ningún caso que acusara
semejanza, siquiera remota, con el objeto de mis averiguaciones.
Mientras dialogábamos con el profesor
fue formándose un grupo de estudiantes que fácilmente adivinaron el motivo de mi visita,
y juguetonamente desbarraron contra la prensa. Cautelosamente traté de mantenerme a
distancia de los estudiantes, pero algunos de ellos, con expresión burlona se me
acercaron demasiado y me invitaron a que presenciara el trabajo que estaban ejecutando.
-No me interesa -respondí con cobarde
negativa, con expresión falsamente alegre y fingida camaradería. Sin más que un ademán
me despedí y salí de aquel macabro ámbito.
-La baja calle 10 era transitada por
gente ordinaria, de la que pululaba en los contornos de la plaza de mercado de la
Concepción. Y todos los transeúntes parecían vivos. Ninguno estaba despresado. Los que
iban y venían sólo parecían ensordecidos por el rodar del tranvía municipal. Todo era
vida. Vida sucia, pero vida, y para ahuyentar el recuerdo de la visión macabra de minutos
antes, quise fumarme un cigarrillo. Me lo puse en los labios y busqué los fósforos en el
bolsillo derecho del saco, donde encontré un cuerpo extraño. Hago mal en decir
"cuerpo", porque era sólo un dedo. Un dedo humano. Confirmé que era un dedo,
por la uña con mugre. Crispado de terror lo arrojé a la calle. Si su hallazgo hubiera
generado otro misterio, yo lo habría descifrado.
Nunca la prensa volvió a ocuparse del
baúl.
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