Este libro...
Cuando Felipe González Toledo empezó
a "disfrutar" de su precaria pensión de retiro, después de más de cincuenta
años de trabajo -sin más tregua que la que exige el agotamiento físico-, en los más
importantes periódicos capitalinos, quise estimularlo en uno de sus frecuentes momentos
de escepticismo ratificándole una propuesta que, desde cuando fundamos el semanario Sucesos,
le venía haciendo sin éxito: que escribiera sus memorias profesionales, ni más ni menos
la reseña del proceso y progreso de la delincuencia bogotana en nuestro siglo, basándose
en los principales casos que él había "cubierto" -como se dice en la jerga
periodística- y descubierto, ya que Felipe muchas veces iba en sus pesquisas más lejos
que los investigadores oficiales y llegaba a proponerles alternativas que ellos no habían
supuesto!
¿Quién, pues, mejor que Felipe para
tal empresa? Es más, le di una especie de título y subtítulo tentativos y tentadores
para el libro: "Sesenta años de crónica roja: de Papá Fidel a Carlos Lehder".
El primero fue el más famoso de los capos de la fabricación clandestina de licores en
los alredores de Bogotá y el último el personaje principal, en el momento en que los
carteles de la droga empezaban a ser descubiertos internacionalmente. El contraste entre
la delincuencia pueblerina de los cafuches y el crimen organizado de los narcoterroristas
internacionales de ahora.
Yo sabía que Felipe había tomado
aguardiente con Papá Fidel en alguna trastienda de barrio pero dudaba que hubiera
conocido a Lehder.
¡Claro que lo conocí! -me aseguró-.
Desde cuando él era casi un niño he seguido su "carrera" muy de cerca. ¿No
recuerdas a una señora muy discreta y distinguida que a veces venía a buscarme a la
oficina y con quien salía a la cafetería, pues ella no quería que ustedes se enteraran
de nuestra conversación? Era la señora madre de Lehder, que quería hablarme,
angustiada, de las precoces conductas delictivas de su hijo en Estados Unidos y de sus
frecuentes detenciones. Me pedía consejo...
-Pero... ¿cómo es que no escribiste
ese gran reportaje humano, con tal oportunidad?
-No, no hay que confundir la
oportunidad con el oportunismo, y en realidad en ese momento no valía la pena. Además,
las confidencias no deben ser utilizadas, y menos en detrimento de terceros inocentes, en
este caso una madre. El periodista es un colaborador de la justicia en su lucha en defensa
de la sociedad, pero la ética le impone obligaciones humanas. No se puede correr a
publicar cuanto chismecito se oye por ahí... No todo es noticia, como piensan -si es que
piensan- los afanosos reporteros de hoy. ¡La gran crisis de nuestro periodismo es la
falta de criterio para escoger entre lo que se debe y no se debe, y cómo y cuándo
publicar!
(Al reproducir este diálogo no sé si
todas las palabras son suyas. Algunas pueden ser mías, pero de todas maneras interpretan
su pensamiento. Entre maestro y alumno pueden presentarse estas confusiones... ).
Lo triste es que, aunque se entusiasmó
con la idea del libro, más por alimentar nostalgias que por cualquier otro motivo, no lo
comenzó. Entonces le abrí una nueva posibilidad, alentado por haber aceptado encargarse
de las secciones "Hace 50 años" y "Hace 25 años" en El Tiempo,
lo que 10 obligaba a consultar las colecciones de los diarios: que recogiera los textos de
sus propias páginas publicadas desde su uso de La Razón. Le prometí, contra
toda posibilidad de mi parte pero con la más entrañable buena voluntad, ayudarlo en el
copiado y la edición (como lo hice para el libro Crónicas de otras muertes y otras
vidas con su histórico trabajo sobre el proceso Gaitán), siempre y cuando él me
orientara en las fechas de las selecciones. Lo único nuevo que debía hacer era algunas
notas muy breves para aclarar nombres y explicar locuciones o procedimientos
incomprensibles para la inteligencia del lector actual, o para contar alguna anécdota al
margen, no divulgada en su oportunidad, como la de su amenaza de muerte por parte de los
sicarios de Papá Fidel...
Su disculpa final fue la de que no
podía desplazarse como el proyecto lo requería y que, lo real y tristemente cierto,
estaba perdiendo la vista. Lo poco que podía sacar en limpio ya, se debía a que siempre
fue un magnífico mecanógrafo que podía escribir a ciegas (unos impolutos originales,
así se sentara ala mesa de redacción después de una alcoholizadamente larga charla con
sus informadores en la viciada y peligrosa penumbra de un café de extramuros) pero sin
una letra, una palabra o un concepto en falso.
Me prometió pensarlo, pero cuando yo
ya había perdido toda esperanza me comunicó que "para quitarse de encima" mi
suplicante insistencia había resuelto reconstruir de memoria Felipe González Toledo -sin
tomar notas "para no molestar a nadie"- algunos de los más famosos casos, lo
que me sorprendió inocultablemente aunque yo sabía que su memoria era infalible. Él,
que reparó en ello, me convenció de inmediato:
-Detalle que se me olvide es porque no
vale la pena...
