20 Crónicas Policíacas
Felipe González Toledo

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La muerte llamó tres veces

El hombretón entró al cafecito con pasos duros, echó una mirada panorámica al recinto casi vacío y se acomodó en una mesita arrinconada. Llevaba botas, pantalón de dril, camisa de cuadros, chaqueta de cuero y un sombrero de anchas a las. La copera, una mujeruca de aspecto humilde, casi insignificante, se hacía tener en cuenta por su embarazo, ya cercano a los siete meses.

-¿Qué le sirvo?

A esta pregunta de la mujeruca, el hombre respondió escuetamente, pero con un acento que bien podría calificarse de amable:

-Tráeme una cerveza fría, Puede ser de una marca cualquiera.

De una vez consumió ávidamente la mitad de la botella, y con golpes en la mesa llamó de nuevo a la muchacha, para preguntarle:

-¿Quieres tomar alguna cosa?

Tras falsa vacilación, la copera aceptó una gaseosa, la trajo enseguida y ocupó un asiento al frente del hombre. Para reanudar el diálogo, el hombre de marcado aspecto rural preguntó:

-¿ Cómo te llamas tú ? -Mi nombre de pila es Lucinda, pero aquí me dicen Lucy -respondió tímidamente la muchacha. y agregó anticipándose al interrogatorio-: Yo soy de Sutatausa.

- Yo me llamo Antonio Cortés y he simpatizado mucho contigo. Dame otra cerveza bien helada.

-Tanta simpatía me has despertado, que estoy pensando en hacerte una propuesta que posiblemente te parecerá buena.

Varias mesas del cafetín habían sido ocupadas y el trabajo de la muchacha impedía la continuación de la charla.

En una breve oportunidad, el hombre la llamó:

-Lucinda. Yo prefiero llamarte Lucinda...

-Como guste, señor Cortés...

Yo vuelvo mañana a despedirme -dijo o el hombretón- porque el viernes me voy para mi finca de los Llanos y demoro unas dos semanas.

A la misma hora de la víspera, diez de la mañana, llegó Cortés al cafetín, en busca de Lucinda. La saludó diciéndole "mi amor" y le reprochó cuando ella le respondió llamándolo "don Antonio". Y entró en materia:

-Pasé la noche pensando en ti y acariciando mi proyecto. Tú me gustas mucho y he pensado en casarme contigo. Yo vivo muy solo en la finca y quiero que me acompañes.

-¿Pero es que usted no se ha fijado en el estado en que me encuentro?

-Claro que sí -contestó Cortés con una expresión indulgente y algo alegre y, como si esta benevolencia no fuera suficiente, agregó en un tono melifluo:

-Esa situación tuya es una ventaja para mí. Me he dado cabal cuenta de que estás esperando un hijo para muy pronto, y pienso que él será tu compañero mientras yo paso el día lidiando el ganado. Será algo así como tu juguete y tu alegría de la vida durante mis ausencias. Pero, para hacerme estas ilusiones, debo preguntarte algo muy importante: ¿Tú estás enamorada del padre de tu hijo? ¿Mantienes con él alguna relación ?

-No, señor. Ese es un sinvergüenza que no he vuelto a ver. Casi le digo que si hoy lo veo, no lo conozco. Creo que así son todos los hombres...

-No, Lucinda, yo no soy así. Yo soy sincero y mis intenciones para contigo son las de darte un poco de la felicidad que mereces.

La mujer, enternecida, le besó una mano, y Cortés prosiguió el esbozo de sus planes:

-Quiero casarme contigo, pronto. Este propósito se me ha metido en la cabeza, y el matrimonio debe ser cuanto antes. Anoche me eché al bolsillo mi partida de bautismo que estaba en casa de una hermana, y ahora necesitamos la tuya. Como yo me voy para la finca y demoro dos semanas, tienes tiempo para conseguirla.

-Tengo que ir hasta Sutatausa a buscarla -anotó Lucinda, cuyo aparente tropiezo significaba una aceptación de la inesperada e insólita propuesta matrimonial.

Cortés pagó las tres cervezas heladas que había consumido y dejó el sobrante del billete en manos de la muchacha, a manera de propina. Además, le entregó cincuenta pesos con la advertencia:

-Esto es para que, mientras yo estoy en la finca, tú vayas a tu pueblo y saques la partida.

