VIII
EN UNA NOCHE
Nuestros lectores estarán deseosos de volver a las fiestas;
vámonos, pues.
Las quejas de los que se aman son pasajeras, pronto se acallan
con una súplica, con una protesta de arrepentimiento. Eudoro había
logrado calmar a Eloísa, y lejos de enfriar sus relaciones el
accidente de la tarde de toros, había servido para soldar más
fuertemente los eslabones de la cadena, que al parecer se había
roto para siempre.
Al baile en casa de... debían concurrir Eloísa y Eudoro, y éste,
como era natural, debía acompañar a la familia de sus futuros
suegros.
Acompañado nuestro joven de un amigo suyo que también habría de
concurrir al baile, fueron a una peluquería, en donde se hicieron
arreglar la barba y el peinado, tomaron guantes de repuesto y
salieron a la plaza para ir a sus respectivas casas y volver
inmediatamente.
Al pasar por en frente de la cantina y lugar de juego de don
Mauricio, dijo Eudoro a su compañero:
- Entremos un instante para averiguar por la salud del niño que
atropellé; tengo tanta pena como no puedes imaginarte.
Y entraron. En una especie de trastienda se hallaban la graciosa
Carmen y Dolores, hija de don Laurencio. Allí supieron ya por boca
de la madre, ya por la de la hermana, que el niño tenía un brazo
dislocado, fuera de otras novedades; pero fue tanta la bondad con
que trataron a Eudoro, que lo desimpresionaron de todo temor que
pudiera abrigar.
Por las muchas insinuaciones del amigo de Eudoro tomaron al
principio brandy e hicieron tomar a las mujeres vino, más tarde
mandaron destapar champaña, y ya puede calcularse que la
imaginación empezó a arder y los labios a revelar, indiscretos,
cuanto cada cual pensaba. El estrecho espacio de que allí se
disponía ayudaba a dar motivo para que la confianza fuese más
franca. El buen trato, la hermosura, la cordialidad de aquellas
jóvenes, incitó de tal manera los sentidos de los galanteadores,
que las imprudentes declaraciones se escaparon sin reserva.
- Carmen - decía Eudoro -, yo sería el más feliz de los mortales
si usted me amara. No es de hoy que usted me ha llamado la
atención, siempre se ha llevado mis miradas, y cuando sus ojos,
aunque haya sido casualmente, se han fijado en mí, no sé lo que me
ha pasado; créamelo, Carmen de mi vida.
Y Carmen callaba, aturdida quizá por el efecto del licor, pero
acaso más bien por no saber qué contestar a semejantes palabras,
pronunciadas por quien menos ella se imaginaba. El otro joven, por
su parte, instaba para que no volviese Dolores a su pueblo, toda
vez que en Bogotá se le proporcionaría cuanto necesitase para vivir
opulentamente. La comparación entre la vida solitaria del campo y
la culta, llena de placeres, de la ciudad, la tenían fuera de sí:
tal era lo vivo de la pintura hecha por su enamorado. Y comoquiera
que el champaña se servía a cada instante, sus progresos en
aquellas cabezas no acostumbradas al licor se hacían manifiestos
sin rebozo.
A las nueve poco más o menos hicieron servir una cena y a la
mesa se sentaron los cuatro en una armonía tal, como si entre ellos
hubiesen existido relaciones antiguas. La madre, en tanto, vendía
en la cantina y los padres de ambos asistían el monte de dados.
Un oído atento habría percibido como a las diez el roce de un
traje de seda, habría adivinado la anhelante respiración de alguien
que por entre un hueco de las tablas mal ensambladas había quedado
hacia la espalda que daba a los portales, y espiaba todo.
Eloísa, cansada de esperar en la casa a su futuro e instalada
por su padre, había resuelto ir al baile sin esperar al que
imprudente había descuidado lo que otro no hubiera excusado, si no
como amante, al menos como caballero. Pero la desgracia es pertinaz
en su saña. Cuando por el despecho y el orgullo ultrajados pensaba
ir al baile para mostrar su indiferencia, cuando se fingía abatir a
quien en tan poco estimaba su amor, acertó a pasar por aquel punto,
foco de una locura sin reserva.
- ¡Oiga, papá! Aquí está Eudoro -dijo-, y se lanzó hacia el
lugar por donde salía la luz del resquicio mal cubierto. Casi
habría podido hablarle al oído.