Fue así como inició y fue llenando
lentamente -pues él medía y pesaba siempre las palabras antes de escribirlas y aun de
pronunciarlas- estas cuartillas que, puedo asegurarlo, fueron las únicas que González
Toledo escribió para ser publicadas en libro. No siguieron una pauta previa ni guardan un
orden cronológico. No sé si el título sugerido por él para el libro, el mismo de su
crónica "La muerte llamó tres veces", sea en definitiva el que aparece, aunque
yo se lo critiqué no sólo por parecerse al muy famoso del cartero que sólo llamó dos,
sino porque acababa de aparecer en las carteleras una película con nombre igual al del
"cuento" de Felipe.
Ya la muerte lo llamaba a él, que la
cortejó tantas veces...
Fueron diecinueve capítulos.
"Acabo de cumplir 80 años... ¡Y no doy más!", nos dijo a Juan Leonel Giraldo
ya mí en una de las últimas entrevistas que tuvimos en su casa, de tan grato y familiar
ambiente chapineruno (que él llevaba en el alma). Entonces, ¿por qué aparecen aquí
veinte? Por mi manía de redondear las cosas. Y porque, al seleccionar las páginas
publicadas por nuestro semanario con destino al libro que editó en 1993 la Universidad de
Antioquia, encontré -y la trasladé a éste- una que se refería a aquella "dichosa
edad y siglos dichosos" (González Toledo era, naturalmente, quijotesco y cervantino)
cuando en Bogotá eran tan escasas las noticias de policía que los periódicos tenían
que inventarlas para satisfacer la ansiedad de los lectores de misterios (lo que después
vino a llamarse suspenso, tal vez porque las historias se prolongaban por entregas...).
El más tremendo de aquellos inventores
fue Porfirio Barba-Jacob quien, cuando era jefe de redacción del vespertino de los Cano,
creó un tenebroso personaje cuya mano apareció impresa en la página -ya que no había
"el retrato de la víctima" que era el "gancho" del pregón de los
voceadores- para infundir verosimilitud al infundió. Mano que denunciaba -de haber
existido en ese tiempo tal recurso investigativo de identificación- las huellas
dactilares de Miguel Ángel Osorio, el maestrico de Angostura que se convirtió en
compulsivo fundador de periódicos ya quien tantos folletones acreditan también como
precursor del "amarillismo"... (aunque en blanco y negro ).
Caso aparte es el de otros cronistas
policíacos, como José Joaquín Ximénez, de El Tiempo, quien dedicaba versos
suyos a las anónimas víctimas de tragedias tan frecuentes en los años 40 como suicidios
en el Tequendama (el salto, porque el hotel entonces no existía).
Gabriel García Márquez llamó a
Felipe González "el inventor de la crónica roja" pero la connotación que le
dio es la misma -si no estamos tan alejados de la realidad maravillosa- que se advierte en
la última frase del primer capítulo de Cien años de soledad sobre la llegada del hielo
a Macondo: "Es el gran invento de nuestro tiempo".
Cuando conocí a Felipe, en 1945, ya no
se inventaban noticias. Sobraban. Otros dos grandes de la crónica policial actuaban
entonces: Ismael Enrique Arenas, quien al servicio del diario de los Santos se movía como
pez en el agua en los altos estrados judiciales, y Rafael Eslava, quien alimentaba con
innegable habilidad Felipe González Toledo las calderas subversivas de El Siglo.
La policía y no sólo el cuerpo mismo sino la información producida en esa rama- se
politizó. No puede ser de otro modo cuando el estatuto de moda es el código penal. El
enfrentamiento entre los partidos llevó a Colombia a una violencia consuetudinaria y la
crisis de los valores a una degradación social que ya devaluó tanto la vida que no son
noticia de primera página ni las masacres cotidianas.
La primera crónica que F. G. T. me
entregó para este libro, como cosa rara, no se refiere aun caso notable. Su tema lo
mantuvo inédito hasta cuando se sintió liberado, cuando "estoy más allá del bien
y del mal", es decir, sin compromisos laborales ni con uno ni con otro. Él siempre
fue un ejemplo de nobleza y lealtad. No había querido molestar a sus queridos amigos y
compañeros de siempre al describir, eso sí, en la forma más delicada y elegante para no
herir susceptibilidades, una anécdota que revela la competencia profesional entre El
Tiempo y El Espectador: Es la que cuenta el trágico enfrentamiento de dos
foto- grafos de cajón y trapo negro, pioneros de la reportería gráfica callejera, y
cuyos supérstites hacen parte del típico ambiente de los parques colombianos.
Este es, pues, un libro incompleto para
quienes exigíamos más cantidad de su autor, pero suficiente, plenamente satisfactorio,
para sus lectores viejos y los, cada vez más, nuevos. Es su único libro original y
exclusivo y, finalmente, su obra testamentaria.
Yaquí, después de haber soslayado
tantos recuerdos personales para quitar a este preámbulo la peligrosa expresión de
sentimientos tan profundos como los que consolidaron vidas paralelas y familiarmente sin
secretos, la infidencia final:
Como Felipe había pedido a su
admirable esposa Elvira ya sus queridos hijos que no lo depositaran en el mausoleo de los
periodistas porque quería que sus cenizas hicieran parte del aire bogotano, ellos
cumplieron al pie de la letra tal voluntad irrevocable. Silenciosa, discreta y lentamente
las fueron derramando al aire helado de los cerros en el más triste descenso del
funicular de Monserrate.
Rogelio Echavarría
Bogotá, mayo de 1994.
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