-Gracias, Antonio -se atrevió por primera vez y aunque escapadizamente por parte de ella, se besaron boca aboca. -Dentro de quince días nos encontramos aquí. No me falles -fueron las últimas palabras de despedida, y Lucinda quedó tan risueña y atontada que no acertó a prestar la debida atención a la clientela del cafecito que ya había invadido las mesas.

Cortés regresó puntualmente, y ocho días más tarde, en el templo parroquial de Las Aguas, cumplidamente, se celebró el matrimonio.

Una hermana del contrayente y un amigo fueron los padrinos. -Yo hubiera querido -dijo Antonio Cortés- que mi hermano mayor fuera el padrino, pero él es representante a la Cámara y ahora anda en gira política. Es tan difícil cuadrarlo...

Efectivamente, el hermano de Antonio era representante. Primero fue guerrillero en los Llanos y más tarde, habiendo contabilizado unos votos, se lanzó a la política y pescó una suplencia de congresista que por temporadas fue efectiva. y al período siguiente llegó a "principal".

Contrayentes y padrinos tomaron el desayuno en una chocolatería de la "Puerta Falsa", y Cortés y su hermana acompañaron a Lucinda hasta la miserable vivienda para que recogiera el baúl de "sus cosas". Transitoriamente, la pareja se instaló en la casa de la hermana del llanero, vivienda que no era mucho más lujosa que la de Lucinda. y una vez allí, Antonio y su esposa tuvieron amplia oportunidad de planear el desenvolvimiento de su vida inmediatamente futura.

La temporada propia de lo que se llama "luna de miel" fue absorbida por las incomodidades del embarazo y la proximidad del parto.

-Así no podemos viajar -observó Antonio-, y es mejor que aquí, a pesar de la desagradable instalación, nazca el niño. Después, cuando te repongas un poco, haremos juntos unas importantes diligencias antes de irnos para la finca.

-Como a usted le parezca -respondió Lucinda sometidamente.

El niño "se presentó", con un poquito de anticipación, y en el trance la parturienta fue asistida por Lucrecia, la hermana de Cortés

-¡Es un varón! -exclamó el llanero, con el mismo entusiasmo de un verdadero padre-. Se llamará Antonio y llevará mi apellido.

Transcurrió poco más de una semana y la pareja inició sus preparativos de viaje. Llevada en taxi, Lucinda acompañó a su marido a unas diligencias que ella no entendió. Solamente se dio cuenta de que la sometieron aun examen médico que ella interpretó como un "detalle" de consideración y amor.

Con su autoridad inapelable, el hombre dispuso:

-Es peligroso que llevemos al niño tan recién nacido, porque el clima caliente puede sentarle mal. Lo dejaremos al cuidado de Lucrecia, que se ha portado tan bien y le ha tomado tanto cariño. Cuando cumpla unos dos meses, volveremos por él.

Me parece que me he extendido mucho en estos preludios pero los creo muy necesarios para captar en su integridad este novelón de la vida real que supera a la fantasía.

Ahora, la pareja de recién casados está en Puerto López, en pleno Llano. Tan provisionalmente como ya es costumbre, Cortés y Lucinda están hospedados en una pieza ciega, con derecho a servicios en la vecindad, en las afueras de la población, de paso para la finca de que hablaba con mucha propiedad el señor Cortés.

Por la muy reciente maternidad de Lucinda y las circunstancias anteriores al parto el matrimonio no se había consumado, y la pareja dormía en camas separadas que estrechamente cabían en la piecita ciega. Pero Lucinda, una madrugada, notó que Antonio se estaba levantando y escuchó cuando él trajinaba en un rincón de la minúscula habitación. Adormilada, escuchó que se despedía porque debía atender a sus quehaceres, pero que estaría de regreso antes del atardecer. Luego oyó que cerraba la habitación y le pareció que había ajustado un candado.

Lucinda quiso entregarse de nuevo al sueño, pero cuando en su soledad pensaba en sí misma y en las rarezas de su nueva vida sintió un dolor agudo, horrible, en él antebrazo izquierdo. Como pudo, se incorporó, encendió la luz y vio que una serpiente compartía su camastro. Horrorizada, de un salto superior a sus precarias fuerzas, quiso abrir la puerta que Cortés había dejado asegurada con candado, y sin más qué hacer profirió gritos en demanda de auxilio:

-!Una culebra! !Me mordió una culebra!

Los vecinos no tardaron en acudir y Lucinda, con sus agudas voces, explicó lo que le pasaba.

-!EI brazo me está doliendo muchísimo! Estoy sola. Antonio madrugó a irse.