- Déjalo y vámonos -dijo con indignación el padre.
- No; quiero convencerme por mis propios ojos. Déjeme, papá, un
instante aquí; no quiero perder palabra de cuanto pase - contestó
con voz ahogada.
- ¿Serás mía, bella Carmen? - decía Eudoro -. Todo lo daría por
tí, hasta mi existencia, si necesario fuese.
- Imposible -contestó temerosa la joven-. Usted tiene a quién
amar, digna de su rango. Yo no soy sino la hija de un artesano y
jamás aspiraré a tan alto honor.
- Carmen de mi alma, nada me importa la aristocracia, lo que yo
deseo es poseer un corazón como el tuyo, sin vanidad y sin necio
orgullo. (Como se ve, el tuteo había empezado muy pronto).
- No, señor, don Eudoro, usted pronto se casará con esa señorita
tan hermosa y que tanto lo ama. ¿Usted, el envidiado por todos, el
que ha lo grado fijar la atención, puesto que habrá de ser uno de
los hombres más felices, fijarse en mí? Eso no puede ser.
- Eso nada me importa; hermosura, riqueza, posición, todo lo
sacrificaría por ti. Qué me importa que ella sea hermosa. Lo será,
yo no lo niego, pero como dijo Wencel:
"Y, sin embargo, ¡ay!, tú no
eres ella;
lo recuerdo muy bien. La tibia
estrella
jamás abrasa como abrasa el sol
En ti hallo al mar que proceloso
brama;
en ella al lago que apacible
clama,
tú eres el huracán, ella el
rumor."
- ¡Ay! -dijo Carmen, y se cubrió el rostro con ambas manos.
- ¿Qué te ha sucedido, bien mío? ¿Estás mal? Recuéstate sobre mi
hombro -y diciendo esto, le acercó la cabeza, que, sin voluntad y
sin fuerza para resistir, cedió al impulso suave de su galante
enamorado.
La joven acababa de ver, cruzado de brazos en la puerta de la
cantina, a su novio, quien partió inmediatamente como un loco ante
aquel cuadro.
- ¡Ven! -dijo el padre a Eloísa, arrancándola por la fuerza-.
¿Quieres más humillación? ¿Quieres que te postergue más?
Vámonos.
- Papá, me siento mal. No puedo concurrir al baile, vámonos para
casa. Pero apóyeme, porque me faltan fuerzas para caminar. ¡Ay, la
fatiga y la opresión me abruman!
- Váyanse, señores -suplicaron las dos jóvenes-, o nosotras
saldremos de aquí.
Poco tiempo después sonaron los golpes en la casa de Eloísa,
pero nadie abrió. Desesperado el joven y un poco más despejado,
partió para la casa del baile. Hacía algún tiempo que había
empezado la fiesta, y tanto las señoras como los caballeros
esperaban a la deseada pareja.
Cuando Eudoro, que suponía encontrar allí a Eloísa, se convenció
de que no había llegado, partió, sin oír a nadie, para la casa de
su prometida.
Golpes sucesivos y desesperados hicieron ceder la puerta, que ya
no se abría con espontaneidad.
- ¿Eloísa? -preguntó al criado.
- Volvió del baile no ha mucho.
- ¿Dónde está?
- Se ha acostado; está enferma.
En dos pasos subió las escaleras y penetró en la sala. El
aspecto de ésta lo aterró: solo una luz alumbraba aquel elegante
salón. Los muebles proyectaban sombras sobre el alfombrado
pavimento y las paredes, se escondían entre la oscuridad hasta
hacerse invisibles. Los espejos parecían grandes puertas que daban
entrada a algún antro pavoroso; golpes de luz destacados
caprichosamente sobre los objetos y adornos de cristal, ayudaban a
dar tristeza más bien que lucimiento a tan melancólico conjunto.
Sobre un sofá se encontraban botados sin orden y al parecer con
precipitación o desespero la capa de pieles, los guantes y algunas
prendas de Eloísa. El silencio y soledad en que se halló Eudoro,
solo interrumpidos por alguno que otro paso precipitado en los
corredores, lo dejaron inmóvil en medio del salón.
- Esto no puede ser -dijo-, y entró a buscar la recámara de
Eloísa. Imprudente será el paso, pero yo entro.