Con una llave de mecánica alguien abrió el candado, y tres o cuatro personas entraron pero retrocedieron al ver la serpiente enchipada en la cama.

Es una "cuatronarices"- conceptuó el único vecino que se acercó, y después de identificar al animal se quitó el cinturón y le asestó un violento lapo por el extremo de la hebilla. La culebra, visiblemente quebrantada, trató de defenderse, pero nuevos golpes la dominaron del todo.

- Si. Es una “cuatronarices” , que es tan venenosa -confirmaron- los vecinos que de nuevo entraron a la habitación cuando supieron que la serpiente. había sido completamente dominada-. ¿De dónde pudo haber salido ese animal?

-Sí. Es muy raro, porque esos bichos no arriman por aquí -comentó otro de los curiosos.

El hombre que tomó la iniciativa y comenzó por darle muerte a la temible culebra, pasó a ocuparse de la salud de la víctima. y abundaron las opiniones sobre los mejores remedios regionales indicados para estos casos.

Los "contras" y los medicamentos llaneros parecen increíbles, pero los más escépticos, entre quienes han atestiguado sus efectos, acaban por creer en ellos con la fe más firme e incondicional. Por esto, todos los presentes, cuyo número ya casi era un tumultuario, prorrumpieron en exclamaciones aprobatorias, cuando alguien expresó en tono inapelable:

-Debemos salvar a esta pobre muchacha. Hay que rezarla. Busquemos a don Jacinto.

Buena parte de la gente se movilizó en busca del rezandero, y correspondiendo a la urgencia don Jacinto llegó. Era un hombre de cara pétrea, bien maduro sin pisar todavía la ancianidad. Con pocas palabras ordenó despejar el recinto. En posición de cuclillas observó el cadáver de la serpiente que permanecía en el piso y luego tomó en sus manos la cabeza de Lucinda, y en voz muy baja y confusa susurró sus oraciones rituales, envueltas en el silencio fervoroso y expectante de las pocas personas que permanecían en el cuarto y de la multitud que se agolpaba a la puerta de la pieza ciega.

El brujo aspergó con un misterioso líquido el cuerpo semidesnudo y exclamó en voz un poco más fuerte que la de las oraciones:

-!Estás salvada!

Cuando Cortés regresó, se informó del "contratiempo"; miró atentamente la culebra muerta, cuyo entierro ya había sido ordenado por don Jacinto, y se limitó a comentar:

-¿Por dónde pudo haber entrado este animal?

Agradeció los oportunos auxilios y anunció, dirigiéndose a Lucinda:

-Gracias a Dios, estás salvada, pero todavía necesitas un tratamiento.

La muchacha, con mediano apetito, recibió de una vecina unas cucharadas de caldo y enseguida se quedó dormida, apaciblemente .

-Te dije que todavía necesitas un tratamiento -le recordó Cortés a la muchacha cuando amaneció al día siguiente, y agregó:

-Quedaste muy débil y voy a llevarte donde un curandero que sabe mucho de estas cosas.

-Todavía tengo dolores en el brazo -respondió Lucinda-, y las cucharadas de caldo me provocaron vómito.

-Pero ya estás al otro lado y creo que el viernes podemos ir donde el curandero. Es un viaje corto y cómodo -concluyó Cortés.

Pasadas las nueve de la mañana del viernes señalado, la pareja abordó una rudimentaria canoa. Él, con los remos, ocupó puesto en una tabla atravesada en la popa. Ella buscó acomodo en el asiento que cierra el ángulo agudo de la proa, de espaldas a la corriente, y echaron aguas abajo en dirección -dijo Cortés- a la vivienda del curandero. De pronto, la canoa dio un vuelco y ambos cayeron al agua.

Cortés, que llevaba ropa muy ligera, en pocas braceadas de buen nadador fácilmente ganó la orilla. La muchacha siguió a merced de la corriente.

Por segunda vez, a Lucinda la tocó la muerte. Pero unos vaqueros que pasaban por la orilla del río vieron una cabellera que flotaba y una cabeza que de cuando en cuando emergía del agua.

-Es una mujer que se está ahogando -dijo uno de los del grupo de jinetes, a tiempo que alistaba su rejo y lanzaba el "chambuque" con habilidad profesional.

-Está llena de agua, pero viva -dijo otro de los jinetes, y se desmontó mientras su compañero, que con precisión la había enlazado, la sacaba a la orilla.

La colocaron en posición de boca abajo y con tracciones rítmicas la hicieron arrojar todo el líquido. Sólo fueron necesarios unos pocos minutos para que la muchacha recobrara plenamente el sentido y explicara lo ocurrido:

-Fue un accidente. Íbamos río abajo en una canoa que se nos volcó. No sé por qué pasó esto, ni sé qué le pasaría a mi marido.

Lucinda informó a los vaqueros que vivían en Puerto López, y les pidió que la llevaran allá.

Cuando los vaqueros llegaron con la mujer, a quien uno de ellos, muy cuidadosamente, había acomodado en la grupa de su cabalgadura, Cortés dormía profundamente, y al ver a su mujer lanzó una expresión sin duda subconsciente: -¿Y esa vaina?

Después, con melifluas palabras, agradeció a los jinetes la salvación de su esposa, y agregó, acaso sinceramente:

-Esto es un verdadero milagro...Yo también me salvé de milagro.

Y explicó a los vaqueros:

-Esta muchacha se paró dentro de la canoa para cambiar de puesto: dio un traspié y, para estabilizar el equilibrio, apoyó un pie en el lado contrario al que se había inclinado. Así comenzó el hamaqueo de la canoa, hasta que se volcó. El río estaba bravo y la corriente me dominó sin que yo hubiera podido hacer algo para salvarla. Gracias a Dios, ustedes le salvaron la vida y me la trajeron. Dios es muy grande y yo no tengo con qué pagarles a ustedes el incomparable beneficio con que me han favorecido...

-Hemos perdido mucho tiempo -sentenció el "dueño" del paseo- y yo tengo urgencia de ir a la finca. Ya han pasado ocho días desde el accidente de la canoa, y mañana nos podremos ir. ¿ Tu qué tal eres para montar a caballo?

-Pues yo creo que no muy buena, pero como iremos despacito.

-De paso llegaremos donde el curandero, que está sobre el camino, y luego seguiremos para la finca.

Apareció, entonces, un nuevo personaje que al día siguiente llevó las bestias a la vivienda de la pareja. Era Campo Elías Samudio, un hombre pequeño, dicharachero y ladino, apodado "Gorgojo", que montaba en un macho de buena alzada, inquieto y pajarero.

-En mi finca, "Gorgojo" es el encargado. Lo conozco hace mucho tiempo y le tengo mucha confianza -dijo Cortés a manera de presentación-. Puedes decirle "Gorgojo", porque él no entiende por otro nombre.

Las otras dos monturas: y el caballo era acuerpado y moro, y la yegua, baya y pequeñona! Cortés acomodó a Lucinda en la tercera bestia, y para tranquilizarla le advirtió:

-Este es un animal muy mansito, especial para ti.

Cuando todos tres estaban montados, Cortés y Lucinda se despidieron por última vez de los vecinos que habían salido a sus puertas a presenciar la partida. Abrió la marcha Cortés y cuando la cabalgata se había alejado unos pocos pasos las vecinas, posiblemente bajo una indefinida prevención, favorecieron a la viajera con distantes y repetidas bendiciones...

-Hola, mija -dijo Cortés cuando atravesaban un paraje solitario, apareando su caballo con la yegua de su compañera-, la noto a su mercé como incómoda, y todavía nos falta camino. Es mejor que cambies de bestia. El macho de "Gorgojo" es de paso muy fino y te llevará cómodamente.

Seguidamente "Gorgojo" recibió instrucciones de su jefe para hacer el cambio de monturas, y mientras tanto Lucinda se apeó con la solícita ayuda de su esposo. Como el macho era "cascarillas" y asustadizo, "Gorgojo" lo encegueció con su ruana de hilo o "mulera", a manera de "tapaojos", para ejecutar la maniobra de desensillar y ensillar la bestia con la montura de la yegua. y cuando montaron a la muchacha en el pajarero con su habitual acento sentencioso, Cortés le dijo a su compañera:

-Tu eres muy novata para todo esto. Te falta mucho para convertirte en toda una llanera. He notado que tratas de perder el equilibrio, y por precaución voy a asegurarte.

Y la amarró por el tobillo izquierdo a la acción del estribo. Ya "asegurada", le quitó al macho la mulera y la sacudió frente al hocico de la bestia. Pero el macho, peligroso y asustadizo, no se mosqueó siquiera. Permaneció estático, mientras Lucinda, con silenciosas lágrimas de fatal presentimiento, semejaba un monumento ecuestre a la resignación.

-!Maldita sea! -exclamó Cortés fuera de sí.