Y penetró. Los padres de la joven y un médico rodeaban el lecho
de Eloísa, en el que, inerte como cuerpo abatido por la embriaguez,
estaba botada y casi tronchada sobre almohadones.
- ¿Qué ha pasado? ¿Qué tiene Eloísa? -preguntó con
desesperación.
Nadie contestó, excepto el médico, quien dijo con frialdad:
- Ha enfermado.
¡Cuán bella es una mujer abandonada a su propia hermosura! Sin
estudio en los cabellos sueltos, derramados ahora sobre los
almohadones, o ya sobre su hombro; sus labios entreabiertos pero
sin respiración; sus ojos suavemente cerrados como si estuviesen
haciendo una amigable reconvención; su frente limpia y pálida como
el mármol y como el mármol fría; con un brazo botado allá y el otro
caído suavemente en donde lo había dejado el médico, quien poco
hacía acababa de pulsarla, y con el aire de morbidez que se
difundía en todas sus facciones, parecía aquella mujer más bien un
sueño inspirado por ángeles que al presente una triste
realidad.
- ¿Este ataque le ha dado otras veces? -preguntó el médico.
- No, señor, hasta esta noche le da por primera vez. Era tan
sana mi hija -contestó la señora madre con tristeza.
- Parece que vuelve ya de este síncope -dijo el médico tomándole
nuevamente la mano. Siento el pulso más regular.
Como en una especie de desperezo, empezó a moverse lentamente
sobre su lecho, cambió de posición, se apartó el cabello de la
frente y abrió los ojos como para buscar a sus padres. Al tropezar
su mirada con Eudoro, que estaba casi oculto detrás del grupo, dio
un largo grito agudo y lento, empezó a sollozar amargamente, y,
después de un largo suspiro, volvió a callar. Poco a poco empezó a
resbalarse la cabeza con abandono sobre el pecho, pero en este
momento la madre, con los ojos anegados en llanto, la alzó de nuevo
sobre la almohada, le apartó el cabello, la cubrió hasta el cuello
y volvió al lado de su esposo, mudo y estático, para ocultar el
rostro entre sus manos y poder derramar su abundoso llanto.
Ante este cuadro tan desgarrador, ¿qué camino, sino el de huir
de allí, quedaba a Eudoro? Sin hacer ruido alguno salió pisando
paso la alfombra y con tal cautela como si fuese un criminal que
intentase esquivar la vista de todos para no ser aprehendido. Salió
al corredor, apenas alumbrado por la melancólica luz de la luna,
que aquí daba golpes de luz y allá hacía destacar la sombra de las
columnas y de las flores, que con las brisas errantes se
balanceaban lentamente. Embozado en su capa descendió escalón por
escalón, poco a poco y como si los contase, produciendo con el
golpe del pie y con el chirrido del calzado un sonido que parecía
prolongarse a larga distancia.
- ¿Qué ha pasado en esta casa? -preguntó con desconfianza a una
camarera que subía.
- La señorita, al pasar para el baile, lo vio y lo oyó a usted
en una cantina. El señor don Francisco, que la acompañaba, después
de haberlo esperado tanto a usted, está como mudo de sorpresa y
dice que mañana se irá de aquí para tierra caliente, adonde nadie
le enrostre su vergüenza.
¡Cómo pretendemos en vano detener el descenso en aquellos
caminos que con tanta dificultad habíamos coronado! Cuanto pensara
aquel joven en el trayecto que llevaba hasta el portón, no es
posible imaginarlo. ¿Será ésta la última vez que pise ésta tan
querida casa?, pensaba a tiempo en que el surtidor golpeaba sus
aguas con la misma constancia de ayer y en que el viento remecía
los arbustos del jardín produciendo sonidos vagos como quejas o
graves como la voz de una reconvención. Los ecos lejanos de la
música, el ruido de los cohetes y los gritos de las gentes en la
plaza hirieron como un sarcasmo la imaginación de Eudoro, y
penetraba ya en el portón cuando oyó una voz que llamó en las
piezas altas.
- ¿Me llaman? - dijo con alegría el criado que iba a abrirle la
última puerta.
- No, señor -contestó secamente aquél-, es a mí a quien llaman;
acaso se haya agravado la señorita.
El golpe de las grandes hojas de la puerta, el ruido de la llave
y aun las pisadas del criado, dejaron estático a aquel hombre, a
quien le ardía la cabeza y el corazón le lloraba, en una profunda
melancolía.
Menos inmóvil habría sido una estatua que el joven para quien
acababan de cerrarse las puertas de una casa que había estado
designada para su hogar...
- ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no has ido al baile? Los hemos
esperado con muda inquietud, y temiendo alguna novedad, me he
venido a buscarte - dijo el compañero que pocas horas antes lo
había dejado.
- ¡Ay, amigo mío! -contestó Eudoro lanzándose en los brazos de
quien venía a sacarlo de su abatimiento. Vámonos de aquí -continuó,
tomando el brazo de su amigo, que no atinaba con aquel cambio tan
inesperado.
|La Botella de Oro es un establecimiento situado en el
atrio de la Catedral, y en esos días, más que de ordinario, aquello
parecía una colmena alborotada. Todas las mesas que en el interior
había, profusamente alumbradas por el gas, estaban rodeadas de
hombres que en bulliciosa algarabía animaban con libaciones de
distintas bebidas su charla alegre y divertida. En uno de los
salones vecinos el monte de dado atraía un gran concurso, y la
parte exterior, en donde se expendían los licores, apenas daba
dificultosamente paso a los concurrentes.
En frente de un ovalado espejo, solos y retirados, se hallaban
nuestros dos jóvenes tomando ponches de brandy calientes. Imposible
habría sido percibir una palabra siquiera de lo que hablaban, tal
era la reserva con que lo hacían. Un grupo colmó la mesa y sin que
nuestros héroes pudiesen evitarlo, tuvieron que tomar parte, aunque
aparentemente, en la animación y entusiasmo de los amigos que
acababan de llegar. Vasos sucesivos se hicieron servir y desde
luego la broma, el chiste y el epigrama empezaron a servir de salsa
a tal reunión.
- Apuesto -dijo uno-, a que Eudoro no se cambiaría por ninguno
en el mundo, por más feliz que se creyera.
- Tienes razón -dijo otro-, y lo extraño es que no esté ahora al
lado de la preciosísima Eloísa, reina de la hermosura. Propongo
esta copa por la pareja más simpática y elegante de estas
fiestas.
- Sí -dijo un tercero-, no temo declarar que tengo envidia a
quien habrá de formar el hogar más elegante y feliz del
universo.
No hay para qué decir que todos apuraron sus vasos.
En seguida se habló de la pronta ida de la pareja para Europa,
de lo suntuosa que sería la fiesta, puesto que el padre de ella es
tan generoso y galante.
Maldito el sarcasmo con que la suerte maltrata a quien escoge
para hacerlo el objeto del ludibrio.
Entre aquella multitud de gente que entraba y salía, un joven
envuelto en un gabán y acompañado de otro tomó puesto en otra mesa
y pidió brandy. Algo hablaban secretamente, sin perder de vista a
los que en el grupo de que hemos hablado se divertían con chistes y
carcajadas. No pudiendo sufrir por más tiempo Eudoro aquella
situación tan falsa, y en la que a medida que lo ensalzaban sentía
más profunda la saeta que le horadaba el corazón, buscó el pretexto
de irse al baile, adonde, dijo, lo esperaba Eloísa, y salió
acompañado de su amigo. No se había movido de su asiento cuando los
otros dos se pusieron de pie y lo siguieron.
- ¡Caballeros! -dijo una voz cuando se hallaban en el atrio-.
Necesito hablar con usted, y como se dirigiese a Eudoro, éste le
contestó:
- Estoy a sus órdenes, señor.
- ¿Está usted dispuesto a darme una satisfacción como yo se la
exija?
- ¿A usted? ¿Está loco? ¿Acaso sé yo quién me exige tal
despropósito?
- A quien usted ve, señor -- contestó el interlocutor con
energía y calma.
- Esto sí es gracioso -contestó el retado dirigiéndose a su
amigo-. Mira cómo hay hombres a quienes les hiede la vida.
- Caballero, poco a poco. Usted me ha ofendido, y me satisface
o...
- ¡Por nCristo!, que desbarato a este muñeco -dijo el enfurecido
joven tratando de lanzarse sobre su provocador.
- ¡A la espalda, canalla! -dijo el otro poniéndose en guardia y
haciendo brillar un puñal a la altura del brazo.
- ¡Asesinos infames! -dijo el amigo de Eudoro, y prendiendo con
rapidez por la muñeca al del puñal, lo asió con la otra mano por el
cuello; pero en este instante el revólver del compañero fue
asestado al pecho de Eudoro.
El tiro habría partido, pero a los gritos de los contendores se
interpusieron muchos jóvenes que salieron del restaurante y de
hombres de las cantinas que había debajo de los palcos, resultando
de aquí que entre artesanos y cachacos se formó un laberinto tal
que la policía a duras penas pudo desenredar, no sin que algunos de
uno y otro bando salieran maltratados.
- He venido a exigir como caballero una satisfacción de ese
hombre, creyéndolo capaz de hidalguía, y me ha contestado como
quien es -dijo el desconocido.
- ¿Y en qué he podido yo ofender a este miserable, si no lo
conozco?
- ¡Tú el miserable! ¡Cobarde! No sabes ni sostener como hombre
lo que prometes a una mujer; mañana me darás cuenta de tus
acciones, aunque te ocultes en el centro de la tierra.
- ¿Acaso no está esto gracioso? -preguntó Eudoro, ajeno
enteramente de la causa que motivara tales palabras-. Bien, señor,
estaré a sus órdenes mañana a las seis, en donde usted indique.
- Aquí mismo nos veremos a las seis de la mañana.
- A las seis de la mañana aquí mismo me hallará usted. Espero
que lo acompañará alguna persona con quien se entienda mi segundo,
siempre que la ofensa merezca la pena de que descienda hasta dar
satisfacción a...
- ¿Por qué no concluye su frase el villano corrompido? -exclamó
el otro lleno de cólera y que riendo botársele encima
- ¡Alto! -gritaron nuevamente muchos del corro-; eso se
arreglará mañana como caballeros.
Los policías, por su parte, disolvieron el grupo, y la mayor
parte de los amigos de Eudoro entraron a
|La Botella a tomar
más licor.
- Quien ve al cachorro y a lo que se atreve -decía uno.
- ¿Pero no ves que está de novio?
- Así es, que éste es quien va a casarse con la cantinera, hija
del carpintero.
- ¿Con Carmen, la de allá abajo?
- Sí, con la misma.
- ¡Con razón!
En la mirada que cruzó en este momento Eudoro con su amigo
hubiera leído cualquiera toda la sorpresa que acababa de
exaltarlo.
La desgracia vuelve estoico al hombre que se ve acosado por
ella: no parece sino que sus golpes entontecen; así fue como
nuestro joven, impasible, siguió bebiendo como para hundirse en la
embriaguez. Pero no lo consiguió: aquella noche pudo haber bebido
por cántaros el licor sin que le hubiese producido el menor efecto
intelectual. Deseoso de acabar con tanto como lo abrumaba, se
propuso, y así se lo exigió a su amigo, pasar en vela la noche
hasta que llegara la hora de la cita. La idea de recibir la muerte
le sonreía y hasta cierto punto lo distraía de la intención que
muchas veces lo había asaltado en esa noche de darse la muerte.
La desgracia de Eloísa lo conmovía, pero confesándose culpable,
no se creía digno de arrojarse a sus pies para implorar el perdón y
lavar con sus lágrimas tan sucia mancha.
¿Qué hacer en tales circunstancias? ¿Cómo vindicarse ante la
sociedad, que por fuerza comentaría el hecho al saberse la ruptura
de un lazo tan sabido y consentido por todos?
La plaza parecía un mar agitado aun después de la borrasca y que
revuelve sus espumas para lanzarlas poco a poco a las concavidades
en donde se guarecen como temerosas de una nueva furia. Los lugares
de juego, las cantinas, hoteles y calles vecinas presentaban a la
luz de la luna el aspecto de una sentina habitada por locos. Los
extranjeros a quienes había tocado la fiesta del día nada dejaron
que desear; no habían pasado muchas horas en que se exhibiera una
procesión semejante a las que recorren las calles por las noches en
los Estados Unidos en tiempo de elecciones. Largas y ordenadas
filas de gentes, cada una con una luz y precedidas por una banda de
música y sus capitanes que llevaban el pabellón de la república y
el de su propia nación, dieron un espectáculo de fraternidad nuevo
entre nosotros. Todos los pabellones, hasta el ibero, ondearon al
pie de la estatua del Libertador y fundador de cinco repúblicas.
Aquello fue un arranque de la fraternidad universal con que la
civilización trata de unir en un solo abrazo a la humanidad.