Deshizo el nudo del tobillo y desmontó a la muchacha, la tomó de la mano y caminó unos pocos pasos.

-Vea a ver, señor Cortés -musitó Lucinda, y fueron estas sus últimas palabras.

Cortés, armado de un bordón, le asestó un garrotazo en la cabeza, y como enloquecido la molió a palos. Ya medio muerta la arrastró hasta el lugar donde permanecía el estático macho. "Gorgojo" le puso de nuevo la mulera a la bestia. Cortés volvió a atar el pie izquierdo de la moribunda; le destapó los ojos al animal, y violentamente le azotó las ancas. El macho se llevó en rastra el cuerpo de Lucinda y, ahora sí, todo quedó consumado.

El médico local, improvisado de legista, practico la necropsia y habiendo conocido la explicación del esposo de la difunta certificó la muerte "accidental" de Lucinda Rodríguez de Cortés.

Provisto de este documento, el jayán llanero viajó a Bogotá y se presentó en la compañía de seguros dispuesta a recaudar la por entonces cuantiosa suma de 500 mil pesos. Este era el valor del seguro de beneficio mutuo tomado por la pareja de recién casados en la primera salida que Lucinda pudo realizar, sin saber lo que hacía, pocos días después de su parto.

Las aseguradoras, por la naturaleza misma de sus servicios, son desconfiadas.

Y éste era un caso de excepción, que permitía alentar la duda. Un seguro cuantioso, tan recientemente negociado y cobrado por causa de una muerte accidental , no se podía pagar sino mediante una minuciosa averiguación. Contra sus cálculos, el llanero salió con las manos vacías y con la notificación de que el pago del jugoso seguro sólo se efectuaría mediante la plena aclaración de la muerte de la esposa del reclamante.

La compañía designó a uno de sus más hábiles investigadores, Arnold Haupt, quien correspondió al deber que le impusieron. Haupt viajó a Puerto López; averiguó por los oscuros antecedentes de Antonio Cortés; descubrió la vivienda de la pareja; entró en contacto. con los vecinos, supo lo de la culebra y lo del naufragio, e informado acerca del último viaje, tuvo noticia de la participación de "Gorgojo", sujeto muy conocido en la región por sus malas andanzas. No fue difícil localizar a "Gorgojo", y Haupt, provisto de estos datos, creyó llegada la hora de hacer una exposición ante las autoridades de policía.

Cuando fue capturado, "Gorgojo", a quien su “jefe" se negó a pagarle sus servicios, echó por el camino de la confesión, al menos de los hechos que él presenció. Se dispuso una ampliación de la autopsia, diligencia científica que practicó un patólogo forense, y quedaron a la vista las huellas de lesiones diferentes a las atribuidas al arrastre del cuerpo por una bestia, y con base en estos logros investigativos el funcionario de instrucción decretó la detención de "Gorgojo" y del reo ausente, Antonio Cortés.

Corridos los términos de rigor, el caso pasó al conocimiento del juez superior de Villavicencio, quien después de algún tiempo, sin que Cortés hubiera aparecido, dictó el auto de llamamiento a juicio de ambos sindicados por el delito de homicidio, en lo relativo al autor principal agravado con las más atroces características de asesinato.

El defensor de oficio del reo ausente apeló ante el Tribunal de Villavicencio con un desganado memorial, pero poco importaban los flacos argumentos de la defensa, porque en ese estado del proceso entraron en juego los compadrazgos y las influencias del "hermano mayor de Cortés, parlamentario y popular jefe político.

Y fue así como "triunfaron las tesis de la defensa", y el Tribunal revocó el llamamiento a juicio y decretó el sobreseimiento definitivo en favor de ambos acusados.

Hasta aquí, todo muy "normal". Pero ocurrió que la compañía de seguros se vio obligada a pagarle a Cortés el valor de la póliza cuando se presentó con su absolución, y además tuvo que reconocer el valor de los intereses de los 500 mil pesos durante los dos años que duró el proceso y el pago estuvo retenido.

Y debo señalar otra "pequeña falla" de la justicia: la suerte del niño de Lucinda jamás fue investigada.

Nota necesaria. Vale anotar, sin perjuicio de la veracidad de este relato, que como las influencias son las influencias y la capacidad criminal no se corrige, me he permitido disfrazar los nombres de los protagonistas de esta repulsiva ocurrencia que ocupa principalísimo lugar entre mis recuerdos de medio siglo de periodismo